martes, 15 de abril de 2014

Distrito (28039) apache


Pongamos que voy caminando con un amigo por la madrileña calle de Bravo Murillo. Volvemos del cumpleaños de una compañera del instituto, una fiesta en la que también estaban la (por entonces futura) directora de cine Icíar Bollaín y un par de hijos de sendos políticos socialistas bastante influyentes por aquel entonces. Aunque no es demasiado tarde, estamos ya entrados en la madrugada y el barrio se muestra prácticamente desierto. Al rato, un tipo desaliñado, de melena grasienta y vestido con un anorak mugriento que en algún momento de su sintética existencia fue blanco, nos aborda en plena acera, obligándonos a detenernos. Pensamos que nos va a pedir dinero, pero el individuo comienza a parlotear en plan colega de toda la vida, sin ir al grano de nada en concreto, con lo que mi amigo y yo continuamos caminando, tratando de no hacer mucho caso a aquel extraño. El tipo no se rinde, claro, y nos acompaña andando a nuestro lado mientras sigue soltando estupideces e incongruencias. Unos pasos más adelante se produce lo esperado y temido. El tipo se nos planta delante, vuelve a interrumpir nuestro paseo e introduce una mano en la parte interior de su abrigo. Mi amigo y yo nos quedamos quietos esperando ver asomar la navaja o el cuchillo de turno. Sin embargo, lo que aquel infeliz extrae del bolsillo de su anorak es un cucurucho de cartón aceitoso, al tiempo que nos grita: “¿Queréis aceitunas?”, dicho lo cual sufre un ataque de risa espasmódica que provoca a su vez la caída masiva de aceitunas desde el cucurucho hasta el suelo. En dos segundos vemos rebotar las aceitunas en la acera, y mi amigo y yo, sin dirigirnos la palabra pero sabiendo lo que hay que hacer en ese instante, arrancamos a correr Bravo Murillo arriba dejando atrás  al zumbado y girando a la derecha algo más adelante, a la altura de una de las calles cercanas al metro de Tetuán.
 

Ésta es una de las muchas anécdotas que podría contar de mis años mozos en aquel barrio, Tetuán, el lugar donde viví hasta los 29 años y donde aún viven mis padres y mis más antiguos e íntimos amigos. Podría hablar de alguien (borracho) que abanica en un andén del metro a otra persona (aún más borracha) con un ladrillo, o de alguien (galante y un punto curda) que coloca su abrigo encima de un charco para que una señorita no se moje los zapatos, o de alguien que se da el morreo del siglo con una mujer con más bigote que Lech Walesa, o de alguien que (lo mismo cuando ha bebido que cuando no) insiste en que Napoleón no existió y es un invento de los envidiosos franceses,  o de alguien que vuelve del cuarto de baño en un bareto de mala muerte afirmando que cuando ha abierto el grifo para lavarse las manos, en vez de agua, lo que ha brotado del caño es un hombrecillo diminuto… Ya digo, podría estar haciendo recuento de experiencias absurdas y surrealistas hasta morir de viejo, pero si he elegido aquella del melenudo cargado de aceitunas ha sido porque la persona que me acompañaba era Miguel Sáez Carral, autor de la novela Apaches, que acabo de leer en pleno proceso regresivo y de propensión al rescate de batallitas, pues en estos días me encuentro inmerso en la escritura de una nueva novela ambientada en el año 1979.
 

