martes, 12 de noviembre de 2013

Paseo por la cartelera (17)


 
Prisioneros, de Denis Villeneuve ****
Tras el éxito de Incendies (nominación al Oscar incluida), el director canadiense se estrena en Hollywood de la mejor manera posible: aprovecha los recursos que le ponen a su alcance y, al mismo tiempo, conserva un cierto espíritu de autor o como mínimo de cine no contaminado por las consignas del gran consumo. Viendo Prisioneros nos podemos acordar del Ben Affleck de Adiós, pequeña, adiós, o del Clint Eastwood de Mystic River, o del David Fincher de Zodiac, si bien la película de Villeneuve posee su propia personalidad y termina emergiendo por encima de posibles (e ilustres) referencias.
Una historia dura que no le da la espalda a lo más sórdido y a la vez no abusa de lo explícitamente truculento. Villeneuve es virtuoso, pero no exhibicionista. Filma con calma y con pulso, sin un café de más pero sin perder tampoco el sentido del ritmo. Sabe sacar partido de un coche aparcado o de un árbol frente a una casa para crear misterio. También me parece ejemplar la manera de presentarnos a los protagonistas: un padrenuestro previo a un disparo, la espalda de alguien que cena solo en una cafetería vulgar el Día de Acción de Gracias, un gesto estremecedor y al tiempo esclarecedor mientras se pasea un perro… Porque la baza principal de Prisioneros está en un diseño de personajes que se esfuerzan en rehuir el maniqueísmo y van ganando en complejidad y ambigüedad a medida que avanza la trama. Tanto es así, que (al igual que en la mencionada Zodiac, o en la más reciente La mejor oferta, de Giuseppe Tornatore) en el balance dramático parece pesar más el destino de los personajes que la propia resolución de la trama.
Hugh Jackman, Paul Dano, Melissa Leo, Maria Bello y Terrence Howard se ganan su sueldo con creces, pero por encima de ellos destaca Jake Gyllenhaal poniendo cuerpo, voz y algún que otro tic al poli de la función, en un rol no apto para amantes del estereotipo. Jackman y él huelen a premio, aunque todo parece indicar que el triunfador de este año será Matthew McConaughey, que no para de acumular boletos para la rifa del tío Oscar (Magic Mike, El chico del periódico, Mud, Dallas Buyers Club, El lobo de Wall Street…).
Una de las mejores películas del año.

 

Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba *** 
Hace años no lo hubiera imaginado, pero ahora no tengo más remedio que afirmarlo sin ambages: me gusta más el cine de David Trueba que el de su hermano Fernando. Éste tuvo su época de esplendor, que culminó con el Oscar ganado con Belle Époque en 1994. Pero un día su cine se volvió no sé si más serio o más ambicioso, pareció dejar de lado la comedia pura y dura (su mejor registro) y se especializó en documentales y otros proyectos menos desenfadados. Y eso que su última obra hasta la fecha, El artista y la modelo, pese a ser un drama con el aroma cultureta de un fan confeso de la nouvelle vague (y que, por tanto, hacía temer lo peor), me pareció una película bonita y emotiva.
Con el tiempo, el hermano pequeño ha ido sumando trabajos y engordando el currículum hasta convertirse para este peatón en un autor preferente, y no sólo en lo que al séptimo arte se refiere (ahí están también sus series de televisión, como ¿Qué fue de Jorge Sanz?, o sus novelas, como Saber perder). De entrada, como guionista, el menor de los Trueba ya contaba con buenas referencias; suyos son los textos de Amo tu cama rica y Los peores años de nuestra vida (dos estupendas comedias de Emilio Martínez-Lázaro), de la incomprendida Perdita Durango (España aún no estaba preparada para lo tuyo, don Álex de la Iglesia) o de La niña de tus ojos (en mi opinión, la mejor película de su hermano Fernando). Como director, David Trueba sólo ha acusado un cierto bajón creativo en Bienvenido a casa, pero el resto de su filmografía es tan variada como estimulante: La buena vida, Obra maestra, Soldados de Salamina, La silla de Fernando, Madrid 1987 y, ahora, Vivir es fácil con los ojos cerrados.
Con un equilibrio perfecto entre la comedia y el melodrama (y también con un ejemplar manejo de los niveles de azúcar; allí donde Albert Espinosa habría cocinado un producto empalagoso, Trueba mide mucho mejor las dosis para transmitir buen rollo sin embotar nuestro cerebro a base de edulcorante de destrucción masiva), la película viene a ser una road movie que va más allá del obvio paralelismo entre el trayecto geográfico y el curso vital de los personajes, para convertirse en una invitación directa a sumarse al viaje (Antonio —profesor de inglés que quiere conocer en persona a John Lennon, quien está rodando en Almería Cómo gané la guerra, de Richard Lester— recogerá a dos jóvenes autoestopistas que le harán compañía en esta pequeña aventura). El mimo con que Trueba perfila a sus criaturas hace que enseguida se meta uno en su peripecia y disfrute y padezca con ellos, con ese profesor fan de los Beatles en el que Javier Cámara entra sin calzador (como hubieran encajado en su momento Landa o Resines), con esa encantadora joven embarazada y con ese adolescente más desconcertado que rebelde. Todos ellos poniendo una nota de optimismo, esperanza y luminosidad en una época en la que todo, hasta el televisor, se arreglaba a tortazos. Película de buenas intenciones y tono amable que, no obstante, transmite igualmente la imposibilidad de vencer a la injustica tan sólo a base de buen corazón. Las escenas del enfrentamiento entre Javier Cámara y el lugareño bravucón vienen a demostrar que el idealismo, más que para cambiar el mundo, sirve principalmente para sentirnos mejor dentro de su imperfección.  
El trío protagonista ocupa casi todo el metraje y el interés, pero hay secundarios de primera, como el tabernero emigrante al que da vida un campechano y socarrón Ramón Fontseré, o el padre gris (y aquí también hay doble sentido) que interpreta Jorge Sanz. Y, por supuesto, Lennon; sin él no existiría esta película.
 
 

Séptimo, de Patxi Amezcua **
Una trama de misterio con niños de por medio, un actor carismático y brillante como protagonista absoluto y una duración generosa con la paciencia y con la vejiga del espectador. Tampoco hace falta mucho más para cumplir un objetivo básico del público: la evasión, el entretenimiento sin demanda de contraprestación. La sola presencia de Darín basta para que te interese lo que le pasa, pues es uno de esos actores con los que el respetable empatiza incluso cuando su personaje no es cien por cien limpio, como aquí ocurre. Con la solvencia y la naturalidad que le caracterizan, el actor argentino se echa a los hombros la historia y te la meriendas entera sin esfuerzo. Hasta ahí, la película funciona. 
Su principal debilidad, sin embargo, está en el planteamiento de la intriga. Es decir, en considerar como giro sorpresa lo que tal vez debería haberse empleado como simple macguffin. De otra manera: la película habría funcionado mejor según las leyes del suspense de Hitchcock, informando al espectador desde el inicio para que sepa quién es el culpable, y de este modo centrar el interés y la tensión en la angustia del protagonista, en saber cómo saldrá del atolladero y no en generar una expectativa que resulta insuficiente una vez desvelada.
La premisa inicial recuerda algo a Frenético (Roman Polanski), y al igual que le sucedía a ésta, el ritmo y el desasosiego transmitidos durante los dos primeros tercios se desinflan a partir del instante en que se empiezan a dar las explicaciones y el misterio comienza a desentrañarse.
Aunque es una opción tan lícita como cualquier otra, Amezcua tampoco tensa demasiado la cuerda y de algún modo desaprovecha la oportunidad de introducir alguna dosis mayor de peligro, perversidad o crueldad; no se trata de ir tan allá como Balagueró en la inquietante Mientras duermes (con la que Séptimo comparte la escalera de vecinos como escenario casi único de la función), pero sí de haber dotado a su relato de una atmósfera más oscura.
 
