viernes, 5 de febrero de 2016

En modo novela (26) - El cine con eñe


Como de costumbre, mi resumen sobre el cine español antes de que se entreguen mañana los premios de la Academia.

Si tuviera que escoger una película como ganadora, le daría mi premio peatonal a Truman, de Cesc Gay. Cada edición hay Goyas cantados, y hay uno que este año, más que cantado, viene recitado con el inconfundible chamullo porteño de Ricardo Darín, probablemente el mejor actor de habla hispana que existe hoy por hoy en el cine y el teatro y hasta en la tertulia del bar de su barrio. Su trabajo en Truman es un alarde de credibilidad y sutileza, con el talento de quien no precisa de aspavientos ni muecas para encabritarte las emociones y ponerte los lacrimales en alerta def con dos. Y no me olvido de Javier Cámara, perfecto en su misión de guiarnos e implicarnos como testigos privilegiados en el recital de Darín. Pero ojo, ésta no es una película sensiblera como esos telefilmes de la siesta dominical. Uno de los principales méritos de su director es saber encontrar siempre la justa medida para que el material no se le vaya de las manos y termine desembocando en la tragedia o el desmadre. Cesc Gay no es una estrella del cine español, pero es (como Alberto Rodríguez o Daniel Monzón) un profesional de los que creen tanto en su manera de hacer las cosas que ha encontrado en la constancia y la paciencia las mejores aliadas para acabar subiendo al podio de los ganadores. Si alguien tiene curiosidad por comprobarlo, que revise las que a mi parecer son, junto a Truman, sus mejores obras: En la ciudad, Ficción, Krampack y Una pistola en cada mano.
 


En la lista de aspirantes de honor, incluiría:

El clan (Pablo Trapero). Al director argentino se le da de miedo (nunca mejor dicho) explorar los recovecos más oscuros y retorcidos del ser humano. En este caso, algo más estilizado, pero igual de inquietante que siempre (recordad El bonaerense  o Carancho). Un caso real que pone los pelos de punta, algo a lo que ayuda mucho la gélida y a la vez escalofriante presencia de Guillermo Francella. Imprescindible.

Negociador (Borja Cobeaga). Cobeaga es uno de los profesionales más valiosos del cine español, aunque parezca que donde más a gusto se siente es el segundo plano (de hecho, su mayor éxito lo ha logrado en la sombra, como guionista de Ocho apellidos vascos). Más minimalista que nunca, en esta película consigue hacer comedia costumbrista de un tema el terrorismo de ETA que hasta ahora era un tabú casi inédito en la filmografía ibérica(Días contados, La voz de su amo…). Elegante e inteligente. La rareza más interesante del año.

Felices 140 (Gracia Querejeta). Ya lo dije aquí. El mérito principal de Felices 140 es que parece que la hemos visto ya cincuenta veces (otra película sobre el reencuentro de viejos amigos, como Reencuentro, Los amigos de Peter, Pequeñas mentiras sin importancia y un etcétera tan largo como la obra de la Sagrada Familia), pero resulta que guarda cartas en la manga para  convencerte y sorprenderte a partes iguales. Gracia Querejeta, que no suele brillar en la faceta técnica, sí acostumbra a hacerlo en la narrativa, y aquí alcanza el buen nivel que ya mostró en El último viaje de Robert Rylands, Héctor y Siete mesas de billar francés. Los actores y, sobre todo, las actrices, destacan en una trama que viaja de lo corriente a lo extraordinario y que se enriquece a base de un par de giros cuya efectividad depende del tipo de información previa que se haya leído o visto sobre el filme. Además de la típica historia de secretos, rencillas y nostalgias que suele derivarse de este planteamiento, la película termina regalando una jugosa invitación a plantearnos hasta qué punto el ser humano puede ser egoísta o generoso, leal o traidor, noble o rastrero, incluso con sus amigos y sus seres presuntamente queridos.

El club (Pablo Larraín). No niego que con el tiempo ha crecido mi reticencia hacia el feísmo como consigna de estilo, hacia esa excusa que esgrimen ciertos autores para descuidar la estética en aras de hacer prevalecer la presunta profundidad de sus mensajes, como si filmar bien y bonito fuera incompatible con el arte y todo eso. Bueno, en este caso, el estilo desaliñado y cuasi documental de Larraín le viene al pelo a esta historia que rezuma terrible realidad por todos sus poros y te deja tan helado como acojonado. Perfecta para montar un programa doble con la magistral Spotlight (Tom McCarthy), que tenéis ahora mismo en los cines. Con la iglesia hemos topado... que Dios nos pille confesados. Impresionante, aunque no apta para todos los públicos.

