viernes, 30 de enero de 2015

En modo novela (3): Peliculeando


 
No negaré que me sorprende la valoración puramente cuantitativa que mucha gente sigue utilizando para opinar sobre los Oscar y otros premios similares. Tampoco es que proceda una valoración cualitativa (sea lo que sea eso, que nunca ha estado claro del todo). A ver; los premios los conceden unos señores que votan. Perogrullo, volumen uno: el resultado del galardón es directamente proporcional a la opinión del que vota; ergo, subjetividad pura (con el añadido de otros posibles intereses que todos imaginamos).
 
Otra cosa es que podamos opinar nosotros también (faltaría más), que usemos nuestra subjetividad libre y respetable para cuestionar o valorar lo que se ha votado, y contrastarlo asimismo con nuestros gustos y opiniones personales. Hasta aquí, creo yo, todo obvio y cristalino.
 
Sin embargo, urge una aclaración respecto al asunto de la cantidad. Hollywood no es Eurovisión. Es decir, no es una cuestión de sumar más puntos que otros. Por tanto, que una película gane ocho premios Oscar no se traduce en que haya que considerarla necesariamente mejor que otra que haya ganado sólo uno o dos.
 
Más claro (Perogrullo, volumen dos): si una película gana seis premios, y dichos premios son, por ejemplo, a la mejor canción, el mejor montaje, los mejores efectos de sonido, el mejor maquillaje, la mejor música original y el mejor vestuario, su prestigio cinematográfico nunca va a situarse por encima del de otro filme que haya ganado un solo Oscar, pero en este caso a la mejor película, o incluso al mejor director o el mejor guion. Lo digo sobre todo para que no caigáis en la trampa de ir a ver una película por el simple hecho de que la anuncien como “candidata a/premiada con” tropecientos Globos de Oro, Oscars o Goyas. Somos mayores y sabemos leer. O eso creo.
 
Y, bueno, va, Perogrullo, volumen tres: los premios son como la suerte, o como el dinero: no siempre tiene más quien más lo merece. Lo importante es que os fieis de vuestro gusto o, en su defecto, vuestra intuición. Que para otras cosas bien que nos gusta presumir de criterio propio.
 
Dicho esto, voy con lo mío.
 
 
Por orden cronológico, primero los Goya.
 
Me han sorprendido positivamente las candidaturas de este año. Por una vez, los criterios de quienes han seleccionado a los nominados son casi iguales a los míos. Sólo echo en falta algo más de reconocimiento para Carmina y amén y para su creador, Paco León. La película aspira a un solo premio, actriz revelación para Yolanda Ramos. Por otra parte, sospecho que Eduard Fernández y Antonio de la Torre deben de tener una cláusula que les obliga a estar siempre nominados, aun en contra de su voluntad (no lo descarto). Son dos actorazos soberbios, y se merecen cualquier premio que les den, pero que no falten nunca en la lista de aspirantes suena excesivo. No obstante, creo que el Goya de actor de reparto será para Sacristán, inmenso en Magical Girl, que, por cierto, también ha acumulado otras muchas merecidas nominaciones.
 
El premio gordo será para La isla mínima, y me alegraré mucho por ello y por Alberto Rodríguez, que no hace tanto ruido ni luce tanto palmito como otros, pero es tan buen director como el que más.
 
Otra gran película del año que podría llevarse buena tajada es Relatos salvajes. La duda que todavía tengo es hasta qué punto se trata de una película española, medio española, medio argentina o argentina entera. A los Oscar va en representación del país de Mafalda y de Maradona, pero nuestra academia del séptimo arte sabe sacar provecho de esa cosa llamada coproducción cuando huele a éxito, y la película de Szifrón lo es (como también lo fueron Martín (Hache) o El secreto de sus ojos).
 
