martes, 22 de julio de 2014

Más trabajos que libros


Foto: Joel Robison
 
El periodismo ha cambiado mucho en los últimos años, ya lo sabemos todos. No obstante, supongo que en las facultades de Ciencias de la Información se sigue enseñando eso de que noticiable es sinónimo de novedoso, infrecuente o extraordinario. Lo obvio, lo previsible y lo rutinario no deberían ser materia prima para las noticias, y por ello me ha llamado la atención el artículo que ha salido publicado en La Vanguardia hace unos días, titulado “Escritores pluriempleados”.
En dicha información se afirma que “La crisis de la industria editorial ha obligado a muchos escritores a buscar trabajos alternativos para sustentarse mientras cuecen sus obras”. No es que sea mentira. Lo que ocurre es que la causa de ello no es coyuntural; no es la crisis económica que arrastramos desde hace poco más de un lustro ni tampoco la crisis específica del negocio editorial.

Seamos sinceros: desde siempre, lo inusual es que un escritor pueda vivir exclusivamente de lo que escribe. Y concreto aún más: con “vivir de la escritura” me refiero a que su única o, como mínimo, su mayor fuente de ingresos provenga de los derechos cobrados por la venta de sus libros.
La verdadera definición de vivir de la escritura es la que contempla a alguien que para permitirse ejercer su oficio favorito tiene que garantizarse primero al menos otro empleo cuya nómina cubra los gastos básicos de cualquier mortal que no viva debajo de un puente o de okupa.

Dentro de esto, claro, hay distintos niveles. Es verdad que hay unos pocos (menos de los que os pensáis) que sí pueden mantenerse a base de lo que generan sus obras. Pero esta condición no se adquiere de golpe, sino que acostumbra a ser el producto de varios años acumulando superventas o premios o ventas de derechos. Y a veces ni eso basta.
Valga el ejemplo de Juan José Millás, que, según cuenta en su libro autobiográfico El mundo, trabajó hasta los 42 años en el departamento de marketing de Iberia, incluso habiendo ganado nada menos que el premio Nadal dos años antes. El autor valenciano dejó su empleo en la aerolínea para dedicarse de lleno a la literatura, pero no nos engañemos: Millás es periodista y escribe regularmente en El País. Con el tiempo ha ganado muchos más premios y puede que desde hace algunos años su labor periodística responda más al placer que a la manutención. Bien. Pero hablamos de un señor que pasa ya de los sesenta.

Lo señalo porque el artículo al que me he referido al principio utiliza como ejemplo a Matías Candeira, escritor nacido en 1984 que trabaja como profesor en una escuela de escritura y que además disfruta de una beca de creación literaria de la Fundación Han Nefkens. Gracias a ello, el autor de La soledad de los ventrílocuos ha podido dejar sus empleos adicionales o de “supervivencia” para poder dedicarse durante un año completo en exclusiva a la escritura. Y es aquí donde está lo excepcional. Es decir, lo que escasea son las becas y las ayudas. Pero lo de tener que currar en lo que sea es, aunque no nos guste, la norma.
Cuentan que Faulkner fingió ser un mutilado de guerra para lograr empleos de guardarropa, regidor de teatro, cartero y calderero. Raymond Chandler publicó su primera novela con 51 años y sólo al jubilarse decidió apuntarse a un curso de escritura por correspondencia. George Orwell trabajó de policía, de lavaplatos, en una escuela privada… y todo eso después de haber vivido literalmente en la calle. Jack London fue repartidor de periódicos, además de trabajar en una fábrica de conservas, de hacer de fogonero, de cazador de focas, de buscador de oro y de mozo de maletas. Kafka fue agente de seguros y no vivió para ver su obra publicada, como John Kennedy Toole y tantos otros…

