lunes, 15 de julio de 2013

De candelabros y otros conocimientos


 
Dentro de un siglo se hablará de los movimientos culturales y artísticos surgidos durante las últimas décadas, y también de aquellos sucesos o anécdotas que calaron en el conocimiento popular, más allá de sus virtudes intrínsecas o de su genuina relevancia. Puede que los cronistas del futuro se refieran lo mismo al fenómeno Bolaño que a la generación Nocilla o a las sombras del tal Grey, o que le presten idéntico interés al estudio de la obra de Norman Foster que al eccehomo de Borja. Quién sabe.
 
Gracias a la continua —aunque involuntaria, me temo— contribución de la ex modelo Sofía Mazagatos, en ese hipotético futuro se escribirá y se hablará largo y tendido en aulas, despachos, seminarios y conferencias acerca de la figura retórica a la que algún espabilado o líder de opinión bautizará tal vez como infrabrocardo o antiaforismo, y que alcanza su cénit en la celebérrima expresión “Estar en el candelabro”.
 
Como muestra de que su ingenio no es flor de un día ni fruto del azar, Mazagatos ha seguido engordando su nómina y forjando su leyenda a base de nuevas creaciones, de las que “Dejarse la piel en el pellejo”, “Le dio un simposium del corazón” o “Las piedras que he tenido en la vida, las he sabido saltear”, constituyen tan sólo un mínimo reflejo de su potencial.
 
Célebre también fue su respuesta el día en que un periodista sin entrañas se atrevió a preguntarle sobre el escritor Vargas Llosa. De manera natural, como si fuera la pregunta que había estado aguardando toda su vida, Mazagatos respondió: “Me encanta cómo escribe Vargas Llosa. No he leído nada sobre él, pero le sigo”.
 
Bien. No seré yo quien pretenda ahora hacer apología del mazagatismo, pero aunque sólo sea por eso tan humano que se llama compasión, voy a reconocer que, si bien la forma de decirlo no tiene defensa posible, la idea de fondo que transmite esta última joya de la musa del infrabrocardo no es tan disparatada y puede que abunde más de lo que pensamos o de lo que nos gustaría creer.
 
Quiero decir: conocer a un escritor no implica haberlo leído. Y no pasa nada por reconocerlo, faltaría más; la torpeza es afirmar “me encanta cómo escribe” y cosas así cuando ni nuestros ojos ni nuestros oídos han mantenido contacto con la prosa o el verso del autor en cuestión.
 
Conozco la existencia del escritor valenciano Rafael Chirbes desde hace tiempo. Me consta que es el autor de la novela Crematorio, la cual dio origen a la serie de televisión homónima, una de las mejores que he visto en los últimos años. Esta referencia podría haberme bastado para autoconvencerme, como diría aquélla, de que “me encanta cómo escribe”, si bien el guion de la serie televisiva es una adaptación realizada por su director, Jorge Sánchez-Cabezudo (autor de La noche de los girasoles, película altamente recomendable), en colaboración con su hermano Alberto y Laura Sarmiento Pallarés, sin olvidar tampoco que los actores tienen mucho que ver en la brillantez de la obra, en especial Pepe Sancho, que nos dejó su interpretación del constructor Rubén Bertomeu casi como testamento.
 
Así pues, me quedaba la intuición, la suposición de que el texto original de Chirbes tenía que ser por fuerza interesante. Enfrentarse a un autor nuevo tiene algo de aventura, aunque no sea un descubrimiento exclusivo y se trate —como en este caso— de un escritor que lleva décadas publicando libros. Me di un paseo por la biblioteca y conseguí un ejemplar de Los disparos del cazador, novela que Chirbes publicó en 1994.
 
Son 136 páginas que se leen con la misma facilidad y deleite con que uno se merienda un helado cuando el termómetro marca 35 grados, y no sólo por la brevedad; la prosa de Chirbes tiene esa facultad —al alcance de pocos— de ser sencilla en general y poética cuando toca, sin sobrecargas retóricas ni alardes gratuitos, pero con una destreza envidiable para transmitir cada emoción con las palabras adecuadas. La novela habla con elegancia y profundidad sentimental de cosas que no son precisamente cómodas (el rencor, la culpa, el desarraigo, la infidelidad, la decadencia, la decrepitud, además de la inminencia y la omnipotencia de la muerte), y está habitada por personajes que resultan fascinantes tanto por lo que nos muestran como por lo que ocultan. En fin, Chirbes ya está en mi lista de futuros deberes lectores. Espero que mis próximas visitas a su obra mantengan el nivel.
 
Ya puedo decir, pues, que me encanta cómo escribe Rafael Chirbes, y también que le sigo, sin que nadie pueda acusarme de un brote de mazagatismo agudo. Buf.
 
 

4 comentarios:

colifata por el mundo dijo...

¿Qué dirá la Mazagatos cuando le pregunten si le gusta como escribe José Ignacio García Martín?

El último peatón dijo...

Supongo que diría: "Lo sigo mucho, pero me gusta más su hermano García Márquez".

Mon dijo...

Genial.

Me han entrado ganas de ver, tanto la serie como leer algo del autor.


Siempre siguiendote.

Sld un abrazo.

El último peatón dijo...

Gracias, fiel lector/peatón.
Un abrazo.