viernes, 24 de enero de 2014

De lobos, vividores y estados de la materia


¿Qué está pasando? ¿Por qué está el mundo como está? ¿Qué hemos hecho? ¿En qué nos hemos convertido? Ojalá tuviera las respuestas. A falta de ellas, existe al menos la oportunidad de evadirse sin perder el foco de la realidad. Eso mismo he experimentado en poco más de una semana gracias a un par de películas y un libro. El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese; La gran belleza, de Paolo Sorrentino, y Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina, componen, cada cual a su manera, un tríptico impagable y mucho más ilustrativo que cualquier arenga de político o soflama de tertuliano.
 
 
 
 


El hombre (rico) es un lobo para el hombre (pobre)
 
Si el Infierno fuera una película, estaría dirigida por Martin Scorsese. Y si el Paraíso fuera una película… también. El creador de obras como Toro salvaje, Uno de los nuestros, Taxi driver, Casino, La edad de la inocencia, El rey de la comedia, After hours, El cabo del miedo, El color del dinero, Malas calles o La invención de Hugo (casi nada) es el mejor abanderado de aquello que llamaron el Nuevo Hollywood, una pandilla de cineastas que en la década de los 70 del siglo pasado demostraron que las inquietudes del cine de autor eran perfectamente compatibles con la esencia lúdica y espectacular del Hollywood de toda la vida. A esta generación (retratada con todo detalle en el libro Moteros tranquilos, toros salvajes, de Peter Biskind) pertenecen de forma, digamos, “oficial”, directores como Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Brian de Palma, George Lucas, Warren Beatty o Terrence Malick, compartiendo oficio y nicho histórico con otros grandes de las últimas décadas como Woody Allen, Sidney Lumet, Clint Eastwood o Sidney Pollack.

Dejando a un lado gustos y preferencias personales, creo que Scorsese ha sido de todo el plantel el que ha fusionado con mayor acierto lo mejor de ambos conceptos, la parte artística con el entretenimiento, los trasfondos con la pirotecnia, la virtud narrativa con la pericia técnica (aparte de haber aplicado su talento fuera del séptimo arte con óptimos resultados: sus documentales sobre estrellas del rock, el videoclip Bad de Michael Jackson, el anuncio de Freixenet inspirado en Hitchcock, el episodio piloto de la serie de televisión Boardwalk Empire…). Toda la filmografía del director italoamericano serviría para ilustrarlo, y El lobo de Wall Street no es una excepción. Al igual que en sus obras maestras sobre la Cosa Nostra, la evolución dramática del protagonista nos revela que la fórmula redención-traición es una rima consonante lo mismo en la gramática que en los negocios. Guiados por ese elemento de cuidado llamado Jordan Belfort, visitamos un paraíso construido a base de excesos, de corrupción, de chanchullos y de estafas que deviene una caída en picado hasta lo más profundo de la degradación humana. Y lo mejor es que Scorsese no pierde su sentido del espectáculo: en vez de largarnos un discurso admonitorio y ceñudo nos invita a un viaje vertiginoso y farlopero de tres horas que pasan como tres minutos.

Aparte de las semejanzas dramáticas entre Jordan Belfort y Henry Hill, El lobo de Wall Street coincide con Uno de los nuestros en su caligrafía y estructura narrativa, en su montaje frenético y en el empleo puntual de recursos como la voz en off o el discurso directo a la cámara (además de volver a apostar por el rock como música ambiente, lo cual, en este caso, encaja mejor que nunca).

Scorsese ya tiene en Leonardo Di Caprio a su nuevo Robert De Niro (ésta es la quinta película juntos tras Gangs of New York, El aviador, Infiltrados y Shutter Island), y parece que puede haber encontrado igualmente a su nuevo Joe Pesci en la figura rolliza y desmesurada de Jonah Hill, que está soberbio, lo mismo que otros que apenas salen diez minutos pero dejan su huella bien grabada, como Matthew McConaughey, Jean Dujardin o Rob Reiner.

Si os interesa, id a verla antes de que alguien os revele esas dos o tres escenas memorables que sin duda se os quedarán grabadas. Pero lo mejor es que en 180 minutos no hay ni uno solo de desvanecimiento.

 
 
 
 

 
 
La porca vita
 
Roma es el escenario de La gran belleza, y aunque se trata de una ciudad con carisma para valer por un país entero (o por toda una civilización, de hecho), adquiere a través de la cámara de Sorrentino un cariz igualmente universal, como un paradigma de este tiempo convulso y contradictorio, un lugar donde se puede perder el conocimiento por el síndrome de Stendhal o por el de Berlusconi, donde tenemos a un lado la majestuosidad monumental del Coliseo y, justo enfrente, el museo de la horterada sublime, el circo del patetismo VIP, la ridiculez del pretencioso nuevo rico o la decadencia del viejo burgués, la verbena en honor al Santo Chanchullo celebrada por una conga grotesca de actores que quieren escribir como Proust o de prelados carcamales que dan cansinas lecciones de cocina. El rostro privilegiado para la interpretación de Toni Servillo asiste al teatrillo, a veces cómplice y a veces hastiado. En vez de un héroe al uso, el protagonista de esta fábula cáustica es un vividor con vocación de aguafiestas, un escritor en dique seco y misántropo que actúa como cronista de esa tribu a la que pertenece, mal que le pese, y por mucho que posea la lucidez suficiente como para no dejarse embaucar por veleidades seudoartísticas, como esa performance absurda y pretenciosa que culmina con un testarazo digno de Paquirrín en plena juerga cabestra.