En cuanto al mejor director debutante, supongo que habrá duelo entre Musarañas, de Juanfer Andrés y Esteban Roel (con Álex de la Iglesia como productor, que es la verdadera baza), y 10.000 km., de Carlos Marqués-Marcet. Este peatón prefiere la primera, que no inventa nada pero da lo que se espera de ella, pura serie B consciente de serlo, y con una Macarena Gómez de miedo, en todos los sentidos. Por otra parte, la idea de 10.000 km. es interesante, aunque su desarrollo me termina llevando a ese lugar común del dialecto crítico-cinéfilo conocido como “cortometraje alargado”.
 
Y al amigo Torrente, como siempre, le queda la opción del premio a los mejores efectos especiales, o sea, las explosiones, las persecuciones y todo eso; aunque para efecto especial, la lengua de Ricardito… El que la haya visto sabrá de lo que hablo.
 
 
Vamos con los Oscar.
 
De las cuatro principales candidatas, tres no pertenecen al modelo de cine de consumo masivo típico de las superproducciones. Esto, que en sí mismo no es bueno ni malo, creo que sí es de agradecer desde la perspectiva del espectador tradicional, ya que provoca que se acerquen al gran público y a las salas de pantalla grande ciertas obras que de entrada parecían nacidas para salas de culto, cineclubs, filmotecas, horas golfas y demás foros selectos o minoritarios. 
 
El gran hotel Budapest es como un clásico del cine mudo en colores o una aventura de Tintín versionada por los hermanos Coen. Bien. Muy bien. Porque Wes Anderson, sobre todo desde su anterior película, Moonrise Kingdom, ha demostrado saber evolucionar y dejar atrás ciertos clichés del universo alternativo y rarito, lo cual, lejos de descafeinar su cine, lo ha dotado de mayor carisma y mayor fuerza narrativa. El gran hotel Budapest es una joya visual, un trabajo cuidado hasta el último detalle, lo mismo en el aspecto estético que en el artístico, con un guion pluscuamperfecto que encaja historias dentro de historias al estilo de El corazón de las tinieblas o Si una noche de invierno un viajero, aunque en realidad el director se haya inspirado en los textos de Stephan Zweig. Y además con un reparto glorioso. Anderson es la prueba (como los Coen, sin ir más lejos) de que se puede seguir siendo peculiar y auténtico sin necesidad de abusar de la broma privada y sin aferrarse al estereotipo del nerd cuando todo el mundo te reconoce ya como un autor de categoría. Bravo.
 
Boyhood es otra de las fuertes candidatas, y continuamos sin salirnos del ámbito del cine de autor. De hecho, se trata de una obra que destaca más como proyecto que como largometraje en sí mismo. Me refiero a que, aun siendo una película más que notable en el tratamiento de sus materiales dramáticos, estoy convencido de que Hollywood se ha fijado sobre todo en el hecho de que su director, Richard Linklater, tardó doce años en rodarla para no tener que hacer trampa y filmar con los mismos actores, mostrando su evolución y su deterioro físico real. Si en El árbol de la vida (filme con el que Boyhood puede guardar ciertos parecidos), Terrence Malick espesaba demasiado la historia a fuerza de imponer su pretenciosa personalidad, aquí Linklater se hace casi invisible detrás de la cámara, dejándoles toda la gloria a los intérpretes. No creo que se lleve el premio gordo, pero el Oscar a la dirección no es tan improbable.
 
