lunes, 30 de noviembre de 2015

En modo novela (23) - Hambre de cuento


 
Cuando leo en la carta de un restaurante que tienen lubina “salvaje” no puedo evitar imaginarme al pez en cuestión dando brincos en la pecera, soltando bocados como una fiera a quien intenta cogerla —sea pescadero o cocinero—, encabritada, fuera de sí; salvaje, vamos.  Puede que la imaginación esté en horas bajas en el sector de la narrativa, pero si hay una industria puntera en lo que a creatividad literaria se refiere, ésa es la de la alimentación.
 
Es un hecho que los menús de algunos restaurantes aspiran a ser antologías de microrrelatos, con un barroquismo retórico que ríase usted de las viejas columnas de Umbral. Elegir un plato pasa a veces por desentrañar un misterio abierto en un planteamiento prometedor (el alimento principal) que se prolonga en un nudo alambicado y profuso (ubicaciones, recipientes y acompañamientos inverosímiles, desde nidos hasta timbales, desde volcanes hasta pirámides) y culmina en un desenlace apoyado en el golpe de efecto (que si la reducción, que si la emulsión, que si el caramelizado… por no mencionar al sempiterno Pedro Ximénez, que es como el mayordomo de las novelas criminales de antes, nunca falta).
 
Mi último descubrimiento ha sido un texto impreso en la funda de un estuche de huevos. Decía, literalmente, “Huevos de gallinas en libertad”. En este caso no tendría por qué imaginarme necesariamente a las aves enloquecidas y emprendiéndola a picotazos contra los granjeros. Pero, salvajes o dóciles, aquello de que estén en libertad me ha sugerido la estampa no menos grotesca de los señores hueveros corriendo tras las gallinas por prados, sembrados, cunetas, barrizales, barbechos, patios, veredas, cañadas y demás andurriales. Gallinas con la cara blanquiazul a lo Braveheart clamando por su libertad y piando “No nos cogerán” (quizá versionando a Joan Baez como los chavalotes de la tele en el barco de Chanquete). Si no tenéis una biblioteca cerca, no pasa nada. Acercaos al Día o al Mercadona y comprobad dónde se lucen los cuentistas y fabuladores de hoy. Si son capaces de montar semejante tinglado con media docena de huevos, qué no harán con las peripecias del Gigante Verde, el oso de Mimosín o la fallera del arroz ídem.
 
Probablemente todo esto empezó, como ya he recordado aquí alguna vez, con el pan. Cuando yo era niño, mi madre me mandaba a comprar el pan y sólo había dos opciones: el de molde para las tostadas y el de barra para todo lo demás. Después inventaron el pan de Viena, pero éste era como el pan de los domingos, por así decirlo. Mandad ahora a la criatura. Probadlo. Como no haya estudiado un master en la materia lo tendrá complicado. Pan de olivas, de cebolla, del Pirineo, de ajo, candeal, sin sal, con pasas, baguette francesa, rústico, chapata, integral, de nueces, de nosecuántos cereales… Eso sí, todos se hacen en la misma máquina. Ésa que está detrás del mostrador, que parece un armario ropero más que un horno. Luego te lo entregan dentro de una bolsa de papel en la que imprimen cosas como: “Este pan está elaborado respetando la tradición de las primeras tahonas medievales, sin aditivos ni conservantes, para que pueda disfrutar de todo su aroma, su textura y su inigualable sabor, según la receta milenaria de nuestros antepasados, traspasada de padres a hijos y de hijos a nietos durante siglos, para que ahora pueda llegar a su mesa y ser compartido con su familia y amigos”. Claro, lees esto y casi te emocionas, pero luego vuelves a mirar al armatoste ése con pinta de armario donde meten los chuscos congelados, y ya no sabes qué es lo que te hace más gracia, si lo de la tradición milenaria o lo del inigualable sabor.
 
Manducas aparte, hambre de cuento propiamente dicha es la que tiene siempre el amigo Sergi G. Oset, como así lo demuestra el banquete que nos acaba de servir en forma de libro y que lleva por título El último vuelo del Microraptor, publicado por Editorial Nazarí.
 
La generación sigue sin tener nombre, pero eso da igual mientras sus miembros continúen manteniendo vivo al monstruo engendrado en las aulas. Aulas que, por cierto, volverán a vestirse de limpio para presentar a su nueva criatura el próximo 17 de diciembre. La antología de relatos de esta temporada ya tiene título, pero aún no puedo desvelarlo. Si seguís fieles a este rincón virtual, os acabaréis enterando de todo.

2 comentarios:

Gaelia de ideas dijo...

Enorme, como siempre. Gracias por regalarnos tu talento.

Alberto NL dijo...

Que bueno, me ha recordado una anécdota que tuve con un salmón salvaje... después de seis años todavía se ríen de mi... pero ya se sabe que la literatura puede causar estragos cuando uno deja correr la imaginación, aunque sea literatura alimentaria