miércoles, 13 de enero de 2016

En modo novela (25) - El estado de las naciones y el estado de las letras


 
En Aula de Escritores hemos empezado el 2016 igual que acabamos el 2015: con una celebración. Víctor del Árbol, antiguo alumno de la escuela, le ha dado un acelerón kilométrico a su ya desde hace tiempo desenfrenada carrera ganando la última edición del Premio Nadal.
 
Víctor es sin duda el ex alumno más exitoso. No sé si el mejor escritor, o el más talentoso. Ese juicio le corresponde a cada lector. Lo que sí pienso en estas situaciones es si alguien como Víctor estará disfrutando ahora más o, como mínimo, lo mismo que cuando nadie lo conocía. A ver, claro que está disfrutando de sus éxitos, de su reconocimiento y su buen momento profesional. Pero no hablo de eso. Me refiero a si disfruta escribiendo. Tengo la impresión de que sí, de que sus palabras y sus expresiones no verbales lo atestiguan, pero eso no significa que la relación entre el éxito y el oficio sea una ciencia exacta. Escribir una novela mediocre puede proporcionarle a su autor el mismo placer que escribir una obra maestra. Una vez publicadas ambas, la cosa cambia, claro. La cuestión es, ¿se puede llegar a la obra maestra como resultado cuando el proceso ya no resulta satisfactorio? Ahí os lo dejo. Pensad, pensad, malditos.
 
Por fortuna para mí, arranco el año contento de poder ponerme de nuevo ante el teclado y seguir alimentando de palabras ese archivo que ya cuenta por centenares sus páginas. Disfruto del proceso y, en estos momentos, es lo principal. Ya nos preocuparemos más adelante por sacar buena nota.
 
Cambiando de tema. Vivo por partida doble el guirigay parlamentario que nutre las parrillas informativas y sacia la gula del tertuliano común. Se supone que mi bienestar ciudadano depende tanto de Las Cortes como del Parlament, ahora que en ambos hemiciclos se ha puesto fin al apoltronamiento histórico, y la pluralidad volcada en las urnas amenaza con tener que partir en más porciones el apetitoso pastel del poder. Pues mira, me parece cojonudo. Es decir, tengo la impresión (y no es de ahora, pero me viene muy al caso insistir) de que de algún modo habíamos aceptado una versión del proceso electoral que se parecía más a la liga de fútbol que a la formación de un gobierno democrático.
 
Lo digo en modo Barrio Sésamo: si el parlamento es una representación de todos los ciudadanos, y éstos, o sea, nosotros, nos caracterizamos por pensar de maneras diferentes, tener puntos de vista dispares o aun opuestos, entender las prioridades de la vida desde perspectivas variadas e incluso enfrentadas; es decir, si la sociedad está compuesta por millones de individuos que conforman a su vez numerosas alternativas de opinión, ¿por qué aspirar a que lo ideal sea que quien dirija nuestro rumbo represente tan sólo a una de las múltiples corrientes existentes?, ¿por qué seguir pensando que discrepar significa necesariamente liarse a hostias?, ¿por qué si (al menos hasta el día de hoy) hemos sido capaces de convivir con vecinos, amigos, familiares y compañeros de ideologías distintas, nos encanta parapetarnos en las redes sociales para repartir “hijoputas” a diestro y siniestro, como si la discrepancia no fuera compatible con la tolerancia? Pues eso. Que trabajen los parlamentarios, que ya era hora. Y si por mí fuera, nada de mayorías absolutas. Esto no va de ganar o perder (habría que eliminar dichos verbos del lenguaje electoral). Se trata de entendernos entre todos, no de expulsar o aniquilar a los que piensan distinto. Que algunos dais hasta miedito.

 

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