Siempre me pareció admirable la licencia creativa que el escritor Rafael Reig eligió para convertir la ciudad de Madrid en una especie de Venecia Ibérica, con sus calles transformadas en canales y sus estaciones de tren en puertos de amarre (hay al menos tres novelas suyas ambientadas en este hipotético escenario: Sangre a borbotones, Guapa de cara y Todo está perdonado). Sáez no va tan allá, pero ha optado también por jugar a hacer del  barrio de Tetuán una sucursal nada acomplejada de un Brooklyn o un Chinatown cualquiera, un reducto urbano con su propia ley y sus propios códigos, con carisma para ser un pueblo incrustado más que un distrito municipal. He disfrutado regresando a ciertas calles y ciertos bares, cines, mercados, parques, comercios y rincones en los que hace años jugué, bebí, comí, compré y compartí tardes y noches de ocio. Apaches propone una recreación de aquellos lugares aplicando los roles y modelos clásicos del género negro y gansteril, pero conservando al mismo tiempo la esencia autóctona y castiza de un barrio obrero en el que la uralita y las mollejas aún le plantan cara al aluminio y el sashimi. No es que vaya a irrumpir de pronto Joe Pesci en un bar del rastrillo de Marqués de Viana para patearle la cabeza a un pobre desgraciado que se ha ido de la lengua; los matones de por allí tiene nombres como el Yojan, el Feo, el Capirulo, el Agus o el Fenao, si bien sus criterios acerca del honor, la lealtad o el destino que merece un chivato serían aplaudidos igualmente por cualquier italoamericano en cinemascope. Lo mismo respecto a los que manejan el cotarro. Esas antiguallas enchufadas a botellas de oxígeno que tanto le gustan a Scorsese pueden traducirse en una congregación de ancianos que toman el sol como lagartos en una corrala del Paseo de la Dirección, y el capo arrogante al que el héroe le va a birlar la chica no es un negro orondo con un aro en cada oreja y una tirita pegada al cogote, sino un tipo al que apodan El Chatarrero y en cuyo ADN delictivo hay más jesusgilismo que corleonismo.
 

Todo ello como trasfondo de una historia más intimista que se apoya en las relaciones paternofiliales a través de un proceso que pasa por etapas de acercamiento, distanciamiento y descubrimiento mutuo (aunque se trate de una obra muy diferente en género y estilo, me he acordado de la película Bif Fish, de Tim Burton); narrada de manera sencilla, sin alardes de estilo ni fanfarrias retóricas, y con unos ingredientes verídicos que se intuyen en el conjunto aunque resulte difícil aislarlos al cien por cien. Eso es quizá lo más estimulante de trabajar con la ficción. No inventar, en el sentido estricto de la palabra, sino ponerse chulo con la realidad y demostrarle que con un puñado de palabras bien escogidas podemos tomarle el pelo y hasta crearle una crisis de identidad.
 

En definitiva, leer esta novela ha supuesto una manera diferente de volver a un lugar que, por otra parte, aún sigo frecuentando, si bien esta vez el medio de transporte no ha sido el AVE, ni el Facebook, ni mis propios recuerdos.  Y un detalle final: desde las primeras películas de Edward Burns no recordaba una historia en la que los personajes bebieran tanta cerveza… ¡Salud!
 

viernes, 4 de abril de 2014

Continuará...


El asesino Alberto Rey, a quien considero eso que se da en llamar “autoridad en la materia”, lo reconocía hace no mucho: en esto de las series, sí, también hay postureo. Eso me parece a mí.

Tengo que reconocer que soy de películas más que de series. Seguir una serie requiere una combinación de disciplina y reserva de tiempo que prefiero (y me cuesta menos trabajo) dedicar al cine. Por ello he visto fundamentalmente primeras temporadas (Los Soprano, House, Boardwalk Empire), que me han dejado el sabor agradable similar al que queda después de ver un buen largometraje. Aun a sabiendas de que seguramente me estoy perdiendo historias que sin duda serían de mi agrado (The wire, Homeland, Breaking bad, Mad men), la balanza siempre se me inclina del lado del séptimo arte, y por ello en los últimos tiempos sólo me he atrevido con series de corto recorrido e imposibilidad casi total de alargamiento antinatural, como Crematorio o Qué fue de Jorge Sanz ambas geniales, la reciente True Detective colosal, o bien me he asomado esporádicamente a las comedias de situación, que tienen la virtud de la brevedad y la ventaja de no necesitar el voto de continuidad. Y eso que Frasier y Seinfeld (las únicas dos series de las que he visto la totalidad de las temporadas) dejaron el nivel tan alto que no puedo decir que haya vuelto a encontrar un sustituto real de las mismas.

Aparte de gustos y manías, creo que hay un dato objetivo irrefutable: hay demasiadas series. En vez de la proporción lógica una serie para cada millón de espectadores, parece que se aplique la inversa un millón de series por espectador—; por muy aficionado o muy friki que sea uno, es imposible dar abasto. Ya no sólo encontrar un hueco para cada capítulo, sino la capacidad de seguir el hilo de tropecientas tramas al mismo tiempo. Aun siendo factible intelectualmente, no me parece que sea lo más idóneo para disfrutarlas.

