martes, 29 de diciembre de 2015

En modo novela (24) - Fin de año


 
Primer año de trabajo completado, y parece que fuera hace un rato cuando desde los glaciares de la Patagonia os anunciaba el comienzo de la faena.
 
Estoy disfrutando de veras con la escritura de esta novela, pero al mismo tiempo tengo la sensación de que cuanto más produzco, en vez acercarme al final, lo que provoco es que crezca el conjunto, que es casi lo mismo que decir que el final sigue estando en el mismo lugar, si no aún más lejos. Así funciona esto, y nada peor para un novelista que las prisas. Veremos cómo cunde el 2016.
 
Por supuesto, La vida privada de Dios conserva la energía suficiente para continuar dando guerra durante el próximo año. En el 2015 vivimos la interesante experiencia de los clubes de lectura, aparte de las citas obligatorias del Día del Libro y las actividades del Aula de Escritores, así que seguiremos buscando nuevas maneras para convencer a los indecisos y a los adictos al bestsellerismo.
 
Ahora, una pausa para despedir el año. ¡Salud!

 

lunes, 30 de noviembre de 2015

En modo novela (23) - Hambre de cuento


 
Cuando leo en la carta de un restaurante que tienen lubina “salvaje” no puedo evitar imaginarme al pez en cuestión dando brincos en la pecera, soltando bocados como una fiera a quien intenta cogerla —sea pescadero o cocinero—, encabritada, fuera de sí; salvaje, vamos.  Puede que la imaginación esté en horas bajas en el sector de la narrativa, pero si hay una industria puntera en lo que a creatividad literaria se refiere, ésa es la de la alimentación.
 
Es un hecho que los menús de algunos restaurantes aspiran a ser antologías de microrrelatos, con un barroquismo retórico que ríase usted de las viejas columnas de Umbral. Elegir un plato pasa a veces por desentrañar un misterio abierto en un planteamiento prometedor (el alimento principal) que se prolonga en un nudo alambicado y profuso (ubicaciones, recipientes y acompañamientos inverosímiles, desde nidos hasta timbales, desde volcanes hasta pirámides) y culmina en un desenlace apoyado en el golpe de efecto (que si la reducción, que si la emulsión, que si el caramelizado… por no mencionar al sempiterno Pedro Ximénez, que es como el mayordomo de las novelas criminales de antes, nunca falta).
 
Mi último descubrimiento ha sido un texto impreso en la funda de un estuche de huevos. Decía, literalmente, “Huevos de gallinas en libertad”. En este caso no tendría por qué imaginarme necesariamente a las aves enloquecidas y emprendiéndola a picotazos contra los granjeros. Pero, salvajes o dóciles, aquello de que estén en libertad me ha sugerido la estampa no menos grotesca de los señores hueveros corriendo tras las gallinas por prados, sembrados, cunetas, barrizales, barbechos, patios, veredas, cañadas y demás andurriales. Gallinas con la cara blanquiazul a lo Braveheart clamando por su libertad y piando “No nos cogerán” (quizá versionando a Joan Baez como los chavalotes de la tele en el barco de Chanquete). Si no tenéis una biblioteca cerca, no pasa nada. Acercaos al Día o al Mercadona y comprobad dónde se lucen los cuentistas y fabuladores de hoy. Si son capaces de montar semejante tinglado con media docena de huevos, qué no harán con las peripecias del Gigante Verde, el oso de Mimosín o la fallera del arroz ídem.
 
Probablemente todo esto empezó, como ya he recordado aquí alguna vez, con el pan. Cuando yo era niño, mi madre me mandaba a comprar el pan y sólo había dos opciones: el de molde para las tostadas y el de barra para todo lo demás. Después inventaron el pan de Viena, pero éste era como el pan de los domingos, por así decirlo. Mandad ahora a la criatura. Probadlo. Como no haya estudiado un master en la materia lo tendrá complicado. Pan de olivas, de cebolla, del Pirineo, de ajo, candeal, sin sal, con pasas, baguette francesa, rústico, chapata, integral, de nueces, de nosecuántos cereales… Eso sí, todos se hacen en la misma máquina. Ésa que está detrás del mostrador, que parece un armario ropero más que un horno. Luego te lo entregan dentro de una bolsa de papel en la que imprimen cosas como: “Este pan está elaborado respetando la tradición de las primeras tahonas medievales, sin aditivos ni conservantes, para que pueda disfrutar de todo su aroma, su textura y su inigualable sabor, según la receta milenaria de nuestros antepasados, traspasada de padres a hijos y de hijos a nietos durante siglos, para que ahora pueda llegar a su mesa y ser compartido con su familia y amigos”. Claro, lees esto y casi te emocionas, pero luego vuelves a mirar al armatoste ése con pinta de armario donde meten los chuscos congelados, y ya no sabes qué es lo que te hace más gracia, si lo de la tradición milenaria o lo del inigualable sabor.
 
Manducas aparte, hambre de cuento propiamente dicha es la que tiene siempre el amigo Sergi G. Oset, como así lo demuestra el banquete que nos acaba de servir en forma de libro y que lleva por título El último vuelo del Microraptor, publicado por Editorial Nazarí.
 
La generación sigue sin tener nombre, pero eso da igual mientras sus miembros continúen manteniendo vivo al monstruo engendrado en las aulas. Aulas que, por cierto, volverán a vestirse de limpio para presentar a su nueva criatura el próximo 17 de diciembre. La antología de relatos de esta temporada ya tiene título, pero aún no puedo desvelarlo. Si seguís fieles a este rincón virtual, os acabaréis enterando de todo.

lunes, 16 de noviembre de 2015

En modo novela (22) - París y las fronteras semánticas


Al suceso trágico propiamente dicho le sucede, como ya es costumbre, el otro conflicto inevitable, me refiero al dialéctico, a ese que hace unos años se limitaba a las partes implicadas y los presuntos expertos y que hoy por hoy es indiscriminado, hipermasivo y literalmente universal, gracias a (o por desgracia de) las inefables redes sociales, y también debido a la epidemia de tertulianos que asola las mesas de debate y que deja a las plagas bíblicas a la altura de la gastroenteritis de chiringuito.

Después de un atentado como el de París, es difícil domesticar las vísceras para dejar el mando a las neuronas, pero habría que intentarlo. Deberíamos cuidarnos de alentar los Ristomejidismos y Willitoledismos de turno, porque dichos fenómenos virales se parecen más a un concurso de eslóganes que a un llamamiento solidario.

