miércoles, 16 de marzo de 2016

En modo novela (27) - Arquímedes es la polla


 
Las historias del clan Puccio y del ex policía José Luis Torrente se escriben con el trazo grueso de la sordidez, y ahí parecen terminar todas las posibles y razonables semejanzas entre ambas. 
 
La primera es un hecho real acontecido en la Argentina ochentera y post Videla que ha dado lugar a una muy buena película de Pablo Trapero y a una no menos fabulosa serie de televisión dirigida por Luis Ortega. Creedme que lo que se ve y se oye tanto en el largometraje como en la serie pondría los pelos de punta al mismísimo Lovecraft. Miedo, asco, grima, angustia, escalofrío, y de vez en cuando la tentación de volverse un misántropo recalcitrante o de pedir que te den baja el carné de ser humano. Dos obras tan aterradoras como imprescindibles.
 
Si hablamos de Torrente, a estas alturas poco puede añadirse que no se sepa ya. Suma fieles y detractores casi a porcentajes iguales, y tanto unos como otros reconocerán que, aun partiendo de referentes que conocemos y presenciamos cada día, el personaje creado por Santiago Segura es una parodia, una invitación a recrearnos en nuestro acervo carpetovetónico y casposo, un festival satírico en el que los freaks dan risa o pena, pero casi nunca miedo.
 
Dicho esto, ¿qué conexión narrativa o dramática podría existir entre una y otra historia? ¿A qué guionista podría ocurrírsele remedar la verborrea embriagada y troglodita de Torrente en el discurso maquiavélico y cavernoso del inquietante Arquímedes Puccio?
 
Comprenderéis ahora mi asombro al contemplar, en el capítulo segundo de la serie Historia de un clan, la siguiente escena en la que el patriarca de los Puccio conversa con uno de sus hijos en un baño público:
 
 
 
 
Por si alguien aún no lo ha pillado, aquí tenéis una de las secuencias paradigmáticas del torrentismo:
 
 
 
No está mal que de vez en cuando recordemos que no importan tanto las palabras en sí mismas como la persona que las dice o el contexto en el que se pronuncian, y que una frase, la que sea, puede ser comedia o drama sin cambiarle una sola letra ni una mísera coma.
 
Y, bueno... luego está eso de decidir cuándo la realidad copia a la ficción o dónde están los límites del método Stanislavski... Algunos actores se ganan tan bien el sueldo que terminan poseídos por sus personajes o bien injustamente encasillados por el público perezoso (Segura es un caso evidente, y, si no recuerdo mal, a Larry Hagman, el J. R. de Dallas, casi lo corren a cintarazos y bolsazos durante una visita promocional a España). Será por eso que casi me enternece ver a Alejandro Awada (que interpreta a Arquímedes Puccio en la serie Historia de un clan) recogiendo el Premio Tato al mejor actor en un estado de envidiable comunión con el dios del vino y el himno de la patria asturiana.
 
 
 
Y ahora, a lavarme las manos para seguir escribiendo.