jueves, 28 de febrero de 2013

Mis premios (2012)


Como siempre, por estas fechas, nos viene la época de premios cinematográficos. Cada evento, festival o academia tiene los suyos, de muy variopintos diseños: desde conchas hasta espigas, pasando por osos, palmas, globos, biznagas, bustos de pintor o esculturas en miniatura —las más famosas— que, según dicen, recuerdan al tío de alguien y por eso se llaman como se llaman.

Y para no perder la costumbre iniciada hace ya tres temporadas, esta bitácora seguidora y admiradora del séptimo arte presenta sus premios del 2012, totalmente oficiosos, informales y subjetivos. Ni siquiera están en esta lista todas las películas que pasaron ante mis ojos, sino sólo aquellas que, para bien o para mal, se empeñaron en destacar por encima del resto.

El símbolo elegido, por pura coherencia conceptual, no es un pintor, ni una planta, ni un animal.

He aquí los semáforos verdes, ámbar y rojos a las películas estrenadas en el 2012.

 
Semáforo verde

Aquí está lo mejor, lo que más me ha calado o dejado huella, las imprescindibles que no faltarán en mi filmoteca casera, las sorpresas más agradables, los proyectos de clásicos, los momentazos del año.

 

La chispa de la vida, de Álex de la Iglesia

Millenium, de David Fincher

Los descendientes, de Alexander Payne

La invención de Hugo, de Martin Scorsese

War horse, de Steven Spielberg

Young adult, de Jason Reitman

Chronicle, de Josh Trank

Los idus de marzo, de George Clooney

REC 3. Génesis, de Paco Plaza

Grupo 7, de Alberto Rodríguez

El dictador, de Larry Charles

El caballero oscuro. La leyenda renace, de Cristopher Nolan

Headhunters, de Morten Tyldum

El nombre, de Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière

Mátalos suavemente, de Andrew Dominik

Blancanieves, de Pablo Berger

Argo, de Ben Affleck

Skyfall, de Sam Mendes

En la casa, de François Ozon

Una pistola en cada mano, de Cesc Gay




Semáforo ámbar

Alumnos aventajados, viejos maestros, debutantes prometedores, alegrías inesperadas, celebradas resurrecciones, nombres a tener en cuenta a partir de ahora… No llegan a lo más alto pero la mayoría de ellas lo rozan


The yellow sea, de Na Hong-jin

Arrugas, de Ignacio Ferreras

Moneyball, de Benet Miller

Declaración de guerra, de Valérie Donzelli

Shame, de Steve McQueen

Luces rojas, de Rodrigo Cortés

Tenemos que hablar de Kevin, de Lynne Ramsay

Redención, de Paddy Considine

El capital, de Costa-Gavras

Prometheus, de Ridley Scott

Take shelter, de Jeff Nichols

Submarine, de Richard Ayoade

La parte de los ángeles, de Ken Loach

La vida de Pi, de Ang Lee

El doble del diablo, de Lee Tamahori

Madrid 1987, de David Trueba

Los vengadores, de Joss Whedon

Martha Marcy May Marlene, de Sean Durkin

Los diarios del ron, de Bruce Robinson

Profesor Lazhar, de Philippe Flardeau

Project X, de Nima Nourizadeh

Carmina o revienta, de Paco León

The deep blue sea, de Terence Davies

Shanghai, de Mikael Hafstrom

A Roma, con amor, de Woody Allen

Salvajes, de Oliver Stone

El artista y la modelo, de Fernando Trueba

El fraude, de Nicholas Jarecki

Looper, de Rian Johnson

Ruby Sparks, de Valerie Faris y Jonathan Dayton

Invasor, de Daniel Calparsoro

De óxido y hueso, de Jacques Audiard




Semáforo rojo

Los aburridos, los pedantes, los enteraos, los insufribles, los timos y la estafas, las decepciones, los malos de siempre y los buenos con un mal día.


