jueves, 29 de mayo de 2014

La leyenda o la vida



Y creció a mi lado como un árbol toda una ilusión / Y creció a su lado monstruosa toda una obsesión

Tuve durante algún tiempo una impresión equivocada sobre Antonio Vega. Sobre Antonio Vega, el personaje (no sobre el músico, que siempre me pareció admirable y genial). Estaba ahí como agazapado, tímido, empequeñecido por la vitalidad y el desparpajo público de su primo Nacho, con quien compartía liderazgo en la banda Nacha Pop. Tenía ese perfil de genio en la sombra, de artista sin ambición al que sólo le importaba disfrutar con lo que hacía. Y desde luego que la realidad era bien distinta.

Conociendo un poco más su trayectoria y su vida, uno se da cuenta de que ese tipo aparentemente disciplinado y humilde era en verdad alguien ambicioso y displicente. Podía ser arrogante y despótico, informal y caprichoso. Alguien que lo mismo se obsesionaba con la perfección de un álbum que contrataba a los miembros de su banda sin hacerles pruebas. Ausencias en días de grabación, olvidos en mitad de una canción durante un concierto, malas contestaciones para quienes se preocupaban por su estado o intentaban ejercer de consejeros… Sus amigos y sus familiares lo recuerdan con cariño, pero a la vez no esconden lo problemático de su carácter y lo complicado que podía llegar a ser trabajar a su lado. Es decir, era también el otro arquetipo del artista, el excéntrico, el maniático, el extremo, el imprevisible, el atormentado, el autodestructivo.

Puede que en esa esencia paradójica residiera la clave de su genialidad. Vega era colosal y doméstico, cuántico y a la vez minimalista; un compositor preocupado tanto por las galaxias como por los microcosmos, un autor existencialista y a la vez intimista. Estaba obsesionado con el universo, con el cosmos, con los planetas y las estrellas. Le fascinaba su inmensidad, y le preocupaba su insignificancia humana frente a los mismos. Todo eso está en algunas de sus mejores canciones, en Lucha de gigantes y en Una décima de segundo, en Océano de sol y en Relojes en la oscuridad, y también en El sitio de mi recreo, donde lo cósmico se funde con lo introspectivo y el cantante compuso quizá lo más parecido a un carnet de identidad en forma de tema musical.

Y mientras tanto, la paradoja siempre presente, como nos explica un honesto y emotivo Nacho Béjar, amigo y colega de escenarios, en el documental Tu voz entre otras mil (Paloma Concejero, 2014). Béjar recuerda a un Antonio reivindicativo con la idea de vivir al límite, de aprovechar el regalo de la existencia; a alguien que confiesa que “el mundo a veces se le queda pequeño” y que censura radicalmente la idea del suicidio. Sin embargo, otras veces afloraba el Antonio oscuro y ensimismado, el hombre pequeño frente al universo, el yonqui que, al fin y al cabo, se estaba suicidando por etapas.

En el documental de Concejero se suceden los testimonios de allegados y compañeros de profesión, con una presencia especialmente emotiva, la de su madre, que rememora lo mejor y lo peor de su hijo con admirable entereza y estremecedora sinceridad. Habla de un chico que ya desde niño apuntaba a lo que sería de mayor, de su carácter problemático y su personalidad difícil de domar. Y también lo describe como una persona débil, frágil, hipersensible, y como alguien que podía ser generoso en extremo (siempre el contraste, la paradoja). Conmueve oír de su propia boca la confesión de que nunca llegó a comprender la faceta profesional de su hijo, que no fue del todo consciente de lo que sus canciones significaron para la historia de la música de este país. Y nos regala el que es quizá el momento más sobrecogedor de la película, cuando recita algunos versos del tema Esperando nada y oímos la frustración crónica del que siempre lo quiere todo, aunque ya posea mucho más que la mayoría de los que le rodean.

La última aparición de Antonio Vega en televisión, interpretando El sitio de mi recreo. Fue en el programa Séptimo, presentado por Miguel Bosé.
 
Adicción a todo

La carrera musical de Antonio Vega estuvo influida por su adicción a la heroína, aunque sus efectos —deterioro físico aparte— sólo eran evidentes entre bambalinas y sobre el escenario. No así en sus grabaciones; exceptuando, eso sí, los dos o tres últimos trabajos en solitario, donde la decadencia personal y el progresivo empeoramiento de su salud afectaron de manera decisiva a su producción y un poco también a su inspiración.
 