No creo que haya habido en la historia de la literatura un autor que viviera exclusivamente de su oficio antes de cumplir los cuarenta. Y aún me quedaré corto. De hecho, la aspiración más realista del escritor contemporáneo sería la de intentar que esos trabajos satélite o aledaños a su ocupación vocacional estén relacionados en la máxima medida con la literatura, la escritura o la creatividad. Esto es, un trabajo acomodado más o menos a nuestras inquietudes o habilidades creativas y que sea lo más agradecido posible en el apartado de la dedicación, con el fin de que nos deje el tiempo libre necesario para compaginarlo con la producción de nuestra obra literaria.
Profesores, académicos, periodistas, publicistas, comunicadores, conferenciantes… Por ahí van los tiros. Luego, por supuesto, está la opción de agarrarse a lo que sea para no morirse de hambre, pero aquí me temo —ay— que también el escritor gusta a menudo de ponerle fábula al asunto. Por supuesto que, como dice el artículo de La Vanguardia, hay escritores que tienen que trabajar de “camareros y lo que haga falta”; de acuerdo, pero eso es el reflejo de una realidad que afecta a todos los ámbitos y oficios, y en especial si hablamos de gente que ni siquiera pasa de los treinta. Lo diré de otra forma: jamás se me ha ocurrido sugerir que en el texto biográfico de la solapa de cualquiera de mis libros figure que trabajé tres años limpiando oficinas y recogiendo basura en una fábrica. A lo mejor queda bien para resaltar la idea del autor hecho a sí mismo y para ponerle un poco de épica al inicio de nuestra carrera en el mundo de las letras, pero también estaríamos desviando la atención de lo que, a mi parecer, es el verdadero problema de todo este tinglado: el desproporcionadamente injusto reparto de los derechos de autor.

jueves, 3 de julio de 2014

De la primera impresión y otras falacias

Esto ya lo sabía yo… A mí nunca me engañó… El primer día que lo vi ya lo calé… Os suena, ¿verdad? Por supuesto; menudos somos todos, a nosotros nos la van a dar.
 
(Pausa para risas enlatadas, como en las telecomedias)
 
Venga ya. ¿Qué nos creemos? Admitamos que conocer a alguien no es tan fácil. Es más: lo bueno es que no sea fácil. No pasa nada porque esa persona que nos cayó tan mal cuando nos la presentaron nos parezca ahora encantadora. No es delito que uno tenga que reconocer que se equivocó cuando tildó a alguien de aburrido o tacaño. Es humano y comprensible que después de treinta y siete chistes aquel tipo tan simpático empiece a parecernos un coñazo. Y no digo nada sobre lo que pensarán de nosotros los demás. Bueno, sí lo digo, pero vamos por partes.
 
 
 
 
Y tú quién eres
 
Cuando vamos a cualquier sitio de parte de alguien, lo fundamental es estar absolutamente seguros de que ese “alguien” es en realidad una persona de confianza.
Sé que es tentador sentirse distinguido o privilegiado. A todos nos fastidian los enchufados... siempre y cuando sean otros, claro. Si es a nosotros a quienes nos hacen el favor, en ningún momento nos paramos a pensar que tal vez estamos perjudicando a un tercero que lleva más tiempo esperando su turno o que necesita mucho más el descuento o la prebenda.
 
Reconocida esta debilidad del ego, conviene andarse con cuidado, pues la tentación del privilegio nos lleva a veces a convertirnos en el recomendado de personas a las que apenas conocemos y que, probablemente, obren movidas por idéntico influjo de su vanidad: también ellos se sienten importantes diciéndonos “Di que vas de mi parte” o “Di que eres amigo mío”.
 
En cierta ocasión, alguien me instó a sacar mis billetes de avión en una agencia de viajes donde al parecer lo conocían y la sola mención de su nombre era sinónimo de trato preferencial. En efecto fui a dicha agencia, convencido de que sacaría alguna ventaja. Nada más aclarar que iba de parte de aquel señor, la cara del hombre de la agencia me reveló ya que lo mismo podría haberle dicho que iba de parte de Harry Potter o de Paquirrín.
 
No dudo de que mi supuesto mentor y el tipo de la agencia se conocieran, pero lo que era evidente es que su relación no era tan estrecha como para ejercer influencia alguna. Como el agente de viajes era un profesional, se esforzó en sonreír y responderme “Ah, sí” (que era como decir “Ah, sí, es el fantasma de mi cuñado”, o “Ah, sí, el pesao aquél que estudió conmigo”, o incluso “Ah, sí, el novio de una vecina mía al que, por cierto, todavía no conozco en persona”).
 