 

Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn *
 
Una de la sorpresas del 2011 fue Drive, la anterior película de este director danés, cuyo cine hasta aquel momento estaba limitado a festivales y reductos filmotequeros alternativos. Viendo su nuevo trabajo, uno comprueba con decepción que Drive no marcaba un cambio de registro, sino una excepción. Porque Sólo Dios perdona es el paradigma de ese cine antipático y pretencioso que algunos (pelmazos) reivindican como el único y verdadero. No es por nada, pero casi parece que el director se haya leído mis decálogos para cinéfilos despistados (Uno y Dos) y haya hecho esta película sólo para joder. Densa, espesa, afectada, retórica, pedante, solemne, todo lo que queráis y más. Y aburrida. Un adoquín. Y, en el fondo, la cosa no va más allá de una peli de Charles Bronson o Chuck Norris o Van Damme, pero con ínfulas de explicar el sentido de la vida. No es tan difícil. Basta con que los asesinos se muevan como si estuvieran haciendo tai-chi o interpretando una pieza de ballet, que los diálogos sean escasos y puramente funcionales (cuando no directamente vacuos), que entre pregunta y respuesta o réplica y contrarréplica dé tiempo a ir a mear y volver, que los personajes se muevan como robots y cuando hablen —con voz gutural o en susurro agónico aunque sea para pedir un café— miren al infinito y no a la cara de su interlocutor… En fin, tics consabidos y artificios manieristas para dar pompa a lo simple: actores desperdiciados por convertirlos en maniquíes hieráticos y pasmados, diálogos afectados y gente que se ríe menos que Enrique Bunbury, una puesta en escena donde se nota que cada objeto, cada postura de un brazo, una pierna, un culo o una cabeza está medida, calculada, esto es, una sensación de escaparate más que de escenario.
Una lástima, porque Drive (que tampoco era para todos los públicos) remitía al estilo de las primeras películas de los Coen o Tarantino, pero en Sólo Dios perdona Winding Refn parece más bien Aki Kaurismaki con migraña o Takeshi Kitano el día que se dejó el sentido del humor olvidado en el cajón de la mesilla.
Si yo fuera Dios, desde luego que no te perdonaba, Nicolas, por plasta.
 
 

El camino de vuelta, de Nat Faxon y Jim Rash **
 
Hay un tipo de película que resulta difícil de catalogar en el bando de la comedia o del drama. Se trata de contarnos las más o menos pequeñas odiseas cotidianas de unos personajes que no tienen nada de heroico pero sí de familiar para cualquier espectador. Adolescentes confusos, jubilados rebeldes, oficinistas melancólicos, frustrados aspirantes a artistas, peterpanes grotescos, desengañados crónicos… Y casi siempre rodeados todos ellos de una fauna de excéntricos secundarios que, por lo general, son los que terminan inclinando la balanza del lado de las risas o de las lágrimas (abuelos enrollados, jefes esperpénticos, viudas alegres, colegas gamberros, borrachines filósofos, sabios de barra de bar, amigotes salidos, bellezones sin cerebro, profesores fumetas…). Con este material, se puede tirar por el lado de la sátira y el desenfado (como en Pequeña Miss Sunshine), o tal vez por la senda de lo retorcido y lo cruel (como Todd Solondz, autor de las interesantes aunque incómodas Happiness, Cosas que no se olvidan, Bienvenidos a la casa de muñecas y Palíndromos). Hay, claro, una tercera opción, y es la que hemos empezado mencionando. El término medio. Directores como Alexander Payne (A propósito de Schmidt, Entre copas, Los descendientes) o Jason Reitman (Juno, Up in the air, Young adult) lo cultivan a la perfección (al igual que otros cineastas de por aquí, como David Trueba o Daniel Sánchez-Arévalo). Más recientemente hemos tenido dos buenos ejemplos con El lado bueno de las cosas (David O. Russell) y Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky). En esta liga juega El camino de vuelta, y su materia prima, a priori, prometía (sus directores son los guionistas de Los descendientes, y en su reparto hay nombres de garantía como Steve Carell, Toni Collette, Sam Rockwell y Allison Janney).
 
