miércoles, 6 de marzo de 2013

Retirarse a tiempo


Observando a según quién, cualquiera diría que existe la convicción bien arraigada de que madurez y aburrimiento son conceptos sinónimos. No estoy de acuerdo con ello, aunque de igual manera sí creo que con el tiempo y los años uno tiene que ir planteándose ciertos comportamientos públicos capaces de provocar anacronismos que a su vez suelen derivar en el ridículo.

Lo digo de otra forma si queréis. Lo que se asimila con los años es que la manifestación pública de emociones o sensaciones como la diversión, la lujuria, el cachondeo y similares debe ir alejándose de todo paroxismo, vehemencia o aspaviento. En la adolescencia parece obligado acreditar que nos lo estamos pasando bien a base de brincos, berridos y ostensibles magreos, mientras que la edad adulta aconseja ser más comedidos en las formas, sin que ello represente que el placer obtenido a cambio sea necesariamente menor.

Me he permitido repasar cuatro comportamientos de los mencionados. Es decir, algunas de esas cosas que uno ha hecho durante lustros y que desde hace tiempo ha ido abandonando en virtud de un particular sentido del decoro (y, para qué negarlo, de un también evidente temor al patetismo cuarentón, que tanto abunda).


El filete

Los ardores de la entrepierna no conocen edad —la expresión viejo verde existe por algo—, pero otra cosa es que uno necesite reivindicarlos constante y públicamente, ya sea para demostrar que sigue vivo o pretendiendo dar envidia a los que andan a dos velas. No sabría determinar una edad exacta en la que el ejercicio de darse el filete en la calle, en un bar o en el autobús se convierte en un espectáculo grotesco por extemporáneo. (Incluso en el cine, con la sala a oscuras, resulta fuera de lugar a según qué edad.) Pongamos a partir de los treinta, por decir algo y porque la posibilidad de tener casa propia para dichos menesteres es cada vez más difícil. Sin embargo, por mucho que los jóvenes de hoy abandonen el hogar paterno con la edad de Cristo bien cumplida, ahora igual que siempre existen los coches, las casas de los amigos, los cajeros automáticos y hasta, si me apuran, los váteres de según qué sitios (dicen que los probadores de las tiendas de ropa también tienen su morbo). Conste que digo esto como consejo y no como censura. Que nadie piense que es puritanismo o denuncia de eso que algunos tildan de escándalo público. Personalmente, que los chavales se devoren a besos y se estrujen a magreos me parece estupendo. Lo que me da grima y hasta vergüenza ajena son los filetazos de maduritos apasionados, señores y señoras que peinan canas jugando a los reyes del baile de fin de curso en la mesa de un restaurante o en un vagón del metro.

Bailar mal

El baile es una actividad relacionada tradicionalmente con la diversión, más allá del nivel de destreza del individuo, lo mismo que jugar al fútbol o cantar en un karaoke. De hecho, siempre me pareció curioso que los más ridículos de la discoteca fueran precisamente aquellos que iban de Giorgio Aresu, alardeando de su flexibilidad y sentido del ritmo, o bien amortizando la pasta que se dejaban en clases de baile durante la semana para petarlo el sábado por la noche en medio de la pista. Cierto que servidor no ha sido nunca amigo de las discotecas (soy animal de barra de bar y no de pista de baile), pero siempre que me tocó ir a una traté de superar el trance con la mayor dignidad, meneándome discretamente entre la multitud bailonga. Hace veinte años importaba poco si a uno se le daba mejor o peor lo de mover el esqueleto al ritmo de la música. Se daba por hecho que el baile era un vehículo de desahogo hormonal o una simple secuela del exceso etílico. En general, puede decirse que más que a bailar íbamos a “hacer el ganso” (o el bruto), y que los ratos que uno pasaba agitándose y pataleando el suelo servían de compensación por no haber ligado o de excusa para arrimarse a las chicas e intentarlo de nuevo. Otra cosa, claro, era el llamado “baile agarrao”, aunque me temo que también éste pasa de moda enseguida y se queda estancado en ciertos recuerdos de adolescencia, cuando el pinchadiscos de la fiesta era el pringao y no el diyéi de moda. Por todo ello hace mucho que me retiré del baile activo. Reconociendo que bailar es probablemente una de las dos o tres cosas que peor se me dan en la vida, mi sensatez me dictó hace tiempo que mejor quedarme en la barra y seguir el ritmo a taconazos, si acaso. Sé que muchos estáis convencidos de ser grandes bailarines; si es así, allá cada cual. Pero si no, pensadlo bien. A según qué edad lo de lanzarse a la pista de baile puede ser peor que tirarse al ruedo con un morlaco de a metro y medio el cuerno. (En la intimidad, siempre os quedará lo de usar la alcachofa de la ducha a modo de micrófono o la raqueta de tenis cual guitarra rockera.)

