miércoles, 28 de octubre de 2015

En modo novela (20) - Alerta choricera


En los albores de una nueva campaña electoral (buf), a punto de que los candidatos nos regalen la enésima exhibición de su habilidad para el dime y el direte y para trasladar al escenario político el concepto que en el fútbol se denomina “la falta táctica” (cuando la hace un jugador de mi equipo es una falta “necesaria” para frenar un contraataque; si la hace un jugador del equipo contrario, es un hijo de puta y hay que expulsarlo), pues sí, justo cuando se supone que tenemos que aguzar el ingenio para no regalar más poltronas a los chorizos de turno, llega la OMS y nos cuenta que el verdadero enemigo es el chorizo de la charcutería, el del bocata y la ración del bar, el soldado de un ejército de chicha que, con el colesterol por bandera, invadirá la patria de nuestros intestinos a base de tumores.
 
Sé que todo esto ha levantado un revuelo inmenso, pero yo os diría que os lo toméis con calma y no os dejéis engañar. No se ha dicho nada que no se hubiera contado ya antes mil y una veces. El problema —yo insisto en ello— es que continuamos atrapados en la era del eslogan, el tuit y la alergia a las frases largas; que las noticias ya no nos llegan como tales, sino reducidas a la sucinta versión de su titular. Todo el mundo ha leído decenas de titulares alarmistas en los últimos dos días, aunque no sé cuánta de esa gente se ha tomado la molestia de profundizar en los contenidos posteriores. El titular es la trampa. No es lo mismo decir “La OMS confirma que la carne roja es cancerígena” que “La OMS confirma que la carne roja aumenta el riesgo de contraer cáncer”. A partir de aquí, fijaos: cambiemos “confirma” por “advierte”; o cambiemos “aumenta el riesgo” por “puede aumentar el riesgo”; o cambiemos “la carne roja” por “las carnes procesadas”. Hay infinidad de matices y opciones que, según se manejen, ocasionarán uno u otro impacto en el público. Cuanto más fundamentalista sea el redactor respecto a la economía de caracteres, más peligro hay en principio de que la explicación termine siendo insuficiente. En fin, en una época en la que la brevedad se considera una virtud en sí misma aunque sea a costa de dejar las verdades a medias, hay que andarse con cuidado, o si no estaremos condenados a vivir a razón de un susto por minuto y una catástrofe apocalíptica diaria.
 
Aparte de esto, no me negaréis que con el tema de la alimentación siempre hay sospechas. Cualquiera que lleve vivo más de treinta años habrá conocido momentos de gloria y miseria de ciertos productos. Haciendo memoria apresurada, me viene, por ejemplo, el pescado azul, que en su día padeció de malísima reputación, y hoy no hay dieta saludable que no lo incorpore. Lo mismo sucedió —por increíble que nos suene ahora— nada menos que con el aceite de oliva, que fue tratado como si fuera el combustible de las calderas del infierno. Ídem con el chocolate, al que se nos presenta según el día como héroe para las neuronas o villano para nuestros órganos vitales. Y qué decir de la cerveza, nuestra querida amiga rubia sobre la que se vierten diatribas y leyendas a conveniencia; alcohol, barriga y todo eso un día, y otro día se encuentra uno textos como éste (lo prometo, está en la página alimentos.org): “La cerveza nos proporciona beneficios para la salud contra el cáncer, reduce el riesgo de contraer enfermedades cardiovasculares, aumenta la densidad ósea, previene contra la demencia y contra la enfermedad coronaria, ayuda a nuestro sistema digestivo, posee propiedades contra el envejecimiento, contrarresta la diabetes, los cálculos biliares, los cálculos renales y la osteoporosis, la hipertensión, además actúa como diurético y destructor del estrés”.
 
Particularmente curioso es el caso del tabaco. Su relación con la posible aparición de tumores está más o menos aceptada, incluso por quienes deciden fumar, y aun así, a alguien se le ocurre un día estampar las cajetillas con mensajes funestos y fotografías dignas del gore más chusco y, bueno, un poco de revuelo por aquí y por allá, pero nada, los fumadores siguen en sus trece. Es más, cuando realmente se sublevaron los amantes del pitillo fue cuando se les prohibió fumar en los bares, y no es que no lo entienda (imagino que la adicción es ingobernable, y basta que a uno le prohíban algo para que lo defienda con más ahínco). Así pues, mientras no prohíban el consumo de carnes y embutidos, que cada cual elija y todos contentos.
 