No se trata de ser el más contundente porque terminamos siendo maniqueos, sesgados y racistas. Tampoco se trata de pasarnos de frenada para parecer más progresistas que nadie, y acabar convirtiendo la autocrítica a Occidente en pábulo para acribillar a cualquiera en una discoteca, un restaurante o la acera de enfrente.

El territorio de la razón habita ahora en la delgadísima frontera semántica que separa la comprensión de la justificación. Es necesario que, pasados la rabia y el duelo, se trate de comprender por qué suceden las cosas. Comprender, repito, no es justificar. Lo remarco porque me temo (de hecho, ya lo voy oyendo) que, igual que cuando nos sorprendieron los ataques a Charlie Hebdo (y no hace tanto de aquello), pasaremos de las banderas francesas y los diseños fúnebres de Torres Eiffeles a los reproches y los pecados de omisión, esto es: por qué sí cuando Francia y no cuando Siria, etcétera.

Vamos a ver. Que nuestra asignatura pendiente sea la capacidad de ponernos en el lugar de quien vive a más de mil kilómetros no implica que no sean razonables y aun loables las muestras de solidaridad hacia los vecinos que sufren. Reclamemos idéntico rasero para las víctimas de Siria, de Gaza, de El Líbano, sí, faltaría más, pero no nos pongamos tampoco estupendos por el sólo hecho de llevar la contraria, pues muchos de los que se jactaron en su momento de “no ser Charlie” son los mismos que necesitaron la foto sensacionalista de un niño muerto en la playa para unirse a la causa que ahora defienden como si le prestaran dedicación exclusiva desde siempre. Se llama manipulación mediática, y la sufrimos todos, con más o menos síntomas.

 
P. D. Mientras en París comenzaba a desatarse el terror, los finalistas del X Premio El Laurel disfrutábamos de la cena en el Ateneo de San Feliú de Llobregat. Ganó el madrileño Eduardo de los Santos, y los demás aplaudimos y disfrutamos de la noche entre vino, comida, cava y diversos relatos de andanzas literarias. Un placer que no pudimos saborear, pues nada más salir a la calle y revisar los móviles la actualidad devoró nuestra buena onda como la fiera ansiosa que es.
 

viernes, 6 de noviembre de 2015

En modo novela (21) - "Me se ocurre de que" (Reflexiones entre burbujas y por la acera)


 
El spa y los paseos por la ciudad son buenos estímulos para mi imaginación. Algunas de las escenas que terminan formando parte de una novela han surgido entre burbujas o mientras esquivaba bicicletas, carritos asesinos y peatones kamikazes por las aceras. También buena parte de los comentarios que suelto aquí para vuestro deleite o desgracia. Como los que siguen.
 
 
- La bandera del ladrón es la mano con la que roba, y su patria, el bolsillo donde guarda lo que ha mangado. En serio: no os sintáis en el deber de defender a un ladrón porque sea de vuestro pueblo, ni tampoco en la obligación de atacarlo porque sea del pueblo de al lado. Aplíquelo cada cual a quien proceda.
 
- Cambiando de tema. Según leo, un estudio de la Universidad de Oxford afirma que hay que cepillarse los dientes con la luz apagada para dormir mejor. La conclusión no vale para una mierda, pero nos deja una buena noticia: a partir de ahora, nadie tendrá cojones a mirarnos por encima del hombro por haber estudiado en Oxford. Espero con ansias el próximo informe de Harvard o de Cambridge o de Yale, que probablemente nos descubra que cagar en ayunas aumenta el riesgo de quedarse ciego. Si estáis ahorrando para la universidad de vuestros hijos, tomáoslo con calma.
 
- Llamadme simple. Llamadme cenutrio. Llamadme lo que queráis por recurrir a la desgastada artimaña del vaso medio lleno, pero eso no quiere decir que no tenga razón. Dos personas pueden estar mirando una misma cosa y a la vez viendo dos cosas distintas. Eso es así. Imaginaos si en vez de dos personas, hablamos de millones. Ya sé que la encuesta del CIS da como presunto ganador al PP, otra vez. Ya sé que, según la mencionada encuesta, el PP obtendría un 29,1% de los votos. Ya sé que eso, en el contexto de la realidad matemática electoral, significa que el PP es mayoría. Vale. Pero salgamos de ahí, digo yo. Pensemos ahora: si hay un 29% de personas que vota al PP, quiere decir que hay un 71% que NO lo vota. Hace mucho que yo miro el mundo desde esta perspectiva. Es decir, desde la perspectiva del ciudadano peatón  y no desde la del votante. Lo que jode te jode igual, pero en general se vive mejor. De verdad.
 
- Por cierto, y como prolongación del comentario anterior, no olvidéis algo esencial: la razón por la que alguien vota a un partido no suele coincidir con la razón por la que vosotros no lo votáis. Leído de corrido parece una fruslería, pero paraos un rato a pensarlo, y ya veréis.
 
- Otra cosa más o menos relacionada. Varios de mis vecinos barceloneses me comentan en estos días su inquietud por el ascenso de la popularidad de Ciudadanos. Me dicen que “son la derecha” o aun “los fachas”. No digo que no, pero de igual manera me consta que muchos de quienes me cuentan esto son admiradores, simpatizantes o seguidores de su gurú Artur Mas. ¿De verdad puede ser que nadie se dé cuenta de que CDC es también “la derecha”? Por si acaso, cada vez que descorráis el tupido velo del nacionalismo os aconsejo que miréis a un lado y a otro. Igual os lleváis sorpresas.
 
- La novela, por supuesto, para terminar. Estoy gestionando con sumo cuidado todo el asunto de las referencias y guiños nostálgicos. Hay bastantes en la novela, y aunque en realidad no se trata de los 80 (nos situamos, si recordáis, entre el verano de 1979 y el otoño de 1980), el material a mi disposición es tan abundante como tentador. No sólo por la música. Está la propia historia, con la Transición en apogeo y La Movida en ciernes, y están los anuncios y programas de la tele, y la moda y los juguetes, y los nombres ilustres o simplemente famosos, y los coches y la comida, y etcétera multiplicado por cien. No quiero, en suma, que el envoltorio le quite protagonismo al regalo. Sigo trabajando para que el equilibrio entre ambos se traduzca en una memorable sesión de lectura.

