miércoles, 12 de junio de 2013

Horror bucólico


Imaginemos que Ken Loach quiere hacer una versión de Thelma & Louise pero antes se fuma un trócolo del tamaño del as de bastos. Bueno, pues más o menos eso es Turistas.

No siempre está clara para todo el mundo la razón por la cual se denomina “comedia” a una obra cualquiera. En el caso de esta película de Ben Wheatley, el tratamiento cómico está tan teñido de negrura y cinismo que la sensación que prevalece mientras se ve no es tanto la del desenfado como la del mismísimo horror. O, si queréis, empleando la terminología que se usaba cuando aún existían los cines de sesión continua (y aún no existían los alcornoques mamelucos que no silencian el móvil), muy pocos se atreverían a decir que esta peli es “de risa”.

La historia es una excusa para poner en movimiento a un par de personajes de esos que uno no querría ni como parientes ni como vecinos pero que, por esa extraña fascinación que a veces nos provoca lo raro, pueden dejarte hipnotizado si los observas desde la butaca de una sala oscura y proyectados en una pantalla.
Chris y Tina pertenecen a eso que toda la vida hemos denominado perdedores, marginados, raritos o incluso pringados, y que la insaciable (e inevitable) colonización lingüística anglosajona nos obliga hoy en día a llamar freaks, nerds o geeks (no lo tengo claro, la verdad sea dicha).
El caso es que estamos ante un par de trogloditas a punto de emprender la aventura de su vida: un viaje en caravana para conocer la portentosa campiña británica y algunos de sus parajes más pintorescos. Ella es una joven rolliza que no conoce nada más allá de las calles de su pueblo y que vive bajo la opresiva dictadura doméstica de una madre que sólo está un poquito más viva que la de Norman Bates. Él, un cavernícola amante de la naturaleza y los buenos modales capaz de convertirse en la versión gore del Tío de la Vara si atentan contra sus sacrosantos principios ecológicos y de urbanidad.

Con semejantes protagonistas, resulta casi temerario buscar la empatía entre la platea y, sin embargo, la apuesta de Wheatley por la concisión y la ausencia de intención moral implica que uno termine reflexionando acerca de si ser literalmente un bestia podría constituir en verdad un atenuante a la hora de juzgar un crimen. Mejor no contar nada más, pues la película, aunque de ritmo lento, avanza y crece a base de ciertos golpes de efecto y giros a los que conviene asistir sin palomitas en la boca, por si acaso.

Desde luego que no es una película para cualquiera, pese a que la comedia sea posiblemente el género más popular entre todos los cultivados por el séptimo arte. Y no es tampoco porque director y guionistas hagan gala de un sentido del humor oscurísimo y cabestro, sino sobre todo porque dicho registro cómico se apoya más en lo elíptico y sutil que en el chiste explícito. Esto, por cierto, es algo que no siempre me agrada. Me refiero a que ese empeño de algunos autores por reivindicar el minimalismo me resulta a veces pretencioso y forzado. No llega a ese extremo en Turistas, aunque sea obvia su intención de desmarcarse de otras obras de su productor, Edgar Wright, como Zombies party o Arma fatal, filmes igualmente cachondos y negros, pero mucho más accesibles y desenfadados.

Supongo que no durará mucho en la cartelera, como le sucedió a Four lions (Christopher Morris, 2010), otra estupenda comedia británica que ponía de manifiesto lo que en más de una ocasión este peatón ha compartido con el cibermundo: que los ibéricos somos los reyes del cachondeo, pero cuando se trata de ser iconoclastas y pasarse la corrección política por el forro, nuestros vecinos de las islas de arriba todavía nos llevan ventaja.

Comedia, sí, pero nada que ver con esas de títulos pizpiretos con rima consonante que parecen gozar de mayor aceptación (ya sabéis, “Un madero teatrero”, “Dos chiquillos muy pillos”, “Qué fulana tan marrana”, cosas así, o incluso peores). Tal vez su condición de alternativa y minoritaria haga de Turistas una película de culto. El tiempo lo dirá. De momento, me parece una opción más que recomendable para cinéfilos y espectadores con una cierta inquietud de descubrimiento, mientras que a Chris y Tina los podemos ir sumando ya a la lista de parejas criminales en ruta que nos ha mostrado el cine desde sus orígenes: Bonnie & Clyde (Arthur Penn, 1967), Profundo carmesí (Arturo Ripstein, 1996), Kalifornia (Dominic Sena, 1993), Asesinos natos (Oliver Stone, 1994), Corazones solitarios (Todd Robinson, 2006), Louise-Michel (Benoît Delépine/Gustave de Kervern, 2008), Malas tierras (Terrence Malick, 1973)…

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