 
Birdman tiene virtudes que tal vez sólo los profesionales, los cinéfilos en general y los enfermos de filmoteca en particular lleguen a apreciar. Rodada en un simulacro de plano secuencia único (como La soga, de Hitchcock), con una banda sonora hecha a base de percusión, y con una destreza encomiable para alternar realismo y surrealismo, el filme de Iñárritu supone una gozada, siempre y cuando uno tenga claro que no es una película de superhéroes ni un blockbuster para devoradores de palomitas. Cuidado con la publicidad, ya lo he dicho antes, en especial cuando va adornada con premios o nominaciones. La película cuenta con dos elementos poderosos a la hora de seducir a quienes votan a los elegidos para la gloria. Uno, el asunto del metalenguaje y la metarreferencia, cine dentro del cine, o teatro dentro del cine, lo mismo da, hay antecedentes insignes, desde Eva al desnudo hasta El juego de Hollywood, desde  El crepúsculo de los dioses hasta El viaje a ninguna parte. Dos, la referencia literaria como telón de fondo (si en El gran hotel Budapest era Zweig, aquí es Raymond Carver). Que luego no digan que en Hollywood no se preocupan por la cultura y todo es adrenalina y pirotecnia. Las interpretaciones, además, son de ovación y reverencia, con especial mención a Michael Keaton, Edward Norton y Emma Stone, los tres con sus incontestables candidaturas, y con bastantes posibilidades de pillar cacho en la rifa.
 
Cierto que la cuarta favorita en liza, The imitation game, no es una superproducción de Hollywood, pero es la que más cerca anda de ello. Se trata de una de esas producciones británicas de lujo (y que suelen gustar a los académicos), con un marco histórico casi infalible (la Segunda Guerra Mundial) y con una cuidada ambientación, más todo lo que ello conlleva (vestuario, peluquería, maquillaje, fotografía, banda sonora de Alexandre Desplat, etc.). Si le sumamos la coletilla “basada en hechos reales” y un protagonista de por sí interesante, era muy difícil que no saliera una buena película. No es una obra espectacular ni innovadora. Eso no. A cambio, es una narración clásica que utiliza admirablemente la fragmentación temporal y que, igual que la especialidad de su protagonista, domina las artes del puzzle para mantener la tensión e ir desvelando pistas a medida que avanza la trama. Habla de la trastienda de la guerra, de las artimañas que los más inteligentes pergeñan para que la labor de los más aguerridos tenga sentido (y, sobre todo, éxito). Si las guerras nacen en los despachos, se resuelven también en ellos. Quien dice despachos dice talleres, aulas o sótanos; en lugares diferentes al frente de batalla. Y esas decisiones no siempre son justas desde nuestra perspectiva moral convencional, menos aún cuando quienes las toman son imberbes matemáticos sin galones ni poder político. Y no cuento más. Lo que le debemos a Alan Turing es mucho, aunque su nombre no resalte tanto en los libros de Historia y su fama no sea la de Churchill, el general Patton o la bomba de Hiroshima. Descifrar el código secreto de comunicación de los nazis les sirvió a los aliados para ganar la guerra, y además para ganarla antes de lo imaginado. Lo mejor es que la película de Morten Tydum (autor de Headhunters, un thriller muy reivindicable) abunda también en los aspectos personales, en el carácter maniático y arrogante de Turing (exasperante para quienes trabajaron a su lado), en su testarudez y en su timidez, en su carencia de sentido del humor, en sus complejas relaciones sentimentales, y, por supuesto, en su legado profesional, que va más allá de la guerra… Si pensáis que los padres de la informática son Steve Jobs y Bill Gates, puede que cambiéis de opinión viendo esta película. Benedict Cumberbatch es un actor que siempre está bien en cualquier papel que le toque. Aquí no es una excepción, y no es extraño que el tío Oscar haya llamado a su puerta.
 
 
Echo de menos a Interestellar (Christopher Nolan) y Perdida (David Fincher) entre las candidatas importantes. La primera aspira a cinco premios, sí, pero (recordad lo que os he dicho un poco más arriba) todos ellos referentes a categorías consideradas menores (los efectos visuales, el sonido y esas cosas). La segunda tiene una nominación a mejor actriz para Rosamund Pike, más que difícil teniendo en cuenta que el Oscar parece cantado para Julianne Moore por Siempre Alice (el Alzheimer cotiza muy alto en la bolsa de los premios). Nolan y Fincher son dos de los mejores directores del Hollywood reciente, lo mismo que Paul Thomas Anderson, cuya última obra, Puro vicio, juega en las dos ligas, en la menor con la candidatura al mejor vestuario, y en la mayor con la correspondiente al mejor guion adaptado. Aquí habrá que esperar hasta marzo para verla, pero pinta muy bien.
 
