viernes, 16 de octubre de 2015

En modo novela (19) - La realidad inverosímil y el racional Woody Allen


 
La fotografía pertenece al diario argentino Clarín, y su descubrimiento lo debo a una de mis recientes y espectaculares meriendas bonaerenses (ésta en concreto, en el barrio de San Telmo). Se trata de una noticia real. Tan real, que si fuera inventada, sería inverosímil.
 
Una masacre en vivo y en directo conmueve a Estados Unidos. Una cronista de TV y su camarógrafo fueron acribillados por un ex colega, que después se suicidó, cuando estaban al aire. Este tipo de sucesos se producen constantemente, y por un lado me viene bien, ya que sirven para recordar que mi novela La vida privada de Dios trata sobre esto, sobre cómo los medios reescriben no sólo la realidad, sino también la ficción más disparatada. Aunque, por otro lado, resulta un poco frustrante comprobar que también las obras literarias, como las noticias, reciben un trato comercial regido por las leyes de la actualidad y la inmediatez.
 
En una época en que una novela publicada hace seis meses se considera ya “antigua”, y en la que el público prefiere inclinarse ante un tuit de Risto Mejide que ante una idea argumentada en varias páginas, se hace difícil defender la vigencia de una historia que no esté escrita esta misma mañana (y a ser posible en menos de 200 caracteres).
 
Por si acaso, yo sigo insistiendo. Si a las películas de saldo que algunas cadenas ponen en la sobremesa de los domingos les funciona eso de “basado en hechos reales”, lo mismo me vale a mí aquello de “la vida me plagia”.
 
Y ahora nos vamos al cine.
 
Parece claro que el Woody Allen del siglo veintiuno funciona más a base de inercia que de creatividad, y es algo —tal vez lo único— que pone de acuerdo tanto a seguidores como a detractores. Éstos últimos gustan de ensalzar el latiguillo despectivo que afirma que Allen hace siempre la misma película, una apreciación no del todo falsa pero que, igualmente, en caso de ser cierta, no tendría por qué suponer un problema (si lo hace mejor que nadie y, además, lo ha inventado él, ¿por qué no seguir fiel a su estilo y sus caprichos?).
 
Es verdad que los temas en la filmografía del neoyorquino se repiten, más aún cuando desde hace lustros se ha comprometido tácitamente a no fallar a su cita anual, una película por año, pase lo que pase y caiga quien caiga. Esta circunstancia provoca esa sensación de continuidad y reiteración en su obra que, a quienes la detestan, les produce el rechazo de lo monótono y rutinario.
 
Pero me parece injusto desprestigiar por sistema y sin excepción los últimos títulos de Woody Allen, ya que, por mucho que conozcamos de memoria las claves de su cine, deberíamos siempre considerar cada película por separado, valorarla en sí misma y no necesariamente en comparación con las obras maestras del pasado.
 
En sus guiones nunca faltan las referencias literarias, musicales, mitológicas y artísticas en general, pero la diferencia respecto a determinados amantes de la pedantería y el didactismo que pululan por festivales y filmotecas es que el señor bajito de las gafas de pasta es lo mismo un idólatra romántico que un iconoclasta incorregible, un tipo capaz de burlarse de sí mismo y de sus manías, hasta el punto de haber conseguido una fusión entre su persona y su personaje casi imposible de descomponer. Es evidente cuando el propio Woody Allen se coloca delante de la cámara para interpretar a un personaje. Cuando no lo hace, casi siempre terminamos reconociendo en el actor de turno (John Cusack, Kenneth Branagh, Owen Wilson, Jason Biggs, Will Ferrell, Larry David…) a un replicante o imitador de los balbuceos, chistes y tics característicos del director. 
 

Curiosamente, no sucede así en Irrational man, donde Joaquin Phoenix —barriga cervecera y mirada de tarado aparte— prescinde de histrionismos para mostrarnos su tormento interior y el giro drástico que dará su adocenada vida de profesor universitario. La trama se apoya sobre tres ejes indispensables en el cine de Allen: filosofía-romance-crimen, y muestra una vez más esa doble faceta del autor, la del intelectual y la del cómico, la del hombre culto y la del que piensa que la única manera de soportar la angustia vital es la evasión, el entretenimiento. En semejante guiso es compatible mezclar las citas a Dostoievski o a Kant con las referencias a Extraños en un tren (de Patricia Highsmith la novela, de Alfred Hitchcock la película) o Los crímenes de Oxford (de Guillermo Martínez la novela, de Álex de la Iglesia la película), pero si a alguien nos recuerda Woody Allen es a sí mismo, a algunos de sus trabajos anteriores. Irrational man no es tan dramón como Delitos y faltas, Cassandra’s dream o Match Point, ni tan cómica como Scoop, Misterioso asesinato en Manhattan o Balas sobre Broadway, aunque de todas ellas es pariente, y muy cercana.
 
Ah, y por supuesto, Chejov, otro de los clásicos favoritos del de Manhattan, se manifiesta a través de su célebre recurso narrativo del clavo, esta vez transformado en otra pieza algo más sofisticada de la caja de herramientas.
 
El trío que conforman Joaquin Phoenix, Emma Stone y Parker Posey se basta y se sobra para sostener el triple entramado de deseos humanos, impulsos criminales y dudas existenciales y morales. Toca decir que no está a la altura de sus grandes obras, pero no deja por ello de ser una buena y recomendable película.
 
Es más, a veces he pensado que si le mostráramos a un espectador joven la filmografía de Allen con ciertas películas cambiadas de lugar en la cronología, tal vez no estuviera tan claro eso de que lo mejor está siempre antes del año 2000. Por ejemplo, si fecháramos en la última década títulos como Alice, September, Sombras y niebla, Interiores o Acordes y desacuerdos, y, al mismo tiempo, presentáramos como producciones del siglo veinte las estupendas Match point, Si la cosa funciona, Granujas de medio pelo, Un final made in Hollywood o Midnight in Paris, ¿se notaría realmente el trueque? Yo me encomiendo a Kulechov y me atrevo a asegurar que no.
 
El pasado suele producir una ilusión de homogeneidad en nuestra memoria que es infiel a la secuencia real de los hechos vividos. Entre las celebradas Annie Hall, Manhattan, Zelig, La Rosa Púrpura de El Cairo, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Misterioso asesinato en Manhattan y Desmontando a Harry, Woody Allen, no lo olvidemos, dirigió obras puede que no tan brillantes, o de esas consideradas “menores” (a mí, que conste, no me parecen menores Balas sobre Broadway, Otra mujer, Broadway Danny Rose, Poderosa Afrodita o Celebrity), como gustan algunos de referirse a las más recientes.
 
Resumiendo: ir a ver una de Woody Allen es hoy por hoy un puro ejercicio de complicidad. Como celebrar el aniversario de una pareja o, si se prefiere, la fiesta de cumpleaños de un buen amigo. Unas veces es más divertido que otras, ya lo sabemos. Y eso no impide que seamos fieles a la cita.

 

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