jueves, 10 de enero de 2013

Paseo por la cartelera (16)


The master, de Paul Thomas Anderson

Cuando se estrenó Pozos de ambición, la anterior película de Paul Thomas Anderson, recuerdo que expresé mi ligero temor a que este director hubiera abandonado sus referencias cinéfilas iniciales para decantarse por otras aparentemente más elevadas y cultas, si bien, menos estimulantes para un servidor. Algunos críticos sostienen que la segunda mitad de su filmografía (la formada por Punch drunk love, Pozos de ambición y The master) es superior a la primera (la que componen Sidney, Boogie nights y Magnolia). No puedo estar más en desacuerdo, aun gustándome bastante todas las películas de este hombre, incluidas las más recientes. Anderson ha pasado de parecerse a Scorsese o Tarantino a convertirse en un miembro del club de los elegidos autoconscientes, como Kubrick o Malick. Dicen quienes celebran esta transformación que es un síntoma de madurez. Pues vale. Mejor para ellos, aunque no creo que tenga nada que ver. Es decir, más maduro no tiene por qué significar más espeso, más denso, más pretencioso. Anderson se ha vuelto constreñido, circunspecto, ceñudo. Sigue siendo un director extraordinario, hasta el punto que The Master es una obra valiosa más desde el punto de vista de la dirección que de la narración. Por ello, aunque es una buena película, jamás la recomendaría a espectadores convencionales, mucho menos a quienes (con todo el derecho del mundo) buscan en la sala oscura una historia evasiva y compatible con la digestión del maíz inflado. El tema que aborda es interesante, más allá de sus obvios paralelismos con la realidad de la Cienciología, en cuyo creador se ha inspirado Anderson para parir al personaje de Philip Seymour Hoffman, quien, como siempre, está tremendo. A su lado, Joaquin Phoenix borda también el papel de un ex combatiente alcohólico y salido, carne de lavado de cerebro, el típico cordero descarriado por el que babearía cualquier farsante proselitista y aspirante a gurú. En el duelo entre esos dos potentes personajes está el alma de la película, que es a la postre eso, un toma y daca constante a base de duelos dialécticos y pruebas de fe, un tira y afloja calculadamente ambiguo para que sea el espectador quien decida si la cosa va de intercambio maestro-discípulo o domador-fiera, o de amor paternofilial frustrado, o bien de otra cosa, o de todo a la vez. No me olvido de la estupenda Amy Adams, cuyo personaje sugiere más que muestra y parece proponer una variante al clásico “Detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer”, que podría traducirse en “Detrás de todo gran iluminado hay una gran manipuladora”. A falta de una historia bien hilada, el filme se sostiene por la sucesión de secuencias impresionantes, generalmente en el apartado visual y verbal, y al mismo tiempo adolece de algo similar a lo que ya sufrió Gangs of New York (Martin Scorsese, 2002), es decir, la sensación de que se ha perpetrado una mutilación excesiva en la sala de montaje. Así, es uno de esos raros casos en los que uno realmente desea que la edición en DVD contenga la normalmente innecesaria “versión del director”. Un notable, aunque sigo echando de menos el nervio, el dinamismo y la fluidez narrativa de Boogie nights y Magnolia.

 

La vida de Pi, de Ang Lee

Miedo no; pánico. Pánico le tenía a La vida de Pi. La razón, bien sencilla: me olía a panfleto new age, a sermón de autoayuda, al tipo de fábula fruto de ese orientalismo básico que muchos parecen profesar y divulgar para que otros nos sintamos culpables por el simple hecho de ser occidentales metropolitanos. Pues que esperen sentados. No obstante, había un elemento esperanzador: el director Ang Lee, autor de películas como La tormenta de hielo, Brokeback Mountain o Deseo, peligro. Así que me dije, bueno, si resulta que ésta va a ser una de las candidatas a todos los premios del año, habrá que verla. Y ahora, para qué negarlo, me alegro de haberla visto. Eso sí, no me equivocaba en mis recelos. Es evidente que se trata de una de esas historias con “mensaje” (oh, cielos, qué horror), si bien uno puede disfrutarla al margen de su materia didáctica, y ahí está el principal de sus méritos. Como esas canciones en inglés cuya letra uno no entiende pero disfruta gracias a una melodía seductora o pegadiza (o, mejor dicho, como esas canciones en español cuya letra uno reconoce que es una fruslería, pero aun así no puede evitar cantar o bailar), La vida de Pi se aguanta sobradamente por medio de sus imágenes y sus efectos digitales soberbios, que no lo parecen, y he ahí la clave. Espectacular.
Sobre su significado, por lo que a mí respecta, poco o nada que decir. Es probable que muchos simpaticéis con esa clase de mística pedagógica que parece dar a entender que el agnosticismo y el materialismo son la misma cosa. La inconcreción del término espiritualidad parece asidero suficiente para que algunos den por evidentes cosas que a otros nos parecen imposibles de discernir. El misterio o la duda también son viables, y no es obligatorio creer en energías, auras, corrientes, señales, karmas o chakras para ser sensible, solidario o profundo. Todo lo que en The master queda como en sordina, aquí está explicado, sobreexplicado y requetesubrayado en los minutos finales, aunque la intención parezca otra, con esa pregunta abierta que el narrador principal deja en el aire. Con todo, la he disfrutado como el espectáculo visual que es. Ang Lee domina su oficio como pocos. Un notable.

