miércoles, 26 de junio de 2013

Palabra de escritor


 
No estoy seguro de que el personal del AVE hile tan fino, pero el caso es que volviendo de la Feria del Libro de Madrid el pasado día 5, la película que pusieron para amenizar el viaje fue El ladrón de palabras (Brian Klugman y Lee Sternthal, 2012), una historia sobre las relaciones entre la creación literaria y la vida misma, y con una estructura al estilo muñecas rusas (o cajas chinas) en la que se nos ofrecen hasta tres niveles narrativos sucesivos: el primero, un escritor que está haciendo una lectura pública de su libro; el segundo, el contenido de dicho libro, que cuenta la peripecia de un novelista bloqueado que se apropia de una novela ajena encontrada por azar; y el tercero, la trama de esa novela apropiada indebidamente por el escritor del nivel anterior.
 
Uno de los personajes de la película confiesa en un momento dado algo como “Le di más importancia a las palabras que a la mujer que las había inspirado”. Al escuchar esta frase de labios de un quejumbroso Jeremy Irons me vino a la memoria aquella sentencia atribuida a Henry Miller, y que dice: “Si quieres olvidar a una mujer, conviértela en literatura”.
 
Ambas frases pueden entenderse casi como dos caras de una misma moneda, pues en el fondo llegan a la misma conclusión, aunque sea por vías distintas y aunque en un caso se manifieste a través del lamento y el arrepentimiento (Irons), y en el otro por medio de una ironía que sugiere tanto el efecto purgante o catártico de la escritura como un cierto aroma a resentimiento o venganza.
 
El guión de El ladrón de palabras está pergeñado de forma tal que podamos seguir la historia con interés sin reparar en aspectos como la verosimilitud. Esto lo digo más como elogio que como crítica. Y cuando hablo de verosimilitud no me limito a los hechos contenidos en la trama, sino también a la definición de los personajes. Por alguna razón, los escritores del cine siempre me suelen parecer poco cercanos a la realidad. Es como si hubiera un perfil de escritor de película que todos aceptamos aun sabiendo que no tiene por qué ajustarse al modelo original, el de los autores que conocemos y leemos. El novelista angustiado que interpreta Bradley Cooper en El ladrón de palabras responde fielmente a ese rol alternativo que sólo parece darse en el cine y que, al igual que el interpretado por Ethan Hawke en Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995) y sus secuelas, o por Josh Radnor en Amor y letras (Josh Radnor, 2012), o por Andy García en la excéntrica Servicio de compañía (George Hickenlooper, 2001) —la lista, a decir verdad, daría para un blog monográfico—, remite a un concepto en exceso romántico e idealizado del oficio literario que poco tiene que ver con la cotidianidad de quienes se ganan (o medio pierden) la vida escribiendo libros. Tal vez los escritores encarnados por Sean Connery en Descubriendo a Forrester (Gus Van Sant, 2000) y por Ewan McGregor en El escritor (Roman Polanski, 2010) se cuenten entre los más auténticos a ojos de este peatón, y siempre con salvedades.
 
Esto, insisto, no afecta siempre a la calidad o la posibilidad de disfrute de las películas en cuestión. Por ejemplo, la citada Amor y letras, que duró en los cines lo mismo que la infanta Elena en el juzgado, es uno de esos casos milagrosos en los que el escritor de turno resulta cercano, simpático, corriente. Una película que recuerda por momentos a la estupenda Beatiful girls (Ted Demme, 1996) y que otras veces quizá sucumba a los estereotipos más manidos del universo indie, pero el buen trabajo de los actores y la naturalidad que desprenden sus personajes compensan con creces los esporádicos deslices hacia el tópico. Una buena muestra es el tratamiento que Radnor hace precisamente de uno de esos tópicos —uno de los que más detesto—, el del adolescente taciturno y enfadado con el mundo que no se relaciona con sus compañeros y elige arrinconarse parapetado tras un libro, a ser posible grueso y denso, o de un autor maldito o suicida, ya me entendéis. Como lo habitual es presentarnos a este tipo de individuos como víctimas incomprendidas por una plebe inferior intelectualmente que lo margina por culpa de la envidia o de la ignorancia, valoro el enfoque que adopta el autor de Amor y letras, dándole la vuelta al cliché y planteando la posibilidad de que sea el lector voraz quien no pone de su parte a la hora de relacionarse, en lugar de mostrarlo como un pobre apestado al que los demás dan de lado por rarito.
 
