miércoles, 3 de junio de 2015

En modo novela (11) - El escorpión en la orilla del río


 
Pese a lo avanzado del trabajo a estas alturas, todavía puedo permitirme —dadas las perspectivas y la dimensión bastante calculada del proyecto— un cierto grado de experimentación o improvisación en la escritura, lo cual no es ni moco de pavo, ni teta de novicia, ni peccata minuta, ni mucho menos caca de la vaca o ful de Estambul (disculpadme, escribir sobre los 70 y los 80 me está afectando al repertorio dialéctico, lo sé).
 
Pongámonos antes de nada en situación. Considerando el orden de publicación, la primera novela fue El fantasma de Buravia, después vino Bolero envenenado, y a continuación, la última hasta hoy, La vida privada de Dios. Este orden tiene una explicación que depende más de los caprichos del mundo editorial que del proceso creativo del autor, por lo que abordaremos el asunto de otra manera, que es la que procede en este espacio.
 
En términos creativos, pues, la primera historia que empecé a convertir en una ristra de letras fue la que terminó titulándose Bolero envenenado. Fue en medio de la gestación de ésta cuando se me propuso la escritura de un relato infantil que acabó excediéndose en la dieta hasta engordar (no mucho, pero lo suficiente) y quedar embutido en cuerpo de novela, y así nació El fantasma de Buravia. El origen de La vida privada de Dios, como creo haber explicado ya aquí, se remonta nada menos que al año 2006 (Bolero envenenado se publicó en el 2007, haceos una idea), si bien antes de dedicarle el tiempo que merecía fui felizmente reclutado para participar en En3lazados, que se estrenó en las librerías a finales de 2011… A lo que voy: resulta curioso —y nunca me había detenido a pensarlo— que todas las novelas en las que trabajé hasta ahora estuvieron siempre invadidas al menos por otra aventura editorial, ya fuera en calidad de proyecto futuro o de encargo inesperado.
 
Es, por tanto, toda una novedad que en este momento le dedique mis atenciones literarias en exclusiva a esta criatura que todavía tiene más esqueleto que cuerpo. Quizá por ello, y aun no siendo del todo consciente de las circunstancias en las que produje mis anteriores obras, empecé a trabajar con una cierta sensación de “zona cero”. No es casual que, de entre todas las novelas que aguardan su turno en mi carpeta de proyectos futuros, fuera ésta la elegida, ya que hay en ella elementos con los que no suelo trabajar y que me apetecía probar. La idea no era traicionar mi estilo ni mis inquietudes básicas, pero confieso que en los primeros compases de esta nueva tarea llegué a plantearme la posibilidad de escribir pensando en esos libros que todo el mundo lee y que no se parecen mucho a los que yo escribo. Imaginé, antes de entregarme concienzudamente a las teclas del ordenador, que a lo mejor me iba a salir una historia más “blanca”, más luminosa, menos sarcástica, con personajes limpios y psicológicamente equilibrados, un libro para todos los públicos (en el sentido algo timorato del término, esto es, como esos juegos de mesa en los que reza la leyenda “De 0 a 99 años”)…
 
Pues no.
 
El duro trabajo creativo
 
 
La fábula de la rana y el escorpión la conocéis de sobra (se nombra en un montón de películas y series de televisión), y si no, Google o la Wikipedia estarán encantados de llenaros ese vacío. Viene al caso porque ahora ya estoy bastante seguro de que esta cuarta novela continuará vistiendo de irreverente negro y no tiene pensado por el momento tomarse la pastilla, así que preparaos para pasar de la risa al drama y de la fiesta al crimen, porque hasta la fecha sigo sin encontrar otra manera mejor de contar una historia.
 
 
P. D. (El siguiente comentario va a modo de postdata para que quede clara la importancia claramente secundaria que este peatón le concede al tema en cuestión, tanto en lo que se refiere al contenido de este blog como a todo lo que acontezca fuera del mismo).
 
