jueves, 25 de julio de 2013

Esa cosa vulgar




Hace un par de años escribí aquí un texto titulado Letras fecales, una pieza de claro tono desenfadado acerca de la costumbre de escribir grafitis en las paredes de los cuartos de baño. Hacia el final de la entrada, ligaba (sin perder nunca, o eso creo, el matiz sarcástico) dicho hábito con la también popular costumbre de leer sentados al retrete, culminando mi chanza con una sugerencia estrafalaria (¿o quizá no tanto?): que fabricaran rollos de papel higiénico con fragmentos impresos de obras literarias.

Hubo quien se tomó al pie de la letra mi texto, e incluso manifestó una cierta (y respetable, por supuesto) indignación por el hecho de que este peatón frivolizara con algo (para algunos) sagrado como la literatura. Sigo sin entender por qué.  No hace falta ni que lo mencione, pero en fin, baste recordar que quien suscribe se dedica a ello como para no ser sospechoso de querer eliminar de este mundo ocupaciones tan saludables, estimulantes y enriquecedoras como la lectura y la escritura.

Aun así, ya digo, hay quien defiende con fundamentalismo innegociable eso de que el arte se inventó para explicar la belleza, y nada más; o algo aún más categórico: que todo lo que no es arte, es vulgaridad.

Perdonadme los más sensibles, pero no creo que la literatura (ni el teatro, ni el cine, ni la música, ni las vitrinas de los museos) sea algo a lo que uno deba aproximarse obligatoriamente con el ceño fruncido y la sonrisa cautiva. Pero bueno, si jugamos a ponernos estupendos, pues yo me inclino por afirmar que el arte no debería limitarse a contar la belleza, sino, ya puestos, que sirva para explicar la vida (en toda la inabarcable extensión del término). Y la vida se compone de brillos y tinieblas, de tesoros e inmundicias, de orgullos y miserias.

Si queréis comprobar cómo una obra atiborrada de sexo explícito y escatología (oh, vulgaridad), puede ser al mismo tiempo un tratado impagable sobre la condición humana en un sinfín de sus parcelas (psicológica, moral, social), os invito a recorrer las páginas de El mal de Portnoy (El lamento de Portnoy en las traducciones más antiguas), de Philip Roth. Y sí, también es una novela divertida.

De las muchas citas que podrían destacarse, me quedo con una que define a la perfección un concepto fundamental de la trama de la novela: las consecuencias de una educación basada en el estricto cumplimiento de los mandatos religiosos (el protagonista es judío, pero el concepto es aplicable a cualquier credo). En un momento de la historia, y tras habernos puesto en situación de hasta qué punto cumplir con lo que Dios manda se resume en un catálogo inabarcable de prohibiciones, el protagonista nos narra la primera vez que vio nevar. Es todavía un niño, y está hipnotizado ante el panorama que observa a través de la ventana, los copos cayendo del cielo y formando una gruesa alfombra blanca sobre el suelo. El espectáculo le parece fascinante. Y en ese momento, al caer en la cuenta de que eso que contempla es algo nuevo y desconocido, algo que, por tanto, no ha sido sometido aún al filtro que separa la virtud de la blasfemia, el pobre chico siente la necesidad de dirigirse a su madre y preguntar, por si acaso: “Mamá, ¿nosotros creemos en el invierno?”. Bendita ironía.

Ahora bien, si leéis la novela encontraréis igualmente pasajes muy gráficos referidos al estreñimiento, el onanismo, la eyaculación, la textura de los flujos y demás cuestiones que para algunos sólo pueden tener cabida en una obra perteneciente al género “basura”.

A mí no tenéis por qué hacerme caso. Tampoco tendría que influir el reconocimiento general con que cuenta un autor como Roth (Premio Pulitzer, Premio Faulkner, National Book Award, Premio Booker Internacional, Premio Príncipe de Asturias y eterno candidato al Nobel, entre otros muchos galardones y distinciones), pues nadie, ni el más prestigioso de los artistas, puede quitarnos la libertad de elegir lo que nos gusta o no. Pero no os olvidéis de sonreír. Aunque sea después de leer. Que la cosa está como está.

 

7 comentarios:

colifata por el mundo dijo...

Leyendo las dos últimas entradas al hilo, me pregunto que diría Sofía Mazagatos sobre el papel higiénico con párrafos literarios...;)

El último peatón dijo...

Diría: "Lo he leído mucho, pero me gustó más la película", o algo todavía peor...

Alberto NL dijo...

Otro libro más para la lista de invierno.

Raquel F. Alcalá dijo...

Lo mismo ocurre con los cómics, que siempre se han tratado como un género menor y de 'frikis', y sin embargo son otra ventana a la literatura.

Muy bueno lo del supuesto comentario de Mazagatos :))

El último peatón dijo...

Alberto: Espero que en la lista de verano esté mi libro :)

Raquel: Me pregunto qué tebeos leería Mazagatos...

Alberto NL dijo...

Nacho, casualmente lo he comprado esta tarde en el FNAC y ya está esperando en la mesita de noche. Por cierto, lo siento por los que hayan ido después, porque no ha quedado ningún otro ejemplar en la estantería... Avisa para que envíen un camión urgente ;-)

El último peatón dijo...

Ja, ja. Gracias. Enseguida hago el encargo.