 

miércoles, 28 de octubre de 2015

En modo novela (20) - Alerta choricera


En los albores de una nueva campaña electoral (buf), a punto de que los candidatos nos regalen la enésima exhibición de su habilidad para el dime y el direte y para trasladar al escenario político el concepto que en el fútbol se denomina “la falta táctica” (cuando la hace un jugador de mi equipo es una falta “necesaria” para frenar un contraataque; si la hace un jugador del equipo contrario, es un hijo de puta y hay que expulsarlo), pues sí, justo cuando se supone que tenemos que aguzar el ingenio para no regalar más poltronas a los chorizos de turno, llega la OMS y nos cuenta que el verdadero enemigo es el chorizo de la charcutería, el del bocata y la ración del bar, el soldado de un ejército de chicha que, con el colesterol por bandera, invadirá la patria de nuestros intestinos a base de tumores.
 
Sé que todo esto ha levantado un revuelo inmenso, pero yo os diría que os lo toméis con calma y no os dejéis engañar. No se ha dicho nada que no se hubiera contado ya antes mil y una veces. El problema —yo insisto en ello— es que continuamos atrapados en la era del eslogan, el tuit y la alergia a las frases largas; que las noticias ya no nos llegan como tales, sino reducidas a la sucinta versión de su titular. Todo el mundo ha leído decenas de titulares alarmistas en los últimos dos días, aunque no sé cuánta de esa gente se ha tomado la molestia de profundizar en los contenidos posteriores. El titular es la trampa. No es lo mismo decir “La OMS confirma que la carne roja es cancerígena” que “La OMS confirma que la carne roja aumenta el riesgo de contraer cáncer”. A partir de aquí, fijaos: cambiemos “confirma” por “advierte”; o cambiemos “aumenta el riesgo” por “puede aumentar el riesgo”; o cambiemos “la carne roja” por “las carnes procesadas”. Hay infinidad de matices y opciones que, según se manejen, ocasionarán uno u otro impacto en el público. Cuanto más fundamentalista sea el redactor respecto a la economía de caracteres, más peligro hay en principio de que la explicación termine siendo insuficiente. En fin, en una época en la que la brevedad se considera una virtud en sí misma aunque sea a costa de dejar las verdades a medias, hay que andarse con cuidado, o si no estaremos condenados a vivir a razón de un susto por minuto y una catástrofe apocalíptica diaria.
 
Aparte de esto, no me negaréis que con el tema de la alimentación siempre hay sospechas. Cualquiera que lleve vivo más de treinta años habrá conocido momentos de gloria y miseria de ciertos productos. Haciendo memoria apresurada, me viene, por ejemplo, el pescado azul, que en su día padeció de malísima reputación, y hoy no hay dieta saludable que no lo incorpore. Lo mismo sucedió —por increíble que nos suene ahora— nada menos que con el aceite de oliva, que fue tratado como si fuera el combustible de las calderas del infierno. Ídem con el chocolate, al que se nos presenta según el día como héroe para las neuronas o villano para nuestros órganos vitales. Y qué decir de la cerveza, nuestra querida amiga rubia sobre la que se vierten diatribas y leyendas a conveniencia; alcohol, barriga y todo eso un día, y otro día se encuentra uno textos como éste (lo prometo, está en la página alimentos.org): “La cerveza nos proporciona beneficios para la salud contra el cáncer, reduce el riesgo de contraer enfermedades cardiovasculares, aumenta la densidad ósea, previene contra la demencia y contra la enfermedad coronaria, ayuda a nuestro sistema digestivo, posee propiedades contra el envejecimiento, contrarresta la diabetes, los cálculos biliares, los cálculos renales y la osteoporosis, la hipertensión, además actúa como diurético y destructor del estrés”.
 
Particularmente curioso es el caso del tabaco. Su relación con la posible aparición de tumores está más o menos aceptada, incluso por quienes deciden fumar, y aun así, a alguien se le ocurre un día estampar las cajetillas con mensajes funestos y fotografías dignas del gore más chusco y, bueno, un poco de revuelo por aquí y por allá, pero nada, los fumadores siguen en sus trece. Es más, cuando realmente se sublevaron los amantes del pitillo fue cuando se les prohibió fumar en los bares, y no es que no lo entienda (imagino que la adicción es ingobernable, y basta que a uno le prohíban algo para que lo defienda con más ahínco). Así pues, mientras no prohíban el consumo de carnes y embutidos, que cada cual elija y todos contentos.
 
Sobre todo, cuidado con los titulares sensacionalistas. La carne es cancerígena. El chorizo es cancerígeno. El jamón es cancerígeno. El tabaco es cancerígeno. El alcohol es cancerígeno. La Coca-Cola es cancerígena. Los móviles son cancerígenos. Los donuts son cancerígenos. El humo de los coches es cancerígeno. El sedentarismo es cancerígeno. Vivir es cancerígeno. Vosotros mismos.
 
 

P. D. literaria, para variar: como algunos ya sabéis, he sido seleccionado como finalista del X Premio Literario el Laurel. El próximo 13 de noviembre tendrá lugar la cena en el Ateneo de Sant Feliú de Llobregat, durante la cual se desvelará el nombre del ganador. Pase lo que lo que pase, os lo contaré aquí.
 

 

viernes, 16 de octubre de 2015

En modo novela (19) - La realidad inverosímil y el racional Woody Allen


 
La fotografía pertenece al diario argentino Clarín, y su descubrimiento lo debo a una de mis recientes y espectaculares meriendas bonaerenses (ésta en concreto, en el barrio de San Telmo). Se trata de una noticia real. Tan real, que si fuera inventada, sería inverosímil.
 
Una masacre en vivo y en directo conmueve a Estados Unidos. Una cronista de TV y su camarógrafo fueron acribillados por un ex colega, que después se suicidó, cuando estaban al aire. Este tipo de sucesos se producen constantemente, y por un lado me viene bien, ya que sirven para recordar que mi novela La vida privada de Dios trata sobre esto, sobre cómo los medios reescriben no sólo la realidad, sino también la ficción más disparatada. Aunque, por otro lado, resulta un poco frustrante comprobar que también las obras literarias, como las noticias, reciben un trato comercial regido por las leyes de la actualidad y la inmediatez.
 