También se merecía figurar en la lista de honor Begin Again, para mí uno de los grandes títulos del año (aspira a la mejor canción, lo previsible), y lo mismo su protagonista, Mark Ruffalo (quien, de todas formas, está nominado por Foxcatcher). En una cosa Hollywood sigue sin cambiar: el Oscar al mejor actor está ligado casi sin excepción a los papeles de discapacitado, borracho, tarado, deforme, o, en su defecto, personaje histórico o famoso. No hace falta aclarar que la suma de ambas categorías da como resultado una formula casi infalible para llevarse el premio a casa. Por eso, aunque creo que este año lo merece Michael Keaton, es muy posible que Eddie Redmayne se lo acabe llevando por hacer de Stephen Hawking en La teoría del todo, o bien que Benedict Cumberbatch haga valer su fórmula, no menos efectiva que la de Redmayne, esto es: personaje histórico rarito + héroe en la sombra + discriminación sexual.
 
Y me extraña que la academia no se haya acordado de Bill Murray, que está en su mejor salsa en St, Vincent. Me temo que se le van acabando las posibilidades de quitarse las espinas de Lost in translation y Flores rotas, y puede terminar arrinconado en el club de los nominados efímeros, junto a Eddie Murphy, Mickey Rourke y Peter Fonda.
 
 
En cuanto a Whiplash, decir que me ha gustado, aunque en la quiniela sólo cumpla el papel de ilustre guarnición para los platos principales. Whiplash es el clásico ejemplo de película que se beneficia de su procedencia externa al circuito de los grandes estudios, una norma que vale también para las películas extranjeras. Me refiero a que, de algún modo, es un filme indie que se toma las mismas licencias melodramáticas que no se le perdonarían a una producción de multisalas. Personalmente, no me causa ningún problema, pues carezco de ese prejuicio, pero me consta que  no sucede lo mismo entre la cinefilia exquisita y ceñuda. Porque la película de Damien Chazelle se ve con la máxima tensión, es a ratos trepidante, y diría que funciona como un thriller, como una de esas historias de duelos encarnizados entre dos personajes antagonistas (¿o no tanto?) y tan admirables como antipáticos, según el momento. Todo ello para lanzarnos la eterna pregunta de si el genio nace o se hace, de si el talento es una condición innata o un músculo que se ejercita y entrena para sacarle el mejor partido; y, lo principal, si ese talento hay que sacarlo a fuerza de sangre, sudor y hostias, o bien si uno puede estar seguro de que aflorará de manera natural por el mero hecho de llevarlo dentro. Muy interesante, la verdad. Sin embargo, cuesta creer que el mundo de las escuelas de jazz sea tan parecido al cuartel de los marines de La chaqueta metálica o El sargento de hierro, dos modelos que vienen inevitablemente a la mente al observar el comportamiento del personaje interpretado por J. K. Simmons, el más firme candidato a ganar el premio como actor de reparto, con Edward Norton echándole el aliento en la nuca, eso sí. Simmons hace una composición excelente en su rol de villano, y si acordábamos que para el actor protagonista sumaban a favor las discapacidades y la Historia, en el caso de los secundarios, hacer de malo es casi una garantía de éxito (Heath Ledger, Javier Bardem, Christoph Waltz…). En resumen, el hecho de que una película sobre una orquesta de jazz tenga más sangre que Uno de los nuestros no es impedimento para disfrutarla. Ahora bien, si sois unos fanáticos de la verosimilitud estricta, igual no os gusta tanto. 

miércoles, 21 de enero de 2015

En modo novela (2): Pa leer y no echar gota


Me parece que fue en un libro de Saul Bellow donde leí que el autor distinguía entre dos clases de escritores: el intelectual y el narrador. Y, ojo (espabilaos de turno), ambas modalidades eran totalmente legítimas según el premio Nobel y autor de Herzog o El legado de Humbodlt, entre otras.
 
