miércoles, 10 de diciembre de 2014

En modo novela: Prólogo



Cuando os asoméis a estas líneas, yo estaré literalmente en la Patagonia, disfrutando de un placentero interludio antes de decirle hasta siempre al 2014.
 
Volveré a patear estas callejuelas internáuticas a comienzos del nuevo año, y, como ya os prometí/amenacé, iré dando cuenta en esta bitácora de algunos de los momentos vividos en paralelo a la creación y escritura de mi nueva novela. Será como una mezcla entre el making-of y las tomas falsas. No voy a cometer la desfachatez de llamarlo diario porque sería mucho pedir que cada día vaya a tener algo medianamente potable que compartir. Se hará lo que se pueda.
 
Por lo pronto, desde ya mismo os conviene saber que esta nueva historia que me traigo entre manos sucede en el tramo que va desde el verano de 1979 hasta el mes de noviembre de 1980. La primera consecuencia (¿o debería llamarla secuela?) de ello es que llevo ya meses revisando documentación impresa y audiovisual de la época, viendo programas, películas y documentales, leyendo algunas crónicas y biografías, aparte de otros libros más o menos relacionados con el contexto, y he de decir que lo que uno descubre no siempre es deslumbrante en sentido estricto, pero por otra parte sería un necio si negara que el rescate de ciertas vivencias y personajes me ha convertido en algo cercano a un adicto de eso que se ha dado en llamar el placer culpable.
 
Igual que cuando uno se pasea por un rastrillo husmeando entre la mercancía de los puestos sin una idea concreta de lo que quiere (si es que siempre quiere algo, que esa es otra), este viaje retrospectivo me va surtiendo de cierto material, quizá inútil para mis primitivos fines literarios, pero al mismo tiempo impagable como pasatiempo y como testimonio de que no hay nada más temerario que idealizar el pasado por el solo hecho de ser pasado.
 
Un simple aperitivo. Si pensáis que Paquirrín pinchando discos da miedo, esperad a ver esto. Por increíble que os parezca ahora, existió. Otra cosa es que no queráis recordarlo:
 
 
 
 
Hasta el año que viene. Salud.
 
 
 

martes, 18 de noviembre de 2014

Libros vivos


 
¿Cuál es la esperanza de vida de un libro? ¿Cuándo se hace un libro adulto? ¿Depende ello del género, del autor, de ambas cosas o de ninguna? ¿De verdad existen la suerte y los autores revelación? ¿De verdad se lee lo que se elige, o más bien se elige lo que se debe? No existen estudios al respecto, así que hago mi propia conjetura:
 
No tengo la más puta idea.
 
Bien. Pasando a otro asunto, aunque no del todo ajeno a lo anterior, nos acercamos al final del año según el calendario, segunda temporada de existencia de La vida privada de Dios, un año y medio de vida impresa y publicada. Ya lo repasamos en su día con motivo del primer aniversario, pero recapitulemos otro poco: Madrid, Barcelona, Talavera de la Reina, Día del Libro, Aula de Escritores, Revista de Letras… Para el 2015 vienen los clubs de lectura en Bibliotecas de Barcelona, y seguro que aparecerán nuevos eventos y convocatorias en los que asomar la nariz y las páginas.
 
Sea como sea, y venga lo que venga, la criatura está ya lo suficientemente crecidita como para poder dejarle un margen de autonomía, y al mismo tiempo empezar a prestarle mayor atención a la que está por nacer y lleva algún tiempo gestándose. Así pues, con un ojo puesto en La vida privada de Dios y el otro en el ser nonato y anónimo que cada vez pide más energía y atención de su progenitor, seguiré compartiendo con quien quiera transitar esta acera virtual las anécdotas, inquietudes y otras variantes del onanismo encefálico que vayan surgiendo en paralelo al proceso creativo.
 
Las luces de Navidad ya están colgadas por las calles, e imagino que en breve empezarán a lucir a todo vatio para recordarnos que hay que comprar regalos. ¿Por qué no un libro? ¿Por qué no éste?
 
 

viernes, 31 de octubre de 2014

Paseo por la cartelera (18)


 
Relatos salvajes
Director: Damián Szifrón
Reparto: Darío Grandinetti, Leonardo Sbaraglia, Ricardo Darín, Rita Cortese, Óscar Martínez, Érica Rivas
Nota del peatón: ****
 
Szifrón demuestra que no hace falta ponerse estupendo o convertirse en Ken Loach para denunciar la injusticia social. Es más, resulta mucho más efectivo hacerlo, como aquí, a través del humor negro y cáustico. Rodada con estilo y sacando provecho de los medios técnicos, espectacular e incisiva, pasas de la sonrisa cómplice a la carcajada malsana, y de ahí a apartar la vista de la pantalla por si salpica algo. Seis historias con sendos guiones redondos (ya quisieran muchos largometrajes armar sus tramas y sus giros como aquí). Algunas, como la del restaurante, la de banquete de boda o la del ingeniero interpretado por Darín, ponen en imperativo lo que todos hemos imaginado alguna vez en condicional: esos deseos de venganza que rumiamos antes de coger el sueño o tras un mal día en la oficina, eso de suponer que algún día a lo mejor no contamos hasta diez… Y las demás, la del atropello, la del avión y la de los conductores, hurgan en los rincones menos saludables de nuestra imperfecta naturaleza humana, combinando lo maquiavélico con lo prehistórico. El elenco, soberbio. Y muy importante: te sientes identificado, pero también retratado. Ahí lo dejo. Un sobresaliente salvaje.  



La isla mínima
Director: Alberto Rodríguez
Reparto: Javier Gutiérrez, Raúl Arévalo, Nerea Barros, Antonio de la Torre
Nota del peatón: ****
 
Peliculón. Otro thriller de campeonato de Alberto Rodríguez (después de la magnífica y creo que no suficientemente valorada Grupo 7), que esta vez se adentra en territorios más oscuros y retorcidos —pensemos en Seven (David Fincher, 1995) como referencia clave—, y ambientado en los inciertos primeros años del postfranquismo, donde la ambigüedad y la amnesia interesada aún se imponían a los deseos de cambio y libertad. Señalo este aspecto porque, además de la virtud de su atmósfera perfecta, de su poder visual y estético, y de su encomiable equilibrio entre la intriga y el drama, la película destaca a lo grande en el diseño de sus personajes, especialmente la pareja protagonista, el policía íntegro y gélido que interpreta Raúl Arévalo, y el turbio campechano y visceral al que encarna Javier Gutiérrez, que ya puede ir haciendo hueco en sus estanterías (de momento, ya ganó el premio al mejor actor en San Sebastián). La isla mínima vale tanto por lo que muestra como por lo que elude, por lo que uno adivina observando los rostros, los gestos y las palabras de sus personajes. Sobrecogedora, inquietante y veraz. Un sobresaliente con todas las de la ley.
 