Sobre todo, cuidado con los titulares sensacionalistas. La carne es cancerígena. El chorizo es cancerígeno. El jamón es cancerígeno. El tabaco es cancerígeno. El alcohol es cancerígeno. La Coca-Cola es cancerígena. Los móviles son cancerígenos. Los donuts son cancerígenos. El humo de los coches es cancerígeno. El sedentarismo es cancerígeno. Vivir es cancerígeno. Vosotros mismos.
 
 

P. D. literaria, para variar: como algunos ya sabéis, he sido seleccionado como finalista del X Premio Literario el Laurel. El próximo 13 de noviembre tendrá lugar la cena en el Ateneo de Sant Feliú de Llobregat, durante la cual se desvelará el nombre del ganador. Pase lo que lo que pase, os lo contaré aquí.
 

 

viernes, 16 de octubre de 2015

En modo novela (19) - La realidad inverosímil y el racional Woody Allen


 
La fotografía pertenece al diario argentino Clarín, y su descubrimiento lo debo a una de mis recientes y espectaculares meriendas bonaerenses (ésta en concreto, en el barrio de San Telmo). Se trata de una noticia real. Tan real, que si fuera inventada, sería inverosímil.
 
Una masacre en vivo y en directo conmueve a Estados Unidos. Una cronista de TV y su camarógrafo fueron acribillados por un ex colega, que después se suicidó, cuando estaban al aire. Este tipo de sucesos se producen constantemente, y por un lado me viene bien, ya que sirven para recordar que mi novela La vida privada de Dios trata sobre esto, sobre cómo los medios reescriben no sólo la realidad, sino también la ficción más disparatada. Aunque, por otro lado, resulta un poco frustrante comprobar que también las obras literarias, como las noticias, reciben un trato comercial regido por las leyes de la actualidad y la inmediatez.
 
En una época en que una novela publicada hace seis meses se considera ya “antigua”, y en la que el público prefiere inclinarse ante un tuit de Risto Mejide que ante una idea argumentada en varias páginas, se hace difícil defender la vigencia de una historia que no esté escrita esta misma mañana (y a ser posible en menos de 200 caracteres).
 
Por si acaso, yo sigo insistiendo. Si a las películas de saldo que algunas cadenas ponen en la sobremesa de los domingos les funciona eso de “basado en hechos reales”, lo mismo me vale a mí aquello de “la vida me plagia”.
 
Y ahora nos vamos al cine.
 
Parece claro que el Woody Allen del siglo veintiuno funciona más a base de inercia que de creatividad, y es algo —tal vez lo único— que pone de acuerdo tanto a seguidores como a detractores. Éstos últimos gustan de ensalzar el latiguillo despectivo que afirma que Allen hace siempre la misma película, una apreciación no del todo falsa pero que, igualmente, en caso de ser cierta, no tendría por qué suponer un problema (si lo hace mejor que nadie y, además, lo ha inventado él, ¿por qué no seguir fiel a su estilo y sus caprichos?).
 
Es verdad que los temas en la filmografía del neoyorquino se repiten, más aún cuando desde hace lustros se ha comprometido tácitamente a no fallar a su cita anual, una película por año, pase lo que pase y caiga quien caiga. Esta circunstancia provoca esa sensación de continuidad y reiteración en su obra que, a quienes la detestan, les produce el rechazo de lo monótono y rutinario.
 
Pero me parece injusto desprestigiar por sistema y sin excepción los últimos títulos de Woody Allen, ya que, por mucho que conozcamos de memoria las claves de su cine, deberíamos siempre considerar cada película por separado, valorarla en sí misma y no necesariamente en comparación con las obras maestras del pasado.
 