Además, los hábitos del espectador de series se solapan cuando dicho individuo se enfrenta a una película, y puede ser contraproducente. Desde hace tiempo oigo sentencias del tipo “El mejor cine de la actualidad se hace en las series de televisión”, lo cual, más que inexacto o improcedente, resulta incongruente. Es como decir que el mejor fútbol se juega actualmente en las canchas de fútbol sala. Ambos deportes se parecen, están emparentados, pero son independientes, funcionan de manera distinta, y el aficionado los concibe por separado, a cada uno con sus peculiaridades, y no por comparación con el otro.

No sé si se deberá a esto, pero tengo la impresión de que las apreciaciones de determinados espectadores sobre la duración o el ritmo de las películas han variado de un tiempo a esta parte; insisto en que son apreciaciones y no opiniones, no es si la película les gusta o no, es que les parece lenta o larga cuando a mí me parece lo contrario, y a menudo sospecho que esa percepción está influida por el visionado mayoritario de historias fragmentadas en capítulos que se siguen a razón de uno por semana o por día, en lugar de todo de una vez.



Lo que sí parece evidente es que ver series es hoy tan cool como beber gin tonic o comer en un japo. Los expertos en series han brotado en la misma proporción que los expertos en fútbol internacional (también conocidos como “parabólicos”), y el fenómeno de fanatismo colectivo y seudo religioso que abanderaban casi en exclusiva los trekkies y los seguidores incondicionales de la saga Star Wars, ha resurgido con idéntico o aun mayor fervor entre las huestes de Perdidos o Juego de tronos.

Por mucho que la muerte de Chanquete conmocionara al país entero (hasta el punto de dar por muerto al actor Antonio Ferrandis durante todos los años que siguió vivo, el pobre), o que los lagartos de V se popularizaran hasta comercializarse en versión mona de Pascua, los hábitos del espectador de antaño distan mucho del ritual propio del seriéfilo contemporáneo. Porque no es tan sencillo como elegir una serie (o un millón), encender el televisor y verla. Eso es lo que hacíamos en los tiempos de la Ruperta y la carta de ajuste. Para ser un devorador de series auténtico y homologado por la seriefilia de élite uno no puede cometer la ordinariez de esperar a que le pongan los capítulos por la tele, ni aunque sea la tele de pago. Eso es para la plebe, para el vulgo. Lo que hay que hacer es bajarse las temporadas completas de Internet, en versión original (sin subtítulos, claro está) y presumir de que hemos visto tal o cual serie a la vez que en Estados Unidos y fundamental antes que tú. Ah, claro. ¿Y si no sabemos inglés? Pues nada, hombre. Si ya lo acabo de decir. Es para presumir de que lo hemos visto. Que hay que decirlo todo.

Y advierto: tampoco valen como series, en el sentido sibarita y modelno propio de nuestra época, productos de consumo masivo como C.S.I., Bones, El mentalista, Castle, Buffy cazavampiros  o Ley y orden (ni mencionar a Los Serrano o Betty la fea, ya me entendéis). Ya puestos, mejor reivindicar medianías viejunas (El Equipo A, por decir algo) para aplicarles el efecto Ed Wood, es decir, aquello de “es tan mala que el tiempo la ha convertido en un fenómeno digno de estudio”. Parece una locura, pero es casi el paradigma de la modelnidad.

Así que en los 80 un espectador se enganchaba por lo general a dos o tres series que se prolongaban a lo largo de cientos y aun miles de capítulos, mientras que en el siglo XXI, lo que hacemos es diversificar nuestra atención hacia cientos y aun miles de series diferentes; algunas tienen suerte y sobreviven varias temporadas, pero otras (y no son pocas) mueren por el camino, a veces de muerte natural y a veces asesinadas por el desdén del público o de sus propios creadores.

La mayoría de la gente de mi generación, estoy seguro, guarda infinidad de recuerdos asociados a muchas de las series que vio en su día Enredo, Los Roper, Alf, Las chicas de oro, Caída y auge de Reginald Perrin, Un hombre en casa, Esto se hunde, Falcon Crest, Colombo, La conquista del Oeste, Alfred Hitchcock presenta—; o, mejor dicho, todas esas series poseen el poder de evocarnos momentos de nuestro pasado, y te sorprendes un día tarareando emocionado la sintonía de Cheers o de El gran héroe americano del mismo modo en que algunos futbolistas entonan con la mano en el pecho el himno de su país antes del partido. Pero esto es nostalgia, que es casi lo contrario de modernidad.