lunes, 28 de septiembre de 2015

En modo novela (18) - Excepción


 
Para variar, voy a hablar por una vez de lo que toca. De lo que habla la gente en la calle y no de lo que a mí me da la gana. Lo que sigue son dos textos ya publicados en esta bitácora, uno en el 2012 y otro de este mismo año. Ambos resumen el simple y (creo) lógico punto de vista de alguien nacido en Talavera de la Reina (Toledo), que ha vivido y crecido en Madrid desde los 3 hasta los 29 años, y que vive en Barcelona desde hace casi 18. Añadamos al lote que mi pareja es de Buenos Aires (Argentina), que mi equipo de fútbol es el Athletic de Bilbao, que la mayoría de los cineastas y músicos que más me gustan son de origen británico o estadounidense, y que leo libros de autores procedentes de la práctica totalidad del mundo, incluida España. Digamos, por poner la guinda y ceñirnos sólo al ámbito literario, que los tres editores que he tenido hasta ahora han sido un madrileño, un leridano y un coruñés, que una de mis obras publicadas (En3lazados) la escribí en conjunto con una mejicana y una valenciana, y que, ya puestos, me encantaría que mis libros fueran traducidos hasta al lenguaje de silbidos de La Gomera.

La mano que sostiene mis ideas siempre ha sido más zurda que diestra, pero una vez observado el circo de coaliciones, pactos, camarillas y conciliábulos con que nos han deleitado los candidatos a las elecciones autonómicas catalanas, me temo que sólo quedan dos opciones. Una, reconocer que reducir la contienda política a dos extremos se queda corto y hay que pensar ya en los puntos cardinales, o acaso en los tentáculos de un pulpo, para dibujar el mapa ideológico. Dos (la mía), pasar del escepticismo directamente al agnosticismo.

  

26 de octubre de 2012

Compruebo con estupor que mis ideas presuntamente progresistas se han quedado desfasadas. Servidor ha crecido con la opinión consolidada de que el pensamiento más abierto, tolerante y liberado en lo referente a la constitución del mapamundi era la utopía del mundo sin fronteras. Pensaba yo que considerarse “ciudadano del mundo” era preferible a empecinarme en ser “muy de mi pueblo”. Sobre todo porque una cosa, tal como humildemente lo veo, no es incompatible con la otra.

Pero resulta que el ambiente reinante me dicta que hoy por hoy hay que pronunciarse obligatoriamente a favor de los nacionalismos para que no le tomen a uno por facha. Pues qué bien. Ya he dicho aquí más de una vez lo que opino sobre todo este asunto de las naciones, las banderas y demás ínfulas de fundamentalismo geográfico. Mi opinión no ha variado. Las circunstancias en que he nacido y crecido hacen prácticamente imposible que haya desarrollado ningún tipo de ideología independentista, pero eso (coño, parece mentira que haya que aclararlo) tampoco me convierte por norma en partidario del imperialismo, el centralismo o cualquiera de las múltiples gratuidades terminadas en “ismo” que no se les caen de la boca a mis paisanos y conciudadanos en las últimas semanas.

La culpa, como casi siempre, es de los partidos políticos, a los que les va de perlas instaurar una dinámica de debate popular y opinión pública basada en la bipolaridad, la dicotomía extrema y el maniqueísmo. Y después, el mayor de los engaños pergeñados: convencer al pueblo (al electorado, por ser más sibilinamente conciso) de que hablan de sentimientos, cuando es sabido que de lo que hablan en realidad es de otra cosa mucho más prosaica y tangible que se acostumbra a guardar en un monedero.

El tema ciertamente me agota, me aburre mucho. Me cansa sobre todo tener que matizar, cada vez que expreso mi sincera opinión, que pese a no albergar ningún tipo de idea nacionalista ni independentista, respeto, por supuesto, a todo aquel que sí lo defienda. Como si todo lo que no sea reivindicación nacionalista me volviera sospechoso de xenofobia y tuviera que hacer igual que aquellos que tras un comentario homófobo se sienten en el deber de aclarar que “tienen muchos amigos gays”
. Qué coñazo.

