martes, 24 de marzo de 2015

En modo novela (6) - Confesiones y cronopios


Hoy vamos a entrar en materia un poco más, hundiremos el cuchillo en la chicha hasta casi hacer sangre.
 
Hasta donde puedo (y debo) contar, se sabe que la novela tendrá 17 capítulos, más un prólogo y un epílogo. A día de hoy el tocho va por las 250 páginas… y aún sin haber pasado de capítulo 3 (!).
 
Que nadie se asuste. La situación revela por igual dos cuestiones: una, que la novela será gruesa; y dos, que tendré que llevar a cabo una labor de reestructuración y nueva fragmentación para encontrar una proporción correcta y no convertir la escritura del libro en un remake de la construcción del Monasterio de El Escorial.
 
Y una confesión:
 
En cierto momento del capítulo segundo llegué a tener la sensación de que había un obstáculo, una traba no identificada (podía venir de la sustancia dramática de la historia tanto como del armazón externo que yo le estaba colocando), algo que, sin impedirme avanzar, me hacía replantearme lo escrito de forma constante y casi maniática, primero cada tres páginas, luego cada tres líneas, después cada tres palabras.
 
Cuando esto ocurre, siempre mando a mi memoria a hacer el recado de llevarme de vuelta al auditorio de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, una tarde creo del año 2007, con Juan José Millás presentando en público su novela Laura y Julio, acompañado de Andreu Buenafuente. Cuando llega el turno de preguntas, alguien le pide al autor valenciano que explique lo que él hace cuando se encuentra en un momento de atasco en el proceso de escritura, y Millás, con esa envidiable humildad con la que dice las mismas genialidades por las que otros nos exigen que les lamamos sus ilustres traseros, cuenta que lo mejor es volver atrás, comenzar a leer de nuevo lo escrito desde el inicio, y si la historia realmente merece la pena, si es en efecto una narración destinada a ser compartida de principio a fin, entonces la lógica interna del relato hará que éste fluya por sí solo cuando volvamos a pasar por el lugar donde quedó atascado.
 
La fórmula de Millás siempre funciona. Leo de nuevo las 140 páginas que llevaba escritas y llego a la conclusión de que hay que cambiar de lugar un par de pasajes y que, además, tengo que extenderme más en ciertos detalles del primer capítulo. Así que la novela engorda, pero todo pura fibra y alimento, nada de colesteroles ni grasas chungas. Espero.
 
De regalo, una foto más a modo de pista o jeroglífico. La novela también hará una parada aquí.
 
 
Hablo ahora desde el otro lado de los libros.
 
Acabo de empezar una tarea que tenía pendiente y me había autoprometido hacía bastante tiempo. Estoy volviendo a leer los cuentos de Julio Cortázar. Iba a decir “todos los cuentos de Julio Cortázar”, pero tampoco estoy seguro de culminar mi proyecto con tan matemática precisión. Me alimentaré de los dos volúmenes antológicos publicados por Alfaguara en los 90 y después ya veremos. Aunque soy muy de novelas (y esto desde un lado y desde el otro), creo que Cortázar representa el placer de leer como pocos, y también (importantísimo desde mi punto de vista) la literatura como genialidad en la misma medida que como juego, la cultura y la evasión juntas, revueltas y dándose el filete a mandíbula suelta y calzón quitado.
 
Me he decidido a acometer de una vez esta empresa, que tenía postergada no sé muy bien por qué, al revisar algunas de las fotografías tomadas el pasado mes de diciembre en la Patagonia, concretamente en el pueblo de Calafate, y más exactamente en un lugar llamado Borges & Álvarez Libro Bar. En vez de contaros cómo es, os dejo que lo imaginéis viendo las cuatro instantáneas que muestro un poco más abajo.

 Alcemos nuestra birra por los cuentistas de este mundo. ¡Salud!

 
 
 
 
 

martes, 10 de marzo de 2015

En modo novela (5) - Que hablen los que leen


 
Repito lo que publiqué en mi cuenta de Facebook días antes de compartir una jornada con los miembros del club de lectura de la biblioteca M. Antonieta Cot, en el barrio barcelonés de Penitents:
 
“Eso que para los cantantes o los actores de teatro es habitual, para los escritores es un lujo que pocas veces se disfruta; me refiero a tener delante a tus lectores, que opinen sobre tus novelas y te sugieran, pregunten, alaben o critiquen”.
 
