lunes, 7 de octubre de 2013

Píldoras de antropología estival


Creo que lo que más hacemos cuando vamos a la playa no es bañarnos, ni tomar el sol, ni tampoco inflarnos a cañas y a raciones en el chiringuito. En lo que más empleamos nuestro ocioso tiempo playero es en observar. Observar al prójimo, fijarnos en sus cuerpos y en sus gestos. Resulta curioso y divertido, y, desde el punto de vista de quienes vamos por ahí con el resorte narrativo a flor de piel, se trata además de algo utilísimo.

Por ejemplo, he prestado atención a las diferentes formas en que la gente (los hombres, para ser exacto) se mete en el agua. Hay dos modalidades principales. Está, por un lado, el estilo Johnny Weissmuller, o sea, la zambullida alevosa y atlética, el tipo que viene corriendo desde la arena (o incluso ya desde el apartamento o la habitación del hotel) y se tira de golpe al agua, demostrando que no le teme ni al contraste de temperaturas ni a los misterios del fondo del mar. Esta manera de iniciar el baño resulta estética e impresionante, por supuesto, si bien, cuando es ejecutada por fantasmas piscineros o chuloplayas recalcitrantes, suele traducirse en un incremento considerable de las urgencias médicas por esguince cervical, pérdida de piezas dentales o colapso intestinal por ingestión masiva de arena.

Ahora bien, si nos da igual el qué dirán o no nos importa que nuestra virilidad sea puesta en entredicho por algo tan superficial como el pavor al agua gélida, siempre podremos elegir la segunda de las modalidades predominantes, esto es, la de entrar al agua con paso de gallina cautelosa, al estilo de Chiquito de la Calzada o como un soldado atravesando un campo de minas. Porque conciliar el calor corporal con el frescor natural del mar requiere una proporción del cien por cien. No basta con meter los pies, y ya está. Hay que pasar el momento tobillos, y luego el momento rodillas, y a éste le siguen los temibles momento genitales y momento panza, seguidos del momento pezones, tras el cual, tenemos la opción de asegurar la jugada pasando por el momento sobacos o bien, ya puestos y llegados a ese extremo, armarnos de coraje y encadenar el momento cuello con la zambullida completa.

Diría que esta variante, aunque menos honrosa que la del aprendiz de Tarzán, es sin embargo la más común. Hay quien pretende (como el que mira la solución del crucigrama para hacerse trampas a sí mismo) acelerar el proceso mojándose las manos y pasándoselas después por las zonas todavía secas; no es raro contemplar a tipos atascados en el momento rodillas o el momento genitales que se echan agua por la barriga o las tetillas, lo que no deja de ser una forma de alargar la agonía.

El patetismo de este show aumenta cuando la mar se muestra juguetona. A mayor oleaje, mayor necesidad de escorzo. Es obvio. Y ahí está nuestro héroe, atravesando la orilla, hundiéndose en el agua hasta el elástico del bañador y, a partir de aquí, batiéndose en duelo con las pérfidas olas, igual que si bailara un hula hoop invisible, dibujando arabescos imposibles a golpe de cadera, meneando la cintura con una flexibilidad inalcanzable hasta para la pelvis de Elvis, un festival de quiebros de culebra y sacudidas de bailódromo latino para esquivar las ondas marinas que, en definitiva, termina resultando inútil, por mucho que uno se agite igual que si a Ricky Martin le hubieran introducido —accidentalmente, por supuesto— una minipimer por el culo.

El clímax del chiste viene cuando el héroe ha completado el via crucis y, ya en el agua y hundido hasta el cuello, nos grita a los que permanecemos en la arena: “¡Está buenísima!” Qué cachondo. Y es que la playa es territorio de extremos. Caballero, si lo suyo es el término medio, mejor elija otro lugar para pasar sus vacaciones. Mire de nuevo a su alrededor. Por un lado, cuerpos con menos color que el No-Do, pieles como aspirinas que no han visto el sol ni en los dibujos animados y a lo más que pueden aspirar en términos cromáticos es al rojo pimiento del Piquillo. En contraste, ahí están los ejemplares modelo churrasco, los que han traspasado la barrera estética del bronceado y se han adentrado en el peligroso terreno de la tanorexia (algunos parecen cadáveres de un incendio, allí tirados, inmóviles, cuatro horas seguidas al sol). Extremos. Como dirían en Radio La Colifata: El ser humano es extraordinario.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

T.M
hacía tiempo que no entraba, y me lo estoy pasando pipa esta tarde con tus post

colifata por el mundo dijo...

Hay quién se mete con cautela, y luego una ola traidora se apodera de su cuerpo, elevándolo y menéandolo...como la thermomix de Chayanne (me pido un ejemplo diferente al de Ricky Martin)...;) pero ¡qué relinda es la playa!