En una época en que una novela publicada hace seis meses se considera ya “antigua”, y en la que el público prefiere inclinarse ante un tuit de Risto Mejide que ante una idea argumentada en varias páginas, se hace difícil defender la vigencia de una historia que no esté escrita esta misma mañana (y a ser posible en menos de 200 caracteres).
 
Por si acaso, yo sigo insistiendo. Si a las películas de saldo que algunas cadenas ponen en la sobremesa de los domingos les funciona eso de “basado en hechos reales”, lo mismo me vale a mí aquello de “la vida me plagia”.
 
Y ahora nos vamos al cine.
 
Parece claro que el Woody Allen del siglo veintiuno funciona más a base de inercia que de creatividad, y es algo —tal vez lo único— que pone de acuerdo tanto a seguidores como a detractores. Éstos últimos gustan de ensalzar el latiguillo despectivo que afirma que Allen hace siempre la misma película, una apreciación no del todo falsa pero que, igualmente, en caso de ser cierta, no tendría por qué suponer un problema (si lo hace mejor que nadie y, además, lo ha inventado él, ¿por qué no seguir fiel a su estilo y sus caprichos?).
 
Es verdad que los temas en la filmografía del neoyorquino se repiten, más aún cuando desde hace lustros se ha comprometido tácitamente a no fallar a su cita anual, una película por año, pase lo que pase y caiga quien caiga. Esta circunstancia provoca esa sensación de continuidad y reiteración en su obra que, a quienes la detestan, les produce el rechazo de lo monótono y rutinario.
 
Pero me parece injusto desprestigiar por sistema y sin excepción los últimos títulos de Woody Allen, ya que, por mucho que conozcamos de memoria las claves de su cine, deberíamos siempre considerar cada película por separado, valorarla en sí misma y no necesariamente en comparación con las obras maestras del pasado.
 
En sus guiones nunca faltan las referencias literarias, musicales, mitológicas y artísticas en general, pero la diferencia respecto a determinados amantes de la pedantería y el didactismo que pululan por festivales y filmotecas es que el señor bajito de las gafas de pasta es lo mismo un idólatra romántico que un iconoclasta incorregible, un tipo capaz de burlarse de sí mismo y de sus manías, hasta el punto de haber conseguido una fusión entre su persona y su personaje casi imposible de descomponer. Es evidente cuando el propio Woody Allen se coloca delante de la cámara para interpretar a un personaje. Cuando no lo hace, casi siempre terminamos reconociendo en el actor de turno (John Cusack, Kenneth Branagh, Owen Wilson, Jason Biggs, Will Ferrell, Larry David…) a un replicante o imitador de los balbuceos, chistes y tics característicos del director. 
 

Curiosamente, no sucede así en Irrational man, donde Joaquin Phoenix —barriga cervecera y mirada de tarado aparte— prescinde de histrionismos para mostrarnos su tormento interior y el giro drástico que dará su adocenada vida de profesor universitario. La trama se apoya sobre tres ejes indispensables en el cine de Allen: filosofía-romance-crimen, y muestra una vez más esa doble faceta del autor, la del intelectual y la del cómico, la del hombre culto y la del que piensa que la única manera de soportar la angustia vital es la evasión, el entretenimiento. En semejante guiso es compatible mezclar las citas a Dostoievski o a Kant con las referencias a Extraños en un tren (de Patricia Highsmith la novela, de Alfred Hitchcock la película) o Los crímenes de Oxford (de Guillermo Martínez la novela, de Álex de la Iglesia la película), pero si a alguien nos recuerda Woody Allen es a sí mismo, a algunos de sus trabajos anteriores. Irrational man no es tan dramón como Delitos y faltas, Cassandra’s dream o Match Point, ni tan cómica como Scoop, Misterioso asesinato en Manhattan o Balas sobre Broadway, aunque de todas ellas es pariente, y muy cercana.
 
Ah, y por supuesto, Chejov, otro de los clásicos favoritos del de Manhattan, se manifiesta a través de su célebre recurso narrativo del clavo, esta vez transformado en otra pieza algo más sofisticada de la caja de herramientas.
 
El trío que conforman Joaquin Phoenix, Emma Stone y Parker Posey se basta y se sobra para sostener el triple entramado de deseos humanos, impulsos criminales y dudas existenciales y morales. Toca decir que no está a la altura de sus grandes obras, pero no deja por ello de ser una buena y recomendable película.
 
Es más, a veces he pensado que si le mostráramos a un espectador joven la filmografía de Allen con ciertas películas cambiadas de lugar en la cronología, tal vez no estuviera tan claro eso de que lo mejor está siempre antes del año 2000. Por ejemplo, si fecháramos en la última década títulos como Alice, September, Sombras y niebla, Interiores o Acordes y desacuerdos, y, al mismo tiempo, presentáramos como producciones del siglo veinte las estupendas Match point, Si la cosa funciona, Granujas de medio pelo, Un final made in Hollywood o Midnight in Paris, ¿se notaría realmente el trueque? Yo me encomiendo a Kulechov y me atrevo a asegurar que no.
 
El pasado suele producir una ilusión de homogeneidad en nuestra memoria que es infiel a la secuencia real de los hechos vividos. Entre las celebradas Annie Hall, Manhattan, Zelig, La Rosa Púrpura de El Cairo, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Maridos y mujeres, Misterioso asesinato en Manhattan y Desmontando a Harry, Woody Allen, no lo olvidemos, dirigió obras puede que no tan brillantes, o de esas consideradas “menores” (a mí, que conste, no me parecen menores Balas sobre Broadway, Otra mujer, Broadway Danny Rose, Poderosa Afrodita o Celebrity), como gustan algunos de referirse a las más recientes.
 
Resumiendo: ir a ver una de Woody Allen es hoy por hoy un puro ejercicio de complicidad. Como celebrar el aniversario de una pareja o, si se prefiere, la fiesta de cumpleaños de un buen amigo. Unas veces es más divertido que otras, ya lo sabemos. Y eso no impide que seamos fieles a la cita.

