miércoles, 24 de junio de 2015

En modo novela (13) - Pasar miedo, pasar el rato


 
De verdad que me siento afortunado, porque aún no he perdido la capacidad de disfrutar de ciertas cosas sin necesidad de que me aporten nada más allá del propio disfrute. Es bastante común en la crítica cinematográfica encontrarse con argumentos del tipo “es simplemente entretenida” para denostar una película o señalar su presunta mediocridad. Pues no sé, pero si alguien me pregunta qué tal estoy y yo le digo “Bueno, simplemente contento”, igual me merezco la hostia que me atice. 
 
Vamos a ver; que ponerse estupendo es gratis y además da prestigio en según qué entornos, pero no nos pasemos. Si me dan algo de comer y está bueno, objetivo cumplido. Ya sé que no todo lo que está bueno es nutritivo o saludable, pero ya soy mayor para decidir y no tengo que demostrarle nada a nadie. Quédese usted con el dignísimo brócoli y ya me como yo el simplemente sabroso risotto. 
 
Llevo media vida defendiendo películas como Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993) o Desafío total (Paul Verhoeven, 1990) frente a ceñudos cinéfilos que las tildaban de simples entretenimientos, como si eso fuera un delito contra la inteligencia. Quien visite esta página a menudo ya conoce lo abundante y ecléctico de mi gusto cinematográfico, y habrá comprobado que desde mi perspectiva no es incompatible la admiración por las obras de gran calado artístico o intelectual con la reivindicación de un tipo de cine que es el que mantiene las salas abiertas y el que provoca que los más jóvenes (aun disponiendo de cientos de alternativas domésticas y portátiles) puedan seguir descubriendo la sensación impagable de contemplar un espectáculo en un pantallón gigante y con un sonido digno de Richter.
 
Así que, en una época donde proliferan los Transformers, los Gi-Joes y los héroes de Playstation al servicio de películas de tres horas en las que no hay nada que no se haya visto ya en el tráiler, celebro con aplauso y reverencia una película como Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), en la que la sombra de su productor Steven Spielberg se cierne para bien sobre una historia que ya nos sabemos, interpretada por unos actores que no recibirán premios… ¿y qué? Despistados del mundo: aquí lo que importan son los dinosaurios, hombre. Y el sonido, que es brutal (en el sentido auditivo y también en el animal), y ese manejo tan spielbergiano de cómo y cuándo te muestro cada cosa (aquí sí, el tráiler es lo que debe ser: un aperitivo), y un concepto de la acción que se basa en mover a los personajes y no en ponerse histéricos en la sala de montaje, y la música de John Williams, que es simplemente cojonuda. Se nota que detrás de este proyecto claramente orientado a la hiperactividad taquillera hay sin embargo un padrino que domina como pocos las suertes de la sugerencia, el crescendo y la estructura narrativa eficaz, y que además sabe poner un ojo en el siglo XXI (la reconversión del Jurassic Park original en un parque temático ya justifica la secuela) y otro en los cánones del cine clásico (y no lo digo sólo por la hitchcockiana secuencia de los pterodáctilos, que es una obviedad; repasad la filmografía de Spielberg y comprobad cómo Tiburón, E.T. el extraterrestre o En busca del arca perdida, por citar sólo tres,  ya estaban hechas para ser inmortales).
Si sois de los que buscáis verosimilitud y profundidad hasta en el guion de una peli porno, olvidaos, claro. Luego no me vengáis protestando. Pero si en vuestra agenda de alternativas de ocio el cine está en la misma categoría que el baile, las tapas o el parque de atracciones, quizá no os vaya tan mal.
 
 
 
Tiene su gracia que una película como Mad Max (George Miller, 1979), que en su estreno hace más de 30 años fue clasificada como “S” (es decir, prohibida a menores de 18 años por su alto contenido violento), se resucite ahora en una versión pasada por el botox del efecto digital y la silicona del 3D, y además en calidad de blockbuster para petar las salas de adolescentes o aun mocosos.
Cierto es que esta actualización del guerrero de la carretera apocalíptica es menos sórdida. Hay hostias desde el minuto uno hasta el último, pero aquí las hemorragias y las amputaciones se ven principal y estratégicamente eclipsadas por las abolladuras y las explosiones. Sufren las carrocerías y los motores; no tanto las pieles y los huesos (al menos a la vista del espectador). También ocurre (una vez más, y van nosecuántas) que las virguerías informáticas resultan mucho menos efectivas que los trucos de maquillaje a la hora de recrearse en la truculencia. No pasa nada por decirlo. No somos ningunos carcamales por aceptar que los efectos digitales son a menudo la versión 2.0 del cartón piedra (con el que tanto nos hemos ensañado en otros tiempos), y que hay determinados decorados virtuales que parecen salidos del mismo pincel que perpetró el remake del Eccehomo de Borja. No es el caso de este nuevo Mad Max. Furia en la carretera, ojo. La parte digital es resultona; sólo digo que se parece más a un videojuego que a aquel filme original que algunos veneramos por haberlo visto casi a escondidas y al margen de la ley, por así decir.
 
Similar es el caso del nuevo Poltergeist (Gil Kenan, 2015). Sinceramente, creo que era una película para no tocarla. Cuando una obra se consolida como un clásico (con qué gratuidad empleamos este término, por cierto)  es porque ya ha demostrado su condición de atemporal y aun eterna (clásico, aunque muchos crean lo contrario, no significa “antiguo”; menos aún, “anticuado”). No me vale lo de que si los miedos de ahora no son los de antes y todo eso, porque la película que parieron Tobe Hooper y Spielberg en los 80 iba de los miedos de siempre, no de modas pasajeras. Incluso el apartado técnico, donde quizá podría entenderse la maniobra de actualización, no sólo se sostiene pasados los años, sino que, en mi opinión, pierde efectividad con el filtro digital del remake. En resumen, menos zombis, menos chicha, menos trama. Hay algún susto, y puede que quien no conozca la película original pase su mal ratillo y todo, pero la sensación general es como de terror pasteurizado. Se la podían haber ahorrado.
 

 
De It follows (David Robert Mitchell, 2014) había leído auténticos panegíricos, y no es que la película no merezca elogios; es más bien que me ha dejado un poco a medias. O sea, como experiencia cinematográfica, un placer, una auténtica excepción dentro de un panorama saturado de insidiosas casas encantadas y poco más. Parte de una idea original y sugerente (el mal que se contagia como si fuera una enfermedad venérea), pero que habría necesitado algo más de combustible para aguantar firme todo el recorrido. En la segunda mitad de la película ya me lo sé todo, y me encomiendo a un desenlace que presumo impactante, pero que no llega. Por si fuera poco, el director elige una piscina como escenario para su clímax, y uno no puede evitar acordarse de la secuencia final de la que es probablemente la mejor película de terror que se ha hecho en lo que va de siglo, la soberbia Déjame entrar (Thomas Alfredson, 2008). Aun así, celebro que no sea el enésimo slasher disfrazado de enésima renovación del género, ni tampoco el delirio de un friki con ínfulas de filósofo posmoderno (que nadie se engañe: el cine fantástico y de terror genera más esnobismo que el cine de autor europeo). También agradezco casi hasta las lágrimas que alguien se esfuerce en transmitir el miedo en plano general y diáfano, sin recurrir al marrullero y ya cansino recurso del montaje sincopado como sinónimo del lenguaje pesadillesco. Que no. Que eso ya no da susto. Es una pena que no se haya aprovechado al máximo una idea tan buena y una dirección tan brillante. A ver cómo le sale la próxima, que el chico promete.

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