viernes, 7 de agosto de 2015

En modo novela (16) - El vinilo de Proust


Me suena haber escrito por ahí alguna vez que, en mi opinión, la música es, de todas las artes, la que mejor conecta con nuestros sentimientos.

Por supuesto que hay infinidad de películas y libros que me emocionan (he oído decir a algunas personas que se han emocionado con la contemplación de un cuadro; me temo que mi sensibilidad no alcanza para tanto), pero para que un cineasta o un escritor consiga ponerme el vello de punta, la piel de gallina o llegar a empañar mis ojos, necesariamente su obra debe pasar antes por un filtro racional que, por muy automático y espontáneo que sea, establece una correspondencia directa entre la calidad de lo que leo o contemplo y los sentimientos provocados. Dicho de otra manera: una obra que considere objetivamente mala nunca poseerá la capacidad suficiente para emocionarme.

Con la música no sucede así, en mi caso. Para empezar, porque soy un auténtico lerdo en lo que se refiere a solfeo, partituras y composición en general. Aunque lo más importante es que, independientemente del grado de cultura sinfónica que uno atesore, el milagro de la música está al alcance de cualquiera, ya que su poder de seducción no depende (no tanto, al menos) de su nivel de elaboración o genialidad.

Admito que yo sí podría emocionarme con una canción que, en términos de crítico musical especializado, pudiera considerarse “mala”. Una melodía simple posee la misma capacidad potencial de provocar el nudo en la garganta que una sublime composición, ya que, tal como yo lo veo, nuestra respuesta sentimental a la música es instintiva e irracional, es el reflejo improvisado a un estímulo abstracto.

Vale que esto no es exactamente así si hablamos de canciones interpretadas en un idioma que conozcamos, ya que en ese caso el contenido de la letra influirá sin duda en la percepción global de lo escuchado. Sin embargo, para mí sigue siendo mucho más importante el elemento musical propiamente dicho. No sólo se emociona en la ópera el que entiende lo que cantan los tenores, sopranos o barítonos; por no hablar de los clásicos (Mozart, Bach, Haendel, Beethoven, etc.), las bandas sonoras cinematográficas y demás piezas totalmente instrumentales. Y, cómo no, la cantidad de música cantada en inglés que nos hemos hartado de oír los ibéricos de mi generación cuando no teníamos ni pajolera idea de la lengua de Shakespeare y de Mr. Bean (me da la impresión de que los jóvenes de hoy están más preparados en esta materia).

Otro factor que refuerza el legendario poderío de la música para conmovernos y estimularnos es su probada eficacia en el terreno de la evocación. La asociación de melodías con momentos o recuerdos de nuestra vida es algo tan sencillo como inevitable. La memoria de la música no requiere el más mínimo esfuerzo; basta a veces con escuchar un par de compases para que reaparezca súbitamente una vivencia, una persona, un sentimiento, una época o toda una existencia.

Hoy os hablo sobre esto porque he leído que Supertramp ha cancelado su gira de este verano por enfermedad de su líder, Rick Davies. Para ser sincero, este peatón ni siquiera sabía que el legendario grupo de los 70 estaba de vuelta sobre los escenarios. Otra vez las malas noticias son las que ponen en primera plana a los personajes relegados a las hemerotecas o directamente ignorados.

En 1979, año en el que se desarrolla la mayor parte de la trama de la novela que justifica la existencia de esta bitácora, se publicó Breakfast en America, seguramente el álbum más popular de Supertramp. Y ese mismo año, penúltimo de la década, se materializaron en forma de vinilo de 33 RPM los discos Dire Straits (el primero de la banda de Mark Knopfler, con su enseña Sultans of Swing), Jazz (de Queen, que conservaba aún su faceta más cañera) o Discovery (de Electric Light Orchestra —o ELO, para los perezosos y los tuiteros—, el grupo de Jeff Lynne, eterno aspirante al oficioso título de El Quinto Beatle).

Supertramp nació en el auge de aquella tendencia hoy trasnochada que se denominó rock progresivo. Puede que sea una música que a día de hoy suene anacrónica e ingenuamente pomposa en más de una ocasión. Da igual. Después de algún tiempo, ayer he vuelto a escuchar el tema Give a little bit y me ha dejado blandito y empalagoso como un sobao pasiego mojado en chocolate caliente. Nunca me he molestado en intentar traducir la letra de la canción. Puede que no sea más que una trova convencional o una simpleza inconmensurable. ¿Y qué? Para mí es un temazo porque, ha sido reencontrarme con aquellos primeros compases de guitarra acústica acompañados de los aullidos quejumbrosos de Roger Hodgson, y trasladarme automáticamente a una tarde cualquiera de un día laborable, con mis dos hermanos, los tres encerrados en una habitación y alrededor de la radio, poniéndonos al día de los éxitos musicales del momentos poco antes de que empezara la retransmisión de algún partido de la Copa de Europa. Por trillado y sensiblero que suene, se trata de un recuerdo entrañable, y el hecho de que esa canción me lo haya rescatado ya vale una fortuna.

Give a little bit pertenece al álbum Even in the quietest moments, de 1977. Poco después iría descubriendo los trabajos anteriores de la banda (Crime of the century, de 1974; Crisis, what crisis?, de 1975, más otros dos primeros discos menos interesantes), hasta que en 1979, con Breakfast en America, alcanzaron la cima de su éxito, que celebraron un año después con Paris, el disco grabado en vivo de 1980.

La cuestión es que Supertramp, al igual que Dire Straits, ELO, Queen, Genesis, Deep Purple, The Rolling Stones, The Clash, The Cure, Kraftwerk y otros tantos nombres típicos de los 70 (incluyendo los incipientes ejemplos autóctonos que plantaron las primeras semillas de la inefable Movida), sonarán también de fondo junto a los Beatles a lo largo de la novela.

Antes de hacer la pausa veraniega de rigor, oxigenar un poco las neuronas y entregarse a los diversos placeres corporales, le dedicamos unos minutos a la nostalgia musical, y de paso le deseamos al señor Davies que se mejore.