Sin embargo, hay un par de cuestiones que sí creo que me correspondería abordar, dada mi ubicación en el contexto.

La primera de ellas tiene que ver con ese clima de confrontación constante y virulento que se ha apoderado de las parrillas informativas y las tertulias. Parece que sólo existan dos posturas y, por consiguiente, dos colectivos en discordia. Por una parte, los independentistas. Por otra parte, los españolistas. Y se acabó. Todo el mundo parece haberse olvidado de los dos colectivos menos numerosos pero no por ello más irrelevantes. Es más, estos dos grupos de ciudadanos (a uno de los cuales pertenezco) son la clave para mantener el equilibrio, la cordura y la capacidad de entender cosas tan perogrullescas como que para toda regla hay honrosas excepciones, o que en el término medio suele estar a menudo la elección correcta.

Me estoy refiriendo a los colectivos que formaríamos, de un lado, los no catalanes residentes en Cataluña, y de otro, los catalanes residentes en otras partes de España. Pensad, aunque sea durante cinco minutos, en que existimos, y ya veréis como no hay razón para tanto revuelo.

La otra cuestión que me gustaría señalar es la que tiene que ver con los sentimientos. Lo he apuntado antes. No creo que el deseo de ser una nación independiente provenga del caldero ardiente de las emociones (es más, ni siquiera lo llamaría “deseo”, sino más bien “objetivo”). Los conceptos de nación, país, estado, etcétera, son racionales, intelectuales. Se le tiene apego (y eso sí son sentimientos) a una tradición, unas costumbres, una cultura, una gastronomía, un idioma, un folklore, a lugares y personas que forman parte de nuestros recuerdos más entrañables y queridos. Ahora bien, el hecho de querer concentrar todo ello en un recipiente concreto, limitado por esas líneas geográficas imaginarias que llamamos fronteras, se sale de la mera emoción, y tiene que ver con intereses de otra índole, con el poder y el dinero, si es que ambas cosas no son siempre lo mismo. Una bandera es un signo convencional (como una señal de tráfico) y un pasaporte es pura y dura burocracia.

En fin, aquí sigo, transitando las aceras barcelonesas con mis huesos castellanos, contribuyendo a mantener el equilibrio, o intentándolo, como un agente secreto doble de las viejas novelas de espías. Procurando, en la medida de lo posible, salvar la versión genuina de la vida cotidiana, que no tiene nada que ver con la que os llega a muchos —deleznable, patética, sesgada y palurda— desde determinadas tribunas, columnas, atriles, micrófonos y telecoloquios.

 

3 de junio de 2015

Nunca he votado a ningún partido. La política (entendida como la actualidad informativa y la actividad de los partidos políticos) siempre me interesó muy poco, y en los últimos años, ese muy poco se ha convertido en nada. Creo —y lo siento— que la mayoría de los ciudadanos no ejerce el sufragio universal, sino el forofismo. Estoy harto de escuchar aquí y allá los lugares comunes sobre la corrupción y la desconfianza hacia los políticos, y comprobar cada cuatro años que quienes más los entonan siguen votando lo mismo y a los mismos, y que cuando se da la circunstancia excepcional (y, en mi opinión, saludable) de que surgen nuevas caras y nuevos culos para calentar las poltronas, y que esos rostros y esos traseros pertenecen a gente que proviene (al menos en teoría) del pueblo propiamente dicho, o, como mínimo, de fuera de los partidos y las camarillas de siempre, resulta que empiezo a oír la palabra “miedo” (sí, miedo, qué cosa), y entonces todo el mundo da un paso atrás y empieza a decir que si no tienen experiencia, que si no son profesionales, que si se los van a comer los poderosos… A ver, si queréis seguir votando al PP, a CiU, al PSOE, al PNV o a cualquiera de los eternos repetidores, no pasa nada, sois libres, a mí me da igual; pero eso sí: que nadie me vuelva a calentar la cabeza echando pestes de unos u otros, que el saldo ya se ha agotado. Como vivo en Barcelona, me sorprende además la cantidad de gente que no parece (o no quiere) enterarse de que CiU es más de derechas que el grifo del agua fría, y que el solo hecho de que apoye el independentismo catalán no convierte a Artur Mas en el Che Guevara.

