sábado, 10 de enero de 2015

En modo novela (1): La fama, esa cosa


 
Lo que ha pasado el otro día en Francia ha sido que tres individuos han asesinado a diecisiete individuos. Es lo que como individuo lamento y condeno. El resto, todo etiquetas y lugares comunes, intoxicación mediática y política. Lo peor de cada rincón se relame y se frota las manos: los unos, aprendices de Charles Bronson y nostálgicos del Cid Campeador, la carcunda rancia que no hay manera de extinguir; los otros, los que me quieren convencer de que echar la culpa de todo a los yanquis basta para sacarse el carnet de progresista, tolerante y defensor de los derechos humanos. No compro. Esto no es Oriente contra Occidente. No es el islam contra el cristianismo. Es matar por un dibujo. Me da igual si el asesino lleva turbante o bombín, si habla en esperanto o en arameo. No pienso odiar ni a los musulmanes ni a los norteamericanos ni a los franceses ni a los cristianos. El que mata es un matón. Y los países no matan. Matan (matamos) las personas. Yo no soy Charlie, pero he sido dibujante, y supongo que, de algún modo, aún lo soy. Hoy también esgrimo mi lápiz.
 
Bien. No era de esto de lo que quería hablar, pero la vida no es siempre lo que uno quiere.
 
Vamos a otra cosa.
 
He tenido que buscar en Google quién demonios era Kanye West. Lo confieso. Antes le había preguntado a alguien, por si acaso, y esta persona me había respondido con cierto aspaviento, como si fuera una obviedad (y por lo tanto un pecado que yo no lo supiera): “¡El marido de Kim Kardashian!”. Pues muy bien. Este último nombre me sonaba, sí, pero tampoco sabía seguro de qué. ¿Cantante? ¿Modelo? ¿Friki?
 
Así que, para no matar de vergüenza ajena a otro interlocutor, en vez de preguntar de nuevo, me he ido a Google. Resulta que la tal Kardashian aparece acreditada como “empresaria, modelo y actriz”. No sé yo. Bueno, ahora sí lo sé. Para empezar, cuando un famoso se autodenomina “empresario”, yo, enfermo de mí, siempre me pregunto por qué dicha celebridad nunca especifica qué tipo de actividad empresarial desarrolla su presunta empresa. En la mayoría de los casos, el término empresario viene a ser un temerario eufemismo de lo que en condiciones normales llamaríamos vivir del cuento o de la herencia de mi padre/madre/cónyuge famoso. En el resto de casos, “empresario” significa, ni más ni menos, que el individuo en cuestión ha montado una discoteca o un restaurante con el dinero ganado en un reality show de la tele.
 
Porque, ah, todavía no lo he dicho: a continuación de “empresaria, modelo y actriz”, la página de Google que he consultado añade que Kardashian es “estrella de un reality show estadounidense” (oh, sorpresa), que, para más recochineo, se llama Keeping up with the Kardashians (oh, casualidad). Y si a uno se le ocurre repasar su experiencia como actriz, el currículum se resume en cameos en cuatro o cinco series y un par de películas… y lo más cachondo del asunto es que, en la mayoría de ellas (tanto en películas como en series), la señora aparece ¡interpretándose a sí misma!… En fin. Creo que es evidente. Si eres famoso por nada en concreto, y además te invitan a aparecer en una película o un capítulo de una serie para hacer de ti mismo, una de dos: o estás forrado de pasta o estás muy bueno (o las dos cosas a la vez, se entiende).
 
A lo que iba. Resulta que el marido de esta estrella de lo que sea es rapero. A mí, si me sacas de El Langui y de Pepe da Rosa, esto del rapeo se me hace un mundo. Lo que nunca podría haber imaginado es que, cuando se anunció hace unos días que el tal Kanye West había grabado un tema a dúo con Paul McCartney, los fans del insigne señor de Kardashian nos iban a alegrar internet con una antología de involuntarios gags verbales y, a la postre, un nuevo ejemplo de que la comedia es un género que bebe tanto del ingenio como de la ignorancia.
 
He aquí algunas de las joyas tuiteadas: “Por eso amo a Kanye, por alumbrar a artistas desconocidos”; “Kanye le va a dar una carrera (a Paul)”; “Kanye tiene un gran oído para el talento. Este tipo, Paul McCartney, va a ser grande”…
 
No seré yo quien le pida a un adolescente que cambie el culo de Kim Kardashian por la cara de Paul McCartney. Las cosas como son. Ahora bien, si la razón de tal ignorancia, como ya he escuchado por ahí a más de uno, es que el ex beatle es muy viejo y los fans del rapero West muy jóvenes, que alguien me diga si sigue vivo algún contemporáneo de Beethoven o de Vivaldi. No jodamos.
 
Estoy hablando de la fama y de los realitys de la tele, y esto puede parecer el cuaderno de bitácora de mi novela anterior. No exactamente. Por si acaso, centrémonos de nuevo. La historia transcurre en 1979. No se habían inventado los reality shows. Tampoco el zapping. Sólo podía cambiarse de la Primera Cadena a la Segunda Cadena (UHF), y para ello había que levantar el culo del sillón y acercarse a apretar el botón. La fama es otra cosa. Existe desde la prehistoria. Y esta novela, además, tiene una banda sonora particular. Os dejo aquí una foto del servicio de documentación oficial de la novela, y otro día os sigo contando…
 
 

1 comentario:

Carlos de la Parra dijo...

De acuerdo que hoy por hoy la programación de tele va en decadencia y en especial con sus más recientes inventados como a los que se refiere su artículo.
Pero al parecer el objetivo de ellos es embrutecer a las masas y lo están logrando.