lunes, 16 de noviembre de 2015

En modo novela (22) - París y las fronteras semánticas


Al suceso trágico propiamente dicho le sucede, como ya es costumbre, el otro conflicto inevitable, me refiero al dialéctico, a ese que hace unos años se limitaba a las partes implicadas y los presuntos expertos y que hoy por hoy es indiscriminado, hipermasivo y literalmente universal, gracias a (o por desgracia de) las inefables redes sociales, y también debido a la epidemia de tertulianos que asola las mesas de debate y que deja a las plagas bíblicas a la altura de la gastroenteritis de chiringuito.

Después de un atentado como el de París, es difícil domesticar las vísceras para dejar el mando a las neuronas, pero habría que intentarlo. Deberíamos cuidarnos de alentar los Ristomejidismos y Willitoledismos de turno, porque dichos fenómenos virales se parecen más a un concurso de eslóganes que a un llamamiento solidario.

No se trata de ser el más contundente porque terminamos siendo maniqueos, sesgados y racistas. Tampoco se trata de pasarnos de frenada para parecer más progresistas que nadie, y acabar convirtiendo la autocrítica a Occidente en pábulo para acribillar a cualquiera en una discoteca, un restaurante o la acera de enfrente.

El territorio de la razón habita ahora en la delgadísima frontera semántica que separa la comprensión de la justificación. Es necesario que, pasados la rabia y el duelo, se trate de comprender por qué suceden las cosas. Comprender, repito, no es justificar. Lo remarco porque me temo (de hecho, ya lo voy oyendo) que, igual que cuando nos sorprendieron los ataques a Charlie Hebdo (y no hace tanto de aquello), pasaremos de las banderas francesas y los diseños fúnebres de Torres Eiffeles a los reproches y los pecados de omisión, esto es: por qué sí cuando Francia y no cuando Siria, etcétera.

Vamos a ver. Que nuestra asignatura pendiente sea la capacidad de ponernos en el lugar de quien vive a más de mil kilómetros no implica que no sean razonables y aun loables las muestras de solidaridad hacia los vecinos que sufren. Reclamemos idéntico rasero para las víctimas de Siria, de Gaza, de El Líbano, sí, faltaría más, pero no nos pongamos tampoco estupendos por el sólo hecho de llevar la contraria, pues muchos de los que se jactaron en su momento de “no ser Charlie” son los mismos que necesitaron la foto sensacionalista de un niño muerto en la playa para unirse a la causa que ahora defienden como si le prestaran dedicación exclusiva desde siempre. Se llama manipulación mediática, y la sufrimos todos, con más o menos síntomas.

 
P. D. Mientras en París comenzaba a desatarse el terror, los finalistas del X Premio El Laurel disfrutábamos de la cena en el Ateneo de San Feliú de Llobregat. Ganó el madrileño Eduardo de los Santos, y los demás aplaudimos y disfrutamos de la noche entre vino, comida, cava y diversos relatos de andanzas literarias. Un placer que no pudimos saborear, pues nada más salir a la calle y revisar los móviles la actualidad devoró nuestra buena onda como la fiera ansiosa que es.
 

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