Ya he dicho que sorprendía oírle decir que la vida es un regalo que no puede malgastarse —que hay que aprovecharla, que tenemos una misión y hay que aspirar a algo, que no hay que dejar que la vida pase sin más, y que suicidarse es lo último en lo que nadie podría pensar—, mientras, por otra parte, quienes seguíamos su trayectoria no parábamos de verlo cada vez más demacrado y desconcentrado, como empeñado en hacer de la autodestrucción su tarjeta de visita. El título de su primer álbum en solitario, No me iré mañana, de 1991, parecía una declaración firme de cambio de actitud, pero lo cierto es que nunca pudo con su adicción, hasta el punto de que es probablemente el artista español al que más veces se le ha dado por muerto, llegándose a grabar un disco homenaje, Ese chico triste y solitario, en 1993 (dieciséis años antes de su fallecimiento), el cual no pareció recibir de muy buen grado el propio homenajeado. Y lo entiendo. No obstante, fuera el disco más o menos inoportuno, contenía unas cuantas versiones muy conseguidas, como Lo que tú y yo sabemos, por Rosendo; Atrás, por Gabinete Caligari, La chica de ayer, por Germán Coppini; El circo, por Aviador Dro 4000, o Persiguiendo sombras, por Pistones. Además, se incluía un tema inédito, Siempre y nunca, compuesto e interpretado por Manolo Tena (otro rockero castigado por la hípica intravenosa), el cual proponía una aproximación a las obsesiones existenciales y el gusto por la paradoja del ex líder de Nacha Pop.

De todas formas, Tena sí logró ser un superviviente, como Sabino Méndez o el propio Nacho Béjar, quien lo deja caer en uno de sus testimonios para Tu voz entre otras mil, aunque da a entender también que el tipo de sustancia tóxica a la que estuvo enganchado no era la heroína. A otros, sin embargo, el término superviviente les queda como un eufemismo mal ajustado. Es el caso de Will More, actor que salía en la película Arrebato (Iván Zulueta, 1980), y que protagoniza la secuencia más patética y espeluznante del documental. En el cine puedo verlo todo. No soy de los que se tapan la cara con las escenas sangrientas, truculentas o desagradables de cualquier tipo. Pero os aseguro que mientras veía en la pantalla al tal Will More discutir con su hermana (que al parecer fue amante de Vega), escuchaba al horror y a la vergüenza ajena gritando dentro de mi cabeza y ordenándome que apartara la vista. Y aunque sé que decirlo no queda nada enrollado, confieso que me sigue pareciendo inexplicable esa especie de sacralización de las drogas que aún pervive casi como dogma incuestionable entre los fieles del rock and roll.

Aun así, hay músicos que, más o menos afines al dogma, parecen apostar por no darle del todo la espalda a la vida; gente como Santiago Auserón, Manolo García, Loquillo, Jaime Urrutia, Julián Hernández, Teo Cardalda, Quimi Portet, David Summers, Álvaro Urquijo, José Ignacio Lapido o Carlos Goñi, en contraste con otros que tal vez quisieron aspirar al carisma legendario que en el mundo del rock otorga la muerte prematura: Carlos Berlanga, Enrique Urquijo, Pepe Risi, Antonio Flores, Ulises Montero, Germán Coppini, Julián Infante, Toti Árboles… (Excluyo a Eduardo Benavente y a Ignacio M. Gasca “Poch”, porque el primero murió en accidente de tráfico y el segundo a causa de una enfermedad degenerativa, aunque algo me dice que ambos habrían figurado, como mínimo, en la nómina de supervivientes.) Supongo que no es casualidad que el acto inaugural de eso que posteriormente se llamó La Movida fuera un evento de carácter necrológico: el concierto homenaje a Canito, fallecido batería del grupo Tos (formación que derivó posteriormente en Los Secretos).

La palabra adicción sirve para resumir la vida de Antonio Vega y también las de algunos de sus seres queridos. La heroína fue un nexo de unión con sus dos esposas. La primera,Teresa, que consiguió salir y desengancharse tanto del caballo como del marido; y la segunda,Marga, que fue víctima fugaz y a quien su viudo le dedicó su último álbum, 3.000 noches con Marga (ya le había dedicado en su disco anterior el tema Seda y hierro, la dulzura y la fortaleza, la paradoja o el contraste también en su vida amorosa). Unas tres mil noches de las cuales habría que descontar las últimas, cuando ella agonizaba en el hospital, y el músico, según relata su ex suegra, no reunió el valor suficiente para ir a visitarla y despedirse.

