viernes, 30 de enero de 2015

En modo novela (3): Peliculeando


 
No negaré que me sorprende la valoración puramente cuantitativa que mucha gente sigue utilizando para opinar sobre los Oscar y otros premios similares. Tampoco es que proceda una valoración cualitativa (sea lo que sea eso, que nunca ha estado claro del todo). A ver; los premios los conceden unos señores que votan. Perogrullo, volumen uno: el resultado del galardón es directamente proporcional a la opinión del que vota; ergo, subjetividad pura (con el añadido de otros posibles intereses que todos imaginamos).
 
Otra cosa es que podamos opinar nosotros también (faltaría más), que usemos nuestra subjetividad libre y respetable para cuestionar o valorar lo que se ha votado, y contrastarlo asimismo con nuestros gustos y opiniones personales. Hasta aquí, creo yo, todo obvio y cristalino.
 
Sin embargo, urge una aclaración respecto al asunto de la cantidad. Hollywood no es Eurovisión. Es decir, no es una cuestión de sumar más puntos que otros. Por tanto, que una película gane ocho premios Oscar no se traduce en que haya que considerarla necesariamente mejor que otra que haya ganado sólo uno o dos.
 
Más claro (Perogrullo, volumen dos): si una película gana seis premios, y dichos premios son, por ejemplo, a la mejor canción, el mejor montaje, los mejores efectos de sonido, el mejor maquillaje, la mejor música original y el mejor vestuario, su prestigio cinematográfico nunca va a situarse por encima del de otro filme que haya ganado un solo Oscar, pero en este caso a la mejor película, o incluso al mejor director o el mejor guion. Lo digo sobre todo para que no caigáis en la trampa de ir a ver una película por el simple hecho de que la anuncien como “candidata a/premiada con” tropecientos Globos de Oro, Oscars o Goyas. Somos mayores y sabemos leer. O eso creo.
 
Y, bueno, va, Perogrullo, volumen tres: los premios son como la suerte, o como el dinero: no siempre tiene más quien más lo merece. Lo importante es que os fieis de vuestro gusto o, en su defecto, vuestra intuición. Que para otras cosas bien que nos gusta presumir de criterio propio.
 
Dicho esto, voy con lo mío.
 
 
Por orden cronológico, primero los Goya.
 
Me han sorprendido positivamente las candidaturas de este año. Por una vez, los criterios de quienes han seleccionado a los nominados son casi iguales a los míos. Sólo echo en falta algo más de reconocimiento para Carmina y amén y para su creador, Paco León. La película aspira a un solo premio, actriz revelación para Yolanda Ramos. Por otra parte, sospecho que Eduard Fernández y Antonio de la Torre deben de tener una cláusula que les obliga a estar siempre nominados, aun en contra de su voluntad (no lo descarto). Son dos actorazos soberbios, y se merecen cualquier premio que les den, pero que no falten nunca en la lista de aspirantes suena excesivo. No obstante, creo que el Goya de actor de reparto será para Sacristán, inmenso en Magical Girl, que, por cierto, también ha acumulado otras muchas merecidas nominaciones.
 
El premio gordo será para La isla mínima, y me alegraré mucho por ello y por Alberto Rodríguez, que no hace tanto ruido ni luce tanto palmito como otros, pero es tan buen director como el que más.
 
Otra gran película del año que podría llevarse buena tajada es Relatos salvajes. La duda que todavía tengo es hasta qué punto se trata de una película española, medio española, medio argentina o argentina entera. A los Oscar va en representación del país de Mafalda y de Maradona, pero nuestra academia del séptimo arte sabe sacar provecho de esa cosa llamada coproducción cuando huele a éxito, y la película de Szifrón lo es (como también lo fueron Martín (Hache) o El secreto de sus ojos).
 
En cuanto al mejor director debutante, supongo que habrá duelo entre Musarañas, de Juanfer Andrés y Esteban Roel (con Álex de la Iglesia como productor, que es la verdadera baza), y 10.000 km., de Carlos Marqués-Marcet. Este peatón prefiere la primera, que no inventa nada pero da lo que se espera de ella, pura serie B consciente de serlo, y con una Macarena Gómez de miedo, en todos los sentidos. Por otra parte, la idea de 10.000 km. es interesante, aunque su desarrollo me termina llevando a ese lugar común del dialecto crítico-cinéfilo conocido como “cortometraje alargado”.
 
Y al amigo Torrente, como siempre, le queda la opción del premio a los mejores efectos especiales, o sea, las explosiones, las persecuciones y todo eso; aunque para efecto especial, la lengua de Ricardito… El que la haya visto sabrá de lo que hablo.
 
 
Vamos con los Oscar.
 
De las cuatro principales candidatas, tres no pertenecen al modelo de cine de consumo masivo típico de las superproducciones. Esto, que en sí mismo no es bueno ni malo, creo que sí es de agradecer desde la perspectiva del espectador tradicional, ya que provoca que se acerquen al gran público y a las salas de pantalla grande ciertas obras que de entrada parecían nacidas para salas de culto, cineclubs, filmotecas, horas golfas y demás foros selectos o minoritarios. 
 
