lunes, 4 de mayo de 2015

En modo novela (8) - Días de libro y rosas


 
No me pondré pesado sobre mi semana fantástica del mes de abril, pues ya di la brasa cuando tocaba a través de redes sociales (se supone que es así como debe hacerse), pero no quiero dejar pasar la oportunidad de insistir en el valor de la agradable, enriquecedora y casi adictiva experiencia de situarse frente a un buen puñado de lectores y someterse a su juicio sincero y espontáneo.
 
Ocurrió de nuevo el 16 de abril, y esta vez fueron los miembros del club de lectura de la Biblioteca Sant Martí de Provençals quienes tuvieron el detalle previo de leer La vida privada de Dios y el atrevimiento posterior de compartir con su autor lo mejor y lo peor de esa travesía de trescientas y pico páginas. Ahora puedo decir que albergaba ciertos temores respecto a cómo podía ser recibida mi novela en un colectivo acostumbrado a nutrir sus reuniones y debates a base de títulos clásicos y escritores inmortales. Y al igual que sucedió el mes anterior en la biblioteca de Penitents, uno abandona la sesión con ganas de más, con la sonrisa en la boca y con la satisfacción de que, tanto las virtudes como los defectos que han sido señalados y comentados justifican la decisión de haber escrito lo que se escribió, de haber elegido ese tema y no otro, de haberle dado ese enfoque y de haber apostado por sorprender al lector en lugar de tratar de darle una lección (la tentación estaba ahí, os lo aseguro).
 
Y, cómo no, mil gracias a Fernando Muñiz; por la ayuda, por la conversación y por las birras.
 
 
La semana fantástica continuó con la presentación en el Café Salambó —en las entrañas del barrio de Gracia, ese lugar donde las cervezas y los libros conviven como miembros de la misma familia— del nuevo libro de Franco Chiaravalloti, Esos de ahí afuera, una colección de diez cuentos en la que su autor se ha puesto un poco menos cortazariano y un poco más chejoviano, aunque en realidad se trate de una obra puramente chiaravallotiana, esto es, un trabajo en el que hay tanta materia gris como víscera, y en el que el escritor se luce precisamente por desaparecer tras su criaturas, dejándoles a ellas el protagonismo y a nosotros la oportunidad de interactuar sin barreras estilísticas ni egotistas de por medio.
 
El libro proporciona dos de los mayores beneficios que se pueden obtener de la lectura: uno, la complicidad y la identificación, el reflejo del yo en uno mismo y también en los otros; y dos, el placer de observar las vidas ajenas, el ojo de la cerradura como estimulante alternativa al espejo de Alicia. El equilibrio entre ambos conceptos —espejo, cerradura— es la clave para que la lectura de Esos de ahí afuera resulte apasionante. Los personajes son siempre reconocibles, pero las situaciones nos llevarán a un punto insospechado, lejos de lo previsible en la mayoría de los casos. En suma, una muestra de por qué el ser humano es tan fascinante como imperfecto… O tal vez sea que lo que nos fascina del ser humano es precisamente su imperfección.
 
 
Y llegamos al 23 de abril, Día del Libro, jornada de obligada celebración. Este año colaboré con Zurich en su San Jordi solidario, con lo que cada libro vendido tuvo su valor en euros y en risas, las que los voluntarios de la Fundación Theodora provocan, convertidos en payasos de bata blanca, en las habitaciones de los hospitales ocupadas por sus internos más pequeños e inocentes.
 
Por la tarde, con el bolígrafo en ristre y la rosa entre los dientes, cumplí mi turno en la parada del Aula de Escritores, con el ojo enorme del Arco del Triunfo mirándonos de soslayo, lo que no es poca cosa. Un taller de escritura al aire libre, unas cuantas firmas más y el reencuentro con viejos y nuevos alumnos. Poco más, y nada menos. Como siempre, un lujo poder vivir una jornada así; y como siempre, también, una inevitable reflexión posterior.
 