 

El cuerpo, de Oriol Paulo

Se quejaba el ínclito Rafael Azcona de que buena parte del público confundía el guion de una película con la historia que ésta contaba. Y tenía razón. Se oye a menudo eso de “el guión no vale nada” o “hay fallos de guión”, cuando lo que se está criticando en realidad es la calidad o el despropósito del argumento original. Una película como El cuerpo viene al pelo para aclarar esta confusión. Si nos centramos en la historia, todo chirría, no se sostiene, es retorcida hasta lo inverosímil. Sin embargo, gracias a la habilidosa escritura de su guión (esto es, a la forma en que guionista y director han decidido contárnosla), unida a su resultona atmósfera (que está lejos de la lograda por Ole Bornedal en El vigilante nocturno y su remake anglosajón La Sombra de la noche, pero aun así da el pego), uno termina comiéndose enterita la historia, llegando hasta el final con la incógnita aún viva y con abundantes posibilidades de culminar en una sorpresa al conocer el desenlace (confieso que adiviné el desenlace a unos 20 minutos del final por culpa de una secuencia a mi juicio innecesaria y forzada; pero que nadie se preocupe, esto no es ni mucho menos porque yo sea más listo, sino porque quizá he visto demasiadas películas). Hay puristas que no toleran este tipo de argucias. No soy de esos. Por ejemplo, me encantan películas como Sospechosos habituales (Bryan Singer, 1995) o El corazón del ángel (Alan Parker, 1987), y no digamos ya El golpe (George Roy Hill, 1973), las cuales juegan literalmente con el espectador a base de pistas falsas y de piezas desordenadas que terminan encajando tras el golpe de efecto final. El cuerpo, eso sí, adolece de menor pericia a la hora de manejar el mecanismo, y, sobre todo, una vez desveladas sus claves, todo atisbo de coherencia se desmorona (cosa que no sucedía, por ejemplo, en las mencionadas Sospechosos habituales y El golpe). Ahora bien, el principal enemigo de esta película no son sus imperfecciones técnicas, sino (me temo) los más que arraigados prejuicios del público respecto al thriller autóctono. Esto es, lo que sin duda muchos espectadores habrán tolerado sin titubear a filmes como Fracture (Gregory Hoblit, 2007), Identidad (James Mangold, 2003) o Next (Lee Tamahori, 2007), jamás se lo perdonarán El cuerpo por el mero hecho de ser una película española. Vosotros mismos. Para mí, se merece el aprobado.

 
 