El gran hotel Budapest es como un clásico del cine mudo en colores o una aventura de Tintín versionada por los hermanos Coen. Bien. Muy bien. Porque Wes Anderson, sobre todo desde su anterior película, Moonrise Kingdom, ha demostrado saber evolucionar y dejar atrás ciertos clichés del universo alternativo y rarito, lo cual, lejos de descafeinar su cine, lo ha dotado de mayor carisma y mayor fuerza narrativa. El gran hotel Budapest es una joya visual, un trabajo cuidado hasta el último detalle, lo mismo en el aspecto estético que en el artístico, con un guion pluscuamperfecto que encaja historias dentro de historias al estilo de El corazón de las tinieblas o Si una noche de invierno un viajero, aunque en realidad el director se haya inspirado en los textos de Stephan Zweig. Y además con un reparto glorioso. Anderson es la prueba (como los Coen, sin ir más lejos) de que se puede seguir siendo peculiar y auténtico sin necesidad de abusar de la broma privada y sin aferrarse al estereotipo del nerd cuando todo el mundo te reconoce ya como un autor de categoría. Bravo.
 
Boyhood es otra de las fuertes candidatas, y continuamos sin salirnos del ámbito del cine de autor. De hecho, se trata de una obra que destaca más como proyecto que como largometraje en sí mismo. Me refiero a que, aun siendo una película más que notable en el tratamiento de sus materiales dramáticos, estoy convencido de que Hollywood se ha fijado sobre todo en el hecho de que su director, Richard Linklater, tardó doce años en rodarla para no tener que hacer trampa y filmar con los mismos actores, mostrando su evolución y su deterioro físico real. Si en El árbol de la vida (filme con el que Boyhood puede guardar ciertos parecidos), Terrence Malick espesaba demasiado la historia a fuerza de imponer su pretenciosa personalidad, aquí Linklater se hace casi invisible detrás de la cámara, dejándoles toda la gloria a los intérpretes. No creo que se lleve el premio gordo, pero el Oscar a la dirección no es tan improbable.
 
 
Birdman tiene virtudes que tal vez sólo los profesionales, los cinéfilos en general y los enfermos de filmoteca en particular lleguen a apreciar. Rodada en un simulacro de plano secuencia único (como La soga, de Hitchcock), con una banda sonora hecha a base de percusión, y con una destreza encomiable para alternar realismo y surrealismo, el filme de Iñárritu supone una gozada, siempre y cuando uno tenga claro que no es una película de superhéroes ni un blockbuster para devoradores de palomitas. Cuidado con la publicidad, ya lo he dicho antes, en especial cuando va adornada con premios o nominaciones. La película cuenta con dos elementos poderosos a la hora de seducir a quienes votan a los elegidos para la gloria. Uno, el asunto del metalenguaje y la metarreferencia, cine dentro del cine, o teatro dentro del cine, lo mismo da, hay antecedentes insignes, desde Eva al desnudo hasta El juego de Hollywood, desde  El crepúsculo de los dioses hasta El viaje a ninguna parte. Dos, la referencia literaria como telón de fondo (si en El gran hotel Budapest era Zweig, aquí es Raymond Carver). Que luego no digan que en Hollywood no se preocupan por la cultura y todo es adrenalina y pirotecnia. Las interpretaciones, además, son de ovación y reverencia, con especial mención a Michael Keaton, Edward Norton y Emma Stone, los tres con sus incontestables candidaturas, y con bastantes posibilidades de pillar cacho en la rifa.
 
Cierto que la cuarta favorita en liza, The imitation game, no es una superproducción de Hollywood, pero es la que más cerca anda de ello. Se trata de una de esas producciones británicas de lujo (y que suelen gustar a los académicos), con un marco histórico casi infalible (la Segunda Guerra Mundial) y con una cuidada ambientación, más todo lo que ello conlleva (vestuario, peluquería, maquillaje, fotografía, banda sonora de Alexandre Desplat, etc.). Si le sumamos la coletilla “basada en hechos reales” y un protagonista de por sí interesante, era muy difícil que no saliera una buena película. No es una obra espectacular ni innovadora. Eso no. A cambio, es una narración clásica que utiliza admirablemente la fragmentación temporal y que, igual que la especialidad de su protagonista, domina las artes del puzzle para mantener la tensión e ir desvelando pistas a medida que avanza la trama. Habla de la trastienda de la guerra, de las artimañas que los más inteligentes pergeñan para que la labor de los más aguerridos tenga sentido (y, sobre todo, éxito). Si las guerras nacen en los despachos, se resuelven también en ellos. Quien dice despachos dice talleres, aulas o sótanos; en lugares diferentes al frente de batalla. Y esas decisiones no siempre son justas desde nuestra perspectiva moral convencional, menos aún cuando quienes las toman son imberbes matemáticos sin galones ni poder político. Y no cuento más. Lo que le debemos a Alan Turing es mucho, aunque su nombre no resalte tanto en los libros de Historia y su fama no sea la de Churchill, el general Patton o la bomba de Hiroshima. Descifrar el código secreto de comunicación de los nazis les sirvió a los aliados para ganar la guerra, y además para ganarla antes de lo imaginado. Lo mejor es que la película de Morten Tydum (autor de Headhunters, un thriller muy reivindicable) abunda también en los aspectos personales, en el carácter maniático y arrogante de Turing (exasperante para quienes trabajaron a su lado), en su testarudez y en su timidez, en su carencia de sentido del humor, en sus complejas relaciones sentimentales, y, por supuesto, en su legado profesional, que va más allá de la guerra… Si pensáis que los padres de la informática son Steve Jobs y Bill Gates, puede que cambiéis de opinión viendo esta película. Benedict Cumberbatch es un actor que siempre está bien en cualquier papel que le toque. Aquí no es una excepción, y no es extraño que el tío Oscar haya llamado a su puerta.
 
