martes, 18 de febrero de 2014

De Tokio a Pekín, pasando por Manhattan


 
Ellos parecen iguales; nosotros lo somos

Por muy cateto que suene en pleno siglo veintiuno, distinguir a un ciudadano chino de uno japonés sigue siendo una asignatura pendiente para la mayoría de los occidentales. Distinguirlos físicamente. Y esto incluye también a coreanos, filipinos o tailandeses.
 
Parece que sólo hemos sido capaces de diferenciarlos en una cosa: la comida. O, para ser más exacto, los restaurantes.
 
Cualquiera que haya viajado a China o Japón (no es mi caso) te confirma lo que ya sospechabas: lo que comen los nativos de ambos países no se parece mucho a lo que nos dan de comer en sus restaurantes a los que vivimos a este lado del mapa. Por ejemplo, el tipo de local chino que tenemos como modelo se inspira más en las múltiples Chinatowns norteamericanas que en los barrios genuinos de Pekín o Shanghai. El chino, además, constituye el estamento menor dentro de la hipotética jerarquía culinaria oriental. Esto fue siempre así —los restaurantes tailandeses, japoneses o coreanos eran supuestamente más distinguidos: como mínimo, más caros—, pero nunca hasta hoy había sido testigo de un fervor tan desmesurado hacia la comida japonesa; una adoración, desde mi punto de vista, exagerada, y que además va camino de sucumbir a la contradicción y morir de éxito, como cualquier otra moda.
 
Yo no voy a cuestionar (mi paladar es plebeyo) que en igualdad de condiciones una cocina supere a la otra. Puede que, en términos de cultura gastronómica, el mejor restaurante japonés sea superior al mejor restaurante chino, de igual manera que la mejor trattoria cotizará siempre por encima de la mejor hamburguesería. Pero, vamos, no me digáis que cualquiera de los cientos de miles de millones de japos que han brotado como hongos por nuestras calles son siempre mejores que cualquiera de los cientos de miles de millones de chinos que brotaron en su momento y también abundan por la ciudad. Menos aún si son franquicias con aire de pastiche, porque la fast-food también ha invadido el territorio japonés; así son las cosas.
 
Lo más asombroso, de todas formas, es que la supremacía del sushi no abarca tan sólo el territorio acotado por la Gran Muralla, sino que avanza cual caballo de Atila e irrumpe en las cocinas de nuestro continente conquistando perolas y fogones. En el escenario actual, el wok se ha colado en la agenda del menú del día y el maki le ha quitado el puesto al dátil envuelto en bacon en los caterings y los aperitivos de boda, por no hablar de la claudicación del oficinista medio contemporáneo ante la rústica incomodidad de los palillos (en el chino, se pide tenedor, pero en el japo… antes muerto que sencillo). Si es una venganza contra occidente por lo de Hiroshima, lo entiendo. Porque la comida no está mal, no me refiero a eso. Lo que me ocurre es que si me vendan los ojos puedo tragar por chino lo que es nipón, y viceversa; y, cuando no sucede eso, la diferencia no es cualitativa, sino simplemente gustativa.
 
En fin. Ya vendrán otros tiempos, el vodka sucederá a la ginebra y la cocina india a la japonesa, y después llegarán el ron y los restaurantes kosher, o el anís y el pote gallego. Lo mejor de todo es que tanto los abducidos como los apóstatas serán los mismos. La moda es eso. Fijaos que hasta quienes presumen de su posición alternativa o contestataria terminan cediendo también a consignas de estilo. Las personas que pertenecen a los llamados grupos antisistema suelen vestirse y peinarse y calzarse de una manera particular y reconocible; lo hacen para distinguirse de nosotros, pero al mismo tiempo se están igualando entre ellos. Se comportan, en suma, igual que las fashion victims: como una minoría uniformada.
 
Y sí, tal vez la cocina china no tenga nada que hacer frente a sus vecinas en la Liga de los gourmets y la Champions de las estrellas Michelin (ojo: eso decíamos de los gin tonics hace nada, que eran de segunda división al lado de los whiskies y los bourbons), y, por supuesto, prepárate para devolver el carné de modelno si te pillan entrando a comer en un restaurante chino. Ahora bien, en cuanto a posibilidades narrativas, no hay color. Lo avalan desde Santiago Segura hasta Michael Cimino: si te quieres montar una buena película, elige el chino.
 