Y hablando de raritos y retorcidos, aprovecho para mencionar brevemente dos títulos suculentos que en esta ocasión abordan la escritura desde un punto de vista diferente al del autor profesional o consagrado. Se trata de En la casa (François Ozon, 2012) y Cosas que no se olvidan (Todd Solondz, 2002). En ambas veremos a profesores y alumnos compartiendo los entresijos y las técnicas del oficio literario, en tramas bien distintas pero que coinciden en cultivar el metalenguaje como recurso narrativo. El filme de Ozon es uno de los mejores del año pasado para este peatón; como ya comenté en el último paseo por la cartelera del 2012, es una historia que bien podría haber firmado ese señor inteligente y perverso llamado Roman Polanski. En cuanto a la película de Solondz, advertir que se trata de una obra fiel al estilo de su autor (recordad Happiness o Bienvenidos a la casa de muñecas), es decir, sórdida, morbosa y cruel, y a la vez extrañamente interesante. Lo del título en castellano es de prisión sin fianza, pero ya sabéis que contra una tradición tan arraigada es imposible luchar. El título original en inglés es Storytelling, que podría traducirse como “Narración”, o incluso “Narrativa”. Lo sé. ¿Hacía falta cambiarlo por ese otro tan anodino e inexplicable una vez vista la película? La respuesta está clara.
 
No me olvido de Ruby Sparks (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2012), en la que el proceso de la creación literaria se describe en los mismo términos que el de un enamoramiento convencional, ilustrando la idea con una historia romántica en la que autor y musa se funden y se confunden con enamorado y enamorada. El planteamiento recuerda en parte al de la estimable Más extraño que la ficción (Marc Forster, 2006) —un personaje se rebela contra su autora, que quiere dejar de escribir sobre él—, aunque la película de Dayton y Faris muestra una mayor pretensión poética y cuenta con un giro dramático que nunca alcanzaba hasta tal extremo el filme de Forster.
 
 
 
Mi último descubrimiento ha sido Un invierno en la playa (Josh Boone, 2013), en la que Gregg Kinnear vuelve interpretar a la perfección a ese tipo de ser humano imperfecto y a la vez entrañable, sin el registro cómico de su inolvidable padre de familia y emprendedor fracasado de Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valerie Faris, 2006), pero desplegando esa facilidad que poseen algunos actores para transmitir cualquier emoción sin necesidad de alardes histriónicos. El protagonista de esta pieza sencilla (desaparecerá de los cines antes de que terminéis de leer estas líneas, me temo) es un autor más o menos reconocido, si bien tiene algo del novelista frustrado de Entre copas (Alexander Payne, 2004); en concreto, se trata de un escritor bloqueado e incapaz de completar una sola página desde que lo abandonara su mujer. Su hija mayor está a punto de publicar su primera novela, un libro del que su progenitor ni siquiera tenía noticias, mientras que su otro hijo, también aspirante a literato y ferviente admirador de Stephen King, anda ocupado en reunir la experiencia vital suficiente como para sentirse digno de “tener algo que contar”.
 
Hay una conversación entre el protagonista y su ex mujer que provocó que volvieran a resonar en mi cabeza los ecos de Henry Miller y de aquel lamento de Jeremy Irons en El ladrón de palabras. “Eres un gran escritor; no malgastes tu imaginación conmigo”, le dice ella, y puede que en esas simples nueve palabras se encuentre la solución a su atasco creativo.
 
También hay en esta película un guiño irónico respecto a los clichés del entorno formado por escritores y lectores. Cuando la hija del protagonista accede a tener una cita con el joven que anda detrás de sus huesos y sus curvas, ambos deciden iniciar la conversación poniéndose al tanto de sus gustos, esto es, disco favorito, película favorita, libro favorito… “Pero nada de El guardián entre el centeno  ni El lamento de Portnoy”, aclara ella, arrogante y antipática, como dando a entender que, puesto que ya es oficialmente novelista, sus referentes de culto no pueden coincidir con los de la mayoría, y mucho menos podría rebajarse a mantener relaciones con alguien que formara parte de dicha mayoría.
 
Conflictos domésticos, cotidianos, familiares y sentimentales; nada del otro mundo y a la vez un universo reconocible para cualquier espectador, en especial para quienes se dedican de una u otra manera a esta cosa de juguetear con las palabras. Boone no es Alexander Payne ni Jason Reitman, pero casi. El final es mejorable, aunque no importa demasiado. Lo más apreciable, quizá, sea que Un invierno en la playa nos acerca a la figura del escritor bajándolo de un hipotético pedestal y presentándolo como un tipo con preocupaciones idénticas a las de un cocinero, un taxista o un agente de seguros.

miércoles, 12 de junio de 2013

Horror bucólico


Imaginemos que Ken Loach quiere hacer una versión de Thelma & Louise pero antes se fuma un trócolo del tamaño del as de bastos. Bueno, pues más o menos eso es Turistas.

No siempre está clara para todo el mundo la razón por la cual se denomina “comedia” a una obra cualquiera. En el caso de esta película de Ben Wheatley, el tratamiento cómico está tan teñido de negrura y cinismo que la sensación que prevalece mientras se ve no es tanto la del desenfado como la del mismísimo horror. O, si queréis, empleando la terminología que se usaba cuando aún existían los cines de sesión continua (y aún no existían los alcornoques mamelucos que no silencian el móvil), muy pocos se atreverían a decir que esta peli es “de risa”.

La historia es una excusa para poner en movimiento a un par de personajes de esos que uno no querría ni como parientes ni como vecinos pero que, por esa extraña fascinación que a veces nos provoca lo raro, pueden dejarte hipnotizado si los observas desde la butaca de una sala oscura y proyectados en una pantalla.
Chris y Tina pertenecen a eso que toda la vida hemos denominado perdedores, marginados, raritos o incluso pringados, y que la insaciable (e inevitable) colonización lingüística anglosajona nos obliga hoy en día a llamar freaks, nerds o geeks (no lo tengo claro, la verdad sea dicha).
El caso es que estamos ante un par de trogloditas a punto de emprender la aventura de su vida: un viaje en caravana para conocer la portentosa campiña británica y algunos de sus parajes más pintorescos. Ella es una joven rolliza que no conoce nada más allá de las calles de su pueblo y que vive bajo la opresiva dictadura doméstica de una madre que sólo está un poquito más viva que la de Norman Bates. Él, un cavernícola amante de la naturaleza y los buenos modales capaz de convertirse en la versión gore del Tío de la Vara si atentan contra sus sacrosantos principios ecológicos y de urbanidad.

Con semejantes protagonistas, resulta casi temerario buscar la empatía entre la platea y, sin embargo, la apuesta de Wheatley por la concisión y la ausencia de intención moral implica que uno termine reflexionando acerca de si ser literalmente un bestia podría constituir en verdad un atenuante a la hora de juzgar un crimen. Mejor no contar nada más, pues la película, aunque de ritmo lento, avanza y crece a base de ciertos golpes de efecto y giros a los que conviene asistir sin palomitas en la boca, por si acaso.

Desde luego que no es una película para cualquiera, pese a que la comedia sea posiblemente el género más popular entre todos los cultivados por el séptimo arte. Y no es tampoco porque director y guionistas hagan gala de un sentido del humor oscurísimo y cabestro, sino sobre todo porque dicho registro cómico se apoya más en lo elíptico y sutil que en el chiste explícito. Esto, por cierto, es algo que no siempre me agrada. Me refiero a que ese empeño de algunos autores por reivindicar el minimalismo me resulta a veces pretencioso y forzado. No llega a ese extremo en Turistas, aunque sea obvia su intención de desmarcarse de otras obras de su productor, Edgar Wright, como Zombies party o Arma fatal, filmes igualmente cachondos y negros, pero mucho más accesibles y desenfadados.

Supongo que no durará mucho en la cartelera, como le sucedió a Four lions (Christopher Morris, 2010), otra estupenda comedia británica que ponía de manifiesto lo que en más de una ocasión este peatón ha compartido con el cibermundo: que los ibéricos somos los reyes del cachondeo, pero cuando se trata de ser iconoclastas y pasarse la corrección política por el forro, nuestros vecinos de las islas de arriba todavía nos llevan ventaja.

Comedia, sí, pero nada que ver con esas de títulos pizpiretos con rima consonante que parecen gozar de mayor aceptación (ya sabéis, “Un madero teatrero”, “Dos chiquillos muy pillos”, “Qué fulana tan marrana”, cosas así, o incluso peores). Tal vez su condición de alternativa y minoritaria haga de Turistas una película de culto. El tiempo lo dirá. De momento, me parece una opción más que recomendable para cinéfilos y espectadores con una cierta inquietud de descubrimiento, mientras que a Chris y Tina los podemos ir sumando ya a la lista de parejas criminales en ruta que nos ha mostrado el cine desde sus orígenes: Bonnie & Clyde (Arthur Penn, 1967), Profundo carmesí (Arturo Ripstein, 1996), Kalifornia (Dominic Sena, 1993), Asesinos natos (Oliver Stone, 1994), Corazones solitarios (Todd Robinson, 2006), Louise-Michel (Benoît Delépine/Gustave de Kervern, 2008), Malas tierras (Terrence Malick, 1973)…