jueves, 17 de septiembre de 2015

En modo novela (17) - Informe de regreso


 
Recién aterrizado de mi segundo viaje a Argentina en nueve meses, comienza el proceso de readaptación de los sentidos. Los colores, los tamaños y los brillos desmesurados de la apabullante naturaleza del norte del hemisferio sur desaparecen de la vista, y en manada, aunque en perfecto orden, se van almacenando en este cerebro de peatón y (por si acaso) también en las tarjetas y los discos duros de rigor. El chamullo porteño deja de ser la banda sonora, y ahora hay que volver a acostumbrarse al “adéu” y el “molt bé”, aunque aún se cuele algún “obvio” y  más de un “¿viste?” en medio del discurso. Sobre el sentido del gusto, quizá la báscula sea mejor portavoz que yo, goloso de mí, y en cuanto a los olores, echo de menos el perfume a asado en cada rincón, a la hora que sea, incluso con la barriga a punto de reventar, sin hambre, como sea, siempre será bienvenido. El sentido del tacto forma parte mayormente de mi intimidad, por lo que pasamos ya al asunto que nos ocupa, esto es, los libros, la lectura, que esta bitácora está lejos aún de ser el ¡Hola!, por mucho que algún que otro Premio Nobel ande pisando fuerte por esos fregados.
 
Señales de vida aparte, inicio este reencuentro y la nueva temporada bloguera compartiendo con vosotros las lecturas que me han acompañado durante el verano, por si alguien anda con curiosidad o falta de ideas. Por supuesto, no todos son exactamente recomendaciones, pero qué sería de la vida sin su pizca de riesgo.
 
 
Teniendo en cuenta que El adversario es una de esas novelas que siempre elegiría para una lista de favoritos y de relecturas, ya iba siendo extraño que tan sólo hubiera leído otra obra de Emmanuel Carrère, Una novela rusa. Por eso este verano me he querido dar el atracón, y he disfrutado mucho con Una semana en la nieve, algo menos con El bigote, y bastante con De vidas ajenas (a la que creo que le sobran unas cuantas páginas sobre los entresijos del derecho crediticio). Ahora me esperan Limónov y El reino. Digamos que ya puedo considerarme casi adicto a este autor.
 
Con Bolaño, por otra parte, voy con cuentagotas, como ya expliqué en su momento en este espacio. Voy retrasando el momento de enfrentarme a sus magnas obras (Los detectives salvajes, 2666), y por el camino voy picoteando de sus textos más breves. Imagino que para los bolañistas Una novelita lumpen no será nada memorable, aunque a mí me ha encantado. Por si fuera poco, la aparición del personaje de Maciste es como un magdalenazo de Proust en toda la sien.
 
Si de verdad os interesa leer algo erótico, lascivo, lúbrico y un punto retorcido, dejaos de sombras de Grey e intentadlo con La mujer de sombra, de Luisgé Martín. Y si lo que os van son los amores complicados y buscáis lágrimas en detrimento de otros fluidos, probad con Música para feos, de Lorenzo Silva, que no es redonda pero se lee en una tarde y tiene su aquél.
 
Y sí, también he leído cosas divertidas, que no todo va a ser drama e intensidad. Un digno entretenimiento es, o así me lo ha parecido, El nuevo paraíso de los tontos, de Hernán Casciari. No es una novela, sino una recopilación de textos sobre la influencia de la tecnología en nuestra vida cotidiana. También hay un capítulo que se ocupa de los talleres literarios, y en el que se le nota mucho que va un poco sobrado por ser un autor popular, pero se lo perdono, mire usted.
 
De Jonathan Coe había leído una novela de esas que dejan un bonito recuerdo, La lluvia antes de caer, y me ha sorprendido el desparpajo y la sorna británica que desprende Expo 58, que es una historia de diplomáticos y espías, y también de amor y lealtad. Se lee con la misma facilidad e idéntico deleite con que uno devora un helado de dulce de leche y cacao holandés sentado a la sombra… En fin, ya me entendéis. Una de mis lecturas favoritas de este verano.
 
Con Héctor Abad Faciolince tenía una deuda similar a la de Carrère. Me gustó mucho Basura, y desde entonces no le había vuelto a prestar atención al escritor colombiano. He leído por fin El olvido que seremos, y en este caso me atrevo a recomendarlo sin titubeos. En la línea, precisamente, de Carrère, es decir, valiéndose de la realidad para novelarla y despacharla como si de una apasionante historia de ficción se tratase, Abad hijo nos cuenta la biografía truncada de Abad padre, con todo lo que la vida tiene de dulce y de amargo, de alegre y de triste, con el trasfondo siempre trágico de los que pelean en una sociedad en la que la discrepancia se resuelve a balazos. Es un libro duro y a la vez emocionante, y posee algo que personalmente me encanta: la figura carismática del relato no lo es tanto por su radicalidad como por su voluntad de defender el término medio; la templanza (que no la tibieza), que diría Muñoz Molina. Imprescindible.
 
