miércoles, 21 de enero de 2015

En modo novela (2): Pa leer y no echar gota


Me parece que fue en un libro de Saul Bellow donde leí que el autor distinguía entre dos clases de escritores: el intelectual y el narrador. Y, ojo (espabilaos de turno), ambas modalidades eran totalmente legítimas según el premio Nobel y autor de Herzog o El legado de Humbodlt, entre otras.
 
Hay quien recurre a la literatura como vehículo para transmitir y compartir su conocimiento, para alumbrar o ilustrar a la necia ciudadanía, para animar, provocar, estimular el pensamiento, para eso tan tópico y a la vez tan valioso de “retratar la belleza” o “cambiar el mundo”. Los grandes autores de la Historia estarán siempre en este grupo. No sólo no lo dudo, sino que además lo celebro.
 
Ahora bien, dedicarse al oficio de la escritura no debería pasar exclusivamente por ser la respuesta a una ambición tan elevada (o, aún peor, a un concepto tan elevado de uno mismo). Nunca voy a reivindicar la mediocridad, pero sí que defiendo la legitimidad de una vocación literaria alejada de la grandilocuencia. Y la defiendo porque defiendo la función de la lectura como placer y como entretenimiento.
 
El leer, como el comer, es a veces una cuestión de nutrición y otras de puro goce; a veces importa el alimento y a veces tan sólo el sabor. Se come por hambre o por gula, por necesidad o porque nos da la gana, y lo mismo se lee para cultivar la inteligencia que para hacer ese rato de vida más agradable, y todo vale, bendita variedad.
 
Quizá por ello siempre he pensado que el peor lector no es el carente de ambición, sino el que cree tenerla equivocadamente. En un texto anterior ya me explayé más o menos sobre esto, así que hoy no me voy a enrollar. Es sólo que pienso en ello mientras escribo, mientras reviso el material producido y me hago la eterna y nada original pregunta de si esto le va a interesar a alguien. Ante la disyuntiva, suelen surgir dos dudas (¿debería llamarlo “temores”?): las ideas son suculentas, pero la trama no engancha; o bien, por el contrario, la historia fluye pero no habla de nada consistente… Entonces me acuerdo de Bellow (bendito sea) y reivindico internamente mi derecho a ser novelista del mismo modo que otros son propietarios de un restaurante o un parque de atracciones. No se trata de cambiar el mundo ni de demostrar nada. Tampoco de fomentar la tala de árboles inútilmente. La clave no es si las ideas están mejor o peor expuestas, o si la narración es más o menos brillante, o si los personajes están mejor o peor construidos, o si la historia es previsible o sorprendente… Ojalá, pero no. A menudo es sólo cuestión de si el libro lo publica una editorial grande o pequeña, de si está en los escaparates o si hay que buscarlo husmeando en los anaqueles, de si quien lo ha escrito es conocido más por su rostro que por su prosa.
 
Para qué estrujarse las neuronas, pues. Seguimos escribiendo como quien tacha las casillas en el boleto de la Primitiva. Y a cruzar dedos, tocar maderas o buscar chepas sobre las que frotar el resguardo.
 
 

 
 
En lo de leer estábamos.
 
Si no fuera porque están publicadas por editoriales punteras, diría que soy el único que ha leído las obras de Lionel Shriver (Tenemos que hablar de Kevin, El mundo después del cumpleaños, Todo esto para qué o Big Brother), A. M. Homes (El fin de Alice, Este libro te salvará la vida u Ojalá nos perdonen), Tom Perrotta (Juegos de niños, Lecciones de abstinencia o Ascensión), Michael Chabon (Chicos prodigiosos, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, La solución final o Telegraph Avenue), Jonathan Franzen (Las correcciones, Más afuera o Libertad), Zadie Smith (Dientes blancos, El cazador de autógrafos, Sobre la belleza o London NW), Julian Barnes (Metrolandia, Antes de conocernos, El loro de Flaubert, Hablando del asunto, Amor etcétera, La mesa limón, Arthur & George o El sentido de un final), Richard Ford (De mujeres con hombres, El periodista deportivo, Pecados sin cuento, El Día de la Independencia, Acción de gracias o Canadá)… Eso por nombrar sólo a los que siguen vivos (podría seguir con Richard Yates, Sinclair Lewis, John Updike, Saul Bellow…).
 
En fin, esto no lo hago para presumir de gusto exquisito, por favor. Todo lo contrario. Es casi un lamento, un grito desesperado que profiere tanto mi garganta de lector como la del autor. Para que me entendáis: por un lado, si nadie lee estos libros, uno no puede compartir las consecuencias de haberlos disfrutado. Por otra parte, si lo que uno escribe está influido en mayor o menor medida por lo que uno lee, y, asimismo, lo que el público mayoritario lee no coincide en absoluto con lo que a uno le gusta leer… Uno menos uno, igual a cero.
 
A pesar de todo, me permito compartir con vosotros el enorme placer que me ha supuesto la lectura durante el último mes de las novelas Big Brother, de Lionel Shriver; Ascensión, de Tom Perrotta, y Ojalá nos perdonen, de A. M. Homes.
 
Sobre el descubrimiento de Shriver hablé ya aquí, y a Homes la mencioné también en otro texto de este blog. El caso de Perrotta es curioso. Puede que sus novelas no le suenen a nadie (tú no cuentas, Alberto Rey, que además las lees en inglés, con un par), pero las adaptaciones de las mismas en forma de largometraje (Election, Juegos secretos) o serie televisiva (The Leftlovers) sí que son, como mínimo, más populares (e igualmente recomendables, si bien creo que resultará difícil disfrutar plenamente de la serie The Leftlovers sin haber leído antes la novela Ascensión). Eso sí, aviso: quizá no se parecen, ni los libros ni sus adaptaciones, a nada de lo que se compra y supervende en ferias, sanjordis y similares. No son en absoluto libros demasiado rarunos o demasiado densos (y ahora hablo de todos los autores citados dos párrafos más arriba). En algunos casos, hasta les pegaría la etiqueta de “clásicos”. Son, por lo general, historias de gente más o menos corriente, y ambientadas en épocas más o menos contemporáneas. La familia, el sexo, la infancia, el cáncer, la obesidad, la infidelidad, la música, el cine, la religión, la cultura pop y la cultura en general, la xenofobia, el trabajo, los celos, la soledad, el alcohol, las drogas, la comida, los comics, la televisión, la fama, la depresión, la justicia, el crimen, el dinero, el deporte, la política, la solidaridad, la mentira, el destino, el talento, el éxito y el fracaso, o sea, la vida misma, de esto tratan las obras de estos autores que, incomprensiblemente para mí, no parecen gozar de un seguimiento masivo entre vosotros, mis paisanos.
 

No hay comentarios: