lunes, 12 de mayo de 2014

El universo y el azar


 
Se supone que el azar carece de estructura narrativa; no digamos de guion o plan de acción preconcebido. Lo que pasa es que, de vez en cuando, las conexiones se producen de tal manera que dan que pensar. O es que uno tiene ya la mente demasiado predispuesta a sacarle jugo hasta al más convencional de los hechos. No lo descarto.
 
En fin. Signifique lo que signifique, leía hace unos días la última novela de Juan José Millás, La mujer loca. Millás es, para mi yo lector, como un amigo de esos con los que puedes quedar lo mismo si no lo has visto en siete años que si has estado con él hace unas horas. Da igual si hay mucho que contarnos o si tan sólo vamos a hacernos compañía en silencio. Me siento a gusto en el universo Millás, porque es un lugar al que se accede desde la confianza que da lo cotidiano y familiar, pero en el que, una vez introducidos, cabe esperar cualquier giro o viaje de lo más insólito. La aparente ligereza de su humor surrealista es el ardid más efectivo para añadirle al lote generosas dosis de reflexión y profundidad sin que apenas se note durante la lectura, pero que, finalizada ésta, resurgen y se multiplican a lo largo de días. Y eso que La mujer loca comienza de un modo un tanto desconcertante, con esa impresión de cuento alargado en aras de la rentabilidad genérica de la novela (rentabilidad editorial, se entiende), una sensación que se me ha repetido con varias de las obras del autor valenciano. Sin embargo, cuando andamos ya metidos hasta la cintura en el charco nada farragoso de su prosa, y sin que nos hayamos dado apenas cuenta, repasamos la hoja de ruta y el bagaje es de órdago. Partiendo de una visión casi esperpéntica de la afición por las letras y el lenguaje (en la que no faltan inteligentes pullas para los fundamentalistas de la corrección política y la conspiranoia sexista), y apoyándose en el recurso en boga de la autoficción (pero no como excusa para alardear de erudición ni para colarnos un recital de egolatría), la breve novela termina atracando en el puerto de las grandes preguntas y los eternos porqués, del misterio de la identidad y la creatividad, de la interpretación de las casualidades y del derecho a elegir la propia muerte. Y, lo mejor, con esa mezcla de sencillez e ironía tan difícil de lograr, tan admirable.
 
Así pues, relamiéndome todavía del libro de Millás, escojo la siguiente lectura. Me inclino por James Salter, un autor al que le tenía ganas (en el mejor sentido de la expresión) desde hacía tiempo. Decido inaugurarlo con su colección de cuentos La última noche. Me gusta mucho Cheever, pero no demasiado Carver, y lo que me había llegado acerca de Salter merodeaba las inmediaciones de ambos. Por suerte, los relatos de Salter me remiten más al autor de El nadador que al de Beginners (simple apreciación personal), y me impresiona especialmente el que da título al libro, el cual, casualidad, aborda un asunto casi idéntico al principal de la novela de Millás, otra vez el derecho a elegir la muerte, o, mejor dicho, a no prolongar la vida si lo que aguarda es tan sólo angustia y dolor. Consumado mi idilio con el autor, añado el resto de sus obras a la lista de candidatos, pero necesito un respiro después de tanta intensidad existencial.
 
Rescato una sugerencia de hace casi un año. La cena, de Herman Koch. Su planteamiento casi chejoviano (las conversaciones entre dos matrimonios que quedan a cenar en un restaurante) podría conectarlo con James Salter (y con Cheever, y con Carver…), pero me topo en las primeras páginas con una referencia (otra vez) idéntica (otra vez) a la que menciona Millás (otra vez) en su última novela (otra vez). Una referencia chejoviana, claro está. Aquello de “si enseñas una pistola en la primera escena, que dicha pistola sirva para matar al malo (o al protagonista) en la última”… tal cual lo cita Millás, y del mismo modo lo repite uno de los personajes de La cena. De hecho, el propio Koch recurre a la técnica, cambiando la pistola por un teléfono móvil, y dejando un enigma abierto para cuya resolución uno no tendrá más remedio que seguir leyendo. Lo más destacable de esta novela no es tanto su trama como su enfoque. La historia puede sonarnos de otras que conozcamos, pero Koch juega una baza atrevida a través de la evolución de los personajes, ganándose nuestra complicidad para después incomodarnos, o viceversa. ¿Manipulación? A lo mejor, pero siempre como lícito recurso narrativo. Además, me fío más de las opiniones que de las ideologías, y creo que cuando tratamos conceptos como la justicia, la venganza o el amor (en todas sus variantes) es demasiado temerario reducir las cosas al blanco o el negro. Puede que las expectativas estén por encima de los resultados, y confieso que me ha gustado más la parte costumbrista (el humor cáustico sobre la liturgia de los restaurantes de lujo, en especial) que la criminal, pero en general es una lectura interesante y entretenida. Y no cuento más, porque no conviene.
 
Pero esto no es todo. El arácnido azar sigue tejiendo su tela. En La mujer loca, el Millás personaje accede a realizar su reportaje sobre la eutanasia porque la persona que lo protagoniza vive en un piso en el que él vivió cuando era estudiante. En La cena, una vez desvelado el misterio que encierra ese móvil puesto como cebo, me encuentro con que los hechos en que se ha basado Koch sucedieron hace unos años aquí mismo, en Barcelona, en el barrio donde vivo, y, para mayor asombro de este lector ojiplático, una de las personas implicadas era mi vecino del piso de abajo. Puñetera casualidad. Otra vez.
 
Así que ahora, que acabo de comenzar con Canadá, de Richard Ford, noto mi predisposición a no romper la cadena, a que cada lectura guarde relación con las anteriores. No sé adónde me llevará esto. Espero que no me obsesione ni me convierta en un vulgar cazador de coincidencias, como esos a los que tan graciosa y comprensiblemente detestaba el personaje de Valeria Bertuccelli en Un novio para mi mujer (Juan Taratuto, 2008). O puede que mi obsesión se centre en las conexiones de cada libro con la obra de Millás, con su mundo (no en vano, su novela autobiográfica ganadora del Planeta se titulaba así, El mundo), y termine entonces interpretando la vida a su peculiar manera; una existencia, por ejemplo, no regida por el orden lógico de las cosas, sino por el orden alfabético, con lo que ya no sería tan raro que las páginas y las pajas mentales convivieran en el mismo cajón.
 
¿Será que el universo Millás es en realidad el universo (así, sin medias tintas)?
 

2 comentarios:

colifata por el mundo dijo...

¿Vos no serás de sagitario como Cachi, Pachi y estos tres pelotudos, no? :)

El último peatón dijo...

Qué casualidad de la concha de la lora... ;)