En Tu voz entre otras mil, Teresa le confiesa a la cámara que su peor adicción no era la de la heroína, sino la adicción a Antonio Vega. Y algo de eso pudo pasarle también a Marga, según cuentan en su entorno. “Superviviente de sí mismo”, lo definió una vez la prensa.
 
 
Montaje con el tema Tesoros.
 
 
 
Un montaje con el tema Persiguiendo sombras, de donde se extrae el verso que da título al documental de Paloma Concejero, Tu voz entre otras mil.
 
Lo que tú y yo sabemos

Algo especial tienen sus canciones. No sé si es el equivalente a las propiedades de ciertas drogas, o tal vez no sea para tanto. Puede que sus impecables melodías no destaquen por originalidad, pero unidas a sus textos y a esa manera de cantar que siempre suena a sinceridad desgarrada, hacen que uno termine encontrando algo envolvente, emocionante y profundo en cada tema, y aunque escuches cientos de veces Una décima de segundo, Antes de que salga el sol, Lucha de gigantes, Cada uno su razón, El sitio de mi recreo, Tesoros, Esperando nada, Persiguiendo sombras, Pasa el otoño, Ángel de Orión, Se dejaba llevar por ti, Tuve que correr, Entre tú y yo, A medio camino, Palabras, Estaciones o Háblame a los ojos (por nombrar unas cuantas), no hay vello corporal que se resista a erizarse ni epidermis que eluda la tentación de jugar a ser piel de gallina. Aunque parezca una barbaridad dicho así, en bruto, a menudo tengo la impresión de que las canciones de Antonio Vega fueron compuestas para que pudieran ser disfrutadas en su plenitud una vez fallecido su autor.

Claro que, quien sólo conozca La chica de ayer, se asombrará de tanta épica en torno al cantante, pues tendrá una idea limitada y por tanto muy equivocada de su música. A su primer grupo, Nacha Pop, ya lo catalogaron en el movimiento (sic) baboso, junto a bandas como Mamá o Los Secretos. Con cariñoso sarcasmo, eso sí (en el fondo eran todos colegas), pues los autores del calificativo fueron los integrantes de la corriente autodenominada Hornadas Irritantes y compuesta por Derribos Arias, Glutamato Ye-Ye o Sindicato Malone, grupos que preferían la vía del gamberrismo naif antes que la del sentimentalismo y las buenas intenciones.
A Vega, de hecho, le molestaba que lo encasillaran como un baladista, porque en el escenario se transformaba y podía ser también un vendaval desatado, aparte de contar en su repertorio con canciones de gran poderío guitarrero. En éstas se encuentran igualmente sus temas preferidos, sus obsesiones y su universo particular, como cuando habla del “veneno de tocar” en Lo que tú y yo sabemos, de sus maestros en Guitarras, de la inspiración en Lleno de papel o de la necesidad de superación en La última montaña.

El apartado estrictamente musical es el menos dramático del documental de Paloma Concejero. Dejando a un lado ciertas excentricidades y salidas de tono sobre el escenario, incluso las anécdotas que aluden a la odisea que podía suponer la grabación de un álbum de estudio están contadas por sus protagonistas —Nacho García Vega, Carlos Brooking, Ñete, Nacho Béjar, Basilio Martí, Anyie Bao, Billy Villegas— con una mezcla de afecto y socarronería que se agradece de veras. Hay episodios realmente curiosos, como los que cuenta el teclista Basilio Martí acerca de la imposibilidad de localizar por teléfono a Vega y acerca de su supuesta amistad con un músico de renombre internacional; o aquel en el que uno de sus productores nos revela la importancia de quitarle una sola letra a una palabra para cambiar el sentido total de una canción.

Hay otros momentos muy divertidos, como la confusión que el nombre “Nacha” provocó en los mozos de un pueblo aragonés —algo que casi hizo que los miembros de la banda salieran apedreados del lugar—, o el desliz polisémico que puso al cantante en apuros cuando le preguntaron sobre la experiencia de ponerle música a un poema de Antonio Gala.

