miércoles, 20 de mayo de 2015

En modo novela (10) - El nombre es lo de menos


 
En todos los ámbitos profesionales existen pandillas, camarillas, lobbys, grupos de influencia, llamadlo como queráis, y resulta que la gente de las letras parece inclinarse más por definir a sus colectivos echando mano del concepto generación, que, si os soy sincero, nunca tengo claro si alude a una cuestión de edades o de simple contemporaneidad de las obras escritas.

Ambas opciones me valen si me refiero a ese puñado de autores que hace apenas un lustro acudían a mis clases en la escuela Aula de Escritores y ponían cara de brigada anti droga cuando un servidor —metido en su papel docente aunque igualmente convencido de sus palabras, lo juro— soltaba sin anestesia ni eufemismos de candidato frases como “Cuando los lectores os digan tal o cual cosa de vuestros libros”, o “Cuando nos veamos en las presentaciones de vuestros libros”; y sí, un poco de guasa había, pero no de burla. Más que nada, intentaba (aún hoy lo hago, y me lo aplico sobre todo a mí mismo) restarle trascendencia y grandilocuencia a algo que, sin negarle el mérito, no nos convierte ni en superhéroes ni en inmortales. Por supuesto, sé que el término “libro” (no digamos ya “mi libro”) suena a Santo Grial el día en que un alumno se estrena en el taller literario, pero hay ejemplos que respaldan mi confianza en la cantera que va pasando año tras año por las mencionadas aulas del barrio de Gracia.

En mis estanterías lucen hoy sus lomos los libros de Sergi Oset, Julio Quintas, Alberto Rey y Fernando Muñiz, los tres primeros compañeros de la misma clase, y el cuarto, aunque procedente de otro curso, miembro igualmente de la promoción 2010-2011, y que ya estamos tardando en bautizar como Generación Loquesea (barajamos nombres, pero se aceptan propuestas; hasta ahora, el bagaje no es para emocionarse: Generación Cocreta es la alternativa mejor situada, aunque sólo sea por aquello de que nos gustan los bares de tapas y las presentaciones de libros con catering).
 
 

 
Este blog es un recipiente insignificante en medio de la gigantesca despensa que es Internet, pero no viene mal que quienes asomen la nariz por aquí conozcan que, aparte de los escritores que se presentan a las elecciones o los que cuentan sus penas fiscales en suplementos dominicales, existen otros que no viven de la literatura (ni del cuento)… aunque ya les gustaría, como a todos.

Creo —y perdonadme este breve e interesado inciso— que las escuelas de escritura no siempre cuentan con la bendición de la comunidad literaria, especialmente de algunos escritores, y a veces el problema no está en la crítica —respetable y aun saludable—, sino en el porqué de la misma. “¿Pero qué enseñáis ahí?”, me han espetado de vez en cuando ciertos colegas con indisimulado y arrogante escepticismo. En la forma de preguntar adivino ya lo equivocado de su planteamiento. Cuando me dejan, lo aclaro. Dudo que nadie se haya atrevido a decir que un taller literario es un pasaporte para el éxito editorial, ni mucho menos una fábrica de milagros donde se convierte a un zoquete carente de imaginación en un artista brillante. Las escuelas de escritura no son muy distintas de las de cocina, o de las academias de baile. Otra cosa es que el resultado sea más vistoso o más útil para ligar (eso que lo decida cada cual). Claro que el talento no se enseña. Guardiola, Luis Aragonés y Del Bosque no enseñaron a jugar al fútbol a Iniesta. El chico ya era bueno, es obvio. Pero también podían haberlo dejado en el banquillo o haberle puesto a jugar en una posición que no era la adecuada (de portero, por ejemplo). Hay zurdos muy buenos que, según con el entrenador que les toque en suerte o desgracia, pueden terminar dominando también la diestra o condenados a vegetar en el carril izquierdo de la cancha. Un jugador puede ser un fuera de serie, pero atreverse a lanzar una falta o un penalti depende a veces de si se siente respaldado o de si alguien le ha convencido de que va a ser capaz de hacerlo bien. No os compliquéis la vida; es eso. Y también es escribir por el placer mismo de hacerlo, como el que se apunta al curso de cocina con wok sin intención de dedicarse a la restauración oriental, o quien prueba a aprender el tango, la rumba o el merengue con el único objetivo de arrimar la cebolleta en tiempos de penuria, sin anhelos de pisar un escenario en su puñetera vida.

 

4 comentarios:

Sergi G. Oset dijo...

En el caso de los ejemplos expuestos como autores, más que hablar de generación, lo haría bajo el término de D-generación. Es más punk, más subversivo o da más morbo, (quizá ayude a vender más) XD.
En mi caso, solo puedo decir que el paso por los talleres de escritura, lejos de ser una anécdota, significó la posibilidad de abastecer la mochila de un amplio arsenal con el que enfrentarme al proceso de escritura, la oportunidad descubrir procesos i técnicas (que podía aplicar por intuición) pero que desconocía. Tener que exponer el propio trabajo ante desconocidos para que sea diseccionado y aprender a aceptar las críticas, es un paso indispensable para mejorar y aspirar escribir algo decente, o comprensible (que ya es mucho).
El roce, la discusión y el buen hacer pedagógico dio la posibilidad de que surgieran buenas amistades y hasta colaboraciones literarias. Eso solo puede resumirse en dos palabras: buen trabajo.

reducidoalaescribitud dijo...

En lo que a mí respecta, respetadísimo,no hay quien dude de que eres penalmente responsable de mis perpetraciones literarias. Mi agradecimiento es interminable. Dudo que el resto de la humanidad pueda decir lo mismo. Un abrazo, y gracias.

colifata por el mundo dijo...

Que puedo decir yo, a mí el taller me gustó tanto y me aportó tanto ...que me quedé incluso con el profesor...;)

El último peatón dijo...

Sergi: me gusta lo de la generación degenerada. Si al final nos decidimos por ese nombre, te daremos un porcentaje mayor de royalties... ;)

Julio: asumo mi responsabilidad penal y, llegado el día, montaremos una nueva versión del taller en el trullo, que allí por tiempo no será.

Silvia: ya sabés que vos sos repetidora indefinida... ;)