viernes, 3 de octubre de 2014

La bolsa de los insultos


 
Cada cierto tiempo leemos o vemos en las noticias que un árbitro ha decidido suspender durante unos minutos un partido de fútbol debido a los insultos “racistas” proferidos desde un sector de la grada contra un jugador negro.
 
Comparto la sensibilidad del colegiado ante tales injurias, pero no estoy de acuerdo con su decisión, ya que me parece —seamos honestos— un puro gesto para la galería. Me explicaré antes de que algún internauta empiece a visualizarme ya con el capuchón del Ku Klux Klan sobre mi cabeza.
 
Sinceramente, no creo que esos insultos sean en realidad “racistas”. Infames, deleznables e intolerables, sí, pero también coyunturales e individualizados hacia la persona de ese jugador que defiende los colores del equipo rival. El contenido racial de los mismos obedece a la intención de ofender a ese individuo en concreto, y para ello, como mandan los cánones primitivos del insulto, se arremete contra lo más visible y/o más vulnerable.
 
Por ejemplo, si el jugador que se odia es pelirrojo, seguramente la grada gritará algo como “Zanahorio de mierda”, sin que el colectivo mundial de pelirrojos vaya a sentirse necesariamente aludido (ni, por supuesto, tampoco el de granjeros cultivadores de zanahorias). Lo mismo ocurrirá con calvos (puto pelao), cabezones (cabeza buque), narigones (muerte del loro), orientales (chino de los cojones), bajitos (enano de mierda), feos (cara de culo), etcétera.
 
Cualquiera que haya ido al fútbol alguna vez sabe que el exabrupto desde la grada es, lamentablemente, un deporte tanto o más secundado que el que se practica sobre el césped. Pero nunca he visto que un árbitro suspenda el encuentro al escuchar el clamor de deliciosas estrofas como “Michel, Michel, Michel maricón” (o “Guti, Guti, Guti maricón”) o “Messi (0 Ronaldo, o Simeone o el que sea) muérete”.
 
Nadie hace nada cuando esto ocurre, ni siquiera sale a la palestra alguien pensando que tal vez se trate de insultos homófobos o aun xenófobos. Y ahí está la trampa. Amparar la protesta en grandilocuencias como la xenofobia, la homofobia, el racismo o el machismo. Los insultos, insultos son. Si se ha de sancionar al que grita “negro de mierda”, también habrá que hacerlo con quien espete a los futbolistas infectas vulgaridades como “hijo de la gran puta” o “puto maricón”.
 
Parece por ello injusto que exista un mercado de valores para el insulto, en el cual se cobre más caro el alusivo al color de la piel que el referente a la inteligencia, la orientación sexual, la condición física o la profesión de la madre.
 
A lo mejor es preferible ignorar a los cafres que berrean para no concederles mayor importancia. Lo digo porque los borregos que se dedican a insultar en los estadios son tan lerdos que no parecen darse cuenta de que se contradicen continuamente, y eso, sumado a la bajeza de sus modales, los descalifica por sí mismos. A los aficionados que se meten con un jugador del equipo rival por ser negro, me permito recordarles que es más que probable que el club de sus amores también tenga futbolistas negros en su plantilla. Y esta norma es aplicable a la naturaleza de cualquier insulto.
 
Por ejemplo, en las gradas del Santiago Bernabéu es frecuente escuchar la consigna “Hijos de puta, vascos no” cuando lo visita el Athletic de Bilbao, todo ello a pesar de que sobre el terreno de juego pueda haber jugadores como Alkorta, Karanka, Lasa, Xabi Alonso o Illarramendi (vascos, claro) defendiendo los colores del Real Madrid.
 
Lo mismo sucede en San Mamés, cuando los merengues devuelven la visita y son calificados como “Hijos del puta, españoles”, como si aquello fuese un partido de la Premier League inglesa, o como si Fernando Llorente y Javi Martínez no hubiesen formado parte de la misma selección española que ganó el Campeonato del Mundo con Casillas o Sergio Ramos.
 
Quevedo y Góngora se valían de la poesía para descalificarse, y es verdad que de vez en cuando surgen personajes dispuestos a otorgar cierta dignidad retórica al insulto (véase El Cansino Histórico de Mota, o el antaño emperador de las ondas José María García), pero aquello que se escupe desde el graderío de cualquier estadio, por dañino y abyecto que sea, está más cerca del simple rebuzno que de otros sofisticados mecanismos de misantropía como el apartheid o el nazismo.
 

No hay comentarios: