jueves, 14 de febrero de 2013

Éste me cae bien


Suele darme repelús, ya lo sabéis, el tratamiento que algunos autores le dan a ciertos personajes raritos y taciturnos e hipersensibles y todo eso, y no porque éstos no merezcan comprensión y aun solidaridad, sino porque el escritor o el cineasta de turno se empeña a veces en sublimar dichos traumas de una forma para mí incongruente, afectada y pretenciosa, tratando de venderme un concepto que nunca he entendido y que podría definirse como “la poesía de la autodestrucción”, o algo similar.

Por ello, en ocasiones me resultan antipáticos ciertos personajes creados con la evidente intención de sugerir lo contrario, o cosas bien distintas, ya sea compasión o incluso admiración. Por citar dos ejemplos, me terminaron cayendo gordos los sufrientes protagonistas de la novela La soledad de los números primos, aunque la culpa no sea suya y sí de la manera en como los retrata su creador, Paolo Giordano; lo mismo me sucedió con el joven enamorado que interpretaba Javier Pereira en la película Tu vida en 65 minutos, de María Ripoll y con guión de Albert Espinosa, donde se elevaba la típica frase resultona para un grafiti a la categoría de sentencia existencial y, con la excusa de la licencia poética (siempre la misma cantinela), se nos presentaba como “bonito y cool” algo tan tremebundo como la decisión de quitarse la vida por amor (sic).

Y a partir de aquí empieza lo bueno. Sí, porque en Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) no se repite ninguno de mis horrores favoritos. Muy al contrario, el chaval protagonista es en efecto un chico tímido y con dificultad para hacer amigos, además de alguien con justificados problemas psicológicos debidos al suicidio de su mejor amigo y a otras cuestiones que no se pueden señalar sin riesgo de convertirme en spoiler. El acierto del director (que adapta al cine su propia novela, publicada en 1999) es que no nos presenta a alguien encantado de ser un rarito con vocación de poeta underground ni con esa arrogancia típica del que gasta la hora del recreo pergeñando versos dolientes mientras sus cerriles compañeros le dan patadas a un balón. Aquí, el inseguro y vulnerable Charlie es un adolescente que intenta superar sus problemas en vez de recrearse en ellos, y Chbosky no va por la senda del masoquismo autosuficiente ni reivindica el malditismo como única opción intelectual digna; ni mucho menos. Este Charlie inspira ternura, dan ganas de ayudarlo, podría ser un hijo nuestro o un amigo de juventud (o nosotros mismos hace años, ya puestos). No está enfadado con el mundo ni se muestra hostil ante la incomprensión de lo que le rodea. Lejos de ello, su rebelión silenciosa se limita a la cuenta atrás de los miles de días de instituto que le restan y a la idealización de ese día futuro de la despedida de las aulas. Su salvación empezará a fraguarse cuando conozca a los hermanastros Sam y Patrick, y a partir de ahí poco o nada debo contar (hay incluso alguna revelación sorprendente que ayuda a entender mejor aún la empanada mental del jovenzuelo).

En suma, se trata de una película modesta pero original en lo que respecta a los cánones habituales del cine de adolescentes. Digo de y no para, pues me da la impresión de que Las ventajas de ser un marginado agradará más a quienes fueron adolescentes en los 80 que a los que lo son ahora. En primer lugar, porque la contextualización de la historia así parece requerirlo (la ambientación musical con David Bowie, The Smiths o Dexy’s MIdnight Runners habla por sí sola; por no mencionar esa forma de coquetear a base de grabar cintas con canciones favoritas, igual que hacía el protagonista de Alta fidelidad, de Stephen Frears), y en segundo lugar, porque tanto el ritmo como el tono y la sensibilidad que rezuma el filme suenan a rasgos característicos de otra época menos acelerada, tuitera y videojueguera. El trio protagonista, por cierto, está impecable, y uno se pregunta, eso sí, por qué no habrá más Sams y Patricks en los institutos del mundo para alegría de los no pocos Charlies que también los pueblan.

Tiene el personaje de Charlie una peculiaridad que prefiero tratar aparte. Hay en él una voluntad —tan innata como inducida por un familiar— de ser escritor. Su profesor de literatura será un apoyo y un estímulo para alimentar dicha vocación. Nada nuevo; esto sí que lo hemos visto ya varias veces en otras películas. Y ahí vamos. Es decir, la tradición cinematográfica acostumbra a retratar los orígenes de la vocación literaria fomentando un estereotipo que no sé si es del todo ajustado a la realidad, al menos a la contemporánea. Parece que la evolución natural del futuro escritor parta necesariamente de la marginalidad o la excentricidad infantil o juvenil, y no veo tampoco por qué ha de ser así. Si nos fiamos de lo que nos cuentan las películas, los escritores adultos son siempre la versión mejorada del inadaptado, el bicho raro, el marciano o el friki que fueron en el colegio. Bueno, no nos pasemos. No hace falta ser un experto para deducir que muchos de los individuos que han conseguido su propósito de dedicarse al oficio literario pertenecieron en su momento a la legión de los que pateaban el balón en el recreo. Probablemente sea más romántico lo otro, la versión del gusano marginado que terminará convertido en la bella y envidiada mariposa aspirante al Premio Cervantes, pero cuidado con los estereotipos, que los carga el diablo.

Aparte de esto, Las ventajas de ser un marginado es una agradable sorpresa que se suma a otros títulos como Submarine (Richard Ayoade, 2010), C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005) o Déjame entrar (Thomas Alfredson, 2008), a los que hay que valorar su esfuerzo por demostrar que se puede hablar de esa cosa llamada adolescencia con la mentalidad de alguien que ya la dejó atrás y la explica con voz de adulto.

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