Sé que parece puro peloteo para ganar público, pero no es sólo eso. Como en cada tópico siempre queda algún residuo de verdad, en aquel que sostiene que, una vez publicada, la novela deja de pertenecer a su autor para pasar a ser propiedad de cada lector, hay bastante de cierto. Basta contrastar lo que uno cree más destacado con lo que realmente termina llamando la atención para demostrarlo.
 
Hay escenas en La vida privada de Dios que ideé a conciencia para causar determinados efectos, y otras que incluí porque más o menos me convencí de que eran necesarias. Sorprende que algunas de las primeras parezcan haber pasado desapercibidas, y que sobre algunas de las segundas haya quien te diga que para él serían prescindibles.
 
Por otra parte, hay pasajes de la novela que todo el mundo coincide en destacar, momentos que son apreciados unánimemente y que gustan por igual tanto en un sentido narrativo como crítico.
 
Agradezco todo y de todo saco provecho, esa es la verdad. No obstante, me quedo con un par de apreciaciones que me hicieron especial ilusión. Una, el hecho de que un lector apreciara la veracidad de los pasajes que hacen referencia a la cotidianidad de uno de los protagonistas, Sergio, el periodista que trabaja para una cadena de televisión en España. Es verdad que el núcleo dramático de la novela tiene que ver con las tramas vinculadas al negocio del espectáculo y a las intrigas criminales derivadas de ello, pero la parte, digamos, costumbrista era en mi opinión esencial para equilibrar el tono satírico de la trama estadounidense y dotar de cierta seriedad a determinadas reflexiones sobre todo esto de la fama, la popularidad, la intimidad, etcétera. Resulta curioso comprobar cómo la mayoría de los lectores prefieren la parte americana de la novela y, al mismo tiempo, aportan todas sus conclusiones y reflexiones críticas basándose principalmente en los contenidos de la parte española. Esta aparente paradoja supone en realidad una gran satisfacción, pues respalda el modo en que decidí estructurar y narrar esta historia.
 
Otro comentario que he valorado siempre de manera especial —y que por suerte se ha repetido en otros foros diferentes al club de lectura— es el que hace referencia a la imaginación. A veces parece que el concepto de imaginación sólo se concibe como sinónimo o, al menos, como ingrediente de la fantasía. En La vida privada de Dios hay situaciones llevadas al extremo para acentuar el elemento paródico o satírico, pero no es una novela fantástica, ni de ciencia ficción, ni siquiera surrealista (como mucho, esperpéntica, y sólo a ratos). Por eso me agrada tanto que se mencione la imaginación como hipotética virtud; escribir tiene mucho de currar, de exprimirse los sesos, y la imaginación no es una fórmula magistral ni un comodín que te permita hacer el trueque y sustituir el esfuerzo por el ensalmo. Ojalá, pero no. La imaginación hay que entrenarla y pulirla, trabajar con ella para que funcione y se traduzca en algo original o sorprendente. Y aquí no sólo cuenta la ocurrencia propia, sino también la ajena, la imaginación de otros autores y el conocimiento o la experiencia de los lectores, lo que uno ha leído y lo que se lleva leyendo desde que Gutenberg se levantó inspirado un día.
 
 
Bueno, dije un par de apreciaciones, pero añado una más. En el cómputo de escenas señaladas como favoritas por los lectores suelen aparecer casi siempre los testimonios en primera persona de los tres participantes en el reality show extremo que plantea la novela. Como curiosidad, decir que fueron esas tres escenas las primeras que escribí, cuando aún no sabía si la historia daría tan sólo para un cuento o tendría un recorrido mayor. Hay otros pasajes que siempre se comentan, los más espectaculares o exagerados —todo lo referente a la fanfarria televisiva, la fiesta en la cárcel, la escena de la autopista, el club de billar abandonado, el estudio de cine, el desenlace—, pero hasta el club de lectura de Penitents nadie se había referido en concreto a uno de los momentos que prefiero, la entrevista que Sergio mantiene con el magnate Gregorio Díaz-Hidalgo Wagner en el despacho de este último, una escena en la que predomina el diálogo y en la que intenté que tanto las palabras intercambiadas como la atmósfera del escenario en el que se produce la conversación produjeran el doble efecto de la risa y el horror.
 
La próxima cita, el 16 de abril, en la biblioteca de Sant Martí. Ya me relamo.
 
 
P. D. Termino de escribir estas líneas y leo que han fallecido diez personas en un accidente de helicóptero durante la grabación de un reality show francés en Argentina. Lo dicho. La vida me plagia.