Magical Girl
Director: Carlos Vermut
Reparto: Bárbara Lennie, Luis Bermejo, José Sacristán
Nota del peatón: ***
 
Sorprendente rareza, que empieza a lo Rosales, continúa a lo Haneke y se pasea un poco por los dominios de Kubrick, aunque su mejor virtud es terminar resultando ciertamente genuina. Habla de lo sórdido y lo retorcido, pero lo hace con elegancia y dosificando las truculencias para que el miedo y la desazón ahonden más en nuestra mente que en nuestra digestión. Un padre abrumado por la desgracia, una intrigante mujer que tiene tanto de fatal como de víctima y un ex profesor que es además ex convicto, forman el triángulo de esta historia imposible de encajar en un solo género. Vermut demuestra un uso ejemplar de la elipsis y de la sugerencia, y maneja con precisión tanto la puesta en escena como a sus protagonistas, un trío de órdago al Goya: Bermejo, Lennie y Sacristán. La trama es un prodigio de mecánica y precisión, con espacio además para la sorpresa. Es verdad que, para mi gusto, ronda a veces el peligroso territorio de la afectación y la autoconciencia de estar haciendo “arte” (oh, cielos), pero es un porcentaje mínimo en relación al total, que es altamente satisfactorio. Un notable, por tanto, muy alto.



Perdida (Gone girl)
Director: David Fincher
Reparto: Ben Affleck, Rosamund Pike, Kim Dickens, Neil Patrick Harris
Nota del peatón: ****
 
Si existe el thriller perfecto, creo que ya sé quién lo dirigirá: se llama David Fincher, que ya tiene en su haber Seven, Zodiac, Los hombres que no amaban a las mujeres y La habitación del pánico (no nombro La red social y El curioso caso de Benjamin Button por salirse del género, pero ojo al dato). No obstante, puede que la película de Fincher más emparentada con Perdida sea The game, y no por su argumento, sino por su condición de juego, en el sentido lúdico y también en el perverso de la expresión. Si algo hay que pedirle al cine de intriga es tensión y sorpresa, y de ambas va bien surtida esta película, que añade como principal novedad (de ahí mi suposición de que su director parece seguir experimentando con las fórmulas del género, camino de dar con la magistral) un punto de escepticismo y de sutil humor negro que actúa como vacuna contra el maniqueísmo y redunda en la complejidad de unos personajes que resultan inclasificables e imprevisibles, aunque quien los interprete pueda ser un actor tan poco versátil como Ben Affleck. No se debe explicar mucho de la historia para no arruinar sus giros. Lo que sí diré es que Perdida ofrece como propina una crítica certera y nada solemne al negocio del escándalo y las miserias televisadas en aras de la fama y el dinero, algo que (ejem) quien haya leído La vida privada de Dios comprenderá todavía mejor. Una gozada. Sobresaliente con reverencia.



Torrente 5. Operación Eurovegas
Director: Santiago Segura
Reparto: Santiago Segura, Julián López, Jesús Janeiro, Alec Baldwin, Carlos Areces, Florentino Fernández, Anna Simón, Angy Fernández, Fernando Esteso
Nota del peatón: ***
 
Torrente, el personaje, es zafio, retrógrado y mezquino. Torrente, la película (la que sea, del 1 al 5), ya es otra historia. Este argumento, que hace que los huesos de Perogrullo se revuelvan en su fosa, es sin embargo crucial para entender lo que Santiago Segura ofrece desde hace 15 años, si bien todavía hay quienes confunden la apología con la sátira, y encima van de listos. La primera escena de Torrente 5. Operación Eurovegas, con una concentración de gente pidiendo su ingreso en prisión para tener cama y comida, dice ya mucho sobre la verdadera naturaleza de la película (si esa escena os la encontráis en una viñeta de la revista El Jueves, tenéis un orgasmo sarcástico, pero a Segura, como sale mucho por la tele, no le queréis reír las gracias; así de injustos sois). Por supuesto que no es cine para todos los gustos. Aunque eso no quita para valorar que alguien nos invite a reírnos de nosotros mismos (sí, de nosotros, todos incluidos, no sólo de los políticos a los que no votamos o de los malos de catálogo) y del desastre que hemos montado a costa de chanchullos, corrupciones y otras miserias. Esta quinta entrega, que homenajea (a la manera de su autor, claro; no tirando de la levita, sino subiéndose a la chepa) a películas como La cuadrilla de los once o la trilogía Ocean’s, es la más divertida, junto a la primera, y tiene hallazgos de traca, como el personaje de Ricardito/Carlos Areces, la hábil manera de introducir al difunto Toni Leblanc (en una secuencia que echa mano también de un recurso que remite, a la vez, al Woody Allen de Annie Hall y al de Stardust memories, y no digo más), o el gag sobre la final del Mundial (ojo a los cameos). Un notable cachondo, que no de cachondeo.



El niño
Director: Daniel Monzón
Reparto: Luis Tosar, Jesús Castro, Bárbara Lennie, Eduard Fernández, Sergi López, Moussa Maaskri
Nota del peatón: ***
 
A finales del verano parecía que El niño iba a ser la película española más relevante del año, como lo fue en su día Celda 211, el anterior trabajo de su director, Daniel Monzón. Y no es que no posea méritos para ello, que sí (su única desgracia es haber coincidido en temporada con Magical girl y La isla mínima). Se ha hecho mucho hincapié en su sentido del espectáculo, en esas escenas de acción con helicópteros persiguiendo lanchas que remiten a las vigorosas producciones de Hollywood (más cerca de Paul Greengrass que de Michael Mann, en mi opinión), lo cual ya no es sorpresa alguna en el cine de Monzón, uno de los autores más valientes en este sentido (en el de mandar al garete los prejuicios carpetovetónicos). Tampoco es extraño, a estas alturas —y por suerte—, que las historias del cine negro hablen español (o incluso ‘andalú arrastrao’) con total naturalidad. Ésta va de narcotráfico en Gibraltar, y tan sólo le sobra la parte romántica del asunto, esa subtrama casi insustancial que sirve, sobre todo, para mostrar a la galería los palmitos de Jesús Castro y Moussa Maaskri (que no lo hacen mal, ojo), pero que parece una imposición ejecutiva más que una decisión creativa (ay, Mediaset). Por otra parte, cuenta con la garantía de Luis Tosar y Eduard Fernández, palabras mayores, además de Jesús Carroza, Bárbara Lennie y Sergi López, personajes con matices y que a veces pisan fuera del arquetipo, otro acierto a sumar en la nómina de Monzón. Notable.

 

lunes, 27 de octubre de 2014

Reencuentros

Foto de Apetitu/Flickr Commons
 
Allá por el mes de marzo compartía aquí con el respetable mi experiencia lectora de la novela Apaches, escrita por Miguel Sáez Carral, quien, entre otras muchas cosas de bien (e incluso de mal), coincidió con este peatón en los años de colegio e instituto, principalmente, y un poco menos en los de universidad.
 