 

lunes, 28 de septiembre de 2015

En modo novela (18) - Excepción


 
Para variar, voy a hablar por una vez de lo que toca. De lo que habla la gente en la calle y no de lo que a mí me da la gana. Lo que sigue son dos textos ya publicados en esta bitácora, uno en el 2012 y otro de este mismo año. Ambos resumen el simple y (creo) lógico punto de vista de alguien nacido en Talavera de la Reina (Toledo), que ha vivido y crecido en Madrid desde los 3 hasta los 29 años, y que vive en Barcelona desde hace casi 18. Añadamos al lote que mi pareja es de Buenos Aires (Argentina), que mi equipo de fútbol es el Athletic de Bilbao, que la mayoría de los cineastas y músicos que más me gustan son de origen británico o estadounidense, y que leo libros de autores procedentes de la práctica totalidad del mundo, incluida España. Digamos, por poner la guinda y ceñirnos sólo al ámbito literario, que los tres editores que he tenido hasta ahora han sido un madrileño, un leridano y un coruñés, que una de mis obras publicadas (En3lazados) la escribí en conjunto con una mejicana y una valenciana, y que, ya puestos, me encantaría que mis libros fueran traducidos hasta al lenguaje de silbidos de La Gomera.

La mano que sostiene mis ideas siempre ha sido más zurda que diestra, pero una vez observado el circo de coaliciones, pactos, camarillas y conciliábulos con que nos han deleitado los candidatos a las elecciones autonómicas catalanas, me temo que sólo quedan dos opciones. Una, reconocer que reducir la contienda política a dos extremos se queda corto y hay que pensar ya en los puntos cardinales, o acaso en los tentáculos de un pulpo, para dibujar el mapa ideológico. Dos (la mía), pasar del escepticismo directamente al agnosticismo.

  

26 de octubre de 2012

Compruebo con estupor que mis ideas presuntamente progresistas se han quedado desfasadas. Servidor ha crecido con la opinión consolidada de que el pensamiento más abierto, tolerante y liberado en lo referente a la constitución del mapamundi era la utopía del mundo sin fronteras. Pensaba yo que considerarse “ciudadano del mundo” era preferible a empecinarme en ser “muy de mi pueblo”. Sobre todo porque una cosa, tal como humildemente lo veo, no es incompatible con la otra.

Pero resulta que el ambiente reinante me dicta que hoy por hoy hay que pronunciarse obligatoriamente a favor de los nacionalismos para que no le tomen a uno por facha. Pues qué bien. Ya he dicho aquí más de una vez lo que opino sobre todo este asunto de las naciones, las banderas y demás ínfulas de fundamentalismo geográfico. Mi opinión no ha variado. Las circunstancias en que he nacido y crecido hacen prácticamente imposible que haya desarrollado ningún tipo de ideología independentista, pero eso (coño, parece mentira que haya que aclararlo) tampoco me convierte por norma en partidario del imperialismo, el centralismo o cualquiera de las múltiples gratuidades terminadas en “ismo” que no se les caen de la boca a mis paisanos y conciudadanos en las últimas semanas.

La culpa, como casi siempre, es de los partidos políticos, a los que les va de perlas instaurar una dinámica de debate popular y opinión pública basada en la bipolaridad, la dicotomía extrema y el maniqueísmo. Y después, el mayor de los engaños pergeñados: convencer al pueblo (al electorado, por ser más sibilinamente conciso) de que hablan de sentimientos, cuando es sabido que de lo que hablan en realidad es de otra cosa mucho más prosaica y tangible que se acostumbra a guardar en un monedero.

El tema ciertamente me agota, me aburre mucho. Me cansa sobre todo tener que matizar, cada vez que expreso mi sincera opinión, que pese a no albergar ningún tipo de idea nacionalista ni independentista, respeto, por supuesto, a todo aquel que sí lo defienda. Como si todo lo que no sea reivindicación nacionalista me volviera sospechoso de xenofobia y tuviera que hacer igual que aquellos que tras un comentario homófobo se sienten en el deber de aclarar que “tienen muchos amigos gays”
. Qué coñazo.

Sin embargo, hay un par de cuestiones que sí creo que me correspondería abordar, dada mi ubicación en el contexto.

La primera de ellas tiene que ver con ese clima de confrontación constante y virulento que se ha apoderado de las parrillas informativas y las tertulias. Parece que sólo existan dos posturas y, por consiguiente, dos colectivos en discordia. Por una parte, los independentistas. Por otra parte, los españolistas. Y se acabó. Todo el mundo parece haberse olvidado de los dos colectivos menos numerosos pero no por ello más irrelevantes. Es más, estos dos grupos de ciudadanos (a uno de los cuales pertenezco) son la clave para mantener el equilibrio, la cordura y la capacidad de entender cosas tan perogrullescas como que para toda regla hay honrosas excepciones, o que en el término medio suele estar a menudo la elección correcta.

Me estoy refiriendo a los colectivos que formaríamos, de un lado, los no catalanes residentes en Cataluña, y de otro, los catalanes residentes en otras partes de España. Pensad, aunque sea durante cinco minutos, en que existimos, y ya veréis como no hay razón para tanto revuelo.

La otra cuestión que me gustaría señalar es la que tiene que ver con los sentimientos. Lo he apuntado antes. No creo que el deseo de ser una nación independiente provenga del caldero ardiente de las emociones (es más, ni siquiera lo llamaría “deseo”, sino más bien “objetivo”). Los conceptos de nación, país, estado, etcétera, son racionales, intelectuales. Se le tiene apego (y eso sí son sentimientos) a una tradición, unas costumbres, una cultura, una gastronomía, un idioma, un folklore, a lugares y personas que forman parte de nuestros recuerdos más entrañables y queridos. Ahora bien, el hecho de querer concentrar todo ello en un recipiente concreto, limitado por esas líneas geográficas imaginarias que llamamos fronteras, se sale de la mera emoción, y tiene que ver con intereses de otra índole, con el poder y el dinero, si es que ambas cosas no son siempre lo mismo. Una bandera es un signo convencional (como una señal de tráfico) y un pasaporte es pura y dura burocracia.

En fin, aquí sigo, transitando las aceras barcelonesas con mis huesos castellanos, contribuyendo a mantener el equilibrio, o intentándolo, como un agente secreto doble de las viejas novelas de espías. Procurando, en la medida de lo posible, salvar la versión genuina de la vida cotidiana, que no tiene nada que ver con la que os llega a muchos —deleznable, patética, sesgada y palurda— desde determinadas tribunas, columnas, atriles, micrófonos y telecoloquios.

