viernes, 24 de mayo de 2013

El libro que ya llegó


Llegó el momento. La criatura vio la luz. Ya está en las mejores librerías (y en algunas de las peores también) mi nueva novela, La vida privada de Dios, publicada por la editorial InÉditor.
 
Para empezar a celebrarlo, aprovecharemos la algarabía libresca de la Feria de Madrid, y el próximo 4 de junio, a las 20 horas, en la librería Tipos Infames (San Joaquín, 3), tendrá lugar la presentación en sociedad.
 
Como de costumbre, trataremos de ofrecer un evento ameno y dinámico, pero por si acaso, compensaremos a los asistentes con una copa de vino.
 
Si andáis por Madrid ese día, será un placer saludaros y dedicaros un ejemplar.
 
Os pongo a continuación más información sobre la novela y el evento.
 
 
¿Quién se resiste a un reality show, al dinero fácil y a la fama? Quien no sale en la televisión está muerto. Si para sacar la cabeza fuera del agua tienes que matar a un periodista durante un talk show, o casarte con un ex convicto en la capilla de la cárcel, el mundo lo entenderá. Y si eres un guionista profesional y te hueles que al otro lado del Atlántico puede estar el reportaje de tu vida, cualquier artimaña será bien vista por los tiburones de las cadenas de televisión. • La vida privada de Dios recorre las peripecias de un puñado de personajes, entre Estados Unidos y España, que buscan redimir sus fracasos y reconstruir sus vidas a través del éxito instantáneo que prometen los medios de comunicación. Roy Power Huttunen, una estrella de Hollywood venida a menos y que ha terminado entre rejas; Dora, una mujer que sueña con huir de la mediocridad y ser el tema principal de conversación de los corrillos vecinales y las tertulias de cafetería; Sergio, un profesional de la televisión que aspira a dignificar el medio con sus ideas innovadoras (e incomprendidas) y que descubrirá una conspiración para asesinar a un famoso personaje; y Arthur, un mediocre representante de artistas acosado por un criminal y al que la fortuna servirá en bandeja una oportunidad para cubrirse de gloria y dinero: “La ventana de la esperanza”, un reality show en el que los concursantes serán enfermos en espera de un trasplante y a quienes el público deberá salvar o condenar con sus votaciones telefónicas.
 
 
El martes 4 de junio, a las 20 h., te esperamos en 
 
 
 
 
 
 

viernes, 17 de mayo de 2013

La primavera es una estafa


 
La primavera es una estafa. Así lo digo. Ni pincha ni corta, ni come ni deja comer, ni chicha ni limoná, ni frío ni calor. Menuda mierda. Muchos la asocian con la llegada del buen tiempo. ¿Qué es buen tiempo? ¿No saber si te helarás o te asarás? ¿Tener las cuatro estaciones en un mismo día? ¿Amanecer lloviendo, escalfarse en la sobremesa y tiritar en la cena? ¿Salir por la mañana abrigado para morir asfixiado a la hora de comer y terminar de agarrar el trancazo a última hora de la tarde? ¿Tener que hacer una maleta y echar paraguas, jersey, abrigo, camiseta, bañador, botas camperas y chanclas… y todo por si acaso? Porque en la primavera no hay certezas. A lo mejor llueve, a lo mejor refresca, a lo mejor pega el sol. Si te pones al sol, por cierto, o te quemas o te resfrías; para ninguno de los dos casos va uno preparado, pues no es verano ni invierno. Vale, el invierno es una putada, hace frío y anochece cuando estás terminando el postre del almuerzo, pero es más honesto. Frío de día y frío de noche. Sin medias tintas, sin engaños, sin dobleces. A las claras. Lo mismo que el verano.
Y no cuento las alergias porque servidor no las sufre. Pero también. Que se lo digan a los que se pasan tres meses estornudando y tosiendo y con llorera continua. De los refranes, mejor ni hablar. La primavera la sangre altera. Será por la mala hostia que te entra por no saber qué ponerte. Ah, que es por lo de las hormonas. Pues tampoco. Acudí a un sabio en la materia y me corroboró lo que ya sospechaba. Me dijo: “Yo voy salido todo el año”. Pues eso. Un timo. Ya lo creo. Que venga el verano ya, por favor.

martes, 7 de mayo de 2013

Cazadores


Siempre he sido escéptico respecto a la figura del jurado popular, y no porque esté en contra de ello por principio; muy al contrario, quizá sea en efecto la manera más coherente de juzgar desde la perspectiva del pensamiento democrático, pero la realidad que yo percibo demuestra que nuestro sentido de la justicia no se basa en el equilibrio, sino en la venganza, por mucho que adornemos los juzgados con esculturas de mujeres de ojos vendados que sostienen una balanza.

Viendo una película como La caza (Thomas Vinterberg, 2012) uno no puede más que afirmarse en sus convicciones a este respecto. El filme de Vinterberg posee un gran valor ya como historia, pues el tema tan delicado que aborda está tratado de la mejor forma posible. Esto es, utiliza el suspense como lo habría recomendado el maestro Hitchcock, revelándole toda la información al espectador y montando el engranaje dramático en torno a la figura del falso culpable, un arquetipo por el que también sentía debilidad el orondo director inglés.

El tema es jugoso, además de espinoso. Imaginad, un profesor de guardería acusado de abusar de menores y todo ello basado únicamente en las deducciones extraídas por la directora del centro a raíz del testimonio inconcreto de una niña. Es decir, lo que en términos jurídicos se denominan pruebas circunstanciales y aquello sobre lo que hemos visto porfiar en otras tantas películas, sobre todo por parte de abogados defensores que argumentaban que dichas pruebas no son concluyentes y por tanto insuficientes para condenar a alguien. ¿Pero qué pasa cuando el presunto delito es tan inconcebible para nuestra moral que nos provoca la necesidad de encontrar al culpable antes incluso de confirmar la certeza de los hechos? Pasa lo que ocurre en la película, y resulta difícil saber en qué lado estaría uno si se viese en la tesitura. Y no hablamos de un jurado elegido formalmente para la sala de un tribunal, sino de otro aún más severo, el de los vecinos, los compañeros, los amigos y aun los familiares.

Como espectador, uno se enfrenta a un doble reto: el de valorar el comportamiento de los personajes en la ficción y, al mismo tiempo, el de no llegar a caer precisamente en lo mismo que tal vez se aventure a censurar. Vinterberg nos pone en el dilema, pero también nos da libertad, no conduce, no enfatiza, no condiciona, y eso me gusta.

Por supuesto que el espectador se sentirá identificado con el protagonista —un Mads Mikkelsen que está soberbio en su papel—, aunque, por otro lado, puede llegar a comprender igualmente las reacciones de los demás personajes, incluso de aquellos que emiten sus juicios de un modo más visceral (con la única excepción, quizá, del dependiente del supermercado).
 
Culminar la trama con un desenlace redondo no era sencillo. Quizá por ello le perdone a Vinterberg su ambigüedad en este sentido. Sea como sea, es una película que hace pensar, que te la llevas rumiando a casa cuando sales del cine. Qué alegría que este señor se olvidara ya por completo de la vacua fatuidad del Dogma (y eso pese a que Celebración, que dirigió en el año 1998, es en mi opinión la mejor película parida bajo las consignas de dicho movimiento).