jueves, 26 de septiembre de 2013

Demuéstrame tus vacaciones

 
Si alguien nos preguntara si hemos estado alguna vez en el Gran Cañón del Colorado y le respondiéramos: “No, pero lo he visto en un libro de fotos muy bonito”, con seguridad que esa persona se apiadaría de nuestra ignorancia, o bien se descojonaría directamente en nuestras narices.

Ya se sabe; no hay nada como conocer los lugares in situ, admirarlos en tres dimensiones y con el empleo de los cinco sentidos. No es lo mismo contemplar la belleza de un acantilado en el fondo de escritorio de un ordenador que poder asomarse al precipicio mientras el viento nos sacude la melena (al que la tenga, se entiende) y el olor del mar se nos cuela hasta el fondo de la garganta mientras vemos las olas romper allá abajo y su sonido nos provoca una calma cien por cien ecológica, al tiempo que recordamos (nunca está de más) que la naturaleza sólo usa contra nosotros una parte ínfima del poder que posee para aniquilarnos, si se diera el caso.
Nada que ver; está claro.


Sin embargo, año tras año, cada vez que voy de viaje, compruebo que el número de personas que observan todo cuanto tienen delante a través del espacio limitado y rectangular del visor de su cámara se multiplica con una desmesura que me atrevería a calificar de obscena.
No es broma: he presenciado con estos ojos de peatón que hay por ahí quien se ha pasado el recorrido íntegro por una cueva, un parque natural o una avenida monumental filmando o fotografiando, es decir, mirando un paisaje en miniatura en una pantallita enana. Literalmente.

Esto no ocurría con las cámaras antiguas, las que se cargaban con carretes que luego había que revelar, y pagando por ello, además (un detalle que obligaba a pensarse muy mucho qué era lo que uno retrataba), con lo que los momentos fotográficos venían a ser esporádicas pausas dentro del recorrido turístico.
Tiempo después, la proliferación de cámaras de video portátiles provocó el origen de este fenómeno que las modernas cámaras de foto digital y los móviles de última generación han extendido y consolidado.

La afición a la fotografía me parece sanísima y admirable, no os vayáis a creer. Incluso envidio a quien es capaz de sacar una buena foto de donde otros sólo obtendríamos un desabrido plagio visual. Es normal que queramos compartir nuestra experiencia y usemos para ello el soporte del material gráfico. Lo que me fascina es observar cómo, para muchos, el aliciente de su viaje no está en contemplar la Torre Eiffel, el Coliseo Romano, la Puerta de Alcalá o el Taj Majal, sino en poder capturarlos con su cámara. Es como si viajaran únicamente para poder hacer las fotos y no tanto para conocer aquellos lugares. Es decir, da la impresión de que hay quien prefiere ver sus propias vacaciones antes que vivirlas. Que yo sepa, las vacaciones son para disfrutarlas, no para demostrarlas.


3 comentarios:

colifata dijo...

Ya te pasaré las fotos de mis últimas vacaciones...o mis novelas para que las leas...¡jajaja!

Alberto NL dijo...

Cuanto nos ahorraríamos aprendiendo a utilizar el photoshop ... :-)

El último peatón dijo...

Colifata, mejor me pasas tus novelas ilustradas con fotos, y ya matamos dos pájaros d eun tiro :)

Alberto, qué gran idea para tiempos de crisis: Vacaciones Photoshop. Barato, barato...