Me aseguró que me había buscado la mejor oferta y yo me sentí obligado a creerle, pese a que, desde luego, no era ninguna ganga (y no afirmo con ello que lo hiciese a mala leche; seguramente no tenía ni capacidad ni poder para ofrecerme nada mejor).
 
Esto me hace pensar en lo poco que en realidad sabemos acerca de la impresión que causamos en los demás. Tal vez quien me mandó a aquella agencia no lo hizo tan sólo por el deseo de fingir que era un individuo influyente. Quizá creía de verdad que el otro tipo lo apreciaba o aun lo admiraba. Puede que sólo coincidieran en una ocasión, durante una boda o una cena de amigos comunes; a lo mejor se conocían superficialmente por haber trabajado en la misma empresa o compartir escalera de vecinos. Y eso, aunque no sea demasiado, nos basta a menudo para hacernos impresiones sobre otras personas y, al mismo tiempo, deducir lo que éstas pensarán de nosotros; si caemos mal o bien, si entablaríamos una relación más estrecha o no, si le gustamos o le atraemos sexualmente a alguien, si le prestaríamos dinero o no le daríamos ni las buenas tardes, si su amabilidad es genuina o busca algo a cambio, si los encantadores modales ocultan a un futuro gorrón o pelmazo, si tal o cual persona ha tenido un pasado turbio o difícil, si es un espía encubierto o si guarda millones debajo de un ladrillo aunque va de humilde por la vida... En fin, parece mentira, pero la de cosas que nos atrevemos a extraer de la gente con sólo intercambiar un par de minutos en un descansillo o compartir un fugaz trayecto en ascensor.
 
 
 
 
¿Que una imagen vale más que qué?
 
Por cuarta o quinta vez, un poder incontrolable me había obligado a girar el cuello en dirección a donde estaba aquella desconocida. Yo seguía fingiendo que me interesaba la conversación de mis amigos, aunque mi atención ya tenía una dueña difícil de vencer.
Nunca he creído en los moldes ni en los estereotipos de cuestionario de revista, y aun así la chica tenía todos los números para convertirse en lo más parecido a un patrón de mujer ideal que yo pudiera imaginar.
 
Un prodigio de compensación. Turgencia y belleza, presencia y dulzura. Incluso desde la distancia (unos quince metros nos separaban; yo, arrimado a la barra junto a mis colegas de bebercio; ella, balanceándose copa en mano al ritmo de la música, a la entrada del exiguo pasillo que daba acceso a los baños).
 
Idéntica nota para el vestuario. Matrícula de honor. Insinuante, sugerente, calculado con inteligencia para disfrutar tanto de lo que ocultaba como de lo que generosamente dejaba a la vista. Tener aquella imagen ante los ojos y no hacer nada hubiera sido un crimen imperdonable. Tenía que acercarme, decirle algo, intentarlo.
 
Dejé a mis amigos con sus bocas repletas de senos y culos quiméricos para embarcarme en la aventura hacia el cuerpo perfecto y real. Ella parecía absorta en su tímido bailoteo, y sólo cuando me tuvo a un metro reparó en que tenía ante sí a un chorlito hipnotizado.
 
Llegó el momento. Me tomé unos segundos antes de articular palabra para recrearme en la estampa. En efecto: las palabras sobraban. La imagen, idílica, sublime, hablaba por sí sola. Sabiduría popular.

“¿Cómo te llamas?”, pregunté por fin.
“¿Cualo?”, me contestó, a voz en grito (la música en los bares, ya se sabe).
“Esto... que si quieres que te invite a una copa”.
“Me se ocurre de que sí”, dijo, y volviéndose hacia su izquierda, le espetó a otra chica: “Chochooo, que me abro con éste” (nuevamente a gritos, claro, aunque en realidad la música no estaba tan alta).
 
No fueron mil palabras, sino trece. Pero ya daba igual. Con la excusa de avisar a mis amigos, di media vuelta y escapé como pude hasta la salida.
 
Sabiduría popular. Los cojones.
 
 
 
 
Piensa mal… y mejor se lo cuentas a otro
 
El ejemplo anterior es sólo uno entre mil millones. Refranes, latiguillos, topicazos, lugares comunes y eslóganes de andar por casa, servidos de lunes a domingo y acompañados con guarnición de berrido castrense o puñetazo en la mesa. ¡Tscht! (Chasquido de lengua, que también queda divino como apostilla.)
 
