jueves, 29 de mayo de 2014

La leyenda o la vida



Y creció a mi lado como un árbol toda una ilusión / Y creció a su lado monstruosa toda una obsesión

Tuve durante algún tiempo una impresión equivocada sobre Antonio Vega. Sobre Antonio Vega, el personaje (no sobre el músico, que siempre me pareció admirable y genial). Estaba ahí como agazapado, tímido, empequeñecido por la vitalidad y el desparpajo público de su primo Nacho, con quien compartía liderazgo en la banda Nacha Pop. Tenía ese perfil de genio en la sombra, de artista sin ambición al que sólo le importaba disfrutar con lo que hacía. Y desde luego que la realidad era bien distinta.

Conociendo un poco más su trayectoria y su vida, uno se da cuenta de que ese tipo aparentemente disciplinado y humilde era en verdad alguien ambicioso y displicente. Podía ser arrogante y despótico, informal y caprichoso. Alguien que lo mismo se obsesionaba con la perfección de un álbum que contrataba a los miembros de su banda sin hacerles pruebas. Ausencias en días de grabación, olvidos en mitad de una canción durante un concierto, malas contestaciones para quienes se preocupaban por su estado o intentaban ejercer de consejeros… Sus amigos y sus familiares lo recuerdan con cariño, pero a la vez no esconden lo problemático de su carácter y lo complicado que podía llegar a ser trabajar a su lado. Es decir, era también el otro arquetipo del artista, el excéntrico, el maniático, el extremo, el imprevisible, el atormentado, el autodestructivo.

Puede que en esa esencia paradójica residiera la clave de su genialidad. Vega era colosal y doméstico, cuántico y a la vez minimalista; un compositor preocupado tanto por las galaxias como por los microcosmos, un autor existencialista y a la vez intimista. Estaba obsesionado con el universo, con el cosmos, con los planetas y las estrellas. Le fascinaba su inmensidad, y le preocupaba su insignificancia humana frente a los mismos. Todo eso está en algunas de sus mejores canciones, en Lucha de gigantes y en Una décima de segundo, en Océano de sol y en Relojes en la oscuridad, y también en El sitio de mi recreo, donde lo cósmico se funde con lo introspectivo y el cantante compuso quizá lo más parecido a un carnet de identidad en forma de tema musical.

Y mientras tanto, la paradoja siempre presente, como nos explica un honesto y emotivo Nacho Béjar, amigo y colega de escenarios, en el documental Tu voz entre otras mil (Paloma Concejero, 2014). Béjar recuerda a un Antonio reivindicativo con la idea de vivir al límite, de aprovechar el regalo de la existencia; a alguien que confiesa que “el mundo a veces se le queda pequeño” y que censura radicalmente la idea del suicidio. Sin embargo, otras veces afloraba el Antonio oscuro y ensimismado, el hombre pequeño frente al universo, el yonqui que, al fin y al cabo, se estaba suicidando por etapas.

En el documental de Concejero se suceden los testimonios de allegados y compañeros de profesión, con una presencia especialmente emotiva, la de su madre, que rememora lo mejor y lo peor de su hijo con admirable entereza y estremecedora sinceridad. Habla de un chico que ya desde niño apuntaba a lo que sería de mayor, de su carácter problemático y su personalidad difícil de domar. Y también lo describe como una persona débil, frágil, hipersensible, y como alguien que podía ser generoso en extremo (siempre el contraste, la paradoja). Conmueve oír de su propia boca la confesión de que nunca llegó a comprender la faceta profesional de su hijo, que no fue del todo consciente de lo que sus canciones significaron para la historia de la música de este país. Y nos regala el que es quizá el momento más sobrecogedor de la película, cuando recita algunos versos del tema Esperando nada y oímos la frustración crónica del que siempre lo quiere todo, aunque ya posea mucho más que la mayoría de los que le rodean.

La última aparición de Antonio Vega en televisión, interpretando El sitio de mi recreo. Fue en el programa Séptimo, presentado por Miguel Bosé.
 
Adicción a todo

La carrera musical de Antonio Vega estuvo influida por su adicción a la heroína, aunque sus efectos —deterioro físico aparte— sólo eran evidentes entre bambalinas y sobre el escenario. No así en sus grabaciones; exceptuando, eso sí, los dos o tres últimos trabajos en solitario, donde la decadencia personal y el progresivo empeoramiento de su salud afectaron de manera decisiva a su producción y un poco también a su inspiración.
 