Hay quien recurre a la literatura como vehículo para transmitir y compartir su conocimiento, para alumbrar o ilustrar a la necia ciudadanía, para animar, provocar, estimular el pensamiento, para eso tan tópico y a la vez tan valioso de “retratar la belleza” o “cambiar el mundo”. Los grandes autores de la Historia estarán siempre en este grupo. No sólo no lo dudo, sino que además lo celebro.
 
Ahora bien, dedicarse al oficio de la escritura no debería pasar exclusivamente por ser la respuesta a una ambición tan elevada (o, aún peor, a un concepto tan elevado de uno mismo). Nunca voy a reivindicar la mediocridad, pero sí que defiendo la legitimidad de una vocación literaria alejada de la grandilocuencia. Y la defiendo porque defiendo la función de la lectura como placer y como entretenimiento.
 
El leer, como el comer, es a veces una cuestión de nutrición y otras de puro goce; a veces importa el alimento y a veces tan sólo el sabor. Se come por hambre o por gula, por necesidad o porque nos da la gana, y lo mismo se lee para cultivar la inteligencia que para hacer ese rato de vida más agradable, y todo vale, bendita variedad.
 
Quizá por ello siempre he pensado que el peor lector no es el carente de ambición, sino el que cree tenerla equivocadamente. En un texto anterior ya me explayé más o menos sobre esto, así que hoy no me voy a enrollar. Es sólo que pienso en ello mientras escribo, mientras reviso el material producido y me hago la eterna y nada original pregunta de si esto le va a interesar a alguien. Ante la disyuntiva, suelen surgir dos dudas (¿debería llamarlo “temores”?): las ideas son suculentas, pero la trama no engancha; o bien, por el contrario, la historia fluye pero no habla de nada consistente… Entonces me acuerdo de Bellow (bendito sea) y reivindico internamente mi derecho a ser novelista del mismo modo que otros son propietarios de un restaurante o un parque de atracciones. No se trata de cambiar el mundo ni de demostrar nada. Tampoco de fomentar la tala de árboles inútilmente. La clave no es si las ideas están mejor o peor expuestas, o si la narración es más o menos brillante, o si los personajes están mejor o peor construidos, o si la historia es previsible o sorprendente… Ojalá, pero no. A menudo es sólo cuestión de si el libro lo publica una editorial grande o pequeña, de si está en los escaparates o si hay que buscarlo husmeando en los anaqueles, de si quien lo ha escrito es conocido más por su rostro que por su prosa.
 
Para qué estrujarse las neuronas, pues. Seguimos escribiendo como quien tacha las casillas en el boleto de la Primitiva. Y a cruzar dedos, tocar maderas o buscar chepas sobre las que frotar el resguardo.
 
 

 
 
En lo de leer estábamos.
 
Si no fuera porque están publicadas por editoriales punteras, diría que soy el único que ha leído las obras de Lionel Shriver (Tenemos que hablar de Kevin, El mundo después del cumpleaños, Todo esto para qué o Big Brother), A. M. Homes (El fin de Alice, Este libro te salvará la vida u Ojalá nos perdonen), Tom Perrotta (Juegos de niños, Lecciones de abstinencia o Ascensión), Michael Chabon (Chicos prodigiosos, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay, La solución final o Telegraph Avenue), Jonathan Franzen (Las correcciones, Más afuera o Libertad), Zadie Smith (Dientes blancos, El cazador de autógrafos, Sobre la belleza o London NW), Julian Barnes (Metrolandia, Antes de conocernos, El loro de Flaubert, Hablando del asunto, Amor etcétera, La mesa limón, Arthur & George o El sentido de un final), Richard Ford (De mujeres con hombres, El periodista deportivo, Pecados sin cuento, El Día de la Independencia, Acción de gracias o Canadá)… Eso por nombrar sólo a los que siguen vivos (podría seguir con Richard Yates, Sinclair Lewis, John Updike, Saul Bellow…).
 
