viernes, 4 de abril de 2014

Continuará...


El asesino Alberto Rey, a quien considero eso que se da en llamar “autoridad en la materia”, lo reconocía hace no mucho: en esto de las series, sí, también hay postureo. Eso me parece a mí.

Tengo que reconocer que soy de películas más que de series. Seguir una serie requiere una combinación de disciplina y reserva de tiempo que prefiero (y me cuesta menos trabajo) dedicar al cine. Por ello he visto fundamentalmente primeras temporadas (Los Soprano, House, Boardwalk Empire), que me han dejado el sabor agradable similar al que queda después de ver un buen largometraje. Aun a sabiendas de que seguramente me estoy perdiendo historias que sin duda serían de mi agrado (The wire, Homeland, Breaking bad, Mad men), la balanza siempre se me inclina del lado del séptimo arte, y por ello en los últimos tiempos sólo me he atrevido con series de corto recorrido e imposibilidad casi total de alargamiento antinatural, como Crematorio o Qué fue de Jorge Sanz ambas geniales, la reciente True Detective colosal, o bien me he asomado esporádicamente a las comedias de situación, que tienen la virtud de la brevedad y la ventaja de no necesitar el voto de continuidad. Y eso que Frasier y Seinfeld (las únicas dos series de las que he visto la totalidad de las temporadas) dejaron el nivel tan alto que no puedo decir que haya vuelto a encontrar un sustituto real de las mismas.

Aparte de gustos y manías, creo que hay un dato objetivo irrefutable: hay demasiadas series. En vez de la proporción lógica una serie para cada millón de espectadores, parece que se aplique la inversa un millón de series por espectador—; por muy aficionado o muy friki que sea uno, es imposible dar abasto. Ya no sólo encontrar un hueco para cada capítulo, sino la capacidad de seguir el hilo de tropecientas tramas al mismo tiempo. Aun siendo factible intelectualmente, no me parece que sea lo más idóneo para disfrutarlas.

Además, los hábitos del espectador de series se solapan cuando dicho individuo se enfrenta a una película, y puede ser contraproducente. Desde hace tiempo oigo sentencias del tipo “El mejor cine de la actualidad se hace en las series de televisión”, lo cual, más que inexacto o improcedente, resulta incongruente. Es como decir que el mejor fútbol se juega actualmente en las canchas de fútbol sala. Ambos deportes se parecen, están emparentados, pero son independientes, funcionan de manera distinta, y el aficionado los concibe por separado, a cada uno con sus peculiaridades, y no por comparación con el otro.

No sé si se deberá a esto, pero tengo la impresión de que las apreciaciones de determinados espectadores sobre la duración o el ritmo de las películas han variado de un tiempo a esta parte; insisto en que son apreciaciones y no opiniones, no es si la película les gusta o no, es que les parece lenta o larga cuando a mí me parece lo contrario, y a menudo sospecho que esa percepción está influida por el visionado mayoritario de historias fragmentadas en capítulos que se siguen a razón de uno por semana o por día, en lugar de todo de una vez.



Lo que sí parece evidente es que ver series es hoy tan cool como beber gin tonic o comer en un japo. Los expertos en series han brotado en la misma proporción que los expertos en fútbol internacional (también conocidos como “parabólicos”), y el fenómeno de fanatismo colectivo y seudo religioso que abanderaban casi en exclusiva los trekkies y los seguidores incondicionales de la saga Star Wars, ha resurgido con idéntico o aun mayor fervor entre las huestes de Perdidos o Juego de tronos.

Por mucho que la muerte de Chanquete conmocionara al país entero (hasta el punto de dar por muerto al actor Antonio Ferrandis durante todos los años que siguió vivo, el pobre), o que los lagartos de V se popularizaran hasta comercializarse en versión mona de Pascua, los hábitos del espectador de antaño distan mucho del ritual propio del seriéfilo contemporáneo. Porque no es tan sencillo como elegir una serie (o un millón), encender el televisor y verla. Eso es lo que hacíamos en los tiempos de la Ruperta y la carta de ajuste. Para ser un devorador de series auténtico y homologado por la seriefilia de élite uno no puede cometer la ordinariez de esperar a que le pongan los capítulos por la tele, ni aunque sea la tele de pago. Eso es para la plebe, para el vulgo. Lo que hay que hacer es bajarse las temporadas completas de Internet, en versión original (sin subtítulos, claro está) y presumir de que hemos visto tal o cual serie a la vez que en Estados Unidos y fundamental antes que tú. Ah, claro. ¿Y si no sabemos inglés? Pues nada, hombre. Si ya lo acabo de decir. Es para presumir de que lo hemos visto. Que hay que decirlo todo.

Y advierto: tampoco valen como series, en el sentido sibarita y modelno propio de nuestra época, productos de consumo masivo como C.S.I., Bones, El mentalista, Castle, Buffy cazavampiros  o Ley y orden (ni mencionar a Los Serrano o Betty la fea, ya me entendéis). Ya puestos, mejor reivindicar medianías viejunas (El Equipo A, por decir algo) para aplicarles el efecto Ed Wood, es decir, aquello de “es tan mala que el tiempo la ha convertido en un fenómeno digno de estudio”. Parece una locura, pero es casi el paradigma de la modelnidad.

Así que en los 80 un espectador se enganchaba por lo general a dos o tres series que se prolongaban a lo largo de cientos y aun miles de capítulos, mientras que en el siglo XXI, lo que hacemos es diversificar nuestra atención hacia cientos y aun miles de series diferentes; algunas tienen suerte y sobreviven varias temporadas, pero otras (y no son pocas) mueren por el camino, a veces de muerte natural y a veces asesinadas por el desdén del público o de sus propios creadores.

La mayoría de la gente de mi generación, estoy seguro, guarda infinidad de recuerdos asociados a muchas de las series que vio en su día Enredo, Los Roper, Alf, Las chicas de oro, Caída y auge de Reginald Perrin, Un hombre en casa, Esto se hunde, Falcon Crest, Colombo, La conquista del Oeste, Alfred Hitchcock presenta—; o, mejor dicho, todas esas series poseen el poder de evocarnos momentos de nuestro pasado, y te sorprendes un día tarareando emocionado la sintonía de Cheers o de El gran héroe americano del mismo modo en que algunos futbolistas entonan con la mano en el pecho el himno de su país antes del partido. Pero esto es nostalgia, que es casi lo contrario de modernidad.
 

2 comentarios:

Palimp dijo...

Sobre este tema podríamos hablar largo y tendido. Yo soy más de series que de películas, aunque tienes toda la razón en que hay mucho postureo. A mí ya me viene bien que haya donde escoger, aunque en realidad la mayoría están cortadas por el mismo patrón, hay abundancia excesiva de género negro.

Sí creo que hay mejores guionistas en las cadenas que en hollywood, aunque hay excepciones, claro. Más que futbol y futbol sala podríamos hablar de diferentes ligas, no es lo mismo la NBA que la ACB, la liga española que la de Portugal.

El último peatón dijo...

Viéndolo como una liga, en la segunda división pondríamos a esos productos mestizos (ni serie ni película) que nos deleitan las sobremesas dominicales y que algún espabilado ha dado ahora en llamar "TV Movies", como si fuéramos tontos y no supiéramos que son los telefilmes de toda la vida...