Y es que, a mayor negatividad, mayor jactancia. Como si la crispación, la indignación o el desdén dotaran a nuestros argumentos de más credibilidad. En una discusión cualquiera, “Vaya puta mierda” o “Ese es un gilipollas” cotizan al alza respecto a los más templados y flexibles “A mí no me ha gustado” o “Creo que se equivoca”.
 
Me da que ese afán por reducir la complejidad de las opiniones e impedir cualquier posibilidad de debate a base de hachazos dialécticos es algo así como el parapeto favorito de los ignorantes. Como no voy a ser capaz de argumentar mi opinión y como, además, mi opinión no es realmente mi opinión, sino la que me viene impuesta por el político-periodista-sacerdote-gurú-charlatán de turno (lo que se traduce en que sé el resultado de la fórmula, pero no su planteamiento y desarrollo), tiro de refrán o chascarrillo y se acabó la fiesta. ¡Tscht! (Latigazo de lengua para el latiguillo lingüístico, no lo olvidemos.)
 
O sea, que para discutir estamos. Con los taxistas, los peluqueros y los porteros de fincas ya me cuidaba de no avivar el debate, pero este virus del tertuliano histriónico que se respira ahora en cualquier sitio va a acabar con el sentido del humor y la salud universal. Aunque, bien pensado, tampoco es que nos venga de nuevas. Si hay un refrán que se viene repitiendo desde los tiempos en que lo más parecido al diccionario de la Real Academia era dar una colleja o dibujar un bisonte en una pared, es aquél que afirma eso de “Piensa mal, y acertarás”.
 
Me consta que mucha gente promulga dicha sentencia como si fuera palabra divina. Por lo que a mí respecta, me suena más bien a discurso de amargados, refunfuñones, tocacojones, huraños y misántropos incurables.
 
Me encajaría como el mantra de la comunidad masoquista internacional, o como la consigna fundamental del libro de estilo de la difunta Intereconomía, o como el eslogan del congreso anual de hipocondríacos, o incluso como el as en la manga de los soberbios que nunca están dispuestos a reconocer el tan humano defecto de la equivocación.
 
Una dosis de escepticismo en la vida viene bien; es sano y recomendable para nuestra inteligencia. Innumerables individuos e instituciones se han ganado a la fuerza nuestra desconfianza crónica, o al menos nuestro derecho a la cautela y también al pataleo; faltaría más.
 
Pero debe de resultar muy poco práctico ir por la vida desconfiando de todo y de todos, aplicando presunción de culpabilidad a diestro y siniestro, aguando fiestas a discreción y jugando al profeta del Apocalipsis a jornada completa.
 
Son compatibles, desde mi punto de vista, los defectos de la personalidad con las virtudes de las acciones. Tipos despreciables pueden protagonizar sucesos admirables, del mismo modo que personas intachables se desmarcan a veces con errores imperdonables.
 
Podemos amar a la misma mujer que otro tipo al que consideramos un cretino, y podemos usar la misma colonia que un asesino en serie o compartir creencias religiosas con un dictador. Tal vez nuestra canción favorita sea la misma que la del mal nacido que nos robó la novia, o puede que seamos socios del mismo club de fútbol que un terrorista, o que le pongamos a nuestro hijo el mismo nombre que el de ese periodista cotilla al que insultamos cada vez que aparece en la pantalla del televisor. Imaginad que habéis estudiado lo mismo que el árbitro que le fastidió la Liga a vuestro equipo, o que cuando salís por ahí bebéis lo mismo que Bush, o que vuestro grupo sanguíneo coincide con el de Bárcenas, o que compráis la fruta en la misma tienda que un pederasta.
 
Si de verdad la primera impresión fuese infalible, si pensar mal fuera siempre sinónimo de acierto, si con sólo mirar a alguien durante cinco segundos supiéramos con certeza si nos conviene arrimarnos o alejarnos, entonces no existirían los divorcios ni las decepciones, tampoco las traiciones y los desengaños, viviríamos en un mundo de sabios clarividentes… vaya puta mierda… perdón, quiero decir, qué aburrido.