Los miserables, de Tom Hooper

Hay películas, como Grease (Randal Kleiser, 1978), que uno no se imagina de otra manera que no sea un musical, mientras que hay otras, como Sweeney Todd (Tim Burton, 2007), Chicago (Rob Marshall, 2002) o incluso Cantando bajo la lluvia (Stanley Donen & Gene Kelly, 1952), cuyas tramas estoy seguro habrían funcionado sin necesidad de números musicales, o bien incluyendo éstos de una forma, digamos, realista, por medio de actuaciones, ensayos o representaciones, como se acostumbra a hacer en las películas que cuentan biografías de músicos o artistas. El caso de Los miserables es aún más evidente, pues su origen es una famosa novela, de la cual, además, se han estrenado ya numerosas adaptaciones cinematográficas. Así pues, la novedad de esta última versión está precisamente en el añadido musical, a pesar de que su obra de referencia no sea la novela en sí, sino el montaje teatral (y musical) que lleva años representándose con éxito en todo el mundo.
El problema de las películas largas no es que sean largas, sino que se hagan largas, y a ésta le pasa un poquito. Quizá no ayude que toda ella sea cantada (los momentos sin música son tan escasos que equivaldrían, para entendernos, a los espacios en blanco que hay entre canción y canción en un disco); por mucho que la música pueda gustar, no es lo mismo asistir a su interpretación en directo, sobre un escenario, que pasarse 150 minutos en la butaca del cine oyendo un tema detrás de otro. Hay momentos inspirados y emocionantes, y Hugh Jackman y, sobre todo, Anne Hathaway lo hacen muy bien (a Russell Crowe se lo ve menos resuelto en las lides cantarinas, pero tampoco está mal), aunque, llamadme vulgar si queréis, echo de menos más fanfarria y grandilocuencia, porque diría que, en su conjunto, Los miserables es un musical más bien intimista. En cuanto a los duetos de secundarios, el formado por Sacha Baron Cohen y Helena Bonham-Carter es divertido y ayuda a aligerar la sobrecarga de intensidad emocional, mientras que la intervención de Amanda Seyfried y Eddie Redmayne me recuerda (a su pesar) a las de esas parejas de pánfilos tortolitos que obligaban a meter en las comedias de los Hermanos Marx.
Tampoco soy experto en la materia, por lo que, a falta de capacidad para analizar la partitura, las coreografías y las texturas vocales, me quedo con la sensación de un espectáculo correcto pero que se queda limitado en la bidimensionalidad de una pantalla. Aseguran quienes la vieron en el teatro que es colosal, y les creo. Hasta donde yo llego, aprobado.

 

El hombre de las sombras, de Pascal Laugier

Curiosa producción ésta, que utiliza los reclamos del cine de terror para contarnos otra cosa. Se supone que los géneros cinematográficos se definen por el tratamiento de los temas, pero a veces (y éste es un claro ejemplo) uno puede valerse tan sólo de los elementos estéticos y estilísticos de un género con el fin de dotar de un clima determinado a una historia perteneciente a otro género distinto. El hombre de las sombras parece una de terror, con la leyenda de un monstruo del bosque que secuestra niños y todo eso, y además está dirigida por un especialista en la materia; sin embargo, su argumento está más cerca de Adiós pequeña adiós (Ben Affleck, 2007) que de, por ejemplo, Intruders (Juan Carlos Fresnadillo, 2011). Así pues, lo del miedo en este caso es más una cuestión de atmósfera que de susto. De hecho, lo más interesante no es tanto lo que cuenta, sino el doble giro que presenta su trama y que te obliga como espectador a implicarte de alguna manera. El primero de dichos giros viene enseguida, mediada la película, y afecta a nuestra consideración respecto a lo que estamos viendo, mientras que el segundo, más convencional y ligado al desenlace, puede generarnos el dilema de sacar la moral a pasear o quedarnos con que se trata de una ficción más cuyo único objetivo es inquietarnos un poco. Sea como sea, tened claro que, pese a las apariencias (y a los antecedentes de su director), la cosa no va de gore, ni de slasher, ni de torture porn, ni de ningún otro anglicismo de los que tanto gustan ahora a los fans modelnos del terror. Notable el trabajo interpretativo de Jessica Biel, aunque diría que se nota demasiado su implicación directa en la producción (chupa cámara a lo bestia; con ese físico, cualquiera). Una propuesta original, como mínimo. Supongo que la sufrirán más quienes sean padres, aunque para el resto también puede tener su qué. Aprueba con nota, sobre todo por lo inusual. 

2 comentarios:

Letras de arena dijo...

Magnífico recorrido por la cartelera. Gracias. Por cierto, yo también me apunté a la nueva moda para felicitar el año y me siento rara, o mal, no sé como decirlo. Pero como si muchos de mis amigos hubieran desaparecido para mi, los olvidé, no tenían whatsap...Es como estar a caballo entre dos mundos, como ni en el cielo ni en el infierno, me siento un poco perdida. Sólo quería decirte que feliz 2013 amigo Peatón.

El último peatón dijo...

Desde el limbo de los marginados sin guasap, te deseo un feliz 2013 también para ti. :-)