Hablamos del día del libro. No el día del escritor, ni el día del lector. No el día de la literatura. Cuidadito con esto. En un programa de televisión del miércoles 22, víspera de San Jordi, el presentador les preguntaba a sus contertulios: “¿Quién creéis que ganará mañana?”. La cita es literal. Lo prometo. Fíjese el avispado lector que el mencionado presentador emplea el verbo “ganar”. GANAR. Se trata, pues, de una competición. Al menos eso es lo que trasciende, lo que reflejan los medios de comunicación. Comprenderéis que, en estos términos, uno se plantee, llegada la efeméride, si merece la pena siquiera saltar al terreno de juego. Vale que el Alcorcón le ganó al Real Madrid, pero aquello eran dieciseisavos de final de la Copa del Rey, o algo así, y San Jordi es la final de la Champions. Palabras mayores.
 
Que no parezca esto la típica pataleta de autorcillo de medio pelo. Nada de eso. Ni siquiera es una queja; tan sólo una reflexión para compartir. Estar en Barcelona en una jornada como la del 23 de abril, insisto, es un gusto y un lujo. Sin ser un día oficialmente festivo, el ambiente que se respira es similar al que describía Woody Allen en una de sus películas como “hacerle novillos a la vida cotidiana”. Es el Día del Libro, y también el de las rosas. Perfecto. En apariencia, los ciudadanos barceloneses (sumados a las hordas de turistas que nunca faltan) se dedican a pasear por las calles en busca de libros, aunque sólo sea uno, el que van a regalar. Así pues, San Jordi debería ser una versión masificada e institucionalizada de la costumbre dominical de rebuscar en los cajones del rastro o rastrillo de turno; esto es, un día en el que todo el mundo se convierte en husmeador y se esfuerza por hallar títulos singulares y originales. Puede que en sus inicios fuera así, pero hoy por hoy seguro que ya no.
 
La cuestión es, si el 80% de los libros que se venden se corresponden con cuatro o a lo sumo cinco títulos, ¿tiene sentido que se llenen las calles con centenares de miles de libros a los que no se va a hacer ni caso? ¿No son esos libros —y también, me temo, sus autores— un mero atrezo, lo mismo que las senyeras y las flores, para crear ambiente y hacer el paseo más vistoso? ¿No sería mejor concienciar al público de que ese día señalado lo dedicara a salirse de la norma, a currárselo un poco, a tratar de sorprender a la persona que merece su regalo? ¿No sería mejor que en el Día del Libro hubiese hueco para todos, grandes y pequeños, superventas y supervivientes? Es más, ¿no sería un detallazo que, por un día (uno solo), los números uno se apartaran un poco y les cedieran el protagonismo a los que el resto del año sudan sangre para vender un ejemplar?
 
Bueno, ya sé la respuesta. Nada de lo anterior sería mejor si de lo que se trata es de ganar la competición. Es lógico. Una editorial no es una oenegé. Hasta ahí, Perogrullo y servidor estamos de acuerdo. Así pues, mi propuesta es: ¿por qué no una semana del libro en Barcelona? Empezamos el 23 de abril, regalando la rosa, y durante los seis días posteriores mantenemos las paradas y los chiringuitos de firmas y los eventos y lo que haga falta. Así evitamos que los lectores se apelotonen y se desesperen tratando de alcanzar su ejemplar o de saludar a su ídolo, y facilitamos también un hueco para todos los autores, y de este modo los más modestos dejamos de refunfuñar y de tocar las narices.
 
Ah, que cuesta dinero, me dicen. En qué estaría yo pensando.
 

2 comentarios:

colifata por el mundo dijo...

Totalmente de acuerdo...lo triste es lo que se pierde la gente por mirar siempre para el mismo lado...aún así, que día más bonito vivimos no? :)

El último peatón dijo...

Bonito día, che. Tendríamos que celebrar un San Jordi cada semana :)