Aunque Tu voz entre otras mil sea un trabajo dirigido en principio a los admiradores de la obra de Antonio Vega, creo que posee un valor en sí mismo como cine documental. Hay que valorar el hecho de que la directora haya conseguido imágenes y grabaciones inéditas hasta hoy, además de los testimonios de todas las personas que fueron importantes en la vida del músico. Todo ello constituye el 80 por ciento de la materia prima narrativa del documental, con lo que me atrevo a decir que su visionado le resultará emocionante a casi cualquier espectador. Al fin y al cabo, se trata de una historia en la que el ser humano resulta tan excepcional y complejo como el propio artista.


 
Una versión acústica de Esperando nada

 
 


sábado, 24 de mayo de 2014

Aniversario



Si pensáis que adivinar la fecha de nacimiento de una actriz o de una cantante folclórica es tarea complicada, no vayáis a creer que hacer lo propio con una novela es mucho más fácil.

Me podría remontar a la primera idea, cuando ni yo mismo estaba seguro de adónde me llevaría; o también al momento de teclear en la pantalla del ordenador la primera letra, o incluso al día en que di por bueno el primer borrador. Cualquiera de esas fechas valdría, pero he decidido que La vida privada de Dios nació oficialmente el 24 de mayo de 2013, el día en que justo aquí, en esta bitácora, compartí la noticia con todos vosotros.

Así que estamos de celebración. Un año. Trescientos y pico días en los que no hemos parado. Presentamos el libro en Madrid el 6 de junio de 2013, en Tipos Infames, junto a amigos, familiares y vino tinto. En diciembre nos sumamos a la fiesta de fin de año del Aula de Escritores, y el 23 de marzo de 2014 volvimos a presentarnos en Barcelona, en El Corte Inglés, justo un mes antes del Día del Libro, efeméride que celebramos a golpe de autorretrato y con la rosa de San Jordi entre los dientes.
 
 
 

En nada nos viene la feria de Madrid, y aunque el autor no podrá estar en propia carne, recordad que la novela siempre está ahí, en las mejores librerías (y en algunas de las peores también). Acordaos de ella.

Quedan otros muchos eventos y actividades que os iré revelando a medida que se vayan confirmando. Mientras tanto, aprovecho el aniversario para daros las gracias por leer la novela, por comprarla, por recomendarla, por criticarla, por promocionarla, por hablar de ella, por escribir sobre ella, por tuitearla, feisbuquearla o instragramearla.
 
Salud, y feliz lectura.           
 

lunes, 12 de mayo de 2014

El universo y el azar


 
Se supone que el azar carece de estructura narrativa; no digamos de guion o plan de acción preconcebido. Lo que pasa es que, de vez en cuando, las conexiones se producen de tal manera que dan que pensar. O es que uno tiene ya la mente demasiado predispuesta a sacarle jugo hasta al más convencional de los hechos. No lo descarto.
 
En fin. Signifique lo que signifique, leía hace unos días la última novela de Juan José Millás, La mujer loca. Millás es, para mi yo lector, como un amigo de esos con los que puedes quedar lo mismo si no lo has visto en siete años que si has estado con él hace unas horas. Da igual si hay mucho que contarnos o si tan sólo vamos a hacernos compañía en silencio. Me siento a gusto en el universo Millás, porque es un lugar al que se accede desde la confianza que da lo cotidiano y familiar, pero en el que, una vez introducidos, cabe esperar cualquier giro o viaje de lo más insólito. La aparente ligereza de su humor surrealista es el ardid más efectivo para añadirle al lote generosas dosis de reflexión y profundidad sin que apenas se note durante la lectura, pero que, finalizada ésta, resurgen y se multiplican a lo largo de días. Y eso que La mujer loca comienza de un modo un tanto desconcertante, con esa impresión de cuento alargado en aras de la rentabilidad genérica de la novela (rentabilidad editorial, se entiende), una sensación que se me ha repetido con varias de las obras del autor valenciano. Sin embargo, cuando andamos ya metidos hasta la cintura en el charco nada farragoso de su prosa, y sin que nos hayamos dado apenas cuenta, repasamos la hoja de ruta y el bagaje es de órdago. Partiendo de una visión casi esperpéntica de la afición por las letras y el lenguaje (en la que no faltan inteligentes pullas para los fundamentalistas de la corrección política y la conspiranoia sexista), y apoyándose en el recurso en boga de la autoficción (pero no como excusa para alardear de erudición ni para colarnos un recital de egolatría), la breve novela termina atracando en el puerto de las grandes preguntas y los eternos porqués, del misterio de la identidad y la creatividad, de la interpretación de las casualidades y del derecho a elegir la propia muerte. Y, lo mejor, con esa mezcla de sencillez e ironía tan difícil de lograr, tan admirable.
 