El desconocido (Dani de la Torre). Uno de esos thrillers que, como los primeros de Amenábar y los recientes de Daniel Calparsoro, Alberto Rodríguez, Daniel Monzón o Enrique Urbizu, hacen sacar pecho y hablarle de tú a tú al hollywoodiense de turno. Buen ritmo, brillante en lo técnico y con interpretaciones en general sobresalientes, en especial la de Luis Tosar, que es un pedazo de actorazo, valga la rima consonante. Cierto que no es excesivamente original, pero los giros son resultones, y el hecho de utilizar la crisis económica como trasfondo dramático le da su aquél. Una buena elección para ir al cine a entretenerse y descargar un poco de adrenalina.

Éstas son para mí, junto a Truman, las mejores películas habladas en castellano del 2015.

 


No entiendo demasiado la casi total ignorancia de la Academia hacia la película de Querejeta (tiene sólo dos nominaciones, Marian Álvarez y Nora Navas, como actrices de reparto), ni tampoco que a Cobeaga sólo lo hayan nominado como guionista, que ya es mucho, aunque no suficiente, en mi opinión.

Otras películas que merecen recordarse más allá de los podios y los laureles son A cambio de nada (Daniel Guzmán), que ganará seguro el premio al mejor director novel; Requisitos para ser una persona normal (Leticia Dolera), Sexo fácil, películas tristes (Alejo Flah), Techo y comida (Juan Miguel del Castillo), Anacleto. Agente secreto (Javier Ruiz Caldera) y Mi gran noche (Álex de la Iglesia).

En cuanto a los actores, pienso que merecían una candidatura Ramón Barea y Josean Bengoetxea por sus papeles en Negociador, así como Guillermo Francella por su monstruoso Arquímedes Puccio de El clan. Tampoco hubiera estado de más reconocer a Jaime Ordóñez como aspirante a mejor actor revelación por su fan fatal raphaeliano de Mi gran noche, y lo mismo a la jovencísima Paula del Río, revelación absoluta de El desconocido. Y añado un apunte personal al hilo de esto: creo que los Goya (y de paso también los Oscar) deberían incluir una candidatura al mejor reparto. Además de premiar los trabajos individuales, hay películas que destacan sobre todo por el conjunto de sus intérpretes. Este año podría haber entrado en esa categoría un filme como Felices 140, y a lo largo de la historia de los premios ha habido otros muchos que justifican mi sugerencia: En la ciudad (Cesc Gay), Mensaka (Salvador García Ruiz), La comunidad (Álex de la Iglesia), En la ciudad sin límites (Antonio Hernández), Smoking Room (J.D. Wallovits y Roger Gual), El método (Marcelo Piñeyro), Casual day (Max Lemcke), Remake (Roger Gual), Familia (Fernando León de Aranoa), Días de fútbol (David Serrano), Flores de otro mundo (Iciar Bollaín), La niña de tus ojos (Fernando Trueba), La noche de los girasoles (Jorge Sánchez-Cabezudo), El otro lado de la cama (Emilia Martínez-Lázaro), El viaje a ninguna parte (Fernando Fernán Gómez)…

 

Y por supuesto que comprendo que las taquilleras Regresión (Alejandro Amenábar) y Ocho apellidos catalanes (Emilio Martínez-Lázaro) no hayan entrado en las candidaturas, la segunda por ser una repetición de algo que ya se exprimió hasta la última gota, y la primera más por la decepción (Amenábar despierta tanta expectativa que todo lo que no sea brillante le va en contra) que por la mayor o menor calidad de la película.

Hace veinte años, las películas de Amenábar eran buenas porque “no parecían españolas”, y ahora Regresión ya no es tan buena porque “no parece de Amenábar”.

Tras el fiasco de Ágora, en 2015 recuperamos la alegría al saber que el nuevo proyecto del director era otra vez un thriller. Pero jugar en la primera división de Hollywood puede haberle costado ese plus de autor que tenían sus otras películas. Regresión podría estar firmada por Gergory Hoblit, Gary Fleder o Scott Derrickson, o sea, esos directores cuyas películas habéis visto pero cuyos nombres no os suenan de nada. Va a resultar que el truco está en “parecer” o “hacer sombra” o “no tener nada que envidiar”, más que en formar parte literal de ese cine de gran presupuesto y ambición comercial (ya lo he dicho un poco más arriba: A Urbizu, Monzón, Rodríguez o Calparsoro  les va mejor porque se han quedado aquí).

Pese a los guiños a sí mismo (el nombre de Ángela, un comentario sardónico sobre las snuff movies…), la atmósfera conseguida y las interpretaciones de Ethan Hawke y David Thewlis, Regresión no terminó de funcionar, aunque tampoco es para según qué hostias que le han llovido (hay conflictos personales entre el director y ciertos críticos, en los que no me voy a meter, pero se notan mucho). También el final (que había constituido un punto fuerte reconocible en sus tres primeras obras) resulta algo tibio; puede que el deseo de Amenábar de no pecar de efectista se le haya ido de la mano. En fin, que Regresión es sosegada y no hiperactiva, como abunda ahora. Eso tal vez pase factura, pero no la convierte necesariamente en tostón.

Parece una contradicción, pero no lo es. Darle un poco de caña a Regresión significa a la vez reconocer el talento de Alejandro Amenábar.