Infierno blanco, de Joe Carnahan

Tan fuerte, tan cerca, de Stephen Daldry

Extraterrestre, de Nacho Vigalondo

Sueño y silencio, de Jaime Rosales

Red state, de Kevin Smith

Sin rastro, de Heitor Dhalia

Cosmopolis, de David Cronenberg

Holy motors, de Leos Carax


 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Hambre de cuento


Cuando leo en la carta de un restaurante que tienen lubina “salvaje” no puedo evitar imaginarme al pez en cuestión dando brincos en la pecera, soltando bocados como una fiera a quien intenta cogerla —sea pescadero o cocinero—, encabritada, fuera de sí, salvaje, vamos.  Puede que la imaginación esté en horas bajas en el sector de la narrativa, pero si hay una industria puntera en lo que a creatividad literaria se refiere, ésa es la de la alimentación.

Es un hecho que los menús de algunos restaurantes aspiran a ser antologías de microrrelatos, con un barroquismo retórico que ríase usted de las columnas de Umbral. Elegir un plato pasa a veces por desentrañar un misterio abierto en un planteamiento prometedor (el alimento principal) que se prolonga en un nudo alambicado y profuso (ubicaciones, recipientes y acompañamientos inverosímiles, desde nidos hasta timbales, desde volcanes hasta pirámides) y culmina en un desenlace apoyado en el golpe de efecto (que si la reducción, que si la emulsión, que si el caramelizado… por no mencionar al sempiterno Pedro Ximénez, que es como el mayordomo de las novelas criminales de antes, nunca falta).

Mi último descubrimiento ha sido un texto impreso en la funda de un estuche de huevos. Decía, literalmente, “Huevos de gallinas en libertad”. En este caso no tendría por qué imaginarme necesariamente a las aves enloquecidas y emprendiéndola a picotazos contra los granjeros. Pero, salvajes o dóciles, aquello de que estén en libertad me ha sugerido la estampa no menos grotesca de los señores hueveros corriendo tras las gallinas por prados, sembrados, cunetas, barrizales, barbechos, patios, veredas, cañadas y demás andurriales. Gallinas con la cara blanquiazul a lo Braveheart clamando por su libertad y piando “No nos cogerán” (quizá versionando a Joan Baez como los chavalotes de la tele en el barco de Chanquete). Si no tenéis una biblioteca cerca, no pasa nada. Acercaos al Día o al Caprabo y comprobad dónde se lucen los cuentistas y fabuladores de hoy. Si son capaces de montar semejante tinglado con media docena de huevos, qué no harán con las peripecias del Gigante Verde, el oso de Mimosín o la fallera del arroz ídem.

Probablemente todo esto empezó, como ya he recordado aquí alguna vez, con el pan. Cuando yo era niño, mi madre me mandaba a comprar el pan y sólo había dos opciones: el de molde para las tostadas y el de barra para todo lo demás. Después inventaron el pan de Viena, pero éste era como el pan de los domingos, por así decirlo. Mandad ahora a la criatura. Probadlo. Como no haya estudiado un master en la materia lo tendrá complicado. Pan de olivas, de cebolla, del Pirineo, de ajo, candeal, sin sal, con pasas, baguette francesa, rústico, chapata, integral, de nueces, de nosecuántos cereales… Eso sí, todos se hacen en la misma máquina. Ésa que está detrás del mostrador, que parece un armario ropero más que un horno. Luego te lo entregan dentro de una bolsa de papel en la que imprimen cosas como: “Este pan está elaborado respetando la tradición de las primeras tahonas medievales, sin aditivos ni conservantes, para que pueda disfrutar de todo su aroma, su textura y su inigualable sabor, según la receta milenaria de nuestros antepasados, traspasada de padres a hijos y de hijos a nietos durante siglos, para que ahora pueda llegar a su mesa y ser compartido con su familia y amigos”. Claro, lees esto y casi te emocionas, pero luego vuelves a mirar al armatoste ése con pinta de armario donde meten los chuscos congelados, y ya no sabes qué es lo que te hace más gracia, si lo de la tradición milenaria o lo del inigualable sabor.

jueves, 14 de febrero de 2013

Éste me cae bien


Suele darme repelús, ya lo sabéis, el tratamiento que algunos autores le dan a ciertos personajes raritos y taciturnos e hipersensibles y todo eso, y no porque éstos no merezcan comprensión y aun solidaridad, sino porque el escritor o el cineasta de turno se empeña a veces en sublimar dichos traumas de una forma para mí incongruente, afectada y pretenciosa, tratando de venderme un concepto que nunca he entendido y que podría definirse como “la poesía de la autodestrucción”, o algo similar.