Nunca he votado a ningún partido. La política (entendida como la actualidad informativa y la actividad de los partidos políticos) siempre me interesó muy poco, y en los últimos años, ese muy poco se ha convertido en nada. Creo —y lo siento— que la mayoría de los ciudadanos no ejerce el sufragio universal, sino el forofismo. Estoy harto de escuchar aquí y allá los lugares comunes sobre la corrupción y la desconfianza hacia los políticos, y comprobar cada cuatro años que quienes más los entonan siguen votando lo mismo y a los mismos, y que cuando se da la circunstancia excepcional (y, en mi opinión, saludable) de que surgen nuevas caras y nuevos culos para calentar las poltronas, y que esos rostros y esos traseros pertenecen a gente que proviene (al menos en teoría) del pueblo propiamente dicho, o, como mínimo, de fuera de los partidos y las camarillas de siempre, resulta que empiezo a oír la palabra “miedo” (sí, miedo, qué cosa), y entonces todo el mundo da un paso atrás y empieza a decir que si no tienen experiencia, que si no son profesionales, que si se los van a comer los poderosos… A ver, si queréis seguir votando al PP, a CiU, al PSOE, al PNV o a cualquiera de los eternos repetidores, no pasa nada, sois libres, a mí me da igual; pero eso sí: que nadie me vuelva a calentar la cabeza echando pestes de unos u otros, que el saldo ya se ha agotado. Como vivo en Barcelona, me sorprende además la cantidad de gente que no parece (o no quiere) enterarse de que CiU es más de derechas que el grifo del agua fría, y que el solo hecho de que apoye el independentismo catalán no convierte a Artur Mas en el Che Guevara.
Y como lo de las elecciones debió de saber a poco, llegó la final de la Copa del Rey de fútbol para los adictos al politiquismo crispado. Un pitorreo. Nunca mejor dicho. Si hay un lugar en el mundo donde el silbido es el tema favorito de la banda sonora, ese es un estadio. Se pita a los árbitros, a los entrenadores, a los jugadores, a los presidentes y al resto de personalidades, figurantes, tiralevitas y chupacámaras que acostumbran a visitar los palcos. Que se pite al rey o a un himno entra, pues, dentro de lo normal; otra cosa es que sea espontáneo. Esa moto sí que no la compro, que no tengo carné (ni de conducir ni de militante de nada). Tú dale un silbato a un niño y te acabará reventando los tímpanos estés donde estés. Da igual si es la final de la Champions o si juegan un amistoso el Talavera y el Sestao. Porque el otro día había unos cuantos miles de niños en el Camp Nou, y ya veo que ni el aire inocente de pulmón infantil está a salvo de la lujuria electoralista. Madrecita. Eso es lo triste; lo demás, pura fanfarria para vender periódicos y justificar sueldos de tertulianos, que los caminos de la TDT son insondables. Bueno, y otra cosa, puestos a reflexionar: ¿alguien en el Barça ha pensado, por ejemplo, en Iniesta (de Albacete), Pedro (de Tenerife) o Luis Enrique (de Gijón)? Esto es como cuando en el Bernabéu le gritan “mono” a Alves teniendo a Marcelo en su equipo, o como cuando en el Camp Nou le dedican idéntico insulto a Marcelo teniendo en su equipo a Alves… Es sabido que Woody Allen nunca asiste a la gala de los Oscar, ni siquiera a aquellas en las que, figurando como candidato, resulta finalmente premiado. Me pregunto qué pensaríamos de él si accediese a ir a la ceremonia y, con la estatuilla entre sus manos, aprovechase para empezar a despotricar contra Hollywood, la Academia de Cine y el resto de directores que hacen películas que no le gustan.
 
Lo dicho: un pitorreo. Que no cuenten conmigo.
 

2 comentarios:

Alberto NL dijo...

Lo siento, he tenido que recurrir a la wiki para conocer lo de la fábula del escorpión y la rana... ahora entiendo la relación con la postdata

El último peatón dijo...

Ja, ja... Para esto la wiki es fiable, pero no te confíes...