La dignidad del borracho

Pertenecemos a una cultura en la que la bebida es prácticamente indisociable del ocio. Creo haber contado ya que unos amigos italianos me dijeron una vez lo mucho que les había impresionado el hecho de que los españoles no supiéramos hacer nada en sociedad sin bebida ni comida de por medio. Y tenían razón. Da lo mismo si es para celebrar algo o para prestar un libro, para enseñar unas fotos o intercambiar apuntes. Se queda en el bar o, si es en casa de alguien, con aperitivo o merienda como acompañamiento. Si nos trasladamos al ámbito de la noche o de los festejos en general (bodas, cumpleaños, nocheviejas, lo que sea), el protagonismo recae en el alcohol. Del vino a la cerveza, pasando por el vermut o el cava y llegando hasta la ginebra o el güisqui. Somos más precoces para el botellón que para el sexo, y eso nos acompaña durante toda nuestra vida, salvo prescripción facultativa u otra razón de fuerza mayor. La embriaguez nos despoja de complejos, y tal vez por ello el adolescente inseguro acostumbra a tirar de calimocho para desinhibirse. En esa época, del mismo modo que cuando hablábamos hace un rato del baile, no importa demasiado si a uno se le va la mano y protagoniza hilarantes escenas de falta de equilibrio, se le traba la lengua, abraza a sus amigos como si fueran farolas, canta todo lo cantable y aún más, o, llegado el caso, culmina la esperpéntica performance con una vomitona capaz de embozar el desagüe más generoso. La juventud. Pero qué me decís de aquellos elementos subversivos de cena de empresa, con la corbata alrededor del cráneo cual corona de indio cherokee y la camisa desabotonada hasta el ombligo; ese cafre sudoroso unido a una patética conga y alternando la risa estilo rebuzno con los cánticos elementales del tipo Oe Oe Oe o, como mucho, algún sofisticado estribillo del eminente rapsoda King África. Por no hablar del pelmazo castigador huelescotes, o del buscabroncas obsesivo, o del deprimente cuentapenas. Ante la duda, os animo a que echéis un vistazo al DNI y confirméis si merece la pena lucir la curda ante el respetable o mejor limitar según qué excesos al entorno del propio hogar. Es verdad que el alcohol es puñeteramente persuasivo, pero si hay que perder algo, antes la dentadura que la compostura. A partir de los cuarenta se permite estar sentado o utilizar la barra del bar como viga maestra para no sucumbir a la fuerza de la gravedad. Dicho queda.

De tribus y frikis

Nunca milité en ninguna de las llamadas tribus urbanas, pero durante mis años mozos era bastante normal encontrarse en los garitos con rockers orgullosos de sus tupés y sus botines en punta, mods engabardinados luciendo sus británicos flequillos, heavys melenudos asfixiados bajo sus chupas de cuero y punkis elevados desde sus botas de militar para que sus crestas recorrieran la superficie del lugar cual aleta de tiburón. Por mucho que uno no perteneciera a ningún colectivo organizado o estéticamente definido, la música interesaba y era la razón principal por la que se elegía un sitio para tomar la copa (el garrafón no asusta a ciertas edades). Te sentías cómodo y en la onda rodeado de todos aquellos prototipos tribales, salvo cuando les daba por reivindicar su supremacía a base de hostiarse con los de las demás tribus, cosa que no era infrecuente. Sin embargo, al margen de los ortodoxos, lo que yo conocí fue más bien un ambiente de aspirantes a moderno, vanguardista, independiente, alternativo y todo eso que ha terminado por convertirse en un cliché tan vacío como inofensivo. Si nos olvidamos de los músicos profesionales (a quienes la imagen se les presupone como parte del oficio), me parece que según qué atuendos deberían dejarse en el armario o donarse a la beneficencia a partir del momento en que los cabellos pierden tinte y las panzas se expanden a modo de embarazo cervecero. Es lógico que cada uno sea fiel a la estética que más le agrade y que prefiera el cuero al tergal, los vaqueros a los pantalones de pinzas, las camisetas a los cuellos encorbatados y las John Smith al zapato castellano con borlas. Faltaría más. Pero otra cosa es ir por ahí con el “uniforme” de la tribu, el cual, a determinada edad, provoca el mismo efecto (o casi) que el chándal con tacones. No obstante, los veteranos fieles a los cánones indumentarios de su vieja tribu urbana no resultan tan impactantes como los incondicionales fans de determinadas sagas literarias, televisivas y cinematográficas, tan fundamentalistas como los miembros de una secta cualquiera. Llamadme carca o paleto, pero ver a hombres hechos y derechos ataviados como Chewbacca o como Gandalf o como la criatura seudomitológica de moda haciendo cola para entrar al cine o al salón del cómic me provoca visiones apocalípticas respecto al futuro de la especie humana que no se las deseo ni al que toca la pandereta en la tuna (esa es otra, la tuna: individuos con edad para ser catedráticos embutidos en sus pololos y dando la brasa con un repertorio que no se ha renovado desde la época de Quevedo).

7 comentarios:

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