Y como lo de las elecciones debió de saber a poco, llegó la final de la Copa del Rey de fútbol para los adictos al politiquismo crispado. Un pitorreo. Nunca mejor dicho. Si hay un lugar en el mundo donde el silbido es el tema favorito de la banda sonora, ese es un estadio. Se pita a los árbitros, a los entrenadores, a los jugadores, a los presidentes y al resto de personalidades, figurantes, tiralevitas y chupacámaras que acostumbran a visitar los palcos. Que se pite al rey o a un himno entra, pues, dentro de lo normal; otra cosa es que sea espontáneo. Esa moto sí que no la compro, que no tengo carné (ni de conducir ni de militante de nada). Tú dale un silbato a un niño y te acabará reventando los tímpanos estés donde estés. Da igual si es la final de la Champions o si juegan un amistoso el Talavera y el Sestao. Porque el otro día había unos cuantos miles de niños en el Camp Nou, y ya veo que ni el aire inocente de pulmón infantil está a salvo de la lujuria electoralista. Madrecita. Eso es lo triste; lo demás, pura fanfarria para vender periódicos y justificar sueldos de tertulianos, que los caminos de la TDT son insondables. Bueno, y otra cosa, puestos a reflexionar: ¿alguien en el Barça ha pensado, por ejemplo, en Iniesta (de Albacete), Pedro (de Tenerife) o Luis Enrique (de Gijón)? Esto es como cuando en el Bernabéu le gritan “mono” a Alves teniendo a Marcelo en su equipo, o como cuando en el Camp Nou le dedican idéntico insulto a Marcelo teniendo en su equipo a Alves… Es sabido que Woody Allen nunca asiste a la gala de los Oscar, ni siquiera a aquellas en las que, figurando como candidato, resulta finalmente premiado. Me pregunto qué pensaríamos de él si accediese a ir a la ceremonia y, con la estatuilla entre sus manos, aprovechase para empezar a despotricar contra Hollywood, la Academia de Cine y el resto de directores que hacen películas que no le gustan.
Lo dicho: un pitorreo. Que no cuenten conmigo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

En modo novela (17) - Informe de regreso


 
Recién aterrizado de mi segundo viaje a Argentina en nueve meses, comienza el proceso de readaptación de los sentidos. Los colores, los tamaños y los brillos desmesurados de la apabullante naturaleza del norte del hemisferio sur desaparecen de la vista, y en manada, aunque en perfecto orden, se van almacenando en este cerebro de peatón y (por si acaso) también en las tarjetas y los discos duros de rigor. El chamullo porteño deja de ser la banda sonora, y ahora hay que volver a acostumbrarse al “adéu” y el “molt bé”, aunque aún se cuele algún “obvio” y  más de un “¿viste?” en medio del discurso. Sobre el sentido del gusto, quizá la báscula sea mejor portavoz que yo, goloso de mí, y en cuanto a los olores, echo de menos el perfume a asado en cada rincón, a la hora que sea, incluso con la barriga a punto de reventar, sin hambre, como sea, siempre será bienvenido. El sentido del tacto forma parte mayormente de mi intimidad, por lo que pasamos ya al asunto que nos ocupa, esto es, los libros, la lectura, que esta bitácora está lejos aún de ser el ¡Hola!, por mucho que algún que otro Premio Nobel ande pisando fuerte por esos fregados.
 