Desde 1973 hasta hoy mismo, y pese a una de esas pausas sin contacto que la vida adulta y profesional suele imponer, podríamos recopilar infinidad de lugares comunes, en el mejor y geográfico sentido de la expresión: desde el propio colegio Guadalupe y sus aledaños hasta la isla de Mallorca, aparte de un número considerable de ciudades y pueblos peninsulares, unos por gentileza de nuestro cuerpo docente —Salamanca, Segovia, Cuenca, El Escorial, Chinchón o El Paular— y otros porque tocaba y así lo queríamos —La Cañada o Retamoso de la Jara—, por no hablar de bares, tabernas y garitos —se colapsaría el servidor— y no aburriros contando las horas empleadas —en la calle Altamirano, en el Parque del Oeste, en El Retiro o en el murete que rodeaba toda la manzana compuesta por las calles Infanta Mercedes, Huesca, Hermanos Gárate y Pensamiento—  junto a otros de nuestros contemporáneos en eso que ahora llaman botellón y que antes no tenía nombre (y era mejor así; cuando te ponen la etiqueta te pervierten la identidad).
 
Y aquí estamos, casi cuarenta años después de nuestro primer encuentro, y gracias al maestro Chiaravalloti, juntos de nuevo en esta entrevista que publica “Revista de Letras”, la web literaria de La Vanguardia.
 
Si queréis saber más sobre nuestras novelas y otros desvaríos mentales, ya estáis tardando en leerla.
 
 
 


jueves, 9 de octubre de 2014

Ingenuo de mí


 
Me vais a perdonar, pero tengo que decirlo: se nos da de miedo quejarnos, refunfuñar, protestar, patalear, todo eso. Y ya está. Ahí queda la cosa. Es decir, no niego las propiedades saludables de cagarse en todo lo que se menea y otras variedades del desahogo vehemente, pero con ello no solucionamos los problemas. Luego llega el día de votar y cada cual sigue fiel a sus colores, faltaría más, como el Betis, “manque pierda”, ya me entendéis.
 
Que sí, que está muy bien pedir que dimitan los altos cargos y los ministros y los presidentes, pero —digo yo, ingenuo de mí—, que no estaría mal, ya puestos, pedir que dimitan después de haber arreglado lo que han jodido. Es muy sencillo. Primero le gritamos al mangante, al negligente o al corrupto: “Arregla el entuerto” o “Devuelve la pasta”, y a continuación, ya sí, “Lárgate y que no te vea ni de lejos”.
 
Pero no. Aun cuando surgen movimientos más o menos espontáneos que le hacen a uno volver a creer en eso de la soberanía popular, o bien terminan infectados por la lujuria medallera de los partidos políticos, o bien acaban etiquetados por lo más estridente, que suele ser también lo más superficial. Esto es, al final, lo que cuenta y trasciende es que la gente está indignada. Pues vale. Pero no. O sea, que estar indignado no tiene ningún mérito. De hecho, no es lo que nadie desea —supongo, ingenuo de mí—; es más: se puede reivindicar todo lo reivindicable sin necesidad de mostrarse exactamente indignado. A lo que voy: lo fundamental no es el estado de ánimo con el que uno proteste, sino el contenido, la intención, los argumentos, el verdadero poder de efectividad de la reivindicación.
 
Ocurre, claro, que nos conformamos con pedir dimisiones (que, insisto, es lo que tenemos derecho a hacer, pero no lo único que debemos hacer). ¿Por qué? Pues porque creo —ingenuo de mí— que nos da más placer echarle la culpa a alguien que buscar una solución, porque esto último implica a menudo que tengamos que situarnos en una posición neutral o, cuanto menos, equidistante de los bandos en liza, cuando no renegar directamente de según qué posturas que hemos defendido en el pasado.
 
Ahora, el sacrificio gratuito del perro Excalibur parecía el desgraciado punto de inflexión que podría unir todas las posturas. No hablamos de un ciudadano votante, menos todavía de un político o cargo público. Es un animal. Un ser inocente despojado de ideología y libre de intoxicación electoral o mediática. Ni siquiera ha muerto en aras del conocimiento científico, porque no le han dado tiempo. Un mártir o un daño colateral, llamémoslo como sea. Sin embargo, me pregunto —y disculpadme, ingenuo de mí—, ¿qué pensarán los votantes del PP con mascota? ¿Estáis seguros de que desaprobarán (al menos en público) lo que ha dictaminado Sanidad, o se sentirán en la obligación de apoyar al partido “manque pierda”?
 
Yo no estoy seguro. Y no lo digo por decir. Un partido que presume con alevosía de ser el abanderado del “derecho a la vida”, que dice defender a los seres inocentes (e incluye a los espermatozoides en la categoría) y que niega la voluntad de un ser humano que decide no seguir sufriendo (léase eutanasia), resuelve quitarle la vida a un ser vivo (e indefenso) “por precaución”. Joder.
 
Supongo que es obvio que nunca he votado al PP, pero aclaro que tampoco lo he hecho al PSOE, IU, CiU, PNV, UPyD ni a ningún otro partido en mi vida. Opino desde la más absoluta individualidad, para mal o para peor. Si vosotros también podéis hacerlo, enhorabuena, porque no es tan común. Ah, y quede claro igualmente que no soy ni ecologista ni animalista (la palabra es fea, hay que reconocerlo), ni nada, a ser posible, que acabe en ista. Insisto en que no se trata de representar a nada ni a nadie, de defender una doctrina o consigna; es mi conclusión personal de lo que observo y escucho. Opinar no es buscar sitio en el 50% de la opinión general. Lo fabuloso —ingenuo de mí— de opinar es que esa opinión puede tener matices que te asemejen al 99% de las demás tanto como alejarte del 99% de las mismas.
 
A quienes seguís con fidelidad este sitio os pido disculpas, porque me voy a repetir (si no habéis dejado el alioli, espero que tampoco me dejéis a mí por ello). He dicho más de una y de dos y de tres veces que, en vez de obligar a las escuelas a enseñar una religión —que es tan incoherente y retrógrado como el servicio militar obligatorio, que por suerte ya ha desaparecido—, mejor haría el ministerio en cuestión en promover que se enseñe a discrepar, a dialogar y a debatir, a intercambiar puntos de vista enfrentados sin violencia. Sabemos regañar, polemizar, decirle al otro que no tiene ni puta idea y dar puñetazos en la mesa para tener razón. Se nos da de puta madre. Pero eso no es debatir.
 
Tal como lo veo —ingenuo de mí—, ahí es donde empieza una sociedad a fraguarse su capacidad para resolver problemas. Ya celebré aquí, tras leer el libro Todo lo que era sólido, de Antonio Muños Molina, haber encontrado a alguien que abogara por no confundir la opinión con el proselitismo, por tener claro que el pensamiento liberal se basa en la aceptación de la discrepancia, y que contemplara como factible algo tan infrecuente como que se pueda cambiar de opinión de vez en cuando, y que coincidir alguna vez con el punto de vista de alguien opuesto a nosotros en todo lo demás no nos convierte necesariamente en traidores; que podemos compartir gustos literarios con un asesino en serie del mismo modo que podemos discrepar en según qué argumentos con alguien que profesa la misma ideología política.
 
Lo que el mencionado libro retrata y, visto lo recién visto, sigue vigente, es nuestro testarudo empeño en la bipolaridad sin posibilidad de matices (forofismo radical en todos los ámbitos de la vida), la incapacidad para discrepar y aceptar la discrepancia, interpretando ésta siempre como amenaza o signo de enemistad o traición; nuestra veneración ciega y borreguil hacia los políticos y sus partidos, como si ellos fueran los encargados de validar e imponer las opiniones, cuando en realidad deberían ser los depositarios de las nuestras; el hecho de que nos definimos mejor por lo que repudiamos que por lo que apoyamos (somos más antifranquistas que demócratas, y somos de izquierdas, sobre todo, para que no digan que somos de derechas, y cuando discrepamos de algo dicho por alguien de izquierdas nos convertimos automáticamente en fachas, con lo cual terminamos haciéndoles un favor a los verdaderos fachas); nuestra costumbre de dar más importancia a la etiqueta que a la sincera opinión, de confundir templanza con tibieza y creer que la independencia ideológica es imposible; aceptar que los medios de comunicación sean instrumentos descarados de propaganda y afirmar sin rubor (e incluso con jactancia) barbaridades como “para que roben los de siempre, por lo menos que ahora roben estos un poco”; pasar de la utopía de la ciudadanía del mundo al fundamentalismo geográfico sin opción de abstenerse o disentir; nuestro desprecio por la cultura o el conocimiento en beneficio de la charlatanería marrullera y la venta de humo a granel…
 
En fin, que, aunque lo entiendo por lo bien que sienta, no todo es remangarse delante del Twitter y crear el hagstag de turno, #paisdemierda, #vergüenzadepais, #ministradimision… que se queda uno a gusto, no lo niego, aunque en mis preferencias el lema sería #vacunadelebolaya, o algo así, porque más que perder de vista a la ministra (y mira que hay ganas), me urge estar tranquilo, saber que nadie más va a contagiarse, que estamos a salvo. Después, que pague quien tenga que pagar. El problema es que, si pasa mucho tiempo entre una cosa y otra, el votante todo lo olvida y perdona, que a las urnas, que yo sepa, nunca les ha afectado pandemia alguna, ni la gripe A ni la gripe aviar ni la porcina ni el mal de las vacas locas; ni siquiera el aceite de colza.
 
De hecho, y por muy a gusto que me haya quedado después de escribir esto, lo que es servir de algo, pues nada. Y lo digo desde mi más profunda ingenuidad.
 

viernes, 3 de octubre de 2014

La bolsa de los insultos


 
Cada cierto tiempo leemos o vemos en las noticias que un árbitro ha decidido suspender durante unos minutos un partido de fútbol debido a los insultos “racistas” proferidos desde un sector de la grada contra un jugador negro.
 
Comparto la sensibilidad del colegiado ante tales injurias, pero no estoy de acuerdo con su decisión, ya que me parece —seamos honestos— un puro gesto para la galería. Me explicaré antes de que algún internauta empiece a visualizarme ya con el capuchón del Ku Klux Klan sobre mi cabeza.
 
Sinceramente, no creo que esos insultos sean en realidad “racistas”. Infames, deleznables e intolerables, sí, pero también coyunturales e individualizados hacia la persona de ese jugador que defiende los colores del equipo rival. El contenido racial de los mismos obedece a la intención de ofender a ese individuo en concreto, y para ello, como mandan los cánones primitivos del insulto, se arremete contra lo más visible y/o más vulnerable.
 
Por ejemplo, si el jugador que se odia es pelirrojo, seguramente la grada gritará algo como “Zanahorio de mierda”, sin que el colectivo mundial de pelirrojos vaya a sentirse necesariamente aludido (ni, por supuesto, tampoco el de granjeros cultivadores de zanahorias). Lo mismo ocurrirá con calvos (puto pelao), cabezones (cabeza buque), narigones (muerte del loro), orientales (chino de los cojones), bajitos (enano de mierda), feos (cara de culo), etcétera.
 
Cualquiera que haya ido al fútbol alguna vez sabe que el exabrupto desde la grada es, lamentablemente, un deporte tanto o más secundado que el que se practica sobre el césped. Pero nunca he visto que un árbitro suspenda el encuentro al escuchar el clamor de deliciosas estrofas como “Michel, Michel, Michel maricón” (o “Guti, Guti, Guti maricón”) o “Messi (0 Ronaldo, o Simeone o el que sea) muérete”.
 
Nadie hace nada cuando esto ocurre, ni siquiera sale a la palestra alguien pensando que tal vez se trate de insultos homófobos o aun xenófobos. Y ahí está la trampa. Amparar la protesta en grandilocuencias como la xenofobia, la homofobia, el racismo o el machismo. Los insultos, insultos son. Si se ha de sancionar al que grita “negro de mierda”, también habrá que hacerlo con quien espete a los futbolistas infectas vulgaridades como “hijo de la gran puta” o “puto maricón”.
 
Parece por ello injusto que exista un mercado de valores para el insulto, en el cual se cobre más caro el alusivo al color de la piel que el referente a la inteligencia, la orientación sexual, la condición física o la profesión de la madre.
 
A lo mejor es preferible ignorar a los cafres que berrean para no concederles mayor importancia. Lo digo porque los borregos que se dedican a insultar en los estadios son tan lerdos que no parecen darse cuenta de que se contradicen continuamente, y eso, sumado a la bajeza de sus modales, los descalifica por sí mismos. A los aficionados que se meten con un jugador del equipo rival por ser negro, me permito recordarles que es más que probable que el club de sus amores también tenga futbolistas negros en su plantilla. Y esta norma es aplicable a la naturaleza de cualquier insulto.
 
Por ejemplo, en las gradas del Santiago Bernabéu es frecuente escuchar la consigna “Hijos de puta, vascos no” cuando lo visita el Athletic de Bilbao, todo ello a pesar de que sobre el terreno de juego pueda haber jugadores como Alkorta, Karanka, Lasa, Xabi Alonso o Illarramendi (vascos, claro) defendiendo los colores del Real Madrid.
 
Lo mismo sucede en San Mamés, cuando los merengues devuelven la visita y son calificados como “Hijos del puta, españoles”, como si aquello fuese un partido de la Premier League inglesa, o como si Fernando Llorente y Javi Martínez no hubiesen formado parte de la misma selección española que ganó el Campeonato del Mundo con Casillas o Sergio Ramos.
 