Por ello, en ocasiones me resultan antipáticos ciertos personajes creados con la evidente intención de sugerir lo contrario, o cosas bien distintas, ya sea compasión o incluso admiración. Por citar dos ejemplos, me terminaron cayendo gordos los sufrientes protagonistas de la novela La soledad de los números primos, aunque la culpa no sea suya y sí de la manera en como los retrata su creador, Paolo Giordano; lo mismo me sucedió con el joven enamorado que interpretaba Javier Pereira en la película Tu vida en 65 minutos, de María Ripoll y con guión de Albert Espinosa, donde se elevaba la típica frase resultona para un grafiti a la categoría de sentencia existencial y, con la excusa de la licencia poética (siempre la misma cantinela), se nos presentaba como “bonito y cool” algo tan tremebundo como la decisión de quitarse la vida por amor (sic).

Y a partir de aquí empieza lo bueno. Sí, porque en Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) no se repite ninguno de mis horrores favoritos. Muy al contrario, el chaval protagonista es en efecto un chico tímido y con dificultad para hacer amigos, además de alguien con justificados problemas psicológicos debidos al suicidio de su mejor amigo y a otras cuestiones que no se pueden señalar sin riesgo de convertirme en spoiler. El acierto del director (que adapta al cine su propia novela, publicada en 1999) es que no nos presenta a alguien encantado de ser un rarito con vocación de poeta underground ni con esa arrogancia típica del que gasta la hora del recreo pergeñando versos dolientes mientras sus cerriles compañeros le dan patadas a un balón. Aquí, el inseguro y vulnerable Charlie es un adolescente que intenta superar sus problemas en vez de recrearse en ellos, y Chbosky no va por la senda del masoquismo autosuficiente ni reivindica el malditismo como única opción intelectual digna; ni mucho menos. Este Charlie inspira ternura, dan ganas de ayudarlo, podría ser un hijo nuestro o un amigo de juventud (o nosotros mismos hace años, ya puestos). No está enfadado con el mundo ni se muestra hostil ante la incomprensión de lo que le rodea. Lejos de ello, su rebelión silenciosa se limita a la cuenta atrás de los miles de días de instituto que le restan y a la idealización de ese día futuro de la despedida de las aulas. Su salvación empezará a fraguarse cuando conozca a los hermanastros Sam y Patrick, y a partir de ahí poco o nada debo contar (hay incluso alguna revelación sorprendente que ayuda a entender mejor aún la empanada mental del jovenzuelo).

En suma, se trata de una película modesta pero original en lo que respecta a los cánones habituales del cine de adolescentes. Digo de y no para, pues me da la impresión de que Las ventajas de ser un marginado agradará más a quienes fueron adolescentes en los 80 que a los que lo son ahora. En primer lugar, porque la contextualización de la historia así parece requerirlo (la ambientación musical con David Bowie, The Smiths o Dexy’s MIdnight Runners habla por sí sola; por no mencionar esa forma de coquetear a base de grabar cintas con canciones favoritas, igual que hacía el protagonista de Alta fidelidad, de Stephen Frears), y en segundo lugar, porque tanto el ritmo como el tono y la sensibilidad que rezuma el filme suenan a rasgos característicos de otra época menos acelerada, tuitera y videojueguera. El trio protagonista, por cierto, está impecable, y uno se pregunta, eso sí, por qué no habrá más Sams y Patricks en los institutos del mundo para alegría de los no pocos Charlies que también los pueblan.