Así pues, relamiéndome todavía del libro de Millás, escojo la siguiente lectura. Me inclino por James Salter, un autor al que le tenía ganas (en el mejor sentido de la expresión) desde hacía tiempo. Decido inaugurarlo con su colección de cuentos La última noche. Me gusta mucho Cheever, pero no demasiado Carver, y lo que me había llegado acerca de Salter merodeaba las inmediaciones de ambos. Por suerte, los relatos de Salter me remiten más al autor de El nadador que al de Beginners (simple apreciación personal), y me impresiona especialmente el que da título al libro, el cual, casualidad, aborda un asunto casi idéntico al principal de la novela de Millás, otra vez el derecho a elegir la muerte, o, mejor dicho, a no prolongar la vida si lo que aguarda es tan sólo angustia y dolor. Consumado mi idilio con el autor, añado el resto de sus obras a la lista de candidatos, pero necesito un respiro después de tanta intensidad existencial.
 
Rescato una sugerencia de hace casi un año. La cena, de Herman Koch. Su planteamiento casi chejoviano (las conversaciones entre dos matrimonios que quedan a cenar en un restaurante) podría conectarlo con James Salter (y con Cheever, y con Carver…), pero me topo en las primeras páginas con una referencia (otra vez) idéntica (otra vez) a la que menciona Millás (otra vez) en su última novela (otra vez). Una referencia chejoviana, claro está. Aquello de “si enseñas una pistola en la primera escena, que dicha pistola sirva para matar al malo (o al protagonista) en la última”… tal cual lo cita Millás, y del mismo modo lo repite uno de los personajes de La cena. De hecho, el propio Koch recurre a la técnica, cambiando la pistola por un teléfono móvil, y dejando un enigma abierto para cuya resolución uno no tendrá más remedio que seguir leyendo. Lo más destacable de esta novela no es tanto su trama como su enfoque. La historia puede sonarnos de otras que conozcamos, pero Koch juega una baza atrevida a través de la evolución de los personajes, ganándose nuestra complicidad para después incomodarnos, o viceversa. ¿Manipulación? A lo mejor, pero siempre como lícito recurso narrativo. Además, me fío más de las opiniones que de las ideologías, y creo que cuando tratamos conceptos como la justicia, la venganza o el amor (en todas sus variantes) es demasiado temerario reducir las cosas al blanco o el negro. Puede que las expectativas estén por encima de los resultados, y confieso que me ha gustado más la parte costumbrista (el humor cáustico sobre la liturgia de los restaurantes de lujo, en especial) que la criminal, pero en general es una lectura interesante y entretenida. Y no cuento más, porque no conviene.
 
Pero esto no es todo. El arácnido azar sigue tejiendo su tela. En La mujer loca, el Millás personaje accede a realizar su reportaje sobre la eutanasia porque la persona que lo protagoniza vive en un piso en el que él vivió cuando era estudiante. En La cena, una vez desvelado el misterio que encierra ese móvil puesto como cebo, me encuentro con que los hechos en que se ha basado Koch sucedieron hace unos años aquí mismo, en Barcelona, en el barrio donde vivo, y, para mayor asombro de este lector ojiplático, una de las personas implicadas era mi vecino del piso de abajo. Puñetera casualidad. Otra vez.
 
Así que ahora, que acabo de comenzar con Canadá, de Richard Ford, noto mi predisposición a no romper la cadena, a que cada lectura guarde relación con las anteriores. No sé adónde me llevará esto. Espero que no me obsesione ni me convierta en un vulgar cazador de coincidencias, como esos a los que tan graciosa y comprensiblemente detestaba el personaje de Valeria Bertuccelli en Un novio para mi mujer (Juan Taratuto, 2008). O puede que mi obsesión se centre en las conexiones de cada libro con la obra de Millás, con su mundo (no en vano, su novela autobiográfica ganadora del Planeta se titulaba así, El mundo), y termine entonces interpretando la vida a su peculiar manera; una existencia, por ejemplo, no regida por el orden lógico de las cosas, sino por el orden alfabético, con lo que ya no sería tan raro que las páginas y las pajas mentales convivieran en el mismo cajón.
 
¿Será que el universo Millás es en realidad el universo (así, sin medias tintas)?
 

viernes, 2 de mayo de 2014

Cruis Crais Crus


 
Últimamente, he tenido que utilizar en distintos lugares y situaciones los términos kick off, lipdub, look & field, selfie y briefing.   