Quevedo y Góngora se valían de la poesía para descalificarse, y es verdad que de vez en cuando surgen personajes dispuestos a otorgar cierta dignidad retórica al insulto (véase El Cansino Histórico de Mota, o el antaño emperador de las ondas José María García), pero aquello que se escupe desde el graderío de cualquier estadio, por dañino y abyecto que sea, está más cerca del simple rebuzno que de otros sofisticados mecanismos de misantropía como el apartheid o el nazismo.
 

lunes, 15 de septiembre de 2014

Buravia y amén


 
El 16 de enero de 2012 nacía Buravia, un proyecto personal en el que me embarqué movido por una incertidumbre que a día de hoy se ha clarificado algo pero sigue sin resolverse del todo.
Mi reflexión de partida era la siguiente:
“Será por modestia, por resignación, por pragmatismo o por ansia de notoriedad, pero de lo que no me cabe duda es de que, de ahora en adelante, el número potencial de libros (seguimos llamando libro, de momento, a lo que tenemos en las estanterías de casa con el lomo a la vista y una cresta de polvo por peluquín), es decir, de obras impresas que uno puede proyectar para el futuro, se va a ver necesariamente reducido. Esta circunstancia, que afecta en mayor o menor medida a todos los géneros, se nota de manera especial en el relato o la narrativa breve. Así pues, y aunque tal vez sea una conclusión apresurada, diría que buena parte del futuro de los libros de relatos está aquí, en internet. Más aún: el destino de tales libros es convertirse en otra cosa, en bitácoras, en páginas web, en archivos PDF o ePub, en una variante virtual del soporte físico tradicional, en definitiva”.

Por ello decidí crear un lugar para mis nuevas piezas breves de ficción literaria, una república virtual independiente de éste, mi otro blog, en la cual dichos relatos pasaran a ser ciudadanos “sin papeles”.

Para dotar de mayor dimensión al nuevo proyecto, organicé un evento en la difunta librería Excellence de Barcelona, al que llamamos “Vivir del cuento en el siglo XXI”. Allí nos juntamos cuatro amigos y colegas —aparte de un servidor, participaron Carmen Lafay, Juan Pablo Fuentes y Franco Chiaravalloti— para hablar sobre el género de la narrativa breve y sus innumerables versiones y recipientes. Además de presentar Buravia en sociedad, explicamos las diferencias entre el libro impreso y el ebook, hablamos de las ventajas de tener un blog o una web personal para dar a conocer el trabajo de un escritor, hubo narración oral de cuentos y sorteamos un ejemplar de En3lazados.
Así arrancaba una aventura literaria a la que yo me empeñé en bautizar con términos como “libro on line”, “libro virtual por entregas”, “libroblog” y similares. Mi intención era remarcar el hecho de que la única diferencia entre un internauta y un lector es que cada palabra se escribe de manera distinta. Es decir, un blog que se abastece exclusivamente de cuentos es idéntico a un libro editado en cuyas páginas se han impreso esos mismos cuentos.  Aunque estoy más que satisfecho con la acogida y el seguimiento que ha tenido Buravia, creo que este último objetivo no se ha cumplido. Ahora estoy casi del todo convencido de que el público considera que los blogs y los ebooks son categorías independientes, e imagino que la actitud a la hora de leer unos u otros habrá de ser, por tanto, también diferente.

Así pues, llegados a la meritoria y siempre simbólica cifra de 100, creo que toca celebrar el fin de fiesta y empezar a pensar en otros embolados narrativos de cara al futuro. Eso sí, aunque mi intención de consolidar la expresión libroblog no haya cuajado, me permito recordar a la ciberaudiencia que Buravia no es un blog ligado a la actualidad, y que, por tanto, la primera entrada publicada hace dos años y medio es tan vigente y disfrutable como la última que ha visto la luz esta misma semana. O sea que, de momento, Buravia no va a desparecer del espacio internauta. Lo tendréis siempre ahí, a vuestra disposición. Me da igual ya si lo consideráis o no un libro (pensad, de todas formas, cuántas antologías con un centenar de relatos tenéis en vuestra biblioteca; seguro que no son tantas); tan sólo recordad que existe y que no caduca (esto último, en todo caso, lo decidirán mi pudor o mi vergüenza llegado el momento).
Gracias por haber visitado Buravia durante estos más de 30 meses. Nos seguimos viendo por aquí o por allá.

 

P.D. El título de esta entrada, con permiso de Paco León.

jueves, 21 de agosto de 2014

Buen rollo y cine de verano



 
Ya os habréis fijado en que, últimamente, la publicidad de algunas películas va acompañada del término feel-good movie (y dale anglicismos por la patilla), que viene siendo eso más coloquial de “peli de buen rollo”. Obras así han existido toda la vida, y de hecho acostumbran a ser bien recibidas por el público (no tanto por la crítica ni por la cinefilia más ceñuda), que las premia en los festivales y las mantiene durante meses en las carteleras a base del marketing alternativo conocido como boca-oreja. Pensad en Los chicos del coro, en Full Monty, en El hijo de la novia; o, más recientemente, en Intocable o en Ocho apellidos vascos.

Pese a que no hablemos, por tanto, de un fenómeno extraño o novedoso, da la impresión de que estos tiempos de convulsión financiera y telediarios apocalípticos han incrementado la demanda de buenrollismo en pantalla. El ejercicio de evasión que supone acudir a una sala de cine se ha convertido para mucha gente en un intento literal de escapatoria de la realidad. No se trata tan sólo de disfrutar con una historia que te atrape o te mantenga intrigado. Lo que buena parte de la audiencia reclama hoy por hoy es que esas historias, además de evasivas, sean por encima de todo lúdicas y desengrasantes; fuera tragedias, horrores y truculencias. Y aunque en mi caso nada ha cambiado y sigo disfrutando de todos los géneros y propuestas, no puedo negar que el número de personas a mi alrededor que se han abonado en exclusiva al modelo feel-good movie ha crecido de forma considerable.

Con ese deseo de alegrar y contagiar buena onda se estrenó Amanece en Edimburgo (Dexter Fletcher, 2013), un musical atípico y a la vez resultón, cuyo punto flaco de cara a su comercialidad era la ausencia de espectacularidad y de pompa hollywoodiense. Una película amena que nadaba entre la orilla de la honestidad típica del cine independiente británico y la simpática desfachatez que ya probara el cine español con El otro lado de la cama (Emilio Martínez Lázaro, 2002) y su secuela, incluido ese reparto en el que se alternan los actores que cantan con los que dan el cante. Quizá demasiado naif y azucarada en su intento de ondear la bandera del buen rollo, pero sólo por la música de The Proclaimers y la interpretación de Peter Mullan ya merece la pena el intento.
 