En fin, esto no lo hago para presumir de gusto exquisito, por favor. Todo lo contrario. Es casi un lamento, un grito desesperado que profiere tanto mi garganta de lector como la del autor. Para que me entendáis: por un lado, si nadie lee estos libros, uno no puede compartir las consecuencias de haberlos disfrutado. Por otra parte, si lo que uno escribe está influido en mayor o menor medida por lo que uno lee, y, asimismo, lo que el público mayoritario lee no coincide en absoluto con lo que a uno le gusta leer… Uno menos uno, igual a cero.
 
A pesar de todo, me permito compartir con vosotros el enorme placer que me ha supuesto la lectura durante el último mes de las novelas Big Brother, de Lionel Shriver; Ascensión, de Tom Perrotta, y Ojalá nos perdonen, de A. M. Homes.
 
Sobre el descubrimiento de Shriver hablé ya aquí, y a Homes la mencioné también en otro texto de este blog. El caso de Perrotta es curioso. Puede que sus novelas no le suenen a nadie (tú no cuentas, Alberto Rey, que además las lees en inglés, con un par), pero las adaptaciones de las mismas en forma de largometraje (Election, Juegos secretos) o serie televisiva (The Leftlovers) sí que son, como mínimo, más populares (e igualmente recomendables, si bien creo que resultará difícil disfrutar plenamente de la serie The Leftlovers sin haber leído antes la novela Ascensión). Eso sí, aviso: quizá no se parecen, ni los libros ni sus adaptaciones, a nada de lo que se compra y supervende en ferias, sanjordis y similares. No son en absoluto libros demasiado rarunos o demasiado densos (y ahora hablo de todos los autores citados dos párrafos más arriba). En algunos casos, hasta les pegaría la etiqueta de “clásicos”. Son, por lo general, historias de gente más o menos corriente, y ambientadas en épocas más o menos contemporáneas. La familia, el sexo, la infancia, el cáncer, la obesidad, la infidelidad, la música, el cine, la religión, la cultura pop y la cultura en general, la xenofobia, el trabajo, los celos, la soledad, el alcohol, las drogas, la comida, los comics, la televisión, la fama, la depresión, la justicia, el crimen, el dinero, el deporte, la política, la solidaridad, la mentira, el destino, el talento, el éxito y el fracaso, o sea, la vida misma, de esto tratan las obras de estos autores que, incomprensiblemente para mí, no parecen gozar de un seguimiento masivo entre vosotros, mis paisanos.
 

sábado, 10 de enero de 2015

En modo novela (1): La fama, esa cosa


 
Lo que ha pasado el otro día en Francia ha sido que tres individuos han asesinado a diecisiete individuos. Es lo que como individuo lamento y condeno. El resto, todo etiquetas y lugares comunes, intoxicación mediática y política. Lo peor de cada rincón se relame y se frota las manos: los unos, aprendices de Charles Bronson y nostálgicos del Cid Campeador, la carcunda rancia que no hay manera de extinguir; los otros, los que me quieren convencer de que echar la culpa de todo a los yanquis basta para sacarse el carnet de progresista, tolerante y defensor de los derechos humanos. No compro. Esto no es Oriente contra Occidente. No es el islam contra el cristianismo. Es matar por un dibujo. Me da igual si el asesino lleva turbante o bombín, si habla en esperanto o en arameo. No pienso odiar ni a los musulmanes ni a los norteamericanos ni a los franceses ni a los cristianos. El que mata es un matón. Y los países no matan. Matan (matamos) las personas. Yo no soy Charlie, pero he sido dibujante, y supongo que, de algún modo, aún lo soy. Hoy también esgrimo mi lápiz.
 
Bien. No era de esto de lo que quería hablar, pero la vida no es siempre lo que uno quiere.
 
Vamos a otra cosa.
 