Señales de vida aparte, inicio este reencuentro y la nueva temporada bloguera compartiendo con vosotros las lecturas que me han acompañado durante el verano, por si alguien anda con curiosidad o falta de ideas. Por supuesto, no todos son exactamente recomendaciones, pero qué sería de la vida sin su pizca de riesgo.
 
 
Teniendo en cuenta que El adversario es una de esas novelas que siempre elegiría para una lista de favoritos y de relecturas, ya iba siendo extraño que tan sólo hubiera leído otra obra de Emmanuel Carrère, Una novela rusa. Por eso este verano me he querido dar el atracón, y he disfrutado mucho con Una semana en la nieve, algo menos con El bigote, y bastante con De vidas ajenas (a la que creo que le sobran unas cuantas páginas sobre los entresijos del derecho crediticio). Ahora me esperan Limónov y El reino. Digamos que ya puedo considerarme casi adicto a este autor.
 
Con Bolaño, por otra parte, voy con cuentagotas, como ya expliqué en su momento en este espacio. Voy retrasando el momento de enfrentarme a sus magnas obras (Los detectives salvajes, 2666), y por el camino voy picoteando de sus textos más breves. Imagino que para los bolañistas Una novelita lumpen no será nada memorable, aunque a mí me ha encantado. Por si fuera poco, la aparición del personaje de Maciste es como un magdalenazo de Proust en toda la sien.
 
Si de verdad os interesa leer algo erótico, lascivo, lúbrico y un punto retorcido, dejaos de sombras de Grey e intentadlo con La mujer de sombra, de Luisgé Martín. Y si lo que os van son los amores complicados y buscáis lágrimas en detrimento de otros fluidos, probad con Música para feos, de Lorenzo Silva, que no es redonda pero se lee en una tarde y tiene su aquél.
 
Y sí, también he leído cosas divertidas, que no todo va a ser drama e intensidad. Un digno entretenimiento es, o así me lo ha parecido, El nuevo paraíso de los tontos, de Hernán Casciari. No es una novela, sino una recopilación de textos sobre la influencia de la tecnología en nuestra vida cotidiana. También hay un capítulo que se ocupa de los talleres literarios, y en el que se le nota mucho que va un poco sobrado por ser un autor popular, pero se lo perdono, mire usted.
 
De Jonathan Coe había leído una novela de esas que dejan un bonito recuerdo, La lluvia antes de caer, y me ha sorprendido el desparpajo y la sorna británica que desprende Expo 58, que es una historia de diplomáticos y espías, y también de amor y lealtad. Se lee con la misma facilidad e idéntico deleite con que uno devora un helado de dulce de leche y cacao holandés sentado a la sombra… En fin, ya me entendéis. Una de mis lecturas favoritas de este verano.
 
Con Héctor Abad Faciolince tenía una deuda similar a la de Carrère. Me gustó mucho Basura, y desde entonces no le había vuelto a prestar atención al escritor colombiano. He leído por fin El olvido que seremos, y en este caso me atrevo a recomendarlo sin titubeos. En la línea, precisamente, de Carrère, es decir, valiéndose de la realidad para novelarla y despacharla como si de una apasionante historia de ficción se tratase, Abad hijo nos cuenta la biografía truncada de Abad padre, con todo lo que la vida tiene de dulce y de amargo, de alegre y de triste, con el trasfondo siempre trágico de los que pelean en una sociedad en la que la discrepancia se resuelve a balazos. Es un libro duro y a la vez emocionante, y posee algo que personalmente me encanta: la figura carismática del relato no lo es tanto por su radicalidad como por su voluntad de defender el término medio; la templanza (que no la tibieza), que diría Muñoz Molina. Imprescindible.
 
Justo al día siguiente de terminarme Yo fui Johnny Thunders, su autor, Carlos Zanón, era galardonado con el premio Hammet de novela negra. Para los prejuiciosos o los no iniciados conviene aclarar que, más allá de mujeres fatales y tipos con gabardina que fuman como chimeneas, hay un género negro que se ocupa de los bares de la esquina y los guitarristas de rock and roll, historias de crimen y venganza que pueden pasar en tu barrio o en el mío. Zanón es un experto en ello, y este primer acercamiento a su obra me lo ha demostrado.
 