Mucho más inspirada, hasta el punto de ser la mejor sorpresa del verano cinematográfico, es Begin Again, donde su director, John Carney, sin abandonar la fórmula de su anterior y exitosa Once, cruza el charco y traslada a Nueva York lo que tan bien le funcionó en Dublín. La música como banda sonora, pero también como argumento y como medio de vida, como negocio y como forma de expresión. Porque en Begin Again, como en su pariente no tan lejana The Commitments (Alan Parker, 1991), la música está integrada en la lógica narrativa de la historia y no supone (como en los musicales clásicos al estilo Broadway) una ruptura de los cánones de la realidad. Las canciones se interpretan en un bar o en un concierto, en un ensayo o en la ducha, o bien son escuchadas en la radio o en un reproductor MP3. Pero esto no quiere decir que Carney carezca de sutileza o de sentido poético. Secuencias como la del productor imaginando los arreglos o la conversación sobre cómo la música puede manipular la banalidad hasta convertirla en emoción son una muestra del talento de este director irlandés para llegar al corazón por la vía de la sencillez. Carney sigue apostando además por los buenos sentimientos antes que por los buenos resultados, y eso se nota tanto en la manera de contarnos la relación entre padre e hija como en el desarrollo de la amistad entre la pareja protagonista. Números musicales con fuerza, como el del callejón con los chavales o el de la terraza, y una mirada optimista a la transformación del negocio musical en relación con los nuevos canales y tecnologías de la comunicación. Buen rollo con naturalidad y sin peligro para los diabéticos. El reparto se gana el sueldo, en especial un Mark Ruffalo espléndido como casi siempre, y cuyo trabajo, me temo, no será reconocido como se merece (por mucho menos a algunos los han nominado al Oscar, y hasta se lo han dado).
 


Y rozando los estertores de este verano que en realidad ya nació muerto (vaya tiempo de mierda) ha llegado #Chef, de Jon Favreau, quien, tras llenarse los bolsillos con su cachonda visión del superhéroe Iron Man (y patinar con la estrafalaria Cowboys & Aliens; ¿a quién se le ocurre?), le pone un par de alforjazas y se planta delante y detrás de la cámara para, en cierto modo, regresar a sus orígenes indies. Digo en cierto modo porque, como listo que es y bien relacionado que está, se rodea en su nueva película de rostros y presencias que, sin eclipsar a su personaje, otorgan a los secundarios una categoría superior a la media. Dustin Hoffman le pone carisma y solvencia, Scarlett Johanson encanto y sensualidad, John Leguizamo campechanería y salsa picante, Oliver Platt arrogancia y cinismo, Robert Downey Jr. le pone Robert Downey Jr. (un cameo socarrón y canallesco, marca de la casa) y Sofía Vergara intenta cubrir con su voluptuosidad latina los límites de su registro interpretativo. Todo bien cocido y condimentado para ser degustado en una comida familiar, igual que en las recetas del chef que da título a la historia, aunque no sea ésta en realidad una película sobre la gastronomía, sino más bien sobre la tecnología. Y digo bien. Las redes sociales y el poder (a veces involuntario) que conceden tanto para encumbrar como para destruir al prójimo son el tema principal, por encima de los fogones y las recetas. Y luego está la fiebre por salir retratado en la red, por hacerse un selfie o contarlo todo a cada instante… Si La red social (David Fincher, 2010) trataba sobre Facebook, se puede decir que #Chef trata sobre Twitter (fijaos en la almohadilla del título; no es casualidad). Más o menos una mezcla entre Ratatouille (Brad Bird, 2007), Fuera de carta (Nacho G. Velilla, 2008) y La camioneta (Stephen Frears, 1996), sin riesgos dramáticos y quizá excesiva en su afán buenrollista, pero al tiempo agradable y luminosa, entretenida y con un niño espabilado que, por una vez (aleluya), no es repelente.

Ahora espero con gran expectativa el estreno de El niño, de Daniel Monzón, que desde luego no será una feel-good movie. Pero no os preocupéis, porque el peatón cinéfago seguirá alimentándose de dulce, amargo, salado o ácido, y a la que detecte material buenrollero digno de mención, os mantendrá informados.

De nada.

martes, 22 de julio de 2014

Más trabajos que libros


Foto: Joel Robison
 
El periodismo ha cambiado mucho en los últimos años, ya lo sabemos todos. No obstante, supongo que en las facultades de Ciencias de la Información se sigue enseñando eso de que noticiable es sinónimo de novedoso, infrecuente o extraordinario. Lo obvio, lo previsible y lo rutinario no deberían ser materia prima para las noticias, y por ello me ha llamado la atención el artículo que ha salido publicado en La Vanguardia hace unos días, titulado “Escritores pluriempleados”.
En dicha información se afirma que “La crisis de la industria editorial ha obligado a muchos escritores a buscar trabajos alternativos para sustentarse mientras cuecen sus obras”. No es que sea mentira. Lo que ocurre es que la causa de ello no es coyuntural; no es la crisis económica que arrastramos desde hace poco más de un lustro ni tampoco la crisis específica del negocio editorial.

Seamos sinceros: desde siempre, lo inusual es que un escritor pueda vivir exclusivamente de lo que escribe. Y concreto aún más: con “vivir de la escritura” me refiero a que su única o, como mínimo, su mayor fuente de ingresos provenga de los derechos cobrados por la venta de sus libros.
La verdadera definición de vivir de la escritura es la que contempla a alguien que para permitirse ejercer su oficio favorito tiene que garantizarse primero al menos otro empleo cuya nómina cubra los gastos básicos de cualquier mortal que no viva debajo de un puente o de okupa.

Dentro de esto, claro, hay distintos niveles. Es verdad que hay unos pocos (menos de los que os pensáis) que sí pueden mantenerse a base de lo que generan sus obras. Pero esta condición no se adquiere de golpe, sino que acostumbra a ser el producto de varios años acumulando superventas o premios o ventas de derechos. Y a veces ni eso basta.
Valga el ejemplo de Juan José Millás, que, según cuenta en su libro autobiográfico El mundo, trabajó hasta los 42 años en el departamento de marketing de Iberia, incluso habiendo ganado nada menos que el premio Nadal dos años antes. El autor valenciano dejó su empleo en la aerolínea para dedicarse de lleno a la literatura, pero no nos engañemos: Millás es periodista y escribe regularmente en El País. Con el tiempo ha ganado muchos más premios y puede que desde hace algunos años su labor periodística responda más al placer que a la manutención. Bien. Pero hablamos de un señor que pasa ya de los sesenta.