En realidad, a lo que me refería con dichas palabras era a una inauguración, una coreografía, un diseño gráfico, un autorretrato y un informe. Aclaro, aunque creo que se supone, que no estaba hablando o escribiendo en inglés. Qué más quisiera yo —con mi nivel de conversación en la lengua de Míster Bean, que no pasa del tramo “supervivencia básica del turista”— que departir fluidamente en otro idioma que no sea éste que leéis.   

Hace tiempo que el término Spanglish resulta confuso y poco conciso, ya que ha sobrepasado la categoría de argot o dialecto para postularse como aspirante al trono lingüístico que el fracasado esperanto dejó vacante. Nuestros mayores no perdían el tiempo con estas zarandajas verborreicas. Ellos decían Jon Vaine y Tirone Pover, y tan tranquilos. Una generación después, y como para quitarnos complejos y sacar pecho y vengar a la armada invencible de la afrenta de la pérfida Albión, nos desentumecimos la lengua y comenzamos a degustar el anglicismo. Primero, con la noble humildad del curioso que ansía aprender, pero poco después, envalentonados e imparables ya, nos lo metimos en vena y creímos que con ello se podía presumir de moderno.

Aparecieron así especímenes como el locutor Fernandisco, empeñado en agotar el catálogo de retruécanos fonéticos, y famoso sobre todo por ser el único humano parlante capaz de articular 47 vocales diferentes al pronunciar el nombre de la cantante Mariah Carey.   
Y me consta que muchos, igual que un servidor, se han planteado alguna vez por qué un padre que se llama Kirk Duglas tiene un hijo que se llama Michael Daglas. En fin.
 
 
 

Una buena forma de comprobar esta evolución respecto a nuestra familiaridad con el inglés es fijarnos en cómo hemos cambiado la manera de pronunciar el apellido del actor Tom Cruise. Cuando el muchacho empezaba, allá por la época de Top Gun y Risky Business, decíamos Tom Cruis, ateniéndonos a la regla oficiosa de que el inglés, en el fondo, es como el español quitándole la última vocal a las palabras. Si teléfono se dice télefon, restaurante se dice réstaurant y accidente se dice áccident, es obvio que Cruise ha de ser Cruis.

Pero por donde pasaban los modelnos 80 no crecía la hierba del provincianismo ibérico y carpetovetónico. Renovarse o morir. Y así (Fernandisco, la madre que te parió), no bastaba con ser españoles que hablaban inglés. Había que parecer británicos puros, pronunciar con el eterno chicle en la boca, dejar de rascar las erres y lograr que cada vocablo, más que a extranjero, sonara a críptico. Es la única razón entendible (que no justificable) para que, de la noche a la mañana, el actor que ahora salía en Rain Man, Algunos hombres buenos y La tapadera, pasara a llamarse Tom Crais. Creíamos que sonaba más british, pero la verdad es que era tan ridículo como cuando, unos pocos años atrás, a cierta gente le dio por decir Buyer King en vez de Burguer King.

La realidad del siglo veintiuno es que los más jóvenes sí aprenden inglés. Como mínimo, más y mejor que nosotros y los que nos precedieron. Para ellos es más habitual, es el idioma de la tecnología y de Internet, el de los masters y la comunicación empresarial, el de la publicidad y las redes sociales. Tal vez por ello se acabaron ya los intentos de conquistarlo o reinventarlo, y hoy por hoy nos limitamos a respetarlo, tal cual, en la medida de nuestras posibilidades fonéticas.

En consecuencia, Tom Cruise es ya Tom Crus (lo más parecido, supongo, a su pronunciación exacta), del mismo modo que también cada vez más gente dice Naiki (que, aparte de correcto, suena más guay) en vez de Naik, como hemos llamado a nuestras zapatillas deportivas toda la vida (bueno, yo más bien usaba La Tórtola, pero ya me entendéis)

Asimismo, y aunque la costumbre, desgraciadamente, no se ha extinguido, ya no somos tan dados a perpetrar horrendas traducciones de los títulos de laspelículas. Lo que hacemos ahora es directamente no traducirlas. Entre una cosa y la otra, me quedo con la segunda opción, por supuesto. Eso sí, sufro lo indecible cada vez que contemplo la odisea de algún que otro abuelo pasando por taquilla y pidiendo una entrada para Margin call, Young Adult o Moneyball.