Cinismo, desencanto y pesimismo pasados por el filtro de la parodia, y servidos con esa manera brillante de filmar que posee Sorrentino, un tanto exhibicionista quizá, pero bienvenidas sean las ambiciones estilísticas cuando están al servicio de los ojos del espectador y no de onanismos propios de señores que aspiran a cambiar el mundo con su arte. Una película estimulante con la virtud de divertir y conmover; sales con una sonrisa de satisfacción cinéfila y, al mismo tiempo, reflexionando sobre si lo que has visto es una exageración o quizá no tanto.

 
 
 
 
 


Hasta aquí hemos llegado

Mientras leía Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina, iba asintiendo todo el rato como un perrito de aquellos que se colocaban antaño en la bandeja trasera de los coches, y seguro que se me escaparía de cuando en cuando en voz alta algún que otro “Claro”, “Eso es”, “Ahí le has dao” o “Eso mismo pienso yo”.

No sé si es un libro brillante desde la perspectiva del análisis crítico ortodoxo. Me da igual. No sé si se puede considerarse ensayo o más bien una extensa columna de opinión. Me da lo mismo. Como lector, agradezco enormemente un libro así, escrito por un intelectual pero servido con sencillez y cercanía, al alcance de cualquiera que tenga interés en repasar por qué estamos como estamos y, sobre todo (importante, eso sí), que no confunda la opinión con el proselitismo, que tenga claro que el pensamiento liberal se basa en la aceptación de la discrepancia, y que contemple como factible algo casi inédito por estos pagos: que se puede cambiar de opinión de vez en cuando, y que coincidir alguna vez con el punto de vista de alguien opuesto a nosotros en todo lo demás no nos convierte necesariamente en traidores. Podemos compartir gustos literarios con un asesino en serie del mismo modo que podemos discrepar en según qué argumentos con alguien que profesa la misma ideología política.

El escritor andaluz, asumiendo el dilema de quien ha de compaginar el reconocimiento de su identidad con un cierto desarraigo y una creciente decepción, elabora un catálogo en el que cabe lo mejor y lo peor de lo que somos. Nuestra tendencia a confundir el sentido del humor con el sentido de la juerga; nuestro testarudo empeño en la bipolaridad sin posibilidad de matices (forofismo radical en todos los ámbitos de la vida), la incapacidad para discrepar y aceptar la discrepancia, interpretando ésta siempre como amenaza o signo de enemistad o traición; nuestra veneración ciega y borreguil hacia los políticos y sus partidos, como si ellos fueran los encargados de validar e imponer las opiniones, cuando en realidad deberían ser los depositarios de las nuestras; el hecho de que nos definimos mejor por lo que repudiamos que por lo que apoyamos (somos más antifranquistas que demócratas, y somos de izquierdas, sobre todo, para que no digan que somos de derechas, y cuando discrepamos de algo dicho por alguien de izquierdas nos convertimos automáticamente en fachas, con lo cual terminamos haciéndoles un favor a los verdaderos fachas); nuestra costumbre de dar más importancia a la etiqueta que a la sincera opinión, de confundir templanza con tibieza y creer que la independencia ideológica es imposible; aceptar que los medios de comunicación sean instrumentos descarados de propaganda y afirmar sin rubor (e incluso con jactancia) barbaridades como “para que roben los de siempre, por lo menos que ahora roben estos un poco”; pasar de la utopía de la ciudadanía del mundo al fundamentalismo geográfico sin opción de abstenerse o disentir; nuestro desprecio por la cultura o el conocimiento en beneficio de la charlatanería marrullera y la venta de humo a granel…

Pero, ojo, porque se trata de ser crítico, y no un vulgar cascarrabias. Tampoco hay que alimentar la inercia destructiva de aquellos a quienes no se les cae de la boca el latiguillo de turno (“Somos un país de charanga y pandereta”, “Lo que pasa aquí no ocurre en ningún otro sitio”, “Tenemos lo que nos merecemos”), porque no es ni práctico ni saludable, y por ello Muñoz Molina dedica también un capítulo a enumerar determinados logros históricos y artísticos alcanzados por gente de aquí, que no todo ha sido oscurantismo y matanzas (por citar un dato, resulta que la pena de muerte se abolió en España en 1978, antes que en Francia o en el Reino Unido, por ejemplo).

En fin, que ni patriotismos de opereta ni complejos de inferioridad. Y una idea por encima de las demás que comparto con el autor del libro: apreciemos de verdad lo que tenemos y no nos dejemos engañar por los apocalípticos y los reaccionarios de siempre, porque la culpa del desmadre no la tiene la democracia (escuchar a algunos tertulianos da grima, y a otros, miedo), sino los que se valen de ella para mantener lo que les interesa, esto es, un país dividido eternamente en dos bandos antagónicos y rivales, y tan acérrimos como las hinchadas de dos equipos de fútbol. Y no es eso.

 

5 comentarios:

Palimp dijo...

Tengo ganas de echarle el ojo a las tres.

Alberto NL dijo...

Muy Buenas reflexiones !!! y más películas y libros apuntados a la lista de pendientes... aunque la de Scorsese creo que la pondremos al principio ;-)

colifata por el mundo dijo...

Ahora entiendo las bases de las tertulias de los "desayunos con diamantes"...no vale, estás muy documentado. ;)

El último peatón dijo...

Cuánta gente inteligente por aquí. Así da gusto.

peña dijo...

Ya tengo el libro en versión Kindle (aquí donde vivo es la forma más rápida de conseguirlo). ¡Gracias por tu información!