Lo señalo porque el artículo al que me he referido al principio utiliza como ejemplo a Matías Candeira, escritor nacido en 1984 que trabaja como profesor en una escuela de escritura y que además disfruta de una beca de creación literaria de la Fundación Han Nefkens. Gracias a ello, el autor de La soledad de los ventrílocuos ha podido dejar sus empleos adicionales o de “supervivencia” para poder dedicarse durante un año completo en exclusiva a la escritura. Y es aquí donde está lo excepcional. Es decir, lo que escasea son las becas y las ayudas. Pero lo de tener que currar en lo que sea es, aunque no nos guste, la norma.
Cuentan que Faulkner fingió ser un mutilado de guerra para lograr empleos de guardarropa, regidor de teatro, cartero y calderero. Raymond Chandler publicó su primera novela con 51 años y sólo al jubilarse decidió apuntarse a un curso de escritura por correspondencia. George Orwell trabajó de policía, de lavaplatos, en una escuela privada… y todo eso después de haber vivido literalmente en la calle. Jack London fue repartidor de periódicos, además de trabajar en una fábrica de conservas, de hacer de fogonero, de cazador de focas, de buscador de oro y de mozo de maletas. Kafka fue agente de seguros y no vivió para ver su obra publicada, como John Kennedy Toole y tantos otros…

No creo que haya habido en la historia de la literatura un autor que viviera exclusivamente de su oficio antes de cumplir los cuarenta. Y aún me quedaré corto. De hecho, la aspiración más realista del escritor contemporáneo sería la de intentar que esos trabajos satélite o aledaños a su ocupación vocacional estén relacionados en la máxima medida con la literatura, la escritura o la creatividad. Esto es, un trabajo acomodado más o menos a nuestras inquietudes o habilidades creativas y que sea lo más agradecido posible en el apartado de la dedicación, con el fin de que nos deje el tiempo libre necesario para compaginarlo con la producción de nuestra obra literaria.
Profesores, académicos, periodistas, publicistas, comunicadores, conferenciantes… Por ahí van los tiros. Luego, por supuesto, está la opción de agarrarse a lo que sea para no morirse de hambre, pero aquí me temo —ay— que también el escritor gusta a menudo de ponerle fábula al asunto. Por supuesto que, como dice el artículo de La Vanguardia, hay escritores que tienen que trabajar de “camareros y lo que haga falta”; de acuerdo, pero eso es el reflejo de una realidad que afecta a todos los ámbitos y oficios, y en especial si hablamos de gente que ni siquiera pasa de los treinta. Lo diré de otra forma: jamás se me ha ocurrido sugerir que en el texto biográfico de la solapa de cualquiera de mis libros figure que trabajé tres años limpiando oficinas y recogiendo basura en una fábrica. A lo mejor queda bien para resaltar la idea del autor hecho a sí mismo y para ponerle un poco de épica al inicio de nuestra carrera en el mundo de las letras, pero también estaríamos desviando la atención de lo que, a mi parecer, es el verdadero problema de todo este tinglado: el desproporcionadamente injusto reparto de los derechos de autor.

jueves, 3 de julio de 2014

De la primera impresión y otras falacias

Esto ya lo sabía yo… A mí nunca me engañó… El primer día que lo vi ya lo calé… Os suena, ¿verdad? Por supuesto; menudos somos todos, a nosotros nos la van a dar.
 
(Pausa para risas enlatadas, como en las telecomedias)
 
Venga ya. ¿Qué nos creemos? Admitamos que conocer a alguien no es tan fácil. Es más: lo bueno es que no sea fácil. No pasa nada porque esa persona que nos cayó tan mal cuando nos la presentaron nos parezca ahora encantadora. No es delito que uno tenga que reconocer que se equivocó cuando tildó a alguien de aburrido o tacaño. Es humano y comprensible que después de treinta y siete chistes aquel tipo tan simpático empiece a parecernos un coñazo. Y no digo nada sobre lo que pensarán de nosotros los demás. Bueno, sí lo digo, pero vamos por partes.
 
 
 
 
Y tú quién eres
 
Cuando vamos a cualquier sitio de parte de alguien, lo fundamental es estar absolutamente seguros de que ese “alguien” es en realidad una persona de confianza.
Sé que es tentador sentirse distinguido o privilegiado. A todos nos fastidian los enchufados... siempre y cuando sean otros, claro. Si es a nosotros a quienes nos hacen el favor, en ningún momento nos paramos a pensar que tal vez estamos perjudicando a un tercero que lleva más tiempo esperando su turno o que necesita mucho más el descuento o la prebenda.
 
Reconocida esta debilidad del ego, conviene andarse con cuidado, pues la tentación del privilegio nos lleva a veces a convertirnos en el recomendado de personas a las que apenas conocemos y que, probablemente, obren movidas por idéntico influjo de su vanidad: también ellos se sienten importantes diciéndonos “Di que vas de mi parte” o “Di que eres amigo mío”.
 
En cierta ocasión, alguien me instó a sacar mis billetes de avión en una agencia de viajes donde al parecer lo conocían y la sola mención de su nombre era sinónimo de trato preferencial. En efecto fui a dicha agencia, convencido de que sacaría alguna ventaja. Nada más aclarar que iba de parte de aquel señor, la cara del hombre de la agencia me reveló ya que lo mismo podría haberle dicho que iba de parte de Harry Potter o de Paquirrín.
 
No dudo de que mi supuesto mentor y el tipo de la agencia se conocieran, pero lo que era evidente es que su relación no era tan estrecha como para ejercer influencia alguna. Como el agente de viajes era un profesional, se esforzó en sonreír y responderme “Ah, sí” (que era como decir “Ah, sí, es el fantasma de mi cuñado”, o “Ah, sí, el pesao aquél que estudió conmigo”, o incluso “Ah, sí, el novio de una vecina mía al que, por cierto, todavía no conozco en persona”).
 
Me aseguró que me había buscado la mejor oferta y yo me sentí obligado a creerle, pese a que, desde luego, no era ninguna ganga (y no afirmo con ello que lo hiciese a mala leche; seguramente no tenía ni capacidad ni poder para ofrecerme nada mejor).
 
Esto me hace pensar en lo poco que en realidad sabemos acerca de la impresión que causamos en los demás. Tal vez quien me mandó a aquella agencia no lo hizo tan sólo por el deseo de fingir que era un individuo influyente. Quizá creía de verdad que el otro tipo lo apreciaba o aun lo admiraba. Puede que sólo coincidieran en una ocasión, durante una boda o una cena de amigos comunes; a lo mejor se conocían superficialmente por haber trabajado en la misma empresa o compartir escalera de vecinos. Y eso, aunque no sea demasiado, nos basta a menudo para hacernos impresiones sobre otras personas y, al mismo tiempo, deducir lo que éstas pensarán de nosotros; si caemos mal o bien, si entablaríamos una relación más estrecha o no, si le gustamos o le atraemos sexualmente a alguien, si le prestaríamos dinero o no le daríamos ni las buenas tardes, si su amabilidad es genuina o busca algo a cambio, si los encantadores modales ocultan a un futuro gorrón o pelmazo, si tal o cual persona ha tenido un pasado turbio o difícil, si es un espía encubierto o si guarda millones debajo de un ladrillo aunque va de humilde por la vida... En fin, parece mentira, pero la de cosas que nos atrevemos a extraer de la gente con sólo intercambiar un par de minutos en un descansillo o compartir un fugaz trayecto en ascensor.
 
