jueves, 6 de febrero de 2014

Cuando Larios encontró a Bulli


Va uno paseando por una calle cualquiera de Barcelona o Madrid (seguro que también del resto de las ciudades españolas) y se encuentra de pronto con supuestos reclamos impresos en carteles o escritos en las pizarras de los bares que anuncian cosas como “¡Hacemos gin tonics!”, así, entre exclamaciones (oh my God!). ¿Qué pensaríais si vierais en el escaparate de una farmacia un letrero que dijera “¡Tenemos aspirinas!”? Ya os lo digo yo. Que para chistes malos, ya están Jaimito Borromeo o Marianico el Corto, y que lo de explicar lo obvio ya lo inventó Perogrullo antes de que existieran las farmacias, los bares, las aspirinas y los cubatas.

Hablaba hace unas semanas sobre las modas tecnológicas y, de refilón, mencionaba también la sorprendente tendencia que han impuesto las ópticas respecto al tamaño de las gafas. Cosas de la moda, sí, y ninguno nos libramos, de acuerdo. Aunque creo que hay matices. Las modas que se refieren al vestuario son igual de veleidosas que las demás, si bien afectan a factores externos, a nuestra imagen, al modo en que somos percibidos por los demás. Es por esto que a menudo seguimos la moda no tanto por gusto como por inercia protectora, para no dar la nota y que nos señalen; o sea, que no se trata de ir a la última, sino de no estar pasado de moda. Es la gran paradoja de todo este fenómeno. Se supone que las tendencias se marcan como signo de distinción, pero sólo se considerarán un éxito si terminan convirtiéndose en norma. De este modo, ir de moderno auténtico implica el estrés de ser siempre diferente, llamativo, de no llevar nada que se asemeje a lo que lleva encima la gran masa. El resto, la mayoría, lo que solemos pretender es lo opuesto, no dar la nota, y para ello no es necesario que vistamos lo más exclusivo, pero igualmente deberemos cuidar de no arrastrar hábitos anacrónicos. No me voy a dejar barba de talibán ni me pondré unas gafas estilo Pepe Gáfez (no soy tan modelno), pero tampoco me rellenaré las hombreras de la chaqueta ni me embutiré en un peto vaquero con pata elefante: el día que quiera que me señalen por la calle, saldré directamente en pelotas, que es más efectivo y barato.
 
Dicho esto, y volviendo al inicio, no termino de comprender por qué tendríamos que adaptar nuestro gusto alimentario a las modas. No hablo, por supuesto, de la ambición por descubrir nuevos sabores o por conocer gastronomías exóticas o sencillamente distintas a la de nuestra tierra. No es eso. También doy por hecho que determinados gustos varían cuando crecemos, que de niños odiamos las espinacas (o cualquier alimento de color verde, exceptuando los mocos) y de adultos nos las comemos aunque sólo sea para exorcizar al muñeco de Michelin. Vale. Pero ahora vayamos al grano, para que nadie se lleve a engaño: el gin tonic es, de la turbulenta familia de los combinados, el miembro más elemental, la fórmula básica, el hermano mellizo del calimocho, la pizza margarita de los cubatas, tan convencional como el café con leche o el bocata de chorizo. Ya sé que ahora nos lo venden como la quintaesencia de la coctelería creativa, que es la imagen corporativa de la anglotontuna esa del afterwork (como si tomar algo al salir de currar fuera un invento de la era 2.0), pero, amigos —lamento decirlo—, mezclar ginebra con tónica no es la alquimia de los elegidos, sino el mejunje de los puretas. Hace escasamente un lustro sólo lo bebían en las verbenas de barrio, en las fiestas patronales, en los putiferios, en los bares de carretera; si mal no recuerdo, era lo que bebía el viejo Werther en aquella serie también viejuna llamada Tristeza de amor… Las botellas de ginebra estaban criando mugre y telarañas en las repisas de los bares desde antes de que muriera Chanquete, y muchos de los que ahora emplean en leer la carta de gin tonics el mismo tiempo que otros gastaron en terminar (o intentarlo) el Ulysses de Joyce, se pasaron la década de los 90 y parte de la anterior proclamando que las bebidas “blancas” eran chungas, cutres e indigestas, y que lo guay era beber whisky porque (ojo, otra falacia) no dejaba resaca (depende de cuántos te bebas, chato). A lo que voy: nunca me gustó la cebolla, me da arcadas sólo olerla, y aunque ahora se haya puesto de moda ponerle cebolla caramelizada hasta a los helados no voy a cambiar de opinión, no puedo, porque si algo no me gusta no lo tomo, no es como variar el color de un jersey o el corte de un pantalón.
 
Supongo que el gremio de destiladores de ginebra presintió el apocalipsis y se puso las pilas: se encomendaron a algún gurú del marketing que fue capaz de fusionar la hostelería de diseño con el botellón, igual que si en un taller literario cualquiera jugaran a construir un relato con el binomio fantástico Larios-El Bulli. La consecuencia es una saturación inexplicable de gintonicmanía que supera lo medianamente soportable. Que cada cual beba lo que se le antoje, faltaría más, pero ya se está llevando hasta comer con gin tonic (sustituyendo al vino), y eso ya es como muerte por diarrea cool, demasiado para mis intestinos.

2 comentarios:

colifata por el mundo dijo...

Marchando un colodro...pero no salgas en pelotas a la calle, no hace falta..

El último peatón dijo...

Casi mejor que me espero al verano, si acaso... ¡Marchando ese colodro!