Ya he dicho que sorprendía oírle decir que la vida es un regalo que no puede malgastarse —que hay que aprovecharla, que tenemos una misión y hay que aspirar a algo, que no hay que dejar que la vida pase sin más, y que suicidarse es lo último en lo que nadie podría pensar—, mientras, por otra parte, quienes seguíamos su trayectoria no parábamos de verlo cada vez más demacrado y desconcentrado, como empeñado en hacer de la autodestrucción su tarjeta de visita. El título de su primer álbum en solitario, No me iré mañana, de 1991, parecía una declaración firme de cambio de actitud, pero lo cierto es que nunca pudo con su adicción, hasta el punto de que es probablemente el artista español al que más veces se le ha dado por muerto, llegándose a grabar un disco homenaje, Ese chico triste y solitario, en 1993 (dieciséis años antes de su fallecimiento), el cual no pareció recibir de muy buen grado el propio homenajeado. Y lo entiendo. No obstante, fuera el disco más o menos inoportuno, contenía unas cuantas versiones muy conseguidas, como Lo que tú y yo sabemos, por Rosendo; Atrás, por Gabinete Caligari, La chica de ayer, por Germán Coppini; El circo, por Aviador Dro 4000, o Persiguiendo sombras, por Pistones. Además, se incluía un tema inédito, Siempre y nunca, compuesto e interpretado por Manolo Tena (otro rockero castigado por la hípica intravenosa), el cual proponía una aproximación a las obsesiones existenciales y el gusto por la paradoja del ex líder de Nacha Pop.

De todas formas, Tena sí logró ser un superviviente, como Sabino Méndez o el propio Nacho Béjar, quien lo deja caer en uno de sus testimonios para Tu voz entre otras mil, aunque da a entender también que el tipo de sustancia tóxica a la que estuvo enganchado no era la heroína. A otros, sin embargo, el término superviviente les queda como un eufemismo mal ajustado. Es el caso de Will More, actor que salía en la película Arrebato (Iván Zulueta, 1980), y que protagoniza la secuencia más patética y espeluznante del documental. En el cine puedo verlo todo. No soy de los que se tapan la cara con las escenas sangrientas, truculentas o desagradables de cualquier tipo. Pero os aseguro que mientras veía en la pantalla al tal Will More discutir con su hermana (que al parecer fue amante de Vega), escuchaba al horror y a la vergüenza ajena gritando dentro de mi cabeza y ordenándome que apartara la vista. Y aunque sé que decirlo no queda nada enrollado, confieso que me sigue pareciendo inexplicable esa especie de sacralización de las drogas que aún pervive casi como dogma incuestionable entre los fieles del rock and roll.

Aun así, hay músicos que, más o menos afines al dogma, parecen apostar por no darle del todo la espalda a la vida; gente como Santiago Auserón, Manolo García, Loquillo, Jaime Urrutia, Julián Hernández, Teo Cardalda, Quimi Portet, David Summers, Álvaro Urquijo, José Ignacio Lapido o Carlos Goñi, en contraste con otros que tal vez quisieron aspirar al carisma legendario que en el mundo del rock otorga la muerte prematura: Carlos Berlanga, Enrique Urquijo, Pepe Risi, Antonio Flores, Ulises Montero, Germán Coppini, Julián Infante, Toti Árboles… (Excluyo a Eduardo Benavente y a Ignacio M. Gasca “Poch”, porque el primero murió en accidente de tráfico y el segundo a causa de una enfermedad degenerativa, aunque algo me dice que ambos habrían figurado, como mínimo, en la nómina de supervivientes.) Supongo que no es casualidad que el acto inaugural de eso que posteriormente se llamó La Movida fuera un evento de carácter necrológico: el concierto homenaje a Canito, fallecido batería del grupo Tos (formación que derivó posteriormente en Los Secretos).

La palabra adicción sirve para resumir la vida de Antonio Vega y también las de algunos de sus seres queridos. La heroína fue un nexo de unión con sus dos esposas. La primera,Teresa, que consiguió salir y desengancharse tanto del caballo como del marido; y la segunda,Marga, que fue víctima fugaz y a quien su viudo le dedicó su último álbum, 3.000 noches con Marga (ya le había dedicado en su disco anterior el tema Seda y hierro, la dulzura y la fortaleza, la paradoja o el contraste también en su vida amorosa). Unas tres mil noches de las cuales habría que descontar las últimas, cuando ella agonizaba en el hospital, y el músico, según relata su ex suegra, no reunió el valor suficiente para ir a visitarla y despedirse.

En Tu voz entre otras mil, Teresa le confiesa a la cámara que su peor adicción no era la de la heroína, sino la adicción a Antonio Vega. Y algo de eso pudo pasarle también a Marga, según cuentan en su entorno. “Superviviente de sí mismo”, lo definió una vez la prensa.
 