Llámame Chino

Los restaurantes chinos no tienen nombre. Ya, de acuerdo, hay como cien mil que se llaman La Gran Muralla, pero no se trata de eso. Yo me refiero a que siempre decimos “Vamos a comer al chino”, y da igual que se llame Jardín Pekín, La casa de Lee, El loto azul, El Pato Feliz o Los cojones de Mao. Es siempre “el chino”. El chino del barrio, el chino de la plaza, el chino del centro comercial, el chino de la calle tal o cual.
 
Alguien debería decirles a los inmigrantes de aquel país que no hace falta que se esfuercen (bueno, tampoco es que se maten a pensar, la verdad); que no es necesario que bauticen sus negocios de restauración, del mismo modo que los bazares pueden denominarse Todo a un euro sin que nadie reclame un nombre propio para reconocerlos.
 
Sobre los restaurantes chinos hay infinidad de mitos y leyendas urbanas. No voy a ahondar en las más escabrosas, tranquilos. Voy a obviar la considerable retahíla de anécdotas, ciertas o inventadas, acerca de cuerpos extraños o sustancias sospechosas, de animales intrusos en la ensalada o de especies zoológicas más propias de cloacas que de carnicerías.
 
Olvidándonos de lo más morboso, uno de los tópicos sobre los restaurantes chinos que más gracia me ha hecho siempre es el que podríamos denominar como el síndrome de la saciedad engañosa o de la saturación precoz. Me explico: no sé si os suena eso de que “Si comes en un chino, al poco rato vuelves a tener hambre”.
 
Dejando al margen la circunstancia de que se conocen casos de personas que no han vuelto a probar bocado en varios días después de haber comido según qué cosas en un restaurante chino, lo cierto es que no sé de dónde puede venir semejante creencia, la de que la comida oriental quita el hambre al instante, aunque no logra espantarla del todo. Confieso que, aunque no comparto dicha afirmación como algo categórico, sí que me provoca, como mínimo, ciertas dudas. Yo diría que, por lógica, debería ocurrir justo lo contrario. Teniendo en cuenta que la mayoría de los restaurantes chinos son más baratos que los de otras nacionalidades, esto nos tendría que dar la oportunidad de comer más cantidad de platos, de llenar la barriga a base de arroz, pasta, verduras, carne, mariscos, frutas y el licor ese con el que bañan a los lagartos, para quedar ahítos y sin ganas de echarnos nada al gaznate hasta el día siguiente.
 
Sin embargo, es cierto que los ágapes del chino nunca son como una boda de pueblo o una muestra de matanza castellana, y que, por extrañas razones que nunca he logrado adivinar, uno puede sentirse francamente lleno tras haber almorzado o cenado en un chino, pero jamás se alcanza el grado de abotargamiento que sí nos puede dejar un banquete convencional con productos de nuestra tierra. (A ver si al final va a resultar que la comida china es más sana y delicada con nuestro organismo, y por eso se evapora nada más tragarla.) Es un enigma, no cabe duda. Por ello, creo que lo mejor es seguir como estaba, es decir, en la más pura ignorancia, sin plantearme cuestiones como de qué estarán rellenos realmente los rollitos de primavera o qué son esos filamentos marrones y pringosos que le ponen a la salsa de la ternera… Como dijeron Edgar Allan Poe y el novio de Carmen de Mairena: “Prefiero el misterio”.
 
Caso aparte es la ambientación musical, ese clin-clin monocorde como de joyero de mesilla o de vaivén cascabelero, que unido al gorgoteo de la fuente artificial que tampoco puede faltar como parte de la decoración, le acaba a uno perforando el tímpano y crispando la vejiga.
 
No digo yo que pongan a los Sex Pistols mientras se come, pero un poco de originalidad tampoco les vendría mal. En vez de perder el tiempo pensando un nombre que nadie va a utilizar, podrían replantearse lo del repertorio musical. Es una idea.


jueves, 6 de febrero de 2014

Cuando Larios encontró a Bulli


Va uno paseando por una calle cualquiera de Barcelona o Madrid (seguro que también del resto de las ciudades españolas) y se encuentra de pronto con supuestos reclamos impresos en carteles o escritos en las pizarras de los bares que anuncian cosas como “¡Hacemos gin tonics!”, así, entre exclamaciones (oh my God!). ¿Qué pensaríais si vierais en el escaparate de una farmacia un letrero que dijera “¡Tenemos aspirinas!”? Ya os lo digo yo. Que para chistes malos, ya están Jaimito Borromeo o Marianico el Corto, y que lo de explicar lo obvio ya lo inventó Perogrullo antes de que existieran las farmacias, los bares, las aspirinas y los cubatas.