 
 
 
¿Que una imagen vale más que qué?
 
Por cuarta o quinta vez, un poder incontrolable me había obligado a girar el cuello en dirección a donde estaba aquella desconocida. Yo seguía fingiendo que me interesaba la conversación de mis amigos, aunque mi atención ya tenía una dueña difícil de vencer.
Nunca he creído en los moldes ni en los estereotipos de cuestionario de revista, y aun así la chica tenía todos los números para convertirse en lo más parecido a un patrón de mujer ideal que yo pudiera imaginar.
 
Un prodigio de compensación. Turgencia y belleza, presencia y dulzura. Incluso desde la distancia (unos quince metros nos separaban; yo, arrimado a la barra junto a mis colegas de bebercio; ella, balanceándose copa en mano al ritmo de la música, a la entrada del exiguo pasillo que daba acceso a los baños).
 
Idéntica nota para el vestuario. Matrícula de honor. Insinuante, sugerente, calculado con inteligencia para disfrutar tanto de lo que ocultaba como de lo que generosamente dejaba a la vista. Tener aquella imagen ante los ojos y no hacer nada hubiera sido un crimen imperdonable. Tenía que acercarme, decirle algo, intentarlo.
 
Dejé a mis amigos con sus bocas repletas de senos y culos quiméricos para embarcarme en la aventura hacia el cuerpo perfecto y real. Ella parecía absorta en su tímido bailoteo, y sólo cuando me tuvo a un metro reparó en que tenía ante sí a un chorlito hipnotizado.
 
Llegó el momento. Me tomé unos segundos antes de articular palabra para recrearme en la estampa. En efecto: las palabras sobraban. La imagen, idílica, sublime, hablaba por sí sola. Sabiduría popular.

“¿Cómo te llamas?”, pregunté por fin.
“¿Cualo?”, me contestó, a voz en grito (la música en los bares, ya se sabe).
“Esto... que si quieres que te invite a una copa”.
“Me se ocurre de que sí”, dijo, y volviéndose hacia su izquierda, le espetó a otra chica: “Chochooo, que me abro con éste” (nuevamente a gritos, claro, aunque en realidad la música no estaba tan alta).
 
No fueron mil palabras, sino trece. Pero ya daba igual. Con la excusa de avisar a mis amigos, di media vuelta y escapé como pude hasta la salida.
 
Sabiduría popular. Los cojones.
 
 
 
 
Piensa mal… y mejor se lo cuentas a otro
 
El ejemplo anterior es sólo uno entre mil millones. Refranes, latiguillos, topicazos, lugares comunes y eslóganes de andar por casa, servidos de lunes a domingo y acompañados con guarnición de berrido castrense o puñetazo en la mesa. ¡Tscht! (Chasquido de lengua, que también queda divino como apostilla.)
 
Y es que, a mayor negatividad, mayor jactancia. Como si la crispación, la indignación o el desdén dotaran a nuestros argumentos de más credibilidad. En una discusión cualquiera, “Vaya puta mierda” o “Ese es un gilipollas” cotizan al alza respecto a los más templados y flexibles “A mí no me ha gustado” o “Creo que se equivoca”.
 
Me da que ese afán por reducir la complejidad de las opiniones e impedir cualquier posibilidad de debate a base de hachazos dialécticos es algo así como el parapeto favorito de los ignorantes. Como no voy a ser capaz de argumentar mi opinión y como, además, mi opinión no es realmente mi opinión, sino la que me viene impuesta por el político-periodista-sacerdote-gurú-charlatán de turno (lo que se traduce en que sé el resultado de la fórmula, pero no su planteamiento y desarrollo), tiro de refrán o chascarrillo y se acabó la fiesta. ¡Tscht! (Latigazo de lengua para el latiguillo lingüístico, no lo olvidemos.)
 
O sea, que para discutir estamos. Con los taxistas, los peluqueros y los porteros de fincas ya me cuidaba de no avivar el debate, pero este virus del tertuliano histriónico que se respira ahora en cualquier sitio va a acabar con el sentido del humor y la salud universal. Aunque, bien pensado, tampoco es que nos venga de nuevas. Si hay un refrán que se viene repitiendo desde los tiempos en que lo más parecido al diccionario de la Real Academia era dar una colleja o dibujar un bisonte en una pared, es aquél que afirma eso de “Piensa mal, y acertarás”.
 
Me consta que mucha gente promulga dicha sentencia como si fuera palabra divina. Por lo que a mí respecta, me suena más bien a discurso de amargados, refunfuñones, tocacojones, huraños y misántropos incurables.
 
Me encajaría como el mantra de la comunidad masoquista internacional, o como la consigna fundamental del libro de estilo de la difunta Intereconomía, o como el eslogan del congreso anual de hipocondríacos, o incluso como el as en la manga de los soberbios que nunca están dispuestos a reconocer el tan humano defecto de la equivocación.
 
Una dosis de escepticismo en la vida viene bien; es sano y recomendable para nuestra inteligencia. Innumerables individuos e instituciones se han ganado a la fuerza nuestra desconfianza crónica, o al menos nuestro derecho a la cautela y también al pataleo; faltaría más.
 
Pero debe de resultar muy poco práctico ir por la vida desconfiando de todo y de todos, aplicando presunción de culpabilidad a diestro y siniestro, aguando fiestas a discreción y jugando al profeta del Apocalipsis a jornada completa.
 
Son compatibles, desde mi punto de vista, los defectos de la personalidad con las virtudes de las acciones. Tipos despreciables pueden protagonizar sucesos admirables, del mismo modo que personas intachables se desmarcan a veces con errores imperdonables.
 
Podemos amar a la misma mujer que otro tipo al que consideramos un cretino, y podemos usar la misma colonia que un asesino en serie o compartir creencias religiosas con un dictador. Tal vez nuestra canción favorita sea la misma que la del mal nacido que nos robó la novia, o puede que seamos socios del mismo club de fútbol que un terrorista, o que le pongamos a nuestro hijo el mismo nombre que el de ese periodista cotilla al que insultamos cada vez que aparece en la pantalla del televisor. Imaginad que habéis estudiado lo mismo que el árbitro que le fastidió la Liga a vuestro equipo, o que cuando salís por ahí bebéis lo mismo que Bush, o que vuestro grupo sanguíneo coincide con el de Bárcenas, o que compráis la fruta en la misma tienda que un pederasta.
 
Si de verdad la primera impresión fuese infalible, si pensar mal fuera siempre sinónimo de acierto, si con sólo mirar a alguien durante cinco segundos supiéramos con certeza si nos conviene arrimarnos o alejarnos, entonces no existirían los divorcios ni las decepciones, tampoco las traiciones y los desengaños, viviríamos en un mundo de sabios clarividentes… vaya puta mierda… perdón, quiero decir, qué aburrido.