Justo al día siguiente de terminarme Yo fui Johnny Thunders, su autor, Carlos Zanón, era galardonado con el premio Hammet de novela negra. Para los prejuiciosos o los no iniciados conviene aclarar que, más allá de mujeres fatales y tipos con gabardina que fuman como chimeneas, hay un género negro que se ocupa de los bares de la esquina y los guitarristas de rock and roll, historias de crimen y venganza que pueden pasar en tu barrio o en el mío. Zanón es un experto en ello, y este primer acercamiento a su obra me lo ha demostrado.
 
Siguiendo con autores relegados sin saber muy bien por qué, recuperé a Michel Houellebecq, que me impresionó en su día con Plataforma, y de quien he leído también Las partículas elementales. Elegí para el reencuentro su primera novela, Ampliación del campo de batalla, que en conjunto deja buen sabor, aunque queda igualmente una sensación de batiburrillo que parece tanto una carencia de autor novel como una consigna de estilo de quien aspira a ser el dios de los raritos.
 
A Javier Calvo lo mantenía a distancia porque lo tenía erróneamente asociado a determinados postureos que me producen alergia, pero tras leer Mundo maravilloso no me queda otra que reconocer mi equivocación, y ahora tengo ganas de leer algunas de sus otras novelas. He visto por ahí que algunos lo comparan con Chabon, Foster Wallace o Palahniuk. No sé si llega a tanto, pero como posible pista ahí lo dejo.
 
Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro, posee un inicio que atrapa, que estructura la narración de la manera más conveniente para crear misterio. En este sentido, intachable. Lo malo es que a medida que el misterio se alumbra y, sobre todo, cuando llegamos a conocer su origen, nos queda un último tercio de libro que carece de sorpresas y se entrega por completo a una trama melodramática más bien convencional y aun previsible. Como la novela es corta, se lee sin esfuerzo, pero es una pena que las expectativas iniciales se terminen desinflando.
 
Algo parecido me ocurrió al leer La muerte del pequeño Shug, de Daniel Woodrell. Los personajes, el entorno, la atmósfera, todo suena auténtico, crudo, en su salsa, pero será porque tenemos mucho Cormac McCarthy y mucho cine independiente a cuestas, que es como si faltara algo, una rendija para lo inesperado. Supongo que para los incondicionales del género poder ser incluso una novela ejemplar, pero puestos a pasearnos por la mugre canallesca de la América profunda, yo me quedo con Jim Thompson.
 
Y como muchos de vosotros, este peatón también ha sentido curiosidad por el fenómeno literario de las novelas policiacas de Pierre Lemaitre. Debo decir en este sentido que la publicidad excesivamente generosa no siempre hace favores. O sea, tanto Irène como Vestido de novia están más que bien (más la primera que la segunda, en mi opinión), son intrigantes y de lectura ágil, con personajes atractivos y giros efectivos de la trama, además de contener unas dosis de crueldad que, creo yo, superan la media de lo convencional. Eso sí, cuidado con pasarse de rosca y fiarse de los panegíricos que los editores imprimen hábilmente en las fajitas para que compréis el libro. Insisto: no es que las novelas de Lemaitre no sean buenas; es más bien que ya hemos visto muchas películas.
 
Entre manos me traigo la última de Cercas, El impostor, otra vez ese juego de inflar material de reportaje periodístico para convertirlo en novela. Ya veremos cómo resulta. Lo que si me va quedando cada vez más claro (y esto valdría también para Carrère) es que el recurso tan en boga de la ficción novelada no deja de ser una hábil estrategia para terminar hablando de uno mismo sin que lo parezca, aunque la verdad es que lo parece. Ego de novelista, supongo. Que busque piedras el que esté libre. Y en la estantería aguardan, asomando el lomo, La posibilidad de una isla (Houellebecq), Venganza (Benjamin Black), más algún otro caso policial de Lemaitre, la primera entrega del mamotreto autobiográfico de Karl Ove Knausgard (que me atrae tanto como me repele; soy así de sensible a las modas, enseguida les cojo manía), y también El tango de la guardia vieja, de Pérez-Revete, a quien no leo desde hace siglos pero que me ha camelado esta vez por aquello de la reminiscencia porteña. Ya veremos.
 
 
 

4 comentarios:

Palimp dijo...

Me apunto algunos que desconocía. ¡Gracias!

Javier Rodríguez Godoy dijo...

Anotados, gracias!

colifata por el mundo dijo...

No sé cómo tiene tiempo profesor para tanta cosa...viaja, lee, normal que luego no quiera que le mandemos nuestras novelas...jajajaj

El último peatón dijo...

No hay de qué, muchachos. De hecho, mi deuda de sugerencias literarias con el Cuchitril es todavía considerable...

Colifata: ¡Me descubriste! El secreto es andar todo el día por ahí baruto ;)