En sus guiones nunca faltan las referencias literarias, musicales, mitológicas y artísticas en general, pero la diferencia respecto a determinados amantes de la pedantería y el didactismo que pululan por festivales y filmotecas es que el señor bajito de las gafas de pasta es lo mismo un idólatra romántico que un iconoclasta incorregible, un tipo capaz de burlarse de sí mismo y de sus manías, hasta el punto de haber conseguido una fusión entre su persona y su personaje casi imposible de descomponer. Es evidente cuando el propio Woody Allen se coloca delante de la cámara para interpretar a un personaje. Cuando no lo hace, casi siempre terminamos reconociendo en el actor de turno (John Cusack, Kenneth Branagh, Owen Wilson, Jason Biggs, Will Ferrell, Larry David…) a un replicante o imitador de los balbuceos, chistes y tics característicos del director. 
 

Curiosamente, no sucede así en Irrational man, donde Joaquin Phoenix —barriga cervecera y mirada de tarado aparte— prescinde de histrionismos para mostrarnos su tormento interior y el giro drástico que dará su adocenada vida de profesor universitario. La trama se apoya sobre tres ejes indispensables en el cine de Allen: filosofía-romance-crimen, y muestra una vez más esa doble faceta del autor, la del intelectual y la del cómico, la del hombre culto y la del que piensa que la única manera de soportar la angustia vital es la evasión, el entretenimiento. En semejante guiso es compatible mezclar las citas a Dostoievski o a Kant con las referencias a Extraños en un tren (de Patricia Highsmith la novela, de Alfred Hitchcock la película) o Los crímenes de Oxford (de Guillermo Martínez la novela, de Álex de la Iglesia la película), pero si a alguien nos recuerda Woody Allen es a sí mismo, a algunos de sus trabajos anteriores. Irrational man no es tan dramón como Delitos y faltas, Cassandra’s dream o Match Point, ni tan cómica como Scoop, Misterioso asesinato en Manhattan o Balas sobre Broadway, aunque de todas ellas es pariente, y muy cercana.
 
Ah, y por supuesto, Chejov, otro de los clásicos favoritos del de Manhattan, se manifiesta a través de su célebre recurso narrativo del clavo, esta vez transformado en otra pieza algo más sofisticada de la caja de herramientas.
 
El trío que conforman Joaquin Phoenix, Emma Stone y Parker Posey se basta y se sobra para sostener el triple entramado de deseos humanos, impulsos criminales y dudas existenciales y morales. Toca decir que no está a la altura de sus grandes obras, pero no deja por ello de ser una buena y recomendable película.
 
Es más, a veces he pensado que si le mostráramos a un espectador joven la filmografía de Allen con ciertas películas cambiadas de lugar en la cronología, tal vez no estuviera tan claro eso de que lo mejor está siempre antes del año 2000. Por ejemplo, si fecháramos en la última década títulos como Alice, September, Sombras y niebla, Interiores o Acordes y desacuerdos, y, al mismo tiempo, presentáramos como producciones del siglo veinte las estupendas Match point, Si la cosa funciona, Granujas de medio pelo, Un final made in Hollywood o Midnight in Paris, ¿se notaría realmente el trueque? Yo me encomiendo a Kulechov y me atrevo a asegurar que no.
 
El pasado suele producir una ilusión de homogeneidad en nuestra memoria que es infiel a la secuencia real de los hechos vividos. Entre las celebradas Annie Hall, Manhattan, Zelig, La Rosa Púrpura de El Cairo, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Misterioso asesinato en Manhattan y Desmontando a Harry, Woody Allen, no lo olvidemos, dirigió obras puede que no tan brillantes, o de esas consideradas “menores” (a mí, que conste, no me parecen menores Balas sobre Broadway, Otra mujer, Broadway Danny Rose, Poderosa Afrodita o Celebrity), como gustan algunos de referirse a las más recientes.
 
Resumiendo: ir a ver una de Woody Allen es hoy por hoy un puro ejercicio de complicidad. Como celebrar el aniversario de una pareja o, si se prefiere, la fiesta de cumpleaños de un buen amigo. Unas veces es más divertido que otras, ya lo sabemos. Y eso no impide que seamos fieles a la cita.