 

3 de junio de 2015

Nunca he votado a ningún partido. La política (entendida como la actualidad informativa y la actividad de los partidos políticos) siempre me interesó muy poco, y en los últimos años, ese muy poco se ha convertido en nada. Creo —y lo siento— que la mayoría de los ciudadanos no ejerce el sufragio universal, sino el forofismo. Estoy harto de escuchar aquí y allá los lugares comunes sobre la corrupción y la desconfianza hacia los políticos, y comprobar cada cuatro años que quienes más los entonan siguen votando lo mismo y a los mismos, y que cuando se da la circunstancia excepcional (y, en mi opinión, saludable) de que surgen nuevas caras y nuevos culos para calentar las poltronas, y que esos rostros y esos traseros pertenecen a gente que proviene (al menos en teoría) del pueblo propiamente dicho, o, como mínimo, de fuera de los partidos y las camarillas de siempre, resulta que empiezo a oír la palabra “miedo” (sí, miedo, qué cosa), y entonces todo el mundo da un paso atrás y empieza a decir que si no tienen experiencia, que si no son profesionales, que si se los van a comer los poderosos… A ver, si queréis seguir votando al PP, a CiU, al PSOE, al PNV o a cualquiera de los eternos repetidores, no pasa nada, sois libres, a mí me da igual; pero eso sí: que nadie me vuelva a calentar la cabeza echando pestes de unos u otros, que el saldo ya se ha agotado. Como vivo en Barcelona, me sorprende además la cantidad de gente que no parece (o no quiere) enterarse de que CiU es más de derechas que el grifo del agua fría, y que el solo hecho de que apoye el independentismo catalán no convierte a Artur Mas en el Che Guevara.

Y como lo de las elecciones debió de saber a poco, llegó la final de la Copa del Rey de fútbol para los adictos al politiquismo crispado. Un pitorreo. Nunca mejor dicho. Si hay un lugar en el mundo donde el silbido es el tema favorito de la banda sonora, ese es un estadio. Se pita a los árbitros, a los entrenadores, a los jugadores, a los presidentes y al resto de personalidades, figurantes, tiralevitas y chupacámaras que acostumbran a visitar los palcos. Que se pite al rey o a un himno entra, pues, dentro de lo normal; otra cosa es que sea espontáneo. Esa moto sí que no la compro, que no tengo carné (ni de conducir ni de militante de nada). Tú dale un silbato a un niño y te acabará reventando los tímpanos estés donde estés. Da igual si es la final de la Champions o si juegan un amistoso el Talavera y el Sestao. Porque el otro día había unos cuantos miles de niños en el Camp Nou, y ya veo que ni el aire inocente de pulmón infantil está a salvo de la lujuria electoralista. Madrecita. Eso es lo triste; lo demás, pura fanfarria para vender periódicos y justificar sueldos de tertulianos, que los caminos de la TDT son insondables. Bueno, y otra cosa, puestos a reflexionar: ¿alguien en el Barça ha pensado, por ejemplo, en Iniesta (de Albacete), Pedro (de Tenerife) o Luis Enrique (de Gijón)? Esto es como cuando en el Bernabéu le gritan “mono” a Alves teniendo a Marcelo en su equipo, o como cuando en el Camp Nou le dedican idéntico insulto a Marcelo teniendo en su equipo a Alves… Es sabido que Woody Allen nunca asiste a la gala de los Oscar, ni siquiera a aquellas en las que, figurando como candidato, resulta finalmente premiado. Me pregunto qué pensaríamos de él si accediese a ir a la ceremonia y, con la estatuilla entre sus manos, aprovechase para empezar a despotricar contra Hollywood, la Academia de Cine y el resto de directores que hacen películas que no le gustan.
Lo dicho: un pitorreo. Que no cuenten conmigo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

En modo novela (17) - Informe de regreso


 
Recién aterrizado de mi segundo viaje a Argentina en nueve meses, comienza el proceso de readaptación de los sentidos. Los colores, los tamaños y los brillos desmesurados de la apabullante naturaleza del norte del hemisferio sur desaparecen de la vista, y en manada, aunque en perfecto orden, se van almacenando en este cerebro de peatón y (por si acaso) también en las tarjetas y los discos duros de rigor. El chamullo porteño deja de ser la banda sonora, y ahora hay que volver a acostumbrarse al “adéu” y el “molt bé”, aunque aún se cuele algún “obvio” y  más de un “¿viste?” en medio del discurso. Sobre el sentido del gusto, quizá la báscula sea mejor portavoz que yo, goloso de mí, y en cuanto a los olores, echo de menos el perfume a asado en cada rincón, a la hora que sea, incluso con la barriga a punto de reventar, sin hambre, como sea, siempre será bienvenido. El sentido del tacto forma parte mayormente de mi intimidad, por lo que pasamos ya al asunto que nos ocupa, esto es, los libros, la lectura, que esta bitácora está lejos aún de ser el ¡Hola!, por mucho que algún que otro Premio Nobel ande pisando fuerte por esos fregados.
 
Señales de vida aparte, inicio este reencuentro y la nueva temporada bloguera compartiendo con vosotros las lecturas que me han acompañado durante el verano, por si alguien anda con curiosidad o falta de ideas. Por supuesto, no todos son exactamente recomendaciones, pero qué sería de la vida sin su pizca de riesgo.
 
 
Teniendo en cuenta que El adversario es una de esas novelas que siempre elegiría para una lista de favoritos y de relecturas, ya iba siendo extraño que tan sólo hubiera leído otra obra de Emmanuel Carrère, Una novela rusa. Por eso este verano me he querido dar el atracón, y he disfrutado mucho con Una semana en la nieve, algo menos con El bigote, y bastante con De vidas ajenas (a la que creo que le sobran unas cuantas páginas sobre los entresijos del derecho crediticio). Ahora me esperan Limónov y El reino. Digamos que ya puedo considerarme casi adicto a este autor.
 
Con Bolaño, por otra parte, voy con cuentagotas, como ya expliqué en su momento en este espacio. Voy retrasando el momento de enfrentarme a sus magnas obras (Los detectives salvajes, 2666), y por el camino voy picoteando de sus textos más breves. Imagino que para los bolañistas Una novelita lumpen no será nada memorable, aunque a mí me ha encantado. Por si fuera poco, la aparición del personaje de Maciste es como un magdalenazo de Proust en toda la sien.
 