Y no es que el resultado sea malo. La película es amena, agradable, y en algunos momentos divertida, pero acusa también una cierta sensación de repetición o de imitación de algo que ya hemos visto hecho por autores más inspirados. Será porque los elementos destinados a romper la monotonía no acaban de funcionar. Es decir, parece que la película se esfuerza a veces en querer ser más cínica o iconoclasta de lo que en realidad es, y por ello el personaje de Sam Rockwell pasa de lo atractivo a lo excesivo, o el encargado de la caseta del parque acuático parece un préstamo de otra película (de Wes Anderson o de Gregg Mottola), e incluso los gags más extremos (como el de la madre discutiendo con su hijo estrábico) chirrían un poco en un contexto que funciona mejor en lo amable que en lo transgresor.
Aprueba con nota, aunque deja la duda de si en manos de otro director estos personajes habrían soltado un jugo más sabroso.  

 

La mirada del amor, de Arie Posin **
 
Tiene esta película un aroma a otros tiempos, a aquellos en los que el único efecto especial posible era la gestualidad y la voz de los buenos actores. Por eso me temo que su extrema sencillez, su tempo reposado y el hecho de que sus protagonistas anden por la sexta o la séptima década de sus vidas no la hacen recomendable para la mayor parte de los espectadores que pueblan las salas cada fin de semana (el público de los días laborables es diferente, e incluso la media de edad sube de forma considerable). Hay dos elementos que hacen interesante esta obra: una premisa de partida tan chocante como estimulante, y un reparto encabezado por Ed Harris y Annette Bening, y bien secundado por un Robin Williams que parece cansado de viejos histrionismos. Poco más, esa es la verdad, pero en mi caso suficiente para aguantar hasta el final. Además, agradezco que de vez en cuando los protagonistas de una historia romántica no sean veinteañeros sin arrugas.
Posin nos habla de fantasmas y de segundas oportunidades, del amor como terapia para espantar a la muerte que acecha por cuestiones de salud o de simple calendario, de obsesiones y de pagafantas de la tercera edad, y plantea el dilema de hasta qué punto amamos al ser humano o al recipiente que lo contiene.
Desde luego que está muy lejos del nivel de Los puentes de Madison (Clint Eastwood) o Tierras de penumbra (Richard Attenborough), aunque aprueba el examen de este espectador poco amante (valga la paradójica redundancia) de los amores cinematográficos al uso.
 
 

Capitán Phillips, de Paul Greengrass **
 
Paul Greengrass es una especie de Ken Loach chutado de adrenalina. Tiene un estilo en el que predomina la intención de realismo, sin que ello sea impedimento para que sus películas resulten intensas y entretenidas. Quizá por ese estilo peculiar sea un autor indicado para adaptar al cine sucesos de la vida real. Ya lo hizo en Bloody Sunday y en United 93 con resultados notables. Aun así, confieso que me gustan más las dos entregas que dirigió de la saga Bourne, tal vez porque a su vocación de documentalista le añadió una dosis mayor de la habitual de sentido del espectáculo.
 
Capitán Phillips se inspira nuevamente en un hecho real, y Greengrass no traiciona sus principios técnicos y estéticos aunque cuente con una estrella del calado de Tom Hanks. No me parece mal que una historia así se plantee al margen de cualquier atisbo de glamour hollywoodiense, pero no dejo de pensar todo el rato en que ese escenario y esos personajes podrían dar mucho de sí en manos de otros profesionales más dotados para la fábula que para el reportaje.
 
La composición perfecta de Hanks y el dramatismo inherente a la historia bastan para mantenerte atento. No obstante, hay un tramo central que se me hace monótono, y creo que los 130 minutos son excesivos para algo que en menos de 100 habría funcionado igual o aún mejor. Una película a ratos tensa e intrigante, y casi siempre efectiva en su intento de transmitir una atmósfera de claustrofobia y desesperación.
 
 

2 comentarios:

colifata por el mundo dijo...

Brillantes tus comentarios, como siempre.

MªJosé Mendoza Barragán dijo...

Holaaa,
Soy alumna tuya del Taller de Narrativa, los martes a las 18h.
Te he encontrado por aquí. Hace nada me he abierto un blog, espero que le eches un vistazo ;)
No se como seguirte por eso
Saludosss ;)