Hablaba hace unas semanas sobre las modas tecnológicas y, de refilón, mencionaba también la sorprendente tendencia que han impuesto las ópticas respecto al tamaño de las gafas. Cosas de la moda, sí, y ninguno nos libramos, de acuerdo. Aunque creo que hay matices. Las modas que se refieren al vestuario son igual de veleidosas que las demás, si bien afectan a factores externos, a nuestra imagen, al modo en que somos percibidos por los demás. Es por esto que a menudo seguimos la moda no tanto por gusto como por inercia protectora, para no dar la nota y que nos señalen; o sea, que no se trata de ir a la última, sino de no estar pasado de moda. Es la gran paradoja de todo este fenómeno. Se supone que las tendencias se marcan como signo de distinción, pero sólo se considerarán un éxito si terminan convirtiéndose en norma. De este modo, ir de moderno auténtico implica el estrés de ser siempre diferente, llamativo, de no llevar nada que se asemeje a lo que lleva encima la gran masa. El resto, la mayoría, lo que solemos pretender es lo opuesto, no dar la nota, y para ello no es necesario que vistamos lo más exclusivo, pero igualmente deberemos cuidar de no arrastrar hábitos anacrónicos. No me voy a dejar barba de talibán ni me pondré unas gafas estilo Pepe Gáfez (no soy tan modelno), pero tampoco me rellenaré las hombreras de la chaqueta ni me embutiré en un peto vaquero con pata elefante: el día que quiera que me señalen por la calle, saldré directamente en pelotas, que es más efectivo y barato.
 
Dicho esto, y volviendo al inicio, no termino de comprender por qué tendríamos que adaptar nuestro gusto alimentario a las modas. No hablo, por supuesto, de la ambición por descubrir nuevos sabores o por conocer gastronomías exóticas o sencillamente distintas a la de nuestra tierra. No es eso. También doy por hecho que determinados gustos varían cuando crecemos, que de niños odiamos las espinacas (o cualquier alimento de color verde, exceptuando los mocos) y de adultos nos las comemos aunque sólo sea para exorcizar al muñeco de Michelin. Vale. Pero ahora vayamos al grano, para que nadie se lleve a engaño: el gin tonic es, de la turbulenta familia de los combinados, el miembro más elemental, la fórmula básica, el hermano mellizo del calimocho, la pizza margarita de los cubatas, tan convencional como el café con leche o el bocata de chorizo. Ya sé que ahora nos lo venden como la quintaesencia de la coctelería creativa, que es la imagen corporativa de la anglotontuna esa del afterwork (como si tomar algo al salir de currar fuera un invento de la era 2.0), pero, amigos —lamento decirlo—, mezclar ginebra con tónica no es la alquimia de los elegidos, sino el mejunje de los puretas. Hace escasamente un lustro sólo lo bebían en las verbenas de barrio, en las fiestas patronales, en los putiferios, en los bares de carretera; si mal no recuerdo, era lo que bebía el viejo Werther en aquella serie también viejuna llamada Tristeza de amor… Las botellas de ginebra estaban criando mugre y telarañas en las repisas de los bares desde antes de que muriera Chanquete, y muchos de los que ahora emplean en leer la carta de gin tonics el mismo tiempo que otros gastaron en terminar (o intentarlo) el Ulysses de Joyce, se pasaron la década de los 90 y parte de la anterior proclamando que las bebidas “blancas” eran chungas, cutres e indigestas, y que lo guay era beber whisky porque (ojo, otra falacia) no dejaba resaca (depende de cuántos te bebas, chato). A lo que voy: nunca me gustó la cebolla, me da arcadas sólo olerla, y aunque ahora se haya puesto de moda ponerle cebolla caramelizada hasta a los helados no voy a cambiar de opinión, no puedo, porque si algo no me gusta no lo tomo, no es como variar el color de un jersey o el corte de un pantalón.
 
Supongo que el gremio de destiladores de ginebra presintió el apocalipsis y se puso las pilas: se encomendaron a algún gurú del marketing que fue capaz de fusionar la hostelería de diseño con el botellón, igual que si en un taller literario cualquiera jugaran a construir un relato con el binomio fantástico Larios-El Bulli. La consecuencia es una saturación inexplicable de gintonicmanía que supera lo medianamente soportable. Que cada cual beba lo que se le antoje, faltaría más, pero ya se está llevando hasta comer con gin tonic (sustituyendo al vino), y eso ya es como muerte por diarrea cool, demasiado para mis intestinos.