Si de verdad os interesa leer algo erótico, lascivo, lúbrico y un punto retorcido, dejaos de sombras de Grey e intentadlo con La mujer de sombra, de Luisgé Martín. Y si lo que os van son los amores complicados y buscáis lágrimas en detrimento de otros fluidos, probad con Música para feos, de Lorenzo Silva, que no es redonda pero se lee en una tarde y tiene su aquél.
 
Y sí, también he leído cosas divertidas, que no todo va a ser drama e intensidad. Un digno entretenimiento es, o así me lo ha parecido, El nuevo paraíso de los tontos, de Hernán Casciari. No es una novela, sino una recopilación de textos sobre la influencia de la tecnología en nuestra vida cotidiana. También hay un capítulo que se ocupa de los talleres literarios, y en el que se le nota mucho que va un poco sobrado por ser un autor popular, pero se lo perdono, mire usted.
 
De Jonathan Coe había leído una novela de esas que dejan un bonito recuerdo, La lluvia antes de caer, y me ha sorprendido el desparpajo y la sorna británica que desprende Expo 58, que es una historia de diplomáticos y espías, y también de amor y lealtad. Se lee con la misma facilidad e idéntico deleite con que uno devora un helado de dulce de leche y cacao holandés sentado a la sombra… En fin, ya me entendéis. Una de mis lecturas favoritas de este verano.
 
Con Héctor Abad Faciolince tenía una deuda similar a la de Carrère. Me gustó mucho Basura, y desde entonces no le había vuelto a prestar atención al escritor colombiano. He leído por fin El olvido que seremos, y en este caso me atrevo a recomendarlo sin titubeos. En la línea, precisamente, de Carrère, es decir, valiéndose de la realidad para novelarla y despacharla como si de una apasionante historia de ficción se tratase, Abad hijo nos cuenta la biografía truncada de Abad padre, con todo lo que la vida tiene de dulce y de amargo, de alegre y de triste, con el trasfondo siempre trágico de los que pelean en una sociedad en la que la discrepancia se resuelve a balazos. Es un libro duro y a la vez emocionante, y posee algo que personalmente me encanta: la figura carismática del relato no lo es tanto por su radicalidad como por su voluntad de defender el término medio; la templanza (que no la tibieza), que diría Muñoz Molina. Imprescindible.
 
Justo al día siguiente de terminarme Yo fui Johnny Thunders, su autor, Carlos Zanón, era galardonado con el premio Hammet de novela negra. Para los prejuiciosos o los no iniciados conviene aclarar que, más allá de mujeres fatales y tipos con gabardina que fuman como chimeneas, hay un género negro que se ocupa de los bares de la esquina y los guitarristas de rock and roll, historias de crimen y venganza que pueden pasar en tu barrio o en el mío. Zanón es un experto en ello, y este primer acercamiento a su obra me lo ha demostrado.
 
Siguiendo con autores relegados sin saber muy bien por qué, recuperé a Michel Houellebecq, que me impresionó en su día con Plataforma, y de quien he leído también Las partículas elementales. Elegí para el reencuentro su primera novela, Ampliación del campo de batalla, que en conjunto deja buen sabor, aunque queda igualmente una sensación de batiburrillo que parece tanto una carencia de autor novel como una consigna de estilo de quien aspira a ser el dios de los raritos.
 
A Javier Calvo lo mantenía a distancia porque lo tenía erróneamente asociado a determinados postureos que me producen alergia, pero tras leer Mundo maravilloso no me queda otra que reconocer mi equivocación, y ahora tengo ganas de leer algunas de sus otras novelas. He visto por ahí que algunos lo comparan con Chabon, Foster Wallace o Palahniuk. No sé si llega a tanto, pero como posible pista ahí lo dejo.
 
Una suerte pequeña, de Claudia Piñeiro, posee un inicio que atrapa, que estructura la narración de la manera más conveniente para crear misterio. En este sentido, intachable. Lo malo es que a medida que el misterio se alumbra y, sobre todo, cuando llegamos a conocer su origen, nos queda un último tercio de libro que carece de sorpresas y se entrega por completo a una trama melodramática más bien convencional y aun previsible. Como la novela es corta, se lee sin esfuerzo, pero es una pena que las expectativas iniciales se terminen desinflando.
 
Algo parecido me ocurrió al leer La muerte del pequeño Shug, de Daniel Woodrell. Los personajes, el entorno, la atmósfera, todo suena auténtico, crudo, en su salsa, pero será porque tenemos mucho Cormac McCarthy y mucho cine independiente a cuestas, que es como si faltara algo, una rendija para lo inesperado. Supongo que para los incondicionales del género poder ser incluso una novela ejemplar, pero puestos a pasearnos por la mugre canallesca de la América profunda, yo me quedo con Jim Thompson.
 
Y como muchos de vosotros, este peatón también ha sentido curiosidad por el fenómeno literario de las novelas policiacas de Pierre Lemaitre. Debo decir en este sentido que la publicidad excesivamente generosa no siempre hace favores. O sea, tanto Irène como Vestido de novia están más que bien (más la primera que la segunda, en mi opinión), son intrigantes y de lectura ágil, con personajes atractivos y giros efectivos de la trama, además de contener unas dosis de crueldad que, creo yo, superan la media de lo convencional. Eso sí, cuidado con pasarse de rosca y fiarse de los panegíricos que los editores imprimen hábilmente en las fajitas para que compréis el libro. Insisto: no es que las novelas de Lemaitre no sean buenas; es más bien que ya hemos visto muchas películas.
 
Entre manos me traigo la última de Cercas, El impostor, otra vez ese juego de inflar material de reportaje periodístico para convertirlo en novela. Ya veremos cómo resulta. Lo que si me va quedando cada vez más claro (y esto valdría también para Carrère) es que el recurso tan en boga de la ficción novelada no deja de ser una hábil estrategia para terminar hablando de uno mismo sin que lo parezca, aunque la verdad es que lo parece. Ego de novelista, supongo. Que busque piedras el que esté libre. Y en la estantería aguardan, asomando el lomo, La posibilidad de una isla (Houellebecq), Venganza (Benjamin Black), más algún otro caso policial de Lemaitre, la primera entrega del mamotreto autobiográfico de Karl Ove Knausgard (que me atrae tanto como me repele; soy así de sensible a las modas, enseguida les cojo manía), y también El tango de la guardia vieja, de Pérez-Revete, a quien no leo desde hace siglos pero que me ha camelado esta vez por aquello de la reminiscencia porteña. Ya veremos.
 