He tenido que buscar en Google quién demonios era Kanye West. Lo confieso. Antes le había preguntado a alguien, por si acaso, y esta persona me había respondido con cierto aspaviento, como si fuera una obviedad (y por lo tanto un pecado que yo no lo supiera): “¡El marido de Kim Kardashian!”. Pues muy bien. Este último nombre me sonaba, sí, pero tampoco sabía seguro de qué. ¿Cantante? ¿Modelo? ¿Friki?
 
Así que, para no matar de vergüenza ajena a otro interlocutor, en vez de preguntar de nuevo, me he ido a Google. Resulta que la tal Kardashian aparece acreditada como “empresaria, modelo y actriz”. No sé yo. Bueno, ahora sí lo sé. Para empezar, cuando un famoso se autodenomina “empresario”, yo, enfermo de mí, siempre me pregunto por qué dicha celebridad nunca especifica qué tipo de actividad empresarial desarrolla su presunta empresa. En la mayoría de los casos, el término empresario viene a ser un temerario eufemismo de lo que en condiciones normales llamaríamos vivir del cuento o de la herencia de mi padre/madre/cónyuge famoso. En el resto de casos, “empresario” significa, ni más ni menos, que el individuo en cuestión ha montado una discoteca o un restaurante con el dinero ganado en un reality show de la tele.
 
Porque, ah, todavía no lo he dicho: a continuación de “empresaria, modelo y actriz”, la página de Google que he consultado añade que Kardashian es “estrella de un reality show estadounidense” (oh, sorpresa), que, para más recochineo, se llama Keeping up with the Kardashians (oh, casualidad). Y si a uno se le ocurre repasar su experiencia como actriz, el currículum se resume en cameos en cuatro o cinco series y un par de películas… y lo más cachondo del asunto es que, en la mayoría de ellas (tanto en películas como en series), la señora aparece ¡interpretándose a sí misma!… En fin. Creo que es evidente. Si eres famoso por nada en concreto, y además te invitan a aparecer en una película o un capítulo de una serie para hacer de ti mismo, una de dos: o estás forrado de pasta o estás muy bueno (o las dos cosas a la vez, se entiende).
 
A lo que iba. Resulta que el marido de esta estrella de lo que sea es rapero. A mí, si me sacas de El Langui y de Pepe da Rosa, esto del rapeo se me hace un mundo. Lo que nunca podría haber imaginado es que, cuando se anunció hace unos días que el tal Kanye West había grabado un tema a dúo con Paul McCartney, los fans del insigne señor de Kardashian nos iban a alegrar internet con una antología de involuntarios gags verbales y, a la postre, un nuevo ejemplo de que la comedia es un género que bebe tanto del ingenio como de la ignorancia.
 
He aquí algunas de las joyas tuiteadas: “Por eso amo a Kanye, por alumbrar a artistas desconocidos”; “Kanye le va a dar una carrera (a Paul)”; “Kanye tiene un gran oído para el talento. Este tipo, Paul McCartney, va a ser grande”…
 
No seré yo quien le pida a un adolescente que cambie el culo de Kim Kardashian por la cara de Paul McCartney. Las cosas como son. Ahora bien, si la razón de tal ignorancia, como ya he escuchado por ahí a más de uno, es que el ex beatle es muy viejo y los fans del rapero West muy jóvenes, que alguien me diga si sigue vivo algún contemporáneo de Beethoven o de Vivaldi. No jodamos.
 
Estoy hablando de la fama y de los realitys de la tele, y esto puede parecer el cuaderno de bitácora de mi novela anterior. No exactamente. Por si acaso, centrémonos de nuevo. La historia transcurre en 1979. No se habían inventado los reality shows. Tampoco el zapping. Sólo podía cambiarse de la Primera Cadena a la Segunda Cadena (UHF), y para ello había que levantar el culo del sillón y acercarse a apretar el botón. La fama es otra cosa. Existe desde la prehistoria. Y esta novela, además, tiene una banda sonora particular. Os dejo aquí una foto del servicio de documentación oficial de la novela, y otro día os sigo contando…