miércoles, 11 de junio de 2014

La vida sexual del Barón Ashler


 
La primera perturbación sexual de muchos niños de mi generación fue provocada por la visión continuada del lanzamiento de las tetas de la robot Afrodita A, que en realidad eran sendos proyectiles (o senos proyectiles, por hilar fino; bueno, y un poco chusco también). Desconozco si nuestras coetáneas anhelaban el ejemplo equivalente por parte del robot Mazinger Z, de cuyo pecho emanaba fuego destructor pero al que nunca vimos disparar su hipotético y metálico miembro viril a modo de torpedo. (Recuerdo ahora una viñeta de Mariel y Manel Barceló en la revista El Jueves, en la cual un personaje afirmaba que “un coño es erótico pero una polla es pornográfica”.)
 
Lo que sin duda no le quedó claro a nadie por aquel entonces —creo que hoy en día sigue siendo tema de debate en las principales universidades de todo el mundo— fue el misterio de la anatomía íntima de otro personaje de la mítica serie japonesa de dibujos animados: el Barón Ashler.
 
Para los más jóvenes y los más despistados, decir que el tal Ashler era un extraño individuo compuesto por una mitad masculina y otra femenina, en sentido vertical (si la división hubiera estado hecha horizontalmente, tipo “hombre de cintura para arriba y mujer de cintura para abajo”, no habría, obviamente, misterio alguno). Así pues, uno se preguntaba qué ocurriría en aquel cuerpo a la altura de la ingle. Es decir, ¿era un hermafrodita literal o tendría mitad y mitad de cada, como en el resto del cuerpo? ¿Era promiscuo? ¿Doblemente bisexual? ¿Mitad homo y mitad hetero? ¿Se autosatisfacía sexualmente y, por consiguiente, en su caso onanismo y coito podrían ser la misma cosa?
 
 
 
 
Seguro que hay versiones para todos los gustos, pero yo, que hoy me siento romántico y en paz con el mundo pese a que quedaría mejor decir lo contrario —vale, también me cago en la puta prima de riesgo y en la putísima madre que la parió, pero me niego a estar de mala hostia todo el día— prefiero imaginar la versión en la que el hemisferio A del susodicho Ashler ama secretamente al hemisferio B desde su más tierna infancia (si el roce hace el cariño, en este caso no digamos), crece con ese platonismo enquistado hasta que un día se atreve a declararle su amor, pero su otra mitad se lo niega, ofreciéndole a cambio (la originalidad al poder) seguir siendo amigos. Cualquiera con un mínimo de orgullo rechazaría tal oferta, pero cuando eres el flanco derecho del mismo cuerpo de cuyo lado izquierdo estás enamorado, la cosa cambia.
 
Así se construyen los malos en la ficción, y por eso a menudo nos seducen más que los buenos, que suelen representar arquetipos más manidos y menos complejos. Los “malos porque sí” no son interesantes, pero el villano “porque el mundo le hizo así” ya mola más.
 
Hannibal Lecter, Max Cady, Joker, Mourinho… Si no fuera por ellos, todo sería mucho más aburrido. Así que, compasión con el Barón Ashler, que ya tiene lo suyo.
 


2 comentarios:

C. Martín dijo...

Las niñas teníamos muy claro lo que el barón Ashler tenía entre las piernas: lo mismo que tenían las Nancys o los Geyperman :-)
A mí del barón Ashler lo que me tenía fascinada era la voz, cuando se oían las dos mezcladas me daba hasta miedo, era la encarnación de la maldad absoluta.
Y encima iba con sotana :-p

El último peatón dijo...

Si es verdad que cuando hablaban la parte masculina y la femenina a la vez, más que a voz como tal, sonaba a esas voces que se oyen dentro de las cabezas que no andan demasiado finas...
Y la sotana creo que era de Agatha Ruiz de la Prada :)