 
Montaje con el tema Tesoros.
 
 
 
Un montaje con el tema Persiguiendo sombras, de donde se extrae el verso que da título al documental de Paloma Concejero, Tu voz entre otras mil.
 
Lo que tú y yo sabemos

Algo especial tienen sus canciones. No sé si es el equivalente a las propiedades de ciertas drogas, o tal vez no sea para tanto. Puede que sus impecables melodías no destaquen por originalidad, pero unidas a sus textos y a esa manera de cantar que siempre suena a sinceridad desgarrada, hacen que uno termine encontrando algo envolvente, emocionante y profundo en cada tema, y aunque escuches cientos de veces Una décima de segundo, Antes de que salga el sol, Lucha de gigantes, Cada uno su razón, El sitio de mi recreo, Tesoros, Esperando nada, Persiguiendo sombras, Pasa el otoño, Ángel de Orión, Se dejaba llevar por ti, Tuve que correr, Entre tú y yo, A medio camino, Palabras, Estaciones o Háblame a los ojos (por nombrar unas cuantas), no hay vello corporal que se resista a erizarse ni epidermis que eluda la tentación de jugar a ser piel de gallina. Aunque parezca una barbaridad dicho así, en bruto, a menudo tengo la impresión de que las canciones de Antonio Vega fueron compuestas para que pudieran ser disfrutadas en su plenitud una vez fallecido su autor.

Claro que, quien sólo conozca La chica de ayer, se asombrará de tanta épica en torno al cantante, pues tendrá una idea limitada y por tanto muy equivocada de su música. A su primer grupo, Nacha Pop, ya lo catalogaron en el movimiento (sic) baboso, junto a bandas como Mamá o Los Secretos. Con cariñoso sarcasmo, eso sí (en el fondo eran todos colegas), pues los autores del calificativo fueron los integrantes de la corriente autodenominada Hornadas Irritantes y compuesta por Derribos Arias, Glutamato Ye-Ye o Sindicato Malone, grupos que preferían la vía del gamberrismo naif antes que la del sentimentalismo y las buenas intenciones.
A Vega, de hecho, le molestaba que lo encasillaran como un baladista, porque en el escenario se transformaba y podía ser también un vendaval desatado, aparte de contar en su repertorio con canciones de gran poderío guitarrero. En éstas se encuentran igualmente sus temas preferidos, sus obsesiones y su universo particular, como cuando habla del “veneno de tocar” en Lo que tú y yo sabemos, de sus maestros en Guitarras, de la inspiración en Lleno de papel o de la necesidad de superación en La última montaña.

El apartado estrictamente musical es el menos dramático del documental de Paloma Concejero. Dejando a un lado ciertas excentricidades y salidas de tono sobre el escenario, incluso las anécdotas que aluden a la odisea que podía suponer la grabación de un álbum de estudio están contadas por sus protagonistas —Nacho García Vega, Carlos Brooking, Ñete, Nacho Béjar, Basilio Martí, Anyie Bao, Billy Villegas— con una mezcla de afecto y socarronería que se agradece de veras. Hay episodios realmente curiosos, como los que cuenta el teclista Basilio Martí acerca de la imposibilidad de localizar por teléfono a Vega y acerca de su supuesta amistad con un músico de renombre internacional; o aquel en el que uno de sus productores nos revela la importancia de quitarle una sola letra a una palabra para cambiar el sentido total de una canción.

Hay otros momentos muy divertidos, como la confusión que el nombre “Nacha” provocó en los mozos de un pueblo aragonés —algo que casi hizo que los miembros de la banda salieran apedreados del lugar—, o el desliz polisémico que puso al cantante en apuros cuando le preguntaron sobre la experiencia de ponerle música a un poema de Antonio Gala.

Aunque Tu voz entre otras mil sea un trabajo dirigido en principio a los admiradores de la obra de Antonio Vega, creo que posee un valor en sí mismo como cine documental. Hay que valorar el hecho de que la directora haya conseguido imágenes y grabaciones inéditas hasta hoy, además de los testimonios de todas las personas que fueron importantes en la vida del músico. Todo ello constituye el 80 por ciento de la materia prima narrativa del documental, con lo que me atrevo a decir que su visionado le resultará emocionante a casi cualquier espectador. Al fin y al cabo, se trata de una historia en la que el ser humano resulta tan excepcional y complejo como el propio artista.


 
Una versión acústica de Esperando nada

 
 


1 comentario:

Anónimo dijo...

Una pasada de narración.

Me ha despertado la curiosidad de saber más...

Un abrazo,

Antonio Rivas