martes, 10 de marzo de 2015

En modo novela (5) - Que hablen los que leen


 
Repito lo que publiqué en mi cuenta de Facebook días antes de compartir una jornada con los miembros del club de lectura de la biblioteca M. Antonieta Cot, en el barrio barcelonés de Penitents:
 
“Eso que para los cantantes o los actores de teatro es habitual, para los escritores es un lujo que pocas veces se disfruta; me refiero a tener delante a tus lectores, que opinen sobre tus novelas y te sugieran, pregunten, alaben o critiquen”.
 
Sé que parece puro peloteo para ganar público, pero no es sólo eso. Como en cada tópico siempre queda algún residuo de verdad, en aquel que sostiene que, una vez publicada, la novela deja de pertenecer a su autor para pasar a ser propiedad de cada lector, hay bastante de cierto. Basta contrastar lo que uno cree más destacado con lo que realmente termina llamando la atención para demostrarlo.
 
Hay escenas en La vida privada de Dios que ideé a conciencia para causar determinados efectos, y otras que incluí porque más o menos me convencí de que eran necesarias. Sorprende que algunas de las primeras parezcan haber pasado desapercibidas, y que sobre algunas de las segundas haya quien te diga que para él serían prescindibles.
 
Por otra parte, hay pasajes de la novela que todo el mundo coincide en destacar, momentos que son apreciados unánimemente y que gustan por igual tanto en un sentido narrativo como crítico.
 
Agradezco todo y de todo saco provecho, esa es la verdad. No obstante, me quedo con un par de apreciaciones que me hicieron especial ilusión. Una, el hecho de que un lector apreciara la veracidad de los pasajes que hacen referencia a la cotidianidad de uno de los protagonistas, Sergio, el periodista que trabaja para una cadena de televisión en España. Es verdad que el núcleo dramático de la novela tiene que ver con las tramas vinculadas al negocio del espectáculo y a las intrigas criminales derivadas de ello, pero la parte, digamos, costumbrista era en mi opinión esencial para equilibrar el tono satírico de la trama estadounidense y dotar de cierta seriedad a determinadas reflexiones sobre todo esto de la fama, la popularidad, la intimidad, etcétera. Resulta curioso comprobar cómo la mayoría de los lectores prefieren la parte americana de la novela y, al mismo tiempo, aportan todas sus conclusiones y reflexiones críticas basándose principalmente en los contenidos de la parte española. Esta aparente paradoja supone en realidad una gran satisfacción, pues respalda el modo en que decidí estructurar y narrar esta historia.
 
Otro comentario que he valorado siempre de manera especial —y que por suerte se ha repetido en otros foros diferentes al club de lectura— es el que hace referencia a la imaginación. A veces parece que el concepto de imaginación sólo se concibe como sinónimo o, al menos, como ingrediente de la fantasía. En La vida privada de Dios hay situaciones llevadas al extremo para acentuar el elemento paródico o satírico, pero no es una novela fantástica, ni de ciencia ficción, ni siquiera surrealista (como mucho, esperpéntica, y sólo a ratos). Por eso me agrada tanto que se mencione la imaginación como hipotética virtud; escribir tiene mucho de currar, de exprimirse los sesos, y la imaginación no es una fórmula magistral ni un comodín que te permita hacer el trueque y sustituir el esfuerzo por el ensalmo. Ojalá, pero no. La imaginación hay que entrenarla y pulirla, trabajar con ella para que funcione y se traduzca en algo original o sorprendente. Y aquí no sólo cuenta la ocurrencia propia, sino también la ajena, la imaginación de otros autores y el conocimiento o la experiencia de los lectores, lo que uno ha leído y lo que se lleva leyendo desde que Gutenberg se levantó inspirado un día.
 
 
Bueno, dije un par de apreciaciones, pero añado una más. En el cómputo de escenas señaladas como favoritas por los lectores suelen aparecer casi siempre los testimonios en primera persona de los tres participantes en el reality show extremo que plantea la novela. Como curiosidad, decir que fueron esas tres escenas las primeras que escribí, cuando aún no sabía si la historia daría tan sólo para un cuento o tendría un recorrido mayor. Hay otros pasajes que siempre se comentan, los más espectaculares o exagerados —todo lo referente a la fanfarria televisiva, la fiesta en la cárcel, la escena de la autopista, el club de billar abandonado, el estudio de cine, el desenlace—, pero hasta el club de lectura de Penitents nadie se había referido en concreto a uno de los momentos que prefiero, la entrevista que Sergio mantiene con el magnate Gregorio Díaz-Hidalgo Wagner en el despacho de este último, una escena en la que predomina el diálogo y en la que intenté que tanto las palabras intercambiadas como la atmósfera del escenario en el que se produce la conversación produjeran el doble efecto de la risa y el horror.
 
La próxima cita, el 16 de abril, en la biblioteca de Sant Martí. Ya me relamo.
 
 
P. D. Termino de escribir estas líneas y leo que han fallecido diez personas en un accidente de helicóptero durante la grabación de un reality show francés en Argentina. Lo dicho. La vida me plagia. 

 

5 comentarios:

colifata por el mundo dijo...

En Argentina pasan cosas que te plagian continuamente...eso sí, sin intención ;)

El último peatón dijo...

Y yo que creía que lo de la paella en las vías del Sarmiento era insuperable... ;)

Javier dijo...

Fui alumno tuyo y continúo aprendiendo con tu blog, desde la sombra (imagen inquietante). Los días que no me sale una palabra, me paso por aquí y salgo algo más confiado, o aliviado, no sé: mira, él sigue y sigue y qué bien lo hace y cuánto sabe, me digo, que si atmósferas y escenarios. Enhorabuena, además, por "La vida privada de Dios", ya la estoy acabando.

Si te parece bien, seguiré pasándome a comentar.

Un saludo

El último peatón dijo...

Una alegría tener noticias tuyas, Javier. Ya sabes que serás siempre bienvenido por aquí.

Por cierto, yo también quiero leer pronto tu novela...

Javier dijo...

¡Vaya, qué bien! Pues igual hay que esperar, para variar, porque estoy bloqueado. Os haré caso a ti y a Millás y lo releeré desde el principio.

Me iré pasando por aquí, un abrazo