Tiene el personaje de Charlie una peculiaridad que prefiero tratar aparte. Hay en él una voluntad —tan innata como inducida por un familiar— de ser escritor. Su profesor de literatura será un apoyo y un estímulo para alimentar dicha vocación. Nada nuevo; esto sí que lo hemos visto ya varias veces en otras películas. Y ahí vamos. Es decir, la tradición cinematográfica acostumbra a retratar los orígenes de la vocación literaria fomentando un estereotipo que no sé si es del todo ajustado a la realidad, al menos a la contemporánea. Parece que la evolución natural del futuro escritor parta necesariamente de la marginalidad o la excentricidad infantil o juvenil, y no veo tampoco por qué ha de ser así. Si nos fiamos de lo que nos cuentan las películas, los escritores adultos son siempre la versión mejorada del inadaptado, el bicho raro, el marciano o el friki que fueron en el colegio. Bueno, no nos pasemos. No hace falta ser un experto para deducir que muchos de los individuos que han conseguido su propósito de dedicarse al oficio literario pertenecieron en su momento a la legión de los que pateaban el balón en el recreo. Probablemente sea más romántico lo otro, la versión del gusano marginado que terminará convertido en la bella y envidiada mariposa aspirante al Premio Cervantes, pero cuidado con los estereotipos, que los carga el diablo.

Aparte de esto, Las ventajas de ser un marginado es una agradable sorpresa que se suma a otros títulos como Submarine (Richard Ayoade, 2010), C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005) o Déjame entrar (Thomas Alfredson, 2008), a los que hay que valorar su esfuerzo por demostrar que se puede hablar de esa cosa llamada adolescencia con la mentalidad de alguien que ya la dejó atrás y la explica con voz de adulto.

jueves, 7 de febrero de 2013

De vez en cuando algo bueno


Hace unos días, así como de tapadillo, como si fuera un mero relleno, en medio de un boletín informativo de la radio en el que se sucedían las habituales novedades sobre corrupción política, tristeza mercantil y pesimismo financiero, la locutora (no sé si por despiste) coló entre la retahíla de negros augurios la noticia de que ya se había probado con éxito una vacuna contra el Alzheimer, y que ésta podría estar disponible en unos cinco años.

A mí me parece un notición. Tal vez me exceda de optimista, no sé. Aun así, es raro que no haya vuelto a oír ni a leer ni a ver nada sobre el particular. Cada día vuelven a acribillarme desde los medios de comunicación con mi ración copiosa de escándalos, procesos, tejemanejes y chanchullos, pero de aquello, nunca más se supo.

Que sí. Que es normal, y soy el primer preocupado con lo que está pasando. Urdangarines, Bárcenas, Ferranes y demás presuntos deben ser trincados y juzgados, que buena parte de la crisis que sufrimos todos proviene también de las argucias de unos pocos espabilados.

Lo que no pienso hacer es convertirme en un amargado y un desconfiado crónico. Tampoco me va lo de flagelarme a diario, como hacen tantos, a base de las consabidas letanías: Qué país de mierda, Tenemos lo que nos merecemos, Esto en otros sitios no pasa (ja, ja), Somos unos chapuceros, Somos unos chorizos, Somos unos inútiles (¿Somos?). Algo de verdad hay en ello, claro, pero del mismo modo me encuentro con más frecuencia de la deseada con gente que se plantea muy a su pesar abandonar este país (para muchos, de mierda) porque no hay manera humana de ganarse los cuartos.

O sea, que no nos pasemos. Sin dar la espalda a la jodida realidad, tratemos de advertir también lo positivo cuando aparezca, aunque sea de refilón. Una vacuna contra el Alzheimer es algo lo suficientemente relevante como para que merezca un hueco en la portada de un periódico. No se trata de edulcorar la verdad ni de desviarla de forma torticera y tendenciosa. Es más, precisamente el forofismo político es con seguridad una de las causas de que esto no se arregle. Lo que observo, al menos, es que quienes manejan los poderes se dedican a exculparse a costa de recordar que otros lo hicieron antes. Y eso parece que les vale a quienes les votan. Pues bueno. Conmigo, que no cuenten.