viernes, 25 de octubre de 2013

El peatón en el jardín



Si algo tiene este mundo de las letras y los libros en el que algunos nos empeñamos en sobrevivir, es que a menudo resulta imprevisible, irónico y sorprendente.
 
En breve anunciaré la fecha y el lugar de la presentación en Barcelona de mi última novela, La vida privada de Dios, pero mientras tanto, los amigos de Lecturas en el Jardín me han seleccionado para participar en su primera sesión de la temporada, que tendrá lugar el próximo miércoles 30 de octubre, a las 19 h., en la biblioteca Francesca Bonnemaison (Sant Pere més baix, 7, Barcelona).
 
Ironía, porque de lo que se trata no es de presentar la novela recién publicada, sino de leer un fragmento de la novela en la que trabajo actualmente, para establecer después un diálogo con el público sobre el texto leído y sobre cualquier otro aspecto relacionado con el proceso de escritura o la creación literaria en general.
 
Me acompañarán otras dos autoras que harán lo propio y que optarán, junto a este peatón y al resto de autores que participen en las jornadas posteriores, al premio al fragmento más prometedor.
 
Tenéis más información aquí: http://lecturesaljardiesp.blogspot.com.es/
 
Nos vemos en el jardín.
 
 
 
 
P. D. a propósito de las fotografías: Sí, en efecto, en la primera foto estoy leyendo la carta de un restaurante y no un libro, pero doy fe de que estoy en un jardín, y con eso ya vale. En cuanto a la segunda, seré honesto: aunque parezca que voy a ejecutar el primer movimiento de una partida de ajedrez, en realidad estoy a punto de llevarme un alfil creyendo que es un salero. Si todavía creéis en la patraña esa de que una imagen vale más que mil palabras, allá vosotros.

viernes, 18 de octubre de 2013

Sin gravedad


 
La economía y la tecnología (cada una por razones diferentes, eso sí) están contribuyendo a partes iguales a que el público pierda la ilusión por ir a una sala de cine. Es una pena, porque habría espacio y tiempo para combinarlo todo, la comodidad de ver cine en casa y la expectación por contemplar determinadas películas en su formato genuino, en una pantalla grande. Esto ha llegado a tal punto que, incluso los que seguimos acudiendo con regularidad al cine, empezamos a notar que hay películas que parecen hechas pensando más en la vida posterior que les espera vía televisor u ordenador que en su antaño lógica exhibición ante una platea dentro de una sala oscura.

Por suerte, de vez en cuando se encuentra uno con obras como Gravity, una película que (más allá del 3D) exige ser vista como mandan los cánones. Alfonso Cuarón saca un partido sorprendente a un espacio (valga la redundancia) no precisamente original, pues son ya muchas las historias que hemos visto sobre astronautas, misiones espaciales y otras odiseas allende la atmósfera. Sin embargo, Gravity combina los elementos de tal manera que, sin resultar novedosa en ningún aspecto, termina siendo fascinante por la pericia con la que el director mexicano maneja los ingredientes. Tenemos, por un lado, unos efectos visuales pluscuamperfectos, más efectivos que fanfarrones, y con una voluntad (que este peatón agradece hasta no sabéis qué punto) de realismo que nos aleja de la ya cansina estética videojueguil tan en boga en los últimos tiempos. Por otra parte, la tensión y el misterio se apoyan en una interesante paradoja: dejar a los personajes en el más abierto e inabarcable de los espacios se traduce en la misma angustia claustrofóbica que tan bien funciona en filmes como Náufragos (Alfred Hitchcock, 1944) o Buried (Rodrigo Cortés, 2010). Y si hacemos acopio de los elementos técnicos, me sale una combinación brillante, desde la preferencia por el plano secuencia (la escena inicial haría enfermar de priapismo al mismísimo Brian de Palma) en contraposición a la fiebre contemporánea por el exceso de planos como trampantojo para crear ilusión de acción, hasta la fotografía o la música, que toma protagonismo cuando toca pero que desaparece también cuando los rigores del contexto se imponen. La sustancia dramática puede ser más o menos convencional, es verdad, una historia de superación y nuevas oportunidades típica y vista en mil películas, por eso el mérito de Cuarón es doble, ya que su pericia cinematográfica suma a favor de un guión más sencillo, todo lo contrario de lo que en su día hizo Kubrick en su sobrevalorada 2001: Una odisea del espacio, con la que este peatón fue de más a menos, abrumado al principio por su genial despliegue visual para después, y de forma progresiva, irme cabreando por culpa de los delirios de grandeza y las elevadas pretensiones del director.
 
Gravity es una película sobre personas atrapadas en un entorno sin gravedad, y como si de un juego de palabras se tratase, Cuarón desdeña la gravedad para adscribirse al más popular género del thriller, añadiendo unas gotas de melodrama (ojo a las gotas, por cierto, sobre todo los que la veáis en 3D), y la cosa funciona. A Bullock le va a caer la nominación de la Academia casi seguro, pero con el carisma de George Clooney no pueden ni los meteoritos. Clooney es un pedazo de actor, pese a que todavía hay quien se empeña en renegar de los galanes sólo por serlo (acordaos de Cary Grant, o de Gary Cooper, desmemoriados), y baste apuntar que en Gravity su cara es, de hecho, lo que menos se ve; con su voz y unas líneas de diálogo que transmiten sabiduría y un punto de amargo cinismo ya le sobra.

Hay y habrá más películas buenas, interesantes y aun mejores, pero si sois de los que vais a ir al cine sólo una vez en lo que queda de año, apuntaos ésta en la lista.

 

lunes, 7 de octubre de 2013

Píldoras de antropología estival


Creo que lo que más hacemos cuando vamos a la playa no es bañarnos, ni tomar el sol, ni tampoco inflarnos a cañas y a raciones en el chiringuito. En lo que más empleamos nuestro ocioso tiempo playero es en observar. Observar al prójimo, fijarnos en sus cuerpos y en sus gestos. Resulta curioso y divertido, y, desde el punto de vista de quienes vamos por ahí con el resorte narrativo a flor de piel, se trata además de algo utilísimo.

Por ejemplo, he prestado atención a las diferentes formas en que la gente (los hombres, para ser exacto) se mete en el agua. Hay dos modalidades principales. Está, por un lado, el estilo Johnny Weissmuller, o sea, la zambullida alevosa y atlética, el tipo que viene corriendo desde la arena (o incluso ya desde el apartamento o la habitación del hotel) y se tira de golpe al agua, demostrando que no le teme ni al contraste de temperaturas ni a los misterios del fondo del mar. Esta manera de iniciar el baño resulta estética e impresionante, por supuesto, si bien, cuando es ejecutada por fantasmas piscineros o chuloplayas recalcitrantes, suele traducirse en un incremento considerable de las urgencias médicas por esguince cervical, pérdida de piezas dentales o colapso intestinal por ingestión masiva de arena.

Ahora bien, si nos da igual el qué dirán o no nos importa que nuestra virilidad sea puesta en entredicho por algo tan superficial como el pavor al agua gélida, siempre podremos elegir la segunda de las modalidades predominantes, esto es, la de entrar al agua con paso de gallina cautelosa, al estilo de Chiquito de la Calzada o como un soldado atravesando un campo de minas. Porque conciliar el calor corporal con el frescor natural del mar requiere una proporción del cien por cien. No basta con meter los pies, y ya está. Hay que pasar el momento tobillos, y luego el momento rodillas, y a éste le siguen los temibles momento genitales y momento panza, seguidos del momento pezones, tras el cual, tenemos la opción de asegurar la jugada pasando por el momento sobacos o bien, ya puestos y llegados a ese extremo, armarnos de coraje y encadenar el momento cuello con la zambullida completa.

Diría que esta variante, aunque menos honrosa que la del aprendiz de Tarzán, es sin embargo la más común. Hay quien pretende (como el que mira la solución del crucigrama para hacerse trampas a sí mismo) acelerar el proceso mojándose las manos y pasándoselas después por las zonas todavía secas; no es raro contemplar a tipos atascados en el momento rodillas o el momento genitales que se echan agua por la barriga o las tetillas, lo que no deja de ser una forma de alargar la agonía.

El patetismo de este show aumenta cuando la mar se muestra juguetona. A mayor oleaje, mayor necesidad de escorzo. Es obvio. Y ahí está nuestro héroe, atravesando la orilla, hundiéndose en el agua hasta el elástico del bañador y, a partir de aquí, batiéndose en duelo con las pérfidas olas, igual que si bailara un hula hoop invisible, dibujando arabescos imposibles a golpe de cadera, meneando la cintura con una flexibilidad inalcanzable hasta para la pelvis de Elvis, un festival de quiebros de culebra y sacudidas de bailódromo latino para esquivar las ondas marinas que, en definitiva, termina resultando inútil, por mucho que uno se agite igual que si a Ricky Martin le hubieran introducido —accidentalmente, por supuesto— una minipimer por el culo.

El clímax del chiste viene cuando el héroe ha completado el via crucis y, ya en el agua y hundido hasta el cuello, nos grita a los que permanecemos en la arena: “¡Está buenísima!” Qué cachondo. Y es que la playa es territorio de extremos. Caballero, si lo suyo es el término medio, mejor elija otro lugar para pasar sus vacaciones. Mire de nuevo a su alrededor. Por un lado, cuerpos con menos color que el No-Do, pieles como aspirinas que no han visto el sol ni en los dibujos animados y a lo más que pueden aspirar en términos cromáticos es al rojo pimiento del Piquillo. En contraste, ahí están los ejemplares modelo churrasco, los que han traspasado la barrera estética del bronceado y se han adentrado en el peligroso terreno de la tanorexia (algunos parecen cadáveres de un incendio, allí tirados, inmóviles, cuatro horas seguidas al sol). Extremos. Como dirían en Radio La Colifata: El ser humano es extraordinario.