 
 

viernes, 7 de agosto de 2015

En modo novela (16) - El vinilo de Proust


Me suena haber escrito por ahí alguna vez que, en mi opinión, la música es, de todas las artes, la que mejor conecta con nuestros sentimientos.

Por supuesto que hay infinidad de películas y libros que me emocionan (he oído decir a algunas personas que se han emocionado con la contemplación de un cuadro; me temo que mi sensibilidad no alcanza para tanto), pero para que un cineasta o un escritor consiga ponerme el vello de punta, la piel de gallina o llegar a empañar mis ojos, necesariamente su obra debe pasar antes por un filtro racional que, por muy automático y espontáneo que sea, establece una correspondencia directa entre la calidad de lo que leo o contemplo y los sentimientos provocados. Dicho de otra manera: una obra que considere objetivamente mala nunca poseerá la capacidad suficiente para emocionarme.

Con la música no sucede así, en mi caso. Para empezar, porque soy un auténtico lerdo en lo que se refiere a solfeo, partituras y composición en general. Aunque lo más importante es que, independientemente del grado de cultura sinfónica que uno atesore, el milagro de la música está al alcance de cualquiera, ya que su poder de seducción no depende (no tanto, al menos) de su nivel de elaboración o genialidad.

Admito que yo sí podría emocionarme con una canción que, en términos de crítico musical especializado, pudiera considerarse “mala”. Una melodía simple posee la misma capacidad potencial de provocar el nudo en la garganta que una sublime composición, ya que, tal como yo lo veo, nuestra respuesta sentimental a la música es instintiva e irracional, es el reflejo improvisado a un estímulo abstracto.

Vale que esto no es exactamente así si hablamos de canciones interpretadas en un idioma que conozcamos, ya que en ese caso el contenido de la letra influirá sin duda en la percepción global de lo escuchado. Sin embargo, para mí sigue siendo mucho más importante el elemento musical propiamente dicho. No sólo se emociona en la ópera el que entiende lo que cantan los tenores, sopranos o barítonos; por no hablar de los clásicos (Mozart, Bach, Haendel, Beethoven, etc.), las bandas sonoras cinematográficas y demás piezas totalmente instrumentales. Y, cómo no, la cantidad de música cantada en inglés que nos hemos hartado de oír los ibéricos de mi generación cuando no teníamos ni pajolera idea de la lengua de Shakespeare y de Mr. Bean (me da la impresión de que los jóvenes de hoy están más preparados en esta materia).

Otro factor que refuerza el legendario poderío de la música para conmovernos y estimularnos es su probada eficacia en el terreno de la evocación. La asociación de melodías con momentos o recuerdos de nuestra vida es algo tan sencillo como inevitable. La memoria de la música no requiere el más mínimo esfuerzo; basta a veces con escuchar un par de compases para que reaparezca súbitamente una vivencia, una persona, un sentimiento, una época o toda una existencia.

Hoy os hablo sobre esto porque he leído que Supertramp ha cancelado su gira de este verano por enfermedad de su líder, Rick Davies. Para ser sincero, este peatón ni siquiera sabía que el legendario grupo de los 70 estaba de vuelta sobre los escenarios. Otra vez las malas noticias son las que ponen en primera plana a los personajes relegados a las hemerotecas o directamente ignorados.

En 1979, año en el que se desarrolla la mayor parte de la trama de la novela que justifica la existencia de esta bitácora, se publicó Breakfast en America, seguramente el álbum más popular de Supertramp. Y ese mismo año, penúltimo de la década, se materializaron en forma de vinilo de 33 RPM los discos Dire Straits (el primero de la banda de Mark Knopfler, con su enseña Sultans of Swing), Jazz (de Queen, que conservaba aún su faceta más cañera) o Discovery (de Electric Light Orchestra —o ELO, para los perezosos y los tuiteros—, el grupo de Jeff Lynne, eterno aspirante al oficioso título de El Quinto Beatle).

Supertramp nació en el auge de aquella tendencia hoy trasnochada que se denominó rock progresivo. Puede que sea una música que a día de hoy suene anacrónica e ingenuamente pomposa en más de una ocasión. Da igual. Después de algún tiempo, ayer he vuelto a escuchar el tema Give a little bit y me ha dejado blandito y empalagoso como un sobao pasiego mojado en chocolate caliente. Nunca me he molestado en intentar traducir la letra de la canción. Puede que no sea más que una trova convencional o una simpleza inconmensurable. ¿Y qué? Para mí es un temazo porque, ha sido reencontrarme con aquellos primeros compases de guitarra acústica acompañados de los aullidos quejumbrosos de Roger Hodgson, y trasladarme automáticamente a una tarde cualquiera de un día laborable, con mis dos hermanos, los tres encerrados en una habitación y alrededor de la radio, poniéndonos al día de los éxitos musicales del momentos poco antes de que empezara la retransmisión de algún partido de la Copa de Europa. Por trillado y sensiblero que suene, se trata de un recuerdo entrañable, y el hecho de que esa canción me lo haya rescatado ya vale una fortuna.

Give a little bit pertenece al álbum Even in the quietest moments, de 1977. Poco después iría descubriendo los trabajos anteriores de la banda (Crime of the century, de 1974; Crisis, what crisis?, de 1975, más otros dos primeros discos menos interesantes), hasta que en 1979, con Breakfast en America, alcanzaron la cima de su éxito, que celebraron un año después con Paris, el disco grabado en vivo de 1980.

La cuestión es que Supertramp, al igual que Dire Straits, ELO, Queen, Genesis, Deep Purple, The Rolling Stones, The Clash, The Cure, Kraftwerk y otros tantos nombres típicos de los 70 (incluyendo los incipientes ejemplos autóctonos que plantaron las primeras semillas de la inefable Movida), sonarán también de fondo junto a los Beatles a lo largo de la novela.

Antes de hacer la pausa veraniega de rigor, oxigenar un poco las neuronas y entregarse a los diversos placeres corporales, le dedicamos unos minutos a la nostalgia musical, y de paso le deseamos al señor Davies que se mejore.