viernes, 2 de mayo de 2014

Cruis Crais Crus


 
Últimamente, he tenido que utilizar en distintos lugares y situaciones los términos kick off, lipdub, look & field, selfie y briefing.   

En realidad, a lo que me refería con dichas palabras era a una inauguración, una coreografía, un diseño gráfico, un autorretrato y un informe. Aclaro, aunque creo que se supone, que no estaba hablando o escribiendo en inglés. Qué más quisiera yo —con mi nivel de conversación en la lengua de Míster Bean, que no pasa del tramo “supervivencia básica del turista”— que departir fluidamente en otro idioma que no sea éste que leéis.   

Hace tiempo que el término Spanglish resulta confuso y poco conciso, ya que ha sobrepasado la categoría de argot o dialecto para postularse como aspirante al trono lingüístico que el fracasado esperanto dejó vacante. Nuestros mayores no perdían el tiempo con estas zarandajas verborreicas. Ellos decían Jon Vaine y Tirone Pover, y tan tranquilos. Una generación después, y como para quitarnos complejos y sacar pecho y vengar a la armada invencible de la afrenta de la pérfida Albión, nos desentumecimos la lengua y comenzamos a degustar el anglicismo. Primero, con la noble humildad del curioso que ansía aprender, pero poco después, envalentonados e imparables ya, nos lo metimos en vena y creímos que con ello se podía presumir de moderno.

Aparecieron así especímenes como el locutor Fernandisco, empeñado en agotar el catálogo de retruécanos fonéticos, y famoso sobre todo por ser el único humano parlante capaz de articular 47 vocales diferentes al pronunciar el nombre de la cantante Mariah Carey.   
Y me consta que muchos, igual que un servidor, se han planteado alguna vez por qué un padre que se llama Kirk Duglas tiene un hijo que se llama Michael Daglas. En fin.
 
 
 

Una buena forma de comprobar esta evolución respecto a nuestra familiaridad con el inglés es fijarnos en cómo hemos cambiado la manera de pronunciar el apellido del actor Tom Cruise. Cuando el muchacho empezaba, allá por la época de Top Gun y Risky Business, decíamos Tom Cruis, ateniéndonos a la regla oficiosa de que el inglés, en el fondo, es como el español quitándole la última vocal a las palabras. Si teléfono se dice télefon, restaurante se dice réstaurant y accidente se dice áccident, es obvio que Cruise ha de ser Cruis.

Pero por donde pasaban los modelnos 80 no crecía la hierba del provincianismo ibérico y carpetovetónico. Renovarse o morir. Y así (Fernandisco, la madre que te parió), no bastaba con ser españoles que hablaban inglés. Había que parecer británicos puros, pronunciar con el eterno chicle en la boca, dejar de rascar las erres y lograr que cada vocablo, más que a extranjero, sonara a críptico. Es la única razón entendible (que no justificable) para que, de la noche a la mañana, el actor que ahora salía en Rain Man, Algunos hombres buenos y La tapadera, pasara a llamarse Tom Crais. Creíamos que sonaba más british, pero la verdad es que era tan ridículo como cuando, unos pocos años atrás, a cierta gente le dio por decir Buyer King en vez de Burguer King.

La realidad del siglo veintiuno es que los más jóvenes sí aprenden inglés. Como mínimo, más y mejor que nosotros y los que nos precedieron. Para ellos es más habitual, es el idioma de la tecnología y de Internet, el de los masters y la comunicación empresarial, el de la publicidad y las redes sociales. Tal vez por ello se acabaron ya los intentos de conquistarlo o reinventarlo, y hoy por hoy nos limitamos a respetarlo, tal cual, en la medida de nuestras posibilidades fonéticas.

En consecuencia, Tom Cruise es ya Tom Crus (lo más parecido, supongo, a su pronunciación exacta), del mismo modo que también cada vez más gente dice Naiki (que, aparte de correcto, suena más guay) en vez de Naik, como hemos llamado a nuestras zapatillas deportivas toda la vida (bueno, yo más bien usaba La Tórtola, pero ya me entendéis)

Asimismo, y aunque la costumbre, desgraciadamente, no se ha extinguido, ya no somos tan dados a perpetrar horrendas traducciones de los títulos de laspelículas. Lo que hacemos ahora es directamente no traducirlas. Entre una cosa y la otra, me quedo con la segunda opción, por supuesto. Eso sí, sufro lo indecible cada vez que contemplo la odisea de algún que otro abuelo pasando por taquilla y pidiendo una entrada para Margin call, Young Adult o Moneyball.

 

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