miércoles, 27 de abril de 2016

En modo novela (29) - Dragones y fantasmas



Este año tocaba sacar a pasear novela nueva —o semi nueva; o renovada— con motivo del Día del Libro.

La edición 10º Aniversario de El fantasma de Buravia le hizo compañía a La vida privada de Dios en la parada de Sant Jordi, que en esta ocasión se trasladó a Platja d’Aro, porque en abril ya apetece mirar de frente al mar, y porque nuestra anfitriona, Carme Lafay, nos preparó una jornada que ya quisieran los superventas editoriales.

Además de con Carme, tuve el placer de compartir chiringuito librero y comida con Montserrat Fugardo, Carme Rovira, Carmen Chica, Francesc Rovira y Magdalena Albero.

El encuentro dio para hablar de todo, desde las veleidades primaverales hasta la muerte anunciada del futuro de subjuntivo o la multiculturalidad del orgasmo. Y claro, también de nuestros libros.

La cámara de Silvia (que tuvo a  bien “descuidar” a La Nena para la ocasión) ha recogido más de un centenar de momentos, que muchos ya habréis podido chusmear en las redes sociales, junto a otros muchos vídeos y fotos tomados por el resto de autores, la tele local y la organización del evento.

He aquí una pequeña muestra de todo ello.












Como de costumbre, cada libro vendido tuvo su valor en euros y en risas, las que los voluntarios de la Fundación Theodora provocan, convertidos en payasos de bata blanca, en las habitaciones de los hospitales ocupadas por sus internos más pequeños e inocentes.


Con Cynthia Gerlinger, de la Fundación Theodora

Señalar también que mi resucitado fantasma formó parte de la parada del Aula de Escritores y la Editorial Hijos del Hule, en el barrio barcelonés de Gracia, lugar donde puedes cruzar el Amanogawa y abrir una caja en la que hay un gato maullando porque quiere turrón…

Mucho más en:
https://www.facebook.com/joseignacio.garciamartin.3
https://www.facebook.com/ElfantasmadeBuravia/?ref=aymt_homepage_panel



viernes, 8 de abril de 2016

En modo novela (28) - Palabras y cacharros



Ocurrencia del día:

No me importa reconocer que la primera vez que oí la palabra procrastinación pensé que la cosa iba de una campaña a favor de cortarle los huevos a alguien (o al género masculino en su totalidad, incluso). Es normal. Por eso hay gente que dice “delgado como una sífilis” o “encontró la hormona de su zapato”. Cuando nos enfrentamos a una palabra desconocida nos puede la pereza, y en vez hacer el esfuerzo de averiguar nos resulta mucho más cómodo tirar de repertorio y buscar en el saco de los términos ya aprendidos el que más se parezca a ese tan raro que acabamos de escuchar.
Al ignorar el significado de esa nueva palabra, obviamente, la semejanza encontrada será siempre superficial, un mero parecido ortográfico o sonoro.

Es curioso como a veces el sonido de las palabras es la pauta que nos conduce hacia su significado, con el riesgo que ello conlleva. Los árboles de la fonética nos impiden ver el bosque de la semántica, por decirlo en modo meme o viral 2.0 (o lo que sea, que para eso estamos en internet).

Ya sobre la novela, propiamente dicha:

Algunas cosas no han cambiado apenas en el transcurso del último siglo, pero si atendemos a todo lo relacionado con la tecnología, los últimos diez años concentran una actividad tan desaforada que ha terminado por distorsionar nuestros parámetros para decidir qué es antiguo o moderno.

Una historia ambientada en 1979 implica prescindir de teléfonos móviles, de reproductores de DVD, Blu-Ray, MP3 o MP4; de tablets, iPads e iCacharros en general, y no sólo eso: de ordenadores, no ya portátiles, sino de cualquier computadora de uso cotidiano o doméstico. Olvídate del fax, de la impresora láser, del GPS, de la PlayStation, y ojo al dato: accesorios tan corrientes como el mando a distancia de la tele o el cajero automático, aunque ya inventados entonces, eran material más cercano a la ciencia ficción que a la teletienda (que, por cierto, tampoco existía; los televisores eran todavía mayoritariamente en blanco y negro, y había un canal y medio para ver, nada más).

Así que no puedo decir que esté escribiendo lo que se conoce como una novela histórica, pero si bien la brecha cronológica sitúa los hechos en una época que podemos definir como contemporánea, la brecha tecnológica me obliga a tener activado el modo “alerta de anacronismo” cada tres líneas, y también a resolver según qué situaciones sin ayuda de la informática, lo que supone un ejercicio francamente estimulante.

Para acabar, otra pista musical, que ya no tiene que ver con los Beatles, pero que no explicaré más, para no hacer trampas… si es que no las estoy haciendo ya…