 
Echo de menos a Interestellar (Christopher Nolan) y Perdida (David Fincher) entre las candidatas importantes. La primera aspira a cinco premios, sí, pero (recordad lo que os he dicho un poco más arriba) todos ellos referentes a categorías consideradas menores (los efectos visuales, el sonido y esas cosas). La segunda tiene una nominación a mejor actriz para Rosamund Pike, más que difícil teniendo en cuenta que el Oscar parece cantado para Julianne Moore por Siempre Alice (el Alzheimer cotiza muy alto en la bolsa de los premios). Nolan y Fincher son dos de los mejores directores del Hollywood reciente, lo mismo que Paul Thomas Anderson, cuya última obra, Puro vicio, juega en las dos ligas, en la menor con la candidatura al mejor vestuario, y en la mayor con la correspondiente al mejor guion adaptado. Aquí habrá que esperar hasta marzo para verla, pero pinta muy bien.
 
También se merecía figurar en la lista de honor Begin Again, para mí uno de los grandes títulos del año (aspira a la mejor canción, lo previsible), y lo mismo su protagonista, Mark Ruffalo (quien, de todas formas, está nominado por Foxcatcher). En una cosa Hollywood sigue sin cambiar: el Oscar al mejor actor está ligado casi sin excepción a los papeles de discapacitado, borracho, tarado, deforme, o, en su defecto, personaje histórico o famoso. No hace falta aclarar que la suma de ambas categorías da como resultado una formula casi infalible para llevarse el premio a casa. Por eso, aunque creo que este año lo merece Michael Keaton, es muy posible que Eddie Redmayne se lo acabe llevando por hacer de Stephen Hawking en La teoría del todo, o bien que Benedict Cumberbatch haga valer su fórmula, no menos efectiva que la de Redmayne, esto es: personaje histórico rarito + héroe en la sombra + discriminación sexual.
 
Y me extraña que la academia no se haya acordado de Bill Murray, que está en su mejor salsa en St, Vincent. Me temo que se le van acabando las posibilidades de quitarse las espinas de Lost in translation y Flores rotas, y puede terminar arrinconado en el club de los nominados efímeros, junto a Eddie Murphy, Mickey Rourke y Peter Fonda.
 
 
En cuanto a Whiplash, decir que me ha gustado, aunque en la quiniela sólo cumpla el papel de ilustre guarnición para los platos principales. Whiplash es el clásico ejemplo de película que se beneficia de su procedencia externa al circuito de los grandes estudios, una norma que vale también para las películas extranjeras. Me refiero a que, de algún modo, es un filme indie que se toma las mismas licencias melodramáticas que no se le perdonarían a una producción de multisalas. Personalmente, no me causa ningún problema, pues carezco de ese prejuicio, pero me consta que  no sucede lo mismo entre la cinefilia exquisita y ceñuda. Porque la película de Damien Chazelle se ve con la máxima tensión, es a ratos trepidante, y diría que funciona como un thriller, como una de esas historias de duelos encarnizados entre dos personajes antagonistas (¿o no tanto?) y tan admirables como antipáticos, según el momento. Todo ello para lanzarnos la eterna pregunta de si el genio nace o se hace, de si el talento es una condición innata o un músculo que se ejercita y entrena para sacarle el mejor partido; y, lo principal, si ese talento hay que sacarlo a fuerza de sangre, sudor y hostias, o bien si uno puede estar seguro de que aflorará de manera natural por el mero hecho de llevarlo dentro. Muy interesante, la verdad. Sin embargo, cuesta creer que el mundo de las escuelas de jazz sea tan parecido al cuartel de los marines de La chaqueta metálica o El sargento de hierro, dos modelos que vienen inevitablemente a la mente al observar el comportamiento del personaje interpretado por J. K. Simmons, el más firme candidato a ganar el premio como actor de reparto, con Edward Norton echándole el aliento en la nuca, eso sí. Simmons hace una composición excelente en su rol de villano, y si acordábamos que para el actor protagonista sumaban a favor las discapacidades y la Historia, en el caso de los secundarios, hacer de malo es casi una garantía de éxito (Heath Ledger, Javier Bardem, Christoph Waltz…). En resumen, el hecho de que una película sobre una orquesta de jazz tenga más sangre que Uno de los nuestros no es impedimento para disfrutarla. Ahora bien, si sois unos fanáticos de la verosimilitud estricta, igual no os gusta tanto. 

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