Siguiendo con autores relegados sin saber muy bien por qué, recuperé a Michel Houellebecq, que me impresionó en su día con Plataforma, y de quien he leído también Las partículas elementales. Elegí para el reencuentro su primera novela, Ampliación del campo de batalla, que en conjunto deja buen sabor, aunque queda igualmente una sensación de batiburrillo que parece tanto una carencia de autor novel como una consigna de estilo de quien aspira a ser el dios de los raritos.
 
A Javier Calvo lo mantenía a distancia porque lo tenía erróneamente asociado a determinados postureos que me producen alergia, pero tras leer Mundo maravilloso no me queda otra que reconocer mi equivocación, y ahora tengo ganas de leer algunas de sus otras novelas. He visto por ahí que algunos lo comparan con Chabon, Foster Wallace o Palahniuk. No sé si llega a tanto, pero como posible pista ahí lo dejo.
 
Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro, posee un inicio que atrapa, que estructura la narración de la manera más conveniente para crear misterio. En este sentido, intachable. Lo malo es que a medida que el misterio se alumbra y, sobre todo, cuando llegamos a conocer su origen, nos queda un último tercio de libro que carece de sorpresas y se entrega por completo a una trama melodramática más bien convencional y aun previsible. Como la novela es corta, se lee sin esfuerzo, pero es una pena que las expectativas iniciales se terminen desinflando.
 
Algo parecido me ocurrió al leer La muerte del pequeño Shug, de Daniel Woodrell. Los personajes, el entorno, la atmósfera, todo suena auténtico, crudo, en su salsa, pero será porque tenemos mucho Cormac McCarthy y mucho cine independiente a cuestas, que es como si faltara algo, una rendija para lo inesperado. Supongo que para los incondicionales del género poder ser incluso una novela ejemplar, pero puestos a pasearnos por la mugre canallesca de la América profunda, yo me quedo con Jim Thompson.
 
Y como muchos de vosotros, este peatón también ha sentido curiosidad por el fenómeno literario de las novelas policiacas de Pierre Lemaitre. Debo decir en este sentido que la publicidad excesivamente generosa no siempre hace favores. O sea, tanto Irène como Vestido de novia están más que bien (más la primera que la segunda, en mi opinión), son intrigantes y de lectura ágil, con personajes atractivos y giros efectivos de la trama, además de contener unas dosis de crueldad que, creo yo, superan la media de lo convencional. Eso sí, cuidado con pasarse de rosca y fiarse de los panegíricos que los editores imprimen hábilmente en las fajitas para que compréis el libro. Insisto: no es que las novelas de Lemaitre no sean buenas; es más bien que ya hemos visto muchas películas.
 
Entre manos me traigo la última de Cercas, El impostor, otra vez ese juego de inflar material de reportaje periodístico para convertirlo en novela. Ya veremos cómo resulta. Lo que si me va quedando cada vez más claro (y esto valdría también para Carrère) es que el recurso tan en boga de la ficción novelada no deja de ser una hábil estrategia para terminar hablando de uno mismo sin que lo parezca, aunque la verdad es que lo parece. Ego de novelista, supongo. Que busque piedras el que esté libre. Y en la estantería aguardan, asomando el lomo, La posibilidad de una isla (Houellebecq), Venganza (Benjamin Black), más algún otro caso policial de Lemaitre, la primera entrega del mamotreto autobiográfico de Karl Ove Knausgard (que me atrae tanto como me repele; soy así de sensible a las modas, enseguida les cojo manía), y también El tango de la guardia vieja, de Pérez-Revete, a quien no leo desde hace siglos pero que me ha camelado esta vez por aquello de la reminiscencia porteña. Ya veremos.