miércoles, 25 de mayo de 2016

En modo novela (30) - Presunción de frikismo



Antes había melómanos, cinéfilos, bibliófilos, hinchas, gourmets, fashion victims, feligreses, mitómanos, fetichistas, groupies, militantes y fans, a secas, pero desde que descubrimos la palabra friki, decidimos convertirla en nuestro comodín preferido, y ahora nadie se escapa de serlo, ya no hay aficionados ni devotos ni apasionados ni maniáticos; hoy todos somos frikis de algo, no os escapáis ninguno. (La crisis económica, por lo que se ve, también afecta al lenguaje; cada vez somos más rácanos.)

A éste que suscribe lo han acusado de presunto frikismo por muy diversas razones —desde no tener coche hasta ser del Athletic; desde no subir en la montaña rusa hasta conservar mi colección de cintas de casete—, la mayoría de dudosa justificación. La última vez, simplemente se me ocurrió decir que añoraba los videoclubes. En serio. Echo de menos la liturgia de revisar las fundas vacías en los estantes, de escrutar las carátulas, el olor a plástico, la expectación ante los estrenos (antes era así, cuando Internet aún no había impuesto su ley bucanera, uno debía esperar casi un año a que el último gran estreno se editara en VHS y pudiera alquilarse). Por supuesto que siguen existiendo los videoclubes, pero ya son otra cosa, cajeros automáticos, aplicaciones informáticas, sistemas de taquilla en televisiones de pago… nada que ver.

Para los filmófilos como este peatón se hace difícil la adaptación a este nuevo concepto o rol del espectador cinematográfico. Al margen de la nostalgia videoclubera, si algo echo realmente de menos en la cultura de ir a las salas, algo que vamos perdiendo sin apenas darnos cuenta. Muchos cines están a reventar los fines de semana, sí, aunque a menudo tengo la sensación de que quienes a ellos acuden lo hacen movidos por reclamos y sentimientos muy diferentes a los de antaño.

La última vez que paseé por mi antiguo barrio madrileño rememoré la oferta de salas de cine que en su momento tuve a mi disposición y a tiro de piedra, todas ellas enclavadas en un recorrido de alrededor de un kilómetro (la distancia entre la Plaza de Castilla y la glorieta de Cuatro Caminos). Estaban el Versalles, el Murillo, el Tetuán, el Savoy, el Lido, el Carolina, el Lido, el Europa, el Montija —que luego fue el Condado—, el Cristal, el Metropolitano y el Cinestudio Griffith (no menciono el Novedades, el Windsor y el Gayarre por estar fuera de la ruta mencionada, si bien eran opciones tan frecuentadas como las demás, en el mismo barrio). Es decir, más o menos un cine cada cien metros, y es probable que mi memoria se haya dejado alguno por el camino.

De todos ellos, sobrevivieron hasta no hace mucho el Lido, que se reinventó en forma de multisalas, y el antiguo Cinestudio Griffith, reconvertido en el Renoir Cuatro Caminos, cuatro salas, también difunto desde hace un par de años.

Tiburón, Terremoto, Poltergeist, Dos hombres y un destino, Gremlins, El coloso en llamas, Grease, En busca del arca perdida, El baile de los vampiros, E.T. el extraterrestre, El retorno del jedi, El jovencito Frankenstein, Ben-Hur… Unas de estreno y otras en programas dobles y hasta triples, en sesión continua, una manera de entender la experiencia cinematográfica que iniciativas como Phenomena, y, a su manera, Sing-Along, están intentando recuperar en algunas ciudades (aparte de la ya consolidada Fiesta del Cine, que de excepción debería pasar a ser la norma).

En fin. He visto centenares de películas en todos esos cines, pero nunca he ido disfrazado de Darth Vader, ni de Tony Manero. Lo digo por lo del frikismo… Otra cosa es que a estas alturas ya se considere friki o raruno el solo hecho de ir al cine en vez de descargarse las pelis para el ordenador. No lo descarto.