martes, 7 de mayo de 2013

Cazadores


Siempre he sido escéptico respecto a la figura del jurado popular, y no porque esté en contra de ello por principio; muy al contrario, quizá sea en efecto la manera más coherente de juzgar desde la perspectiva del pensamiento democrático, pero la realidad que yo percibo demuestra que nuestro sentido de la justicia no se basa en el equilibrio, sino en la venganza, por mucho que adornemos los juzgados con esculturas de mujeres de ojos vendados que sostienen una balanza.

Viendo una película como La caza (Thomas Vinterberg, 2012) uno no puede más que afirmarse en sus convicciones a este respecto. El filme de Vinterberg posee un gran valor ya como historia, pues el tema tan delicado que aborda está tratado de la mejor forma posible. Esto es, utiliza el suspense como lo habría recomendado el maestro Hitchcock, revelándole toda la información al espectador y montando el engranaje dramático en torno a la figura del falso culpable, un arquetipo por el que también sentía debilidad el orondo director inglés.

El tema es jugoso, además de espinoso. Imaginad, un profesor de guardería acusado de abusar de menores y todo ello basado únicamente en las deducciones extraídas por la directora del centro a raíz del testimonio inconcreto de una niña. Es decir, lo que en términos jurídicos se denominan pruebas circunstanciales y aquello sobre lo que hemos visto porfiar en otras tantas películas, sobre todo por parte de abogados defensores que argumentaban que dichas pruebas no son concluyentes y por tanto insuficientes para condenar a alguien. ¿Pero qué pasa cuando el presunto delito es tan inconcebible para nuestra moral que nos provoca la necesidad de encontrar al culpable antes incluso de confirmar la certeza de los hechos? Pasa lo que ocurre en la película, y resulta difícil saber en qué lado estaría uno si se viese en la tesitura. Y no hablamos de un jurado elegido formalmente para la sala de un tribunal, sino de otro aún más severo, el de los vecinos, los compañeros, los amigos y aun los familiares.

Como espectador, uno se enfrenta a un doble reto: el de valorar el comportamiento de los personajes en la ficción y, al mismo tiempo, el de no llegar a caer precisamente en lo mismo que tal vez se aventure a censurar. Vinterberg nos pone en el dilema, pero también nos da libertad, no conduce, no enfatiza, no condiciona, y eso me gusta.

Por supuesto que el espectador se sentirá identificado con el protagonista —un Mads Mikkelsen que está soberbio en su papel—, aunque, por otro lado, puede llegar a comprender igualmente las reacciones de los demás personajes, incluso de aquellos que emiten sus juicios de un modo más visceral (con la única excepción, quizá, del dependiente del supermercado).
 
Culminar la trama con un desenlace redondo no era sencillo. Quizá por ello le perdone a Vinterberg su ambigüedad en este sentido. Sea como sea, es una película que hace pensar, que te la llevas rumiando a casa cuando sales del cine. Qué alegría que este señor se olvidara ya por completo de la vacua fatuidad del Dogma (y eso pese a que Celebración, que dirigió en el año 1998, es en mi opinión la mejor película parida bajo las consignas de dicho movimiento).
 

4 comentarios:

C. Martín dijo...

Las películas sobre temas jurídicos siempre me resultan apasionantes porque me hacen pensar. En este sentido supongo que habrás visto "Los jueces de la ley" que yo vi en una semana de cine jurídico hace muchos años organizaba por -cualquiera se acuerda ya- una asociación universitaria de las muchas que había en mi época cuyo argumento era tan atractivo como el que la justicia fuera efectiva aunque fuera al margen del procedimiento. (sinopsis de filmaffinity: Un reducido grupo de jueces, cansados de que la aplicación estricta de las leyes deje en libertad en numerosas ocasiones a muchos y peligrosos delincuentes, decide por su cuenta ejecutar sentencias al margen de la ley y castigar así a los criminales)Creo que a raíz de esta peli decidí que jamás sería juez, uf.
La suya me la apunto, sr. peatón, gracias.

El último peatón dijo...

Te añado dos recomendaciones de pelis viejunas (o sea, clásicas) y que te hacen pensar en todo esto: "Más allá de la duda", de Fritz Lang, y "Anatomía de un asesinato", de Otto Preminger.
Seguro que conoces también (más modelnas) "La caja de música", de Costa Gavras, "Algunos hombres buenos", de Rob Reiner, "Falso testigo", de Curtis Hanson, y "La vida de David Gale", de Alan Parker. Por decir unas pocas. A mí tambiñen me apasiona el tema ;)

colifata por el mundo dijo...

Tendría que ver la película, pero mientras tanto...entiendo que hay un acusado de abuso a menores que finalmente puede que no sea el culpable? tema delicado...una falsa acusación te puede fastidiar la vida entera y dejarte manchado socialmente, aunque también está la otra parte, poco menores denuncian abusos, por no decir ninguno, y muchos son silenciados en la rutina de no, justamente, manchar reputaciones...

El último peatón dijo...

La cuestión no es que pueda no ser el culpable, es que se sabe en todo momento que no lo es, porque la película lo muestra claramente. Pero de igual manera entiendes a